Antonio Machado: el humor de un escritor serio



Enrique Gallud Jardiel
 
Dicen que cuando uno no sabe muy bien qué escribir sobre un tema, comienza haciendo una relación detallada de lo que han escrito antes otros. Imagino que muchos —yo, por supuesto— hemos sido culpables en más de una ocasión de este delito de lesa hermenéutica. Pero en este caso no ha podido ser, pues, pese a la ingente cantidad de material crítico sobre Machado, prácticamente nadie le percibe como un autor cómico cuya obra pueda medirse con los parámetros de la risa. Muy al contrario: nuestro poeta parece ser el perfecto paradigma del escritor «serio», que se complace en ofrecernos incansable profundas verdades filosóficas o maduras expresiones de sentimiento poético, sabiamente condensadas en sencillas coplas. Claro está que todo esto es efectivamente así, lo que no hace desaparecer la vena humorística del poeta sobre la que pretendo centrarme en esta conferencia, máxime si consideramos la amplitud del concepto de humorismo, que abarca no sólo una clase de procedimientos de creación literaria, sino una filosofía de vida y una actitud ante el mundo. Evidentemente, tendríamos, ante todo, que dilucidar qué entendía Machado por humor, puesto que en uno concreto de sus libros hemos buscado sin éxito ejemplos o frases con gracia obvia, pero él lo tituló Humorismos, fantasías, apuntes, por lo que es patente que cosas que a nosotros como lectores quizá nos parecen muy serias, él las consideraba indudablemente graciosas. Además, no puede negársele una visión humorística propia de la realidad a un autor que hace que su trasunto literario, su alter ego de ficción —el maestro-filósofo Juan de Mairena— bautice a su gabán con el nombre de «Venganza catalana», en alusión al drama romántico de Antonio García Gutiérrez, por ser de una tela, fabricada en Cataluña, que pesa mucho y abriga poco. El tono cómico se mantiene en todo ese magnífico libro de confesiones y reflexiones de un profesor apócrifo, donde el autor se complace en insertar por doquier, en medio de disquisiciones filosóficas, frases vulgares con indudable gracia, donde se alude a «las chuflas dialécticas de los epicureos», a solipsismos «que de absurdo no tienen ni un pelo», a grandes filósofos que son «los bufones de la divinidad», a «conceptos mondos y lirondos» que no son sino «monsergas», a pensadores como Pope, «que no se chupaban el dedo» y a meditaciones trascendentales sobre «el apaga y vámonos de la especie humana». Machado, por boca de Juan de Mairena y mientras éste enseña a sus discípulos de retórica a escribir bien, disfruta riéndose de lo supuestamente más serio y concede valor inmenso a las frases más vulgares, que suelen ser —dice— las más ricas de contenido:
Reparad en ésta, tan cordial y benévola: «Me alegro de verte bueno.» Y en ésta, de carácter metafísico: «¿Adónde vamos a parar?» Y en estotra, tan ingenuamente blasfematoria: «Por allí nos espere muchos años.» Habéis de ahondar en las frases hechas antes de pretender hacer otras mejores.

         Establecido esto, cabe preguntarse: ¿en qué corriente humorística se entroncaría a nuestro hombre? ¿Qué antecedentes cómicos se podrían mencionar? ¿Qué modelos? Es algo difícil de precisar. El siglo xix —con la honrosa excepción de Larra— fue esencialmente serio. El gracioso, la figura de donaire del teatro barroco, desapareció con el romanticismo; y Ciutti, el antonomásico criado del Don Juan Tenorio de Zorrilla, no es sino un matón a sueldo sin gracia alguna. Ortega nos habla de la Pardo Bazán y critica su mala caracterización de personajes, contando un ejemplo de uno de ellos, pues Doña Emilia dice cien veces que era un hombre divertidísimo, con mucho salero y simpatía. Pero a lo largo de quinientas páginas de novela naturalista no le vemos hacer ni decir nada que resulte remotamente gracioso, si siquiera ameno. Hablaríamos entonces de una sub-sección, por así llamarla, de la propia Generación del 89 que sí se dedicó al humor: Juan Pérez Zúñiga, Vital Aza, Tomás Luceño, Luis de Tapia, con continuadores como Enrique García Álvarez, Carlos Arniches, Wenceslao Fernández Flórez, Ramón Gómez de la Serna, Julio Camba o Pedro Muñoz Seca. José López Rubio, en su discurso de ingreso en la Real Academia definió el concepto de «la otra Generación del 27», para referirse a humoristas como Jardiel Poncela, Tono o Mihura. Algo semejante está aún por hacer con los noventayochistas, pues no se podrá negar que hallazgos como el concepto de alma grupal, que Unamuno nos presenta en su novela Niebla —en función del cual todas las mujeres poseerían una única alma compartida y el que se enamorara de una quedaría automáticamente enamorada de todas— resultan elementos indiscutiblemente cómicos y de primer orden. Todo ello sin olvidar la excelente aunque poco conocida fundamentación teórica que hace de la risa Pío Baroja en su ensayo La caverna del humorismo.
         Veamos que nos dice Machado del humor, antes de pasar a ver cómo lo emplea.
         Ante todo, advertimos que el pensador se posiciona contra el humor fácil y defiende el humor inteligente. Recomienda en diversos lugares de su obra ser incomprensivo con la risa necia e incita a destripar los chistes de los tontos. Aconseja que, cuando alguien nos diga: «Si sales de Madrid y caminas hacia el Norte, cuida bien de tus botas, sobre todo al pasar de El Plantío, porque, primero las Rozas y después las Matas...», nosotros añadamos: «Y después, Torrelodones, Villalba... En efecto, es mucho trajín para el calzado.» Establece una diferencia entre el hombre pensante, al que se dirige el humor inteligente, y el vulgo, que se complace con reír de lo que encuentra en los dos extremos: los apetitos más burdos y más primarios (el miedo, la gula, el deseo sexual) y aquello que, por profundo, no puede entender. En sus lecciones de su ideal Escuela de Sabiduría, a la que alude en Juan de Mairena, nos dice: «Nos dirigimos al hombre, que es lo único que nos interesa. Nosotros no pretenderíamos nunca educar a las masas. A las masas que las parta un rayo.» Porque hace falta una individualidad, y una individualidad inteligente para la creación o la apreciación del humor. El hombre con mayor sentido del humor es el que tiene una mente más curiosa, observadora y reflexiva, quien tiene su mente llena de experiencias, quien posee una mente capaz de hallarse alerta, que es lo que Machado siempre aconseja. El ingenio es una prueba de inteligencia. Nadie puede disfrutar de un sentido creativo de lo cómico sin una mente verdaderamente brillante y crítica. Así, Machado se adhiere a la teoría culturalista del humor, que defiende que el humor es una posición del espíritu: con una perspectiva adecuada todo puede ser causa de risa. Pero la condición para poder adoptar esa postura es la cultura y el desarrollo de la inteligencia. Cuando se adquiere una sensibilidad superior, todo el mundo es susceptible de ser tomado en broma. Los recursos humorísticos no son espontáneos, sino producto de una mente cultivada. El humor abarca todas nuestras emociones, pensamientos y acciones en un principio fundamental, una visión del mundo, una actitud. Esta posición ya la habían adoptado antes muchos, desde Quintiliano a Goethe, Nietzsche o Schlegel.
         Mencionaremos que Machado considera como el filósofo definitivo del siglo xix a Henri Bergson, quien escribió uno de los libros más profundos y definitivos sobre el humor: Le rire. Essai sur la signification du comique, donde estudiaba el automatismo como origen de lo cómico. Para nuestro autor, al igual que la inteligencia es lo que permite hacer y disfrutar del humor, es la estupidez la que proporciona más elementos para su elaboración. Hay, pues, mucha más materia prima que fabricantes, pues, como no se cansa de recordarnos:
De cada diez cabezas,
nueve embisten y una piensa.

