Antonio Machado: La Escuela de Sabiduría




Enrique Gallud Jardiel
www.literaturas.com/ (junio), 2011



            Machado es tan gran poeta, que ha venido resultando hasta cierto extremo arduo contemplar en la debida perspectiva sus otras contribuciones en las esferas del arte y el saber, y valorarlas en su justa medida. Empero, tras sólo un moderado estudio de sus otras actividades, se hace evidente que, de no haber escrito la poesía luminosa y profunda que nos legó, habría de todos modos pasado a la posteridad por su hondo y claro pensamiento, tal y como lo hallamos en su prosa. De hecho, la hermenéutica española ha logrado reivindicar al Machado articulista y dramaturgo, ampliando así la visión que de él se tenía fuera de los círculos intelectuales. Se han editado escritos privados y poco conocidos del poeta y se han revisado sus artículos y, en ellos, sus ideas sobre España, su política, su sentido, su futuro y otros temas de variada índole. Hoy, todos coincidimos en la noción de que sin lectura y entendimiento suficiente de las prosas de Machado no es posible una justa valoración de su poesía.

            Pero lo que nos interesa aquí es el aspecto epistemológico de la filosofía machadiana: sus opiniones sobre el saber, el conocer y el ignorar; sus conclusiones sobre los mecanismos de la mente y sus consejos sobre un campo que a los aquí presentes interesará particularmente: la aplicación pedagógica del conocimiento; esto es: sobre el aprender y el enseñar.

            Machado trata frecuentemente de este tema en sus Proverbios y cantares y más aún en Juan de Mairena, libro que encierra treinta años de experiencia didáctica en los institutos universitarios de Soria, Segovia, Baeza y Madrid, poniendo ante los ojos del lector un esquema altamente racional y de gran claridad, y que el autor nos brinda desde una perspectiva innecesariamente modesta, cuando afirma en su Autobiografía:



            No tengo vocación de maestro y mucho menos de catedrático. Procuro, no obstante, cumplir con mi deber.



            Para expresar con más libertad sus opiniones al respecto, el escritor se escuda en heterónimos y crea unos profesores apócrifos como recurso para manejar unos sistemas de conceptos que le parecía que debían ser expuestos de un modo u otro. No es éste el único caso en el que Machado muestra su gusto por lo apócrifo. Está convencido de que la realidad se puede mejorar. Por eso, se dirige a unos imaginarios alumnos y les dice:



            Tenéis unos padres excelentes, a quienes debéis respeto y cariño; pero ¿por qué no inventáis otros más excelentes todavía?



            En boca de los mencionados profesores pone toda una serie de sentencias, donaires, apuntes y recuerdos que, a primera vista pueden sugerir desorden, pero que bien entendidos encajan perfectamente en un todo coherente y no meramente teórico, sino de innegable utilidad práctica.

            El maestro que enseña a Machado, para que él nos enseñe a nosotros, tuvo a su vez su maestro: Abel Martín, al que se describe como un sabio olvidado y caduco, supuestamente nacido en Sevilla en 1840 y muerto en Madrid, en 1888 ó 1889, ¿qué más da? El estilo de sus apócrifas enseñanzas es firmemente didáctico y decimonónico, y éstas precisan que Juan de Mairena –el discípulo por excelencia–, más desenvuelto y lúdico que su maestro, las aclare y complete.

            Este procedimiento estilístico del desdoblamiento es habitual en Machado, quien en su Cancionero apócrifo se menciona a sí mismo como un poeta que fue profesor en Soria, Baeza, Segovia y Teruel y que ha sido confundido con otro célebre poeta del mismo nombre, autor de Soledades, Campos de Castilla, etc. Además, confiesa en su Autorretrato:



Converso con el hombre que siempre va conmigo

–quien habla solo espera hablar a Dios un día–;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.



