Alejandro Casona y el Siglo de Oro



Enrique Gallud Jardiel
www.telondefondo.org, núm. 13, (julio), 2011, pp. 87-95.
 

          En 1964, Alejandro Casona, una de las figuras máximas del teatro español de la posguerra, estreno en España su última obra, El caballero de las espuelas de oro[1], drama basado en la legendaria figura de don Francisco de Quevedo. Este fue su tercer intento en el terreno del teatro histórico, tras Sinfonía inacabada, sobre Schubert y Corona de amor y muerte, sobre Isabel de Portugal. La obra, pese a su innegable calidad y a la crítica del reinado de Felipe IV de Habsburgo, no consiguió el éxito de crítica obtenido por las obras históricas de denuncia de Antonio Buero Vallejo. Sin embargo, Casona supo presentar, a través de los ojos de Quevedo, toda una sociedad barroca en vías de degeneración.
         Aunque son muchos los aspectos que se tratan en el drama (política, vida personal del satírico), uno de los más interesantes es el de las guerras literarias del momento: «Una de las características más acusadas del Siglo de Oro español –con tener tantas y mejores– es ésta de enzarzarse unas contra otras las gentes de letras en sangrientas coplillas que luego circulaban de mano en mano y de sonrisa en sonrisa para hacer las delicias de cualquiera emponzoñada concurrencia.»[2]
         Esta contienda se presenta de la siguiente manera: el librero Alonso Pérez de Montalbán se dirige a ver a Quevedo, en una hospedería madrileña. Le comunica los ataques dirigidos contra Lope por sus enemigos en el famoso libelo titulado la Spongia. Quevedo decide ayudar a Lope en esta guerra literaria (cuadro ii). En el cuadro iv vuelve a aparecer el mismo personaje para comunicarle al escritor que las copias manuscritas de sus sátiras contra los gongoristas circulan por todo Madrid. Sin embargo, los vencidos han ejercido influencia para que se censuren Los sueños.
         Veamos ahora la veracidad histórica de este episodio. Alonso Pérez, de origen judío, fue librero del rey desde 1604, como nos dice Sainz de Robles.[3] Era íntimo amigo de Lope y se ocupó de la publicación de sus comedias. No se tienen noticias de la posible amistad de Montalbán con Quevedo, pero si de que el hijo de Montalbán, escritor también, fue enemigo de Quevedo. Sin embargo, la buena amistad de Montalbán y Lope hace verosímil histórica y literariamente esta demanda de ayuda.
         En cuanto a las relaciones de Lope con Quevedo sabemos que fueron buenas y basadas en la mutua admiración en el plano literario. En la obra de Casona: «Quevedo.—¿Conozco yo a ese amigo? Montalbán.—Le habéis dedicado un hermoso soneto» [Caballero, 33].
         El soneto al que se refiere es, sin duda, el dedicado a la obra de Lope El peregrino en su patria, publicado en Sevilla en 1604.[4] No sólo esto, sino que le elogia repetidamente en diversos lugares. En la aprobación a las Rimas de Burguillos dice: “Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno.” Y en otro soneto dedicado a Lope Quevedo escribe: “... Pues ha de ser de Lope lo que es bueno.”[5] Todo esto queda claro en la composición titulada Soneto sobre el rey don Felipe IV un día que salió a jugar cañas y lloviendo cesó donde, para alabar al rey, dice que sólo Lope pudo cantarle. Esto queda claro también en la obra:
         Quevedo.—¿No es Lope el orgullo de Madrid y el encanto de damas y señores?
         Montalbán.—Nadie como él.
         Quevedo.—¿No es el descubridor, el conquistador y el colonizador del teatro español? [Caballero, 34].