Para ser clown o divertidor asegura— hay que haber comprendido el inmortal proverbio del cómico latino: «Humani nihil a me alienum puto» (Nada humano me es ajeno), y menos que nada, la inagotable tontería del hombre. Lo cómico en Machado surge de una visión pesimista no meramente de la raza humana, sino de todo el universo, que parece que está pidiendo con insistencia que se le satirice y hostigue. Su peculiar teoría cosmológica así lo demuestra. Para beneficio de aquellos que necesitan una exposición mitológica de las cosas divinas, Machado imagina el Génesis a su manera: «Dios no se tomó el trabajo de hacer nada, porque nada tenía que hacer antes de su creación definitiva. Lo que pasó, sencillamente, fue que Dios vio el Caos, lo encontró bien y dijo: ‘Te llamaremos Mundo’».
Este pesimismo cósmico no resulta extraño a los que conocen las vicisitudes de nuestro hombre, sus sufrimientos y desengaños. No tuvo Machado muchos motivos alegría en su vida, pero como el humor no necesariamente nace de la alegría, sino que es una posición vital ante la comedia del mundo, de su propia visión negativa de las cosas surge su discreto humorismo, donde percibimos siempre ese punto de fatalismo:
Tras estos tiempos, vendrán
otros tiempos y otros y otros,
y lo mismo que nosotros
otros se jorobarán.

         Sin embargo, su pesimismo no se traduce —como suele suceder— en gravedad. El hombre serio es el que se concede excesiva importancia a sí propio, a su entorno y a si época, como si no hubiera nada destacable antes ni lo fuera a haber después. Y Machado es todo lo contrario. Se muestra proverbialmente humilde y, cuando enseña por boca de sus profesores apócrifos, insiste a sus alumnos que no le tomen demasiado en serio. Más aún: emplea hábil y abundantemente el humor para mofarse de sí mismo y, por tanto, adquirir —diríamos— el derecho moral de burlarse también de los demás. En su divertida fustigación a la tontería del mundo, Machado es la primera víctima de Machado. Escribe:
Todos creerán que mis epigramas están escritos contra alguien. Tras ellos se pondrá un nombre, ¿quién sabe de quién? Tal vez de aquel a quien menos haya yo querido aludir. Nadie comprenderá que estos epigramas están escritos contra mí mismo. ¿Y por qué no? Yo soy Tartarín, yo soy el grillo, el burro de la flauta ronca, y el caracol y todo lo demás. ¿Por qué no ha de sorprender al hombre su triste figura? ¿Hemos de escribir para exaltarnos y jalearnos?

         ¿Por qué esto? Sencillamente, porque el escritor no puede dar de lado a su sentido crítico, profundamente enraizado en su personalidad. Nos describe como el acontecimiento más importante de su historia una anécdota de su niñez. Caminaba con su madre, llevando una caña dulce en la mano, y vio a otro niño, portador a su vez de otra caña dulce. Él estaba seguro de que la suya era la mayor. No obstante, preguntó a su madre, buscando confirmación de su propia evidencia: «La mía es mayor, ¿verdad?» «No, hijo —le contestó su madre—.¿Dónde tienes los ojos?» Y resume Machado: «¿Dónde tienes los ojos?