            Los filósofos apócrifos Abel Martín y Juan de Mairena surgen de este mismo impulso hacia el desdoblamiento y le permiten una total libertad a la hora de arremeter contra los manidos tópicos relativos al saber. Para dejar clara desde el inicio la heterodoxia de sus comentarios, nos presenta a Juan de Mairena como un especialista en Retórica –cuyas clases imparte de manera gratuita y voluntaria– y que paradójicamente ha de ganarse la vida como profesor de Gimnasia. Éste es el primer ataque implícito a un siglo superficial, supercinetista, ñoño y deportivo, en donde sólo los «filósofos trasnochados» como Mairena se ocupan del eterno tema del conocimiento. Como fuere, lo que el preguntón incansable e irónico que es Juan de Mairena hace con sus estudiantes en sus clases opcionales de Retórica, no es enseñar Retórica, sino enseñar a aprender, hacerles hacer gimnasia mental. Sus procedimientos son fijos y bien definidos y en ellos se halla implícita su teoría y su particular punto de vista, su perspectiva, algo que él consideraba imprescindible y cuya necesidad percibió a temprana edad, como cuenta en una anécdota ilustrativa. Al parecer su madre le había comprado de niño en cierta ocasión un trozo de caña de azúcar. El pequeño Antonio vio a un niño con otra igual y le preguntó a su madre: «¿La de ese niño es mayor que la mía?» A lo que ésta le respondió: «Claro que no. ¿Dónde tienes los ojos?» Eso fue precisamente –confesó años más tarde Machado– lo que había seguido preguntándose durante toda su vida: ¿Dónde tenía los ojos?

            De manera ambiciosa, Mairena no deja de recordar que el saber y sus procedimientos –la epistemología– son la consecuencia de una metafísica concreta. Nos comunica que cada persona pensante –valga la redundancia– ha de tener su propia metafísica y nos describe la suya, diciéndonos que el universo mismo es una actividad consciente, una substancia o fuerza activa de carácter, antes que nada, mental. El Ser, en su visión metafórica, no es sino un gran ojo que todo lo ve al verse a sí mismo y cuyo mirar y aprehender es una característica intrínseca. Machado recrea prácticamente la noción de Parménides de Elea, quien decía que ser y pensar son una misma cosa.

            Partiendo de este postulado, en un universo así planteado, la consciencia lógica, metódica y sistemática queda como el único instrumento viable para el conocimiento y Machado se define a sí mismo como un partidario de un neo-racionalismo que se halla más allá incluso de la duda cartesiana, puesto que una duda metódica –y éstas son sus propias palabras– será siempre pura contradictio in adjecto, como un círculo cuadrado, un metal de madera o un guardia de asalto. Porque el que tiene un método o cree tenerlo, tiene o cree tener un camino que conduce a la verdad, que es precisamente lo necesario para no dudar.

            Este sistema machadiano se traduce en la noción de una Escuela Popular de Sabiduría Superior, a semejanza de la Escuela Superior Popular de la que habla Max Scheler en Las formas del saber y la sociedad, e influida por las ideas de Ortega y Gasset en Misión de la sociedad. Ha de mencionarse, a modo de inciso, el aprecio intelectual que le tuvo a Ortega, a quien cita abundantemente y a quien le dedica un verso, denominándole elogiosamente «arquitecto de Sofía».

            Volviendo a la Escuela, la finalidad de ésta consistiría en revelar al pueblo todo el radio de su posible actividad pensante, toda la enorme zona de su espíritu que puede ser eliminada y, consiguientemente, obscurecida; enseñaría a repensar lo pensado, a desaber lo sabido y a dudar de la propia duda, que es –nos dice– el único modo de empezar a creer en algo.

            En cuanto al destinatario de tal actividad nos asegura que tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra; un pueblo a quien no acaba de entontecer una clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de las universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu.

            La suya no sería, empero, una labor fácil, pues aunque los futuros maestros de la Escuela sólo pretenderían despertar al dormido, y sólo de ese modo contribuirían a la difusión de la cultura, enfrente de ellos estarían siempre, no precisamente los dormidos, sino aquellos que, medio desvelados, no quieren despertar del todo, ni mucho menos despertar a su prójimo.   