         Lope, por su parte, no oculta su predilección por Quevedo: “Tan sólo Miguel de Cervantes y Lope de Vega, enredados el uno contra el otro (o el otro contra el uno, dígase mejor) en cáustica batalla, evitaron con Quevedo el choque frontal y aun, en más de una ocasión, hicieron ambos de él pública alabanza.”[6] En La hermosura de Angélica Lope incluye un soneto en elogio de Quevedo. En las Rimas del licenciado Tomé de Burguillos afirma que para teñir en oro una pluma hay que bañarla en el ingenio de Quevedo. No oculta tampoco su agradecimiento. Y le define como “ingenio verdaderamente insigne, y tan adornado de letras griegas y latinas, sagradas y humanas, que, para alabarle más quisiera deberle menos...”. (Otra epístola a un señor de estos reinos sobre la misma materia: La nueva poesía). No obstante esta simpatía mutua tiene límites: «Quevedo.— [...] Le admiro profundamente; creo que es el más grande de nuestro tiempo; y si yo pudiera tener un amigo, uno solo, seria él. Pero, desdichadamente, no puedo quererle como le admiro» [Caballero, 36].
         Quevedo experimenta sorpresa por que Lope le necesite. Según él Lope es un triunfador y Quevedo es un pobre escritor que tiene dificultad en publicar sus libros. Pero según le informa Montalbán, sus enemigos no sólo le han atacado en el plano literario sino que han censurado su vida privada y sus intimidades.
         La razón histórica es la envidia. Dice Lope en el prólogo a su comedia El verdadero amante: “Yo he escrito 900 comedias, doce libros de diversos sujetos, prosa y verso y tantos papeles sueltos que no llegará jamás lo impreso a lo que está por imprimir y he adquirido enemigos, censores, asechanzas, envidias, notas, reprehensiones y cuidados.” Y, efectivamente, la lista de los enemigos de Lope de Vega es bastante numerosa, aunque en la obra se mencionen solamente unos cuantos, de los cuales trataremos más adelante. Casona no concede gran importancia a estos autores ante la personalidad poderosa de su protagonista: «Montalbán.—... Afortunadamente, el caballero Quevedo está otra vez aquí. Si Quevedo saca por él su espada y su pluma, todos esos valentones correrán desbandados como sabandijas a su agujero. Esto es lo que he venido a suplicaros, señor. Lope no lo sabe» [Caballero, 35].
         El episodio de la Spongia ha quedado un tanto impreciso a causa de la desaparición de la edición, lo que sirve a Casona para manejar este elemento dramáticamente con relativa libertad. Lo que sabemos históricamente de este libelo es que se imprimió seguramente en el verano de 1617 en Alcalá de Henares. “No sólo carecemos hoy de la menor noticia acerca de la suerte de la edición de la Spongia –no muy extensa, seguramente–, sino que no han quedado más que vaguísimas alusiones a ella en los escritores coetáneos de Lope de Vega. Nadie la cita más que de pasada y sin detallar otra cosa que el título.”[7] Sin embargo, Montalbán la presenta en la obra como bastante hiriente: «Montalbán.—Es un libelo inmundo, chorreante de veneno y pus, en que todos los escritores de la corte se ensañan con él colmándole de injurias» [Caballero, 34].
         Y dice el autor antes mencionado que Spongia, era, por antonomasia, la esponja que se empleaba para borrar o limpiar. Lo que se limpiaba aquí era toda la obra de Lope de Vega. En la Spongia habían de aparecer reunidas por primera vez, de un modo sistemático y ampliadas extensamente, las criticas contrarias a Lope emitidas antes por los seguidores de la Poética de Aristóteles, tan en boga entonces, y por los italianizantes, que también la seguían a través de la poesía renacentista. Las censuras del libelo hacían referencia a la ruptura de las reglas clásicas por parte de Lope, con errores que hoy consideramos nimios. Los autores de la Spongia eran de diferentes tendencias literarias y estaban unidos por su odio al Fénix de los Ingenios.
         En la comedia se hace mención directa de los autores del ataque: «Montalbán.—El primer firmante (simple testaferro): Rámila. Quevedo.—¡Bah! un pedante de cátedra, sonoro como un cántaro vacío» [Caballero, 35].
Este autor es de segunda categoría y su fama no se debe a sus obras, sino a este ataque contra Lope. Aunque fue el autor de la idea, Casona no le concede mayor importancia. Entrambasaguas, que es quien más ha estudiado este libelo, nos dice en su libro Estudios sobre Lope de Vega cómo se maleó en contacto con su mentor, Suárez de Figueroa: “De este modo, el novel literato, cuyas buenas disposiciones naturales para las Humanidades eran bien conocidas en Madrid, se fue acostumbrando a ser maldiciente y satirizar cuanto le rodeaba.”[8] Sainz de Robles, sin embargo, le defiende, diciendo que fue objeto de más ataques de los merecidos: “La inmensa idolatría que España sentía por Lope se volvió airada contra el infeliz canónigo complutense y le eliminó de la notoriedad y aun le representó en láminas y ex-libris como un escarabajo inmundo a quien ha matado el olor de una rosa: Lope.»[9] Esto se debió a la reacción de los admiradores de Lope quienes contrarrestaron su ataque un año después de la aparición del libelo mediante la publicación de un librillo titulado Expostulatio Spongiae a Petro Turriano Ramila Pro Lupo a Vega Carpio.[10] Además, se hicieron burlas con su nombre, denominándole “Trepus Ruitanus Lamira”, anagrama de “Petrus Turrianus Ramila”, versión latina de su nombre castellano.
         El siguiente autor mencionado en el texto tampoco asusta a Quevedo: «Montalbán.—Juan de Jáuregui. Quevedo.—Un pintor aficionado a la poesía y un poeta aficionado a la pintura» [Caballero, 35].
         Sobre Jáuregui existen elementos de discordancia debido a la escasa mención que se hace de él en el texto de la obra, puesto que varios críticos afirman que Jáuregui fue buen amigo de Lope.[11] Tampoco es segura su participación en el libelo. Es verdad que fue enemigo de Quevedo, contra quien escribió una sátira dramática titulada El retraído y que no llegó a representarse.[12] Pero escribió también un Antídoto contra la pestilente poesía de las soledades, donde habla de la “desigualdad perruna” de los versos de Góngora, por lo que no parece probable que colaborase con él.
         La participación de Ruiz de Alarcón es mucho más verosímil: «Montalbán.—Alarcón. Quevedo.—Una doble joroba llena de hiel» [Caballero, 35]. El autor mejicano estuvo en guerra permanente con todos los literatos importantes de su época. Se dio a conocer al público español en 1614 y en 1617 ya era enemigo de Lope, a quien acusaba de envidiarle sus triunfos.[13]
         La mención de Miguel de Cervantes está suavizada por Casona: «Quevedo.—¿Cervantes? ¿Tan viejo está que se deja arrastrar así? Es triste» [Caballero, 35].
         En realidad Cervantes nunca perdonó a Lope sus éxitos teatrales y el que dijese indirectamente que un poeta había compuesto veintisiete comedias que nadie quería representar y que agradecería que alguien se las cambiase por papel blanco. Además, en una carta al duque de Sessa, fechada en marzo de 1612: “Yo ley unos versos con vnos antojos de Zerbantes que pareçían uevos estrellados mal hechos”. Cervantes atacó a Lope repetidamente con el pretexto aristotélico: “Pero donde Cervantes refleja claramente su filiación clásica, conforme a la perceptiva aristotélica, es en los juicios que emite acerca de las comedias de su tiempo, dedicados por entero a combatir el teatro creado por Lope de Vega.”[14]
         Y. por último, Casona resume todo el ataque en un nombre que ya se ha mencionado en el primer cuadro de la obra: Luis de Góngora y Argote, contra el que el personaje de Quevedo lanza sus sátiras con los cofrades de la risa:
         Montalbán.—¿No os he dicho que son todos? Y a la cabeza de todos, Góngora.
         Quevedo.—¡Ah, también está ese hígado en figura de hombre, que le mires por donde le mires, siempre hace esquina? No podíais ofrecerme nada mejor. Me gusta que mis enemigos tengan talento [Caballero, 35].