            La necesidad de una utópica institución de tales características es perentoria, si no queremos que el asistematismo, el utilitarismo y la confusión nos dominen por completo. Y, para convencernos de ello, pasa a disertar sobre la ignorancia, que afecta incluso al sentido de la vida. En Soledades, galerías y otros poemas se lamenta del hecho de que no sabemos ni por qué vivimos:



¡Ay del noble peregrino

que se para a meditar

después del largo camino

en el horror de llegar!



            Esta realidad obstaculiza la búsqueda de la verdad, porque la verdad del hombre empieza donde acaba su propia tontería. Pero la tontería del hombre es inagotable:



¡Ojos que a la luz se abrieron

un día para, después,

ciegos tornar a la tierra,

hartos de mirar sin ver!



            Machado parte de la base de que «...de diez cabezas, nueve embisten y una, piensa». E indica el error de los pragmatistas:



            Lo corriente en el hombre es la tendencia a creer verdadero cuanto le reporta alguna utilidad. Por eso hay tantos hombres capaces de comulgar con ruedas de molino. Os hago esta advertencia pensando en algunos de vosotros que habrán de consagrarse a la política.



            Los utilitaristas no han reparado en que lo que ellos hacen es invitar a elegir una fe, una creencia, y que el racionalismo que ellos combaten es ya un producto de la elección que aconsejan, y el más acreditado hasta la fecha. Hablando del aprendizaje automático que preconizaba el utilitarismo –en virtud del cual y desde el primer tercio del siglo, se puede aprender el inglés u otro idioma, en quince días y por correspondencia, si así se necesita– Machado afirma que es deber de los profesores el prevenir a los alumnos de extravagancias de tan mal gusto –son sus palabras textuales– como estos esnobismos o novedades irreflexivas. Es curioso el contemplar cómo Machado, tan progresista en otros temas, se muestra aquí tan clásico y precavido a la hora de enjuiciar conceptos nuevos y antiguos relativos a la transmisión del saber. Nos dice que el pasado y lo que implica viven en la memoria de las gentes, que, por actuar en las consciencias, se hallan incorporados al presente y en constante función de porvenir. Por ende, lo pasado es materia de infinita plasticidad, apta para ser transformada y recibir las más variadas formas, pero sin desaparecer. A este esnobismo utilitarista del aprender sin base, únicamente en virtud de lo inminentemente útil, se le puede aplicar el siguiente comentario de Mairena:



            Recordad lo que tantas veces os he dicho: De cada diez novedades que se intentan, más o menos flamantes, nueve suelen ser tonterías; la décima y última, que no es tontería, resulta a última hora de muy escasa novedad. Y esto es lo inevitable, señores. Porque no es dado al hombre el crear un mundo de la nada, como hizo el Dios bíblico, ni hacer tampoco lo contrario, cosa más difícil todavía. La novedad propiamente dicha nos está vedada.



            Además de lo dicho, y con respecto a las criticas hechas a la aplicación sistemática de la lógica tradicional por parte del alumno para la obtención de conocimiento, Machado llega a una afirmación harto tajante: la de que casi todo ataque a algo anterior presupone una ignorancia básica del concepto en sí o, como mínimo, una interpretación errónea del mismo. La broma que se permite sobre este antitradicionalismo cultural es lo suficientemente ilustrativa:



            –A Vd. le parecerá Balzac un buen novelista –decía a Juan de Mairena un joven ateneísta de Chipiona.

            –A mí, sí.

            –A mí, en cambio, me parece un autor tan insignificante, que ni siquiera lo he leído.



            Pero no todos aceptan este punto de partida tan descorazonador. Hay gentes que saben muchas cosas, hay eruditos, hay especialistas en todas las ramas del saber. Estamos en buenas manos, se podría decir. Pero Machado no las tiene todas consigo y no deja de enjuiciar el tema de la supuesta erudición de un siglo y un continente cultos:



Cantad conmigo en coro: Saber, nada sabemos,

de arcano mar vinimos, a ignota mar iremos...

Y entre los dos misterios está el enigma grave;

tres arcas cierra una desconocida llave.

La luz nada ilumina y el sabio nada enseña.

¿Qué dice la palabra? ¿Qué el agua de la peña?



            Pero no hay que ser tan exagerado. Evidentemente hay gentes que saben cosas. Muchas cosas. Pero ¿sirve para algo el acaparamiento del saber? Según lo que se haga luego con lo aprendido, pues nos menciona en caso de un erudito amigo suyo que aprendió tantas cosas que no tuvo tiempo de pensar en ninguna de ellas. Y eso sin tener en cuenta que el tiempo deformará lo sabido, lo que le lleva a afirmar en Proverbios y cantares que:



De toda la memoria sólo vale

el don preclaro de evocar los sueños.



            Hay que considerar con mucho cuidado el aspecto de la finalidad del saber. Machado critica el hecho de que sus contemporáneos se empeñen en que el pueblo aprenda a leer, sin decirle para qué. Además, pone de relieve que, aunque el amor a la verdad es el más noble de todos los amores, no es oro en él todo lo que reluce. Porque no faltan sabios, investigadores, eruditos que persiguen la verdad de las cosas y de las personas, con la sola esperanza de deslustrarlas.

            Otro riesgo que corre el sabio en ciernes es el de la excesiva personalización de la sabiduría. Dice Mairena:



            Nosotros, los maestros, somos un poco egoístas, y [...] quisiéramos acaparar [la cultura]. Nuestras mismas ideas nos parecen hostiles en boca ajena, porque pensamos que ya no son nuestras. La verdad es que las ideas no deben ser de nadie.



            Pasa, a continuación, a criticar y casi ridiculizar el concepto de especialización del saber, del que ya había hablado Ortega en La barbarie del especialismo, cap. XII de La rebelión de las masas, diciendo:



            Cuando el saber se especializa, crece el volumen total de la cultura. Ésta es la ilusión y el consuelo de los especialistas. ¡Lo que sabemos entre todos! ¡Oh, eso es lo que no sabe nadie!



            Y remata sus comentarios sobre este punto asegurando que los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; pero volver, ¡nadie ha vuelto!

            Pasando ya a términos más constructivos Mairena recalca la importancia que su Escuela daría al individualismo:



El que no habla a un hombre, no habla al hombre;

el que no habla al hombre, no habla a nadie.



            Recuerda que Unamuno habría proclamado que cada uno de los hombres es una especie única, y afirma tajantemente:



            Nosotros [la Escuela de Sabiduría] no pretenderíamos nunca educar a las masas. A las masas que las parta un rayo. Nos dirigimos al hombre, que es lo único que nos interesa.



            Aclara, no obstante, que no es partidario del aristocratismo de la cultura, en el sentido de hacer de ésta un privilegio de casta. La cultura debe ser para los más, debe llegar a todos individualmente; pero antes de propagarla, es preciso hacerla. La pedagogía de regadera –afirma– quiebra indefectiblemente cuando la regadera está vacía.

            Mairena está convencido de que no hay más sabiduría que la propia y se manifiesta en contra de la noción de sabiduría colectiva. Por más vueltas que le da no halla manera de sumar individuos. La búsqueda del saber no es, no puede ser una experiencia gregaria:



            Sobre todo no olvidemos que la cultura es intensidad, concentración, labor heroica, callada y solitaria, pudor, recogimiento antes, mucho antes que extensión, propaganda.



            Aquello de que dos cabezas piensan mejor que una es una solemne tontería. Al contrario, nos asegura que donde varios hombres o varios sabios se reúnen a pensar en común, hay siempre un orangután invisible que piensa por todos.