Éste es un detalle ficticio: no es segura en absoluto la participación de Góngora en la redacción de la Spongia. Sí es muy cierta y famosa la enemistad del cordobés con Lope, a quien atacó repetidamente, llamándole “un idiota sin arte ni juicio” y zahiriéndole en media docena de sonetos.[15] Esta enemistad no perduró más allá de 1617 tras el encuentro de ambos en casa del Almirante de Castilla. Tras esta entrevista Lope declaró haber hallado a Góngora más humano de lo habitual. A la muerte de éste, en 1627, Lope escribió un soneto en su elogio. La enemistad de Quevedo y Góngora, por el contrario, no acabó con su muerte, pues Quevedo le siguió atacando en la Aguja de navegar cultos, que no se publicó hasta 1630. En Aguja de nevegar cultos, ya Quevedo había escrito: “En la platería de los cultos hay hechos cristales fugitivos para arroyos y montes de cristal para las espumas y campos de zafir para los mares y margen de esmeralda para los praditos.”[16]
         La respuesta del personaje no aparece en la obra. Solamente sabemos que ha tenido lugar por lo que el personaje de Montalbán nos dice en el cuadro cuarto; lo que decide al personaje a intervenir es la relativa timidez de Lope: «Quevedo.—Lo que me mueve, más que el amor a la justicia, es el asco de la cobardía. No puedo sufrir ese espectáculo de todos contra uno. Veremos si se atreven contra dos» [Caballero, 35-36].
         Cuál fue la respuesta a la que Casona alude es fácil de averiguar con una lectura de sus versos satíricos. Ya en la obra dice el personaje que lo peor que tiene España son sus poetas, güeros, chirles y sabandijas [Caballero, 22]. A Jáuregui le ataca en un soneto incluido en su Discurso Poético.[17] Contra Ruiz de Alarcón escribe un Comentario contra setenta y tres estancias, insistiendo agresivamente en los defectos físicos del mejicano. “En la sátira, muy intensa en este aspecto, contra Ruiz de Alarcón, además de otras ridiculizaciones, se aducen un buen número de animales como términos de comparación, que hace referencia a su corta estatura y sus corcovas: ardilla, gorgojo, piojo, cangrejo, ranilla, arador, gámbaro, chinche, rana, mosca, mono, pelado...”[18] Cervantes es objeto de burla en el famoso romance titulado Testamento de don Quijote y sobre Góngora y los culteranos en general son múltiples los escritos. Este es el escritor en quien más se centra Casona.
         Hermano mayor.—La culpa no es suya; es de ese maldito Góngora que hoy es el gran tirano de las letras.
         Quevedo.—¿Vuestro tirano ése que ha inventado construir el castellano al revés, como si fuera un latín mal traducido? [Caballero, 27].