            La aventura del pensar es algo que el hombre debe emprender el solitario, sin importar dónde llegue. Por ello, la Escuela de Sabiduría no sería en absoluto dogmática, sino que estaría abierta a todo tipo de ideas, por estrafalarias que pudieran parecer:



            Nadie debe asustarse de lo que piensa, aunque su pensar aparezca en pugna con las leyes más elementales de la lógica. Porque todo ha de ser pensado por alguien, y el mayor desatino puede ser un punto de vista de lo real. Que dos y dos sean necesariamente cuatro, es una opinión que muchos compartimos. Pero si alguien sinceramente piensa otra cosa, que lo diga. Aquí no nos asustamos de nada.



            Y si este principio individualista es aplicable al aprendizaje, lo es también a la enseñanza. Por ello, Mairena se quejaba de que no hubiera un buen manual de literatura española. Hubiera deseado que tal manual existiera para poder prescindir de él.

            Ahora bien, no se está hablando aquí de autodidactismo a ultranza. Por el contrario: Machado nos previene contra los autodidactas, pues afirma haber visto en su soledad «...cosas muy claras / que no son verdad». Y añade:



            Sin maestro, por revelación interior o por reflexión autointrospectiva, pudimos aprender muchas cosas, de las cuales cada día vamos sabiendo menos. En cambio, hemos aprendido mal muchas otras que los maestros nos hubieran enseñado bien. Desconfiad de los autodidactas, sobre todo cuando se jactan de serlo.



            El maestro es una pieza fundamental, pero lo que ocurra entre el maestro y el discípulo sí que ha de ser un proceso personal, único e intransferible. Además, no sirve cualquier maestro: ha de darse una adecuación pertinente de maestro y enseñanza. Como ejemplo de esto nos transmite su convicción de que en una Facultad de Teología bien organizada, tendría que existir imprescindiblemente una Cátedra de Blasfemia, y ésta la tendría que desempeñar inexorablemente el mismo Demonio.

            Y ese maestro ideal sería el que, antes que nada, nos enseñaría a dudar, pues la duda es una de las más esenciales herramientas del conocimiento, a semejanza de la lógica y la razón. Pero Machado, como ya hemos mencionado, no aconseja la duda a la manera de los filósofos, sino la duda poética, que es duda humana, de hombre solitario y descaminado entre caminos. Nos dice:



            Aprende a dudar, hijo, y acabarás dudando de tu propia duda. De este modo premia Dios al escéptico y confunde al creyente.



            Lo importante es ser siempre conscientes de que todo puede y debe ser cuestionado. Nos recuerda que hay hombres que nunca se hartan de saber. Y hay otros, en cambio, que nunca se hartan de ignorar. No se duermen tranquilos sin averiguar que ignoraban profundamente algo que creían saber. Por ello la duda metódica debe llevarse hasta sus últimas consecuencias. Por principios, no hay que creer ni al maestro: «Doy consejo a fuer de viejo: / nunca sigas mi consejo.»



            Recalca Mairena:



            No toméis demasiado en serio nada de lo que os diga. Desconfiad sobre todo del tono dogmático de mis palabras. Porque el tono dogmático suele ocultar la debilidad de nuestras convicciones.



            Bajo ninguna circunstancia se ha de incurrir en el error de tomarse demasiado en serio uno mismo. Porque –se pregunta– ¿con qué derecho someteríamos nosotros lo humano y lo divino a la más aguda crítica, si al mismo tiempo declarásemos intangible nuestra personalidad de hombrecitos docentes?

            Y, junto con la duda, el instrumento supremo no es sino la vieja lógica aristotélica, criticada por algunos innovadores utilitaristas no por inútil, sino por antigua. Sin embargo, es algo imprescindible para la especie:



El hombre es por natura la bestia paradójica,

un animal absurdo que necesita lógica.



            A esta lógica Mairena la describe como «...el artificio maravilloso que empleó el pensamiento humano durante siglos para andar por casa...» y añade que la vieja lógica es como los andadores con los que se ha de hacer todavía un largo camino, como una calabaza que sirve para flotar en nuevas aguas y que compensa con su vacío la pesada macicez de algunos encéfalos. Los métodos de aprendizaje pueden ser diversos hasta cierto punto, pero han de flotar siempre con esta metafórica calabaza, haciendo al estudiante reflexionar continuamente sobre todos los factores e implicaciones de lo que aprende.

            Su validez la plantea Mairena de forma negativa. Reta a sus alumnos a que la impugnen y a que la utilicen hasta su extremo, para demostrar su imperecedera eficacia:



            A última hora, arte, ciencia, religión, todo ha de aparecer ante el Tribunal de la Lógica. Por eso nosotros queremos reforzar la nuestra, sometiéndola a toda suerte de pruebas ante el Tribunal de sí misma.



            Esta idea es la que Machado quiere llevar a su extremo. Se ha dicho que los sabios ignoran el método, puesto que se limitan a vivirlo. En las clases de Mairena, éste intenta imbuir en sus oyentes la concepción de esta fuerte necesidad de un procedimiento razonado para el aprendizaje, concepto antiguo, pero que, debido a su validez, vuelve a repetirse. Como nos dice en sus Proverbios:



Bueno es recordar

las palabra viejas

que han de volver a sonar.



            Machado hizo una defensa a ultranza de la epistemología aristotélica: la experiencia no se puede transmitir directamente y de forma automática, sino que sólo se puede poner a los otros individuos en condición de adquirir la misma experiencia mediante un procedimiento razonado, predominando así la deducción sobre la inducción. Por ello, nuestro autor hubo de enfrentarse a los métodos educativos que surgieron de una sociedad orientada en gran medida hacia el utilitarismo. Los conceptos de «saber para saber» o de «saber para evolucionar» se hacían impopulares por momentos y las tendencias educativas de Europa señalaban hacia lo fácil y, sobre todo, hacia lo práctico. Nuestro pensador se rebela ante un procedimiento educativo que tiende a enseñar conclusiones sin enseñar cómo se llega a ellas y que pretende mecanizar y automatizar la enseñanza. «Despacito y buena letra –dice–; el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas.» El poeta comenta:



            No hemos de sorprendernos si encontramos en la lógica –considerada inútil– otro valor de más alta categoría que el de la utilidad.



            Cuando Machado habla del razonamiento lógico como elemento de aprendizaje –concepto basado en una antigua tradición– se opone a las nuevas tendencias de su momento, que creían más en el valor de la espontaneidad que en los beneficios del sistematismo y las normas. Hace evidente su interés por mejorar el nivel de comprensión del estudiante y en no facilitar una asimilación primaria, fuera del terreno de lo sistemático, que lleva indefectiblemente a un conocer superficial, como al que combate cuando dice:



Bueno es saber que los vasos

nos sirven para beber;

lo malo es que no sabemos

para qué sirve la sed.



            Dentro de este proceso Machado otorga gran valor a la palabra y a todo lo que ella implica. Como curiosidad se podrían mencionar las opiniones del pensador sobre el aprendizaje de lenguas, puesto que todo el proceso lógico cognoscitivo del que hemos hablado sólo puede llevarse a cabo dentro de los paradigmas de la propia lengua y la lengua es, según Machado, aquella en la que se vive y piensa y no puede ser más que una –así como sólo es una la lógica–, por lo que debemos contentarnos –y cito textualmente– con el conocimiento externo, gramatical y literario de las demás. Por consiguiente, sobre el concepto de aprender otras lenguas de meta como la propia, nos dice:



            El francés, el inglés, el alemán, el italiano, deben estudiarse como el latín y el griego. Un causeur español, entre franceses cultos, será siempre perfectamente ridículo; vuelto a España al cabo de algunos años, será un hombre intelectualmente destemplado y disminuido por la dificultad de pensar bien en dos lenguas distintas. Que Dios nos libre de ese hombre, que traduce a su propio idioma las muchas tonterías que, necesariamente, hubo de pensar en el ajeno. Y si llega a ministro...



            El párrafo queda cortado por unos puntos suspensivos que dejan de nuevo a la lógica encargada de deducir sus consecuencias.