         Sobre este aspecto de la gramática de Góngora hay muchos ejemplos, como la famosa décima de las Imitaciones de Marcial.[19] Además Quevedo llegó incluso a comprar la casa en que Góngora vivía en Madrid, en la calle del Niño, para desahuciarle (1625). Sus ataques contra los culteranos aparecen en casi todas sus obras (Premáticas del desengaño contra los poetas güeros, Aguja de navegar cultos, La culta latiniparla, De las necedades y locuras de Orlando enamorado y en Los sueños).
         Quevedo.—¡Hola! ¿También tenemos poetas por aquí?
         Archidiablo.—¿Pues dónde estarían mejor esos desvariados que, no teniendo camisa que mudar, derrochan todos los tesoros de la nación en cabellos de oro, dientes de perlas y prados de esmeralda? [Caballero, 55].

         La culminación de esta guerra literaria con el triunfo de Quevedo sobre sus enemigos tiene lugar escénicamente en el cuadro cuarto, cuando Montalbán le comunica que los libelistas de la Spongia ya huyen a la desbandada desde que corren por los mentideros de Madrid sus sátiras contra ellos. El Quevedo de Casona proporciona un anticlímax con su afirmación de que una victoria tan fácil no valía la pena y de que la próxima vez habrá de elegir mejores enemigos [Caballero, 48]. Ésta es la guerra literaria, mitad verdad y mitad fusión de elementos de otro tiempo, con que Casona da a su personaje el relieve literario que no podía faltar en una obra sobre Quevedo.