            A modo de ejemplo a lo anterior, el poeta, teorizando sobre la Retórica y su empleo de la Lógica como punto de partida, se pregunta:



            ¿Creéis vosotros que es posible hablar bien, pensando mal? Si pensáis conmigo que esto no es posible, ¿os extrañará que la retórica nos conduzca necesariamente a la lógica, al estudio de las normas o hábitos de pensar que hacen posible el conocimiento de algo?



            Y son precisamente estos hábitos de pensar los que el Machado pedagogo inculca a sus hipotéticos estudiantes mediante la práctica continuada y metodológica de silogismos, sorites, contradicciones, refutaciones, argumentos ad hominem, a contrariis, a simili, y todo tipo de ejercicios lógicos que son, a su ver, los procedimientos deductivos del aprendizaje y los que van a colocar a sus educandos en posición de poder aprender ordenadamente en el futuro. Únicamente tras esta preparación que el poeta propugna puede tener validez la aplicación práctica de la llamada «pedagogía de la alusión», a la que Ortega define en su libro Meditaciones del Quijote y según la cual, para enseñar una verdad, basta con una alusión leve con la que la lógica que hemos aprendido y asimilado tiene material suficiente para hacernos llegar hasta dicha verdad. Ortega contaba, evidentemente, con una generación con conocimientos racionalmente adquiridos.

            El resultado de todo esto es que la lógica de Mairena sale triunfante de todas las pruebas y enseña claramente a deducir y a desglosar las implicaciones de cualquier afirmación. Se observa que el procedimiento educativo de Machado se basa totalmente en la aplicación sistemática de este razonar inquisitivo, que se pregunta el porqué de las cosas, que considera que, para un espíritu medianamente científico, todo conocimiento es la respuesta a una pregunta y que si no existe la pregunta, no puede haber tal conocimiento. Machado enseña con ejemplos la aplicación total de la lógica a todo postulado, como en el caso siguiente, donde reflexiona sobre un mandamiento cristiano:



            Amar a Dios sobre todas las cosas, es algo más difícil de lo que parece. Porque ello parece exigirnos: primero, que creamos en Dios; segundo, que creamos en todas las cosas; tercero, que amemos todas las cosas; cuarto, que amemos a Dios sobre todas ellas. En suma: la santidad perfecta, inasequible a los mismos santos.



            Para finalizar mis comentarios intentaré enumerar brevemente los aspectos principales de la epistemología de Machado, tal y como los propugna, y de sus aplicaciones prácticas, a mi modo de entender:



            1. Interpretación metafísica como origen de las formas y teorías de conocimiento. Relación directa entre metafísica y epistemología, actuante en todos los planos del aprendizaje.



            2. Explicación del universo como consciencia activa.



            3. Presentación de los procesos de conocimiento como destilación de una práctica de siglos.



            4. Concepto de la enseñanza «total» y no limitada por consideraciones utilitaristas temporales.



            5. Necesidad de un procedimiento sistemático en cualquier método de enseñanza.



            6. Empleo de la consciencia lógica como único instrumento de conocimiento.



            7. Visión de la lógica como disciplina no innata, que ha de aprenderse y ejercitarse.



            8. Defensa de la práctica continuada de ejercicios lógicos y deductivos, a partir de una base fijada de antemano.



            Estos puntos sobre la necesidad de la comprensión racional y no automatizada del aprendizaje son un somero resumen de lo antedicho, pero es, en realidad, presuntuoso el pretender sintetizar ideas de un pensador que en breves tercetos y aun en pareados, supo condensar toda suerte de enrevesados pensamientos y reflexiones. Y sobre este tema, Machado, maestro indiscutible de la síntesis, afirma:



            Ésta es la escala gradual de nuestro entendimiento: primero, entender las cosas; segundo, entenderlas bien; tercero, entenderlas mejor; cuarto, entender que no hay manera de entenderlas sin mejorar nuestras entendederas. Cuando esto lleguéis a entender, estaréis en condiciones de entender algo, o sea, en los umbrales de la filosofía.