[1] Citamos por la siguiente edición: Casona, Alejandro. El caballero de las espuelas de oro. Retablo jovial. Madrid. Espasa- Calpe, 1976 [2ª edición].
[2] José Antonio Vizcaíno. Quevedo, espejo cóncavo del Imperio, Madrid, Sílex, 1985, p 82.

[3] Federico C. Sainz de Robles. Ensayo de un diccionario de la literatura, vol. ii, Madrid, Aguilar, 1973 [4º edición], p. 941.
[4] “Las fuerzas (peregrino celebrado) / afrentará del tiempo y del olvido / el libro que, por tuyo, ha merecido / ser del uno y el otro respetado. / Con lazos de oro y yedra acompañado / el laurel con tu frente está corrido / de ver que tus escritos han podido / hacer ciertos los premios que te ha dado. / La envidia, su verdugo y su tormento / ha en del nombre que cantando cobras / y con tu gloria su martirio crece. / Mas yo disculpo tal atrevimiento / si con lo que ella muerde de tus obras / la boca, lengua y dientes enriquece” [OC, ii, 492].
[5] Francisco de Quevedo. Obras completas. vol. II, Madrid, Aguilar, 1978 [6ª edición], p. 78.

[6] Joaquín de Entrambasaguas. Estudios sobre Lope de Vega. 2 vols. Madrid. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. 1967, p. 82.
[7] Entrambasaguas, op. cit., p. 234.

[8] Entrambasaguas, op. cit., 252.
[9] Sainz de Robles, op. cit., p. 1208.
[10] Entrambasaguas, op. cit., p. 418.
[11] Alonso Zamora Vicente. «Juan de Jáuregui», en Bleiberg, Germán y Marías, Julián [eds.] Diccionario de literatura española. Madrid, Revista de Occidente, 1953 [2ª edición], p. 383.
[12] Sainz de Robles, op. cit., p. 600.
[13] «Cuaresma.—Culpa a quien siempre se queja / de ser invidiado, siendo / envidioso universal / de los aplausos ajenos.» Juan Ruiz de Alarcón, Juan. Cuatro comedias. Madrid, Aguilar, 1962 [4ª edición], p. 269.
[14] Entrambasaguas, op. cit., pp. 127-128.
[15] Como, por ejemplo, los sonetos que empiezan: “Por tu vida, Lopillo, que me borres...”, “Después que Apolo tus coplones vido...”, “Vimo, señora Lopa, Su epopeya...”, etc.
[16] Francisco de Quevedo. Aguja de navegar cultos, en Obras festivas. Madrid, Castalia, 1984, p. 129.
[17] “Tú, que del triunvirato de penates / lo greguizante en tu discurso indicas / y al nombre neutro el femenino aplicas / pedante preceptor de disparates; / poeta con albarda y acicates / que a ti te matas y a los otros picas, / pecador en lo mismo que predicas, / taladro universal de los orates, / ¿qué gramática enseñas a muchachos / que tal deidad rumí de Apolo adquieres? / Humíllate, sibila con mostachos. / Vergajo de las musas, ¿qué nos quieres? / Declárate en las hembras o en los machos / que inculto y culto hermafrodita eres” [OC, ii: 1394].
[18] Ignacio Arellano. Poesía satírico-burlesca de Quevedo, Madrid, Pamplona, EUNSA, 1984, P. 264.
[19] “Dice don Luis que me ha escrito / un soneto, y digo yo / que si don Luis lo escribió / será un soneto maldito. / A las obras lo remito: / luego el poema se vea; / mas nadie que escribe crea / mientras más no se cultive / porque no escribe el que escribe / versos que no has quien los lea.” [OC, II: 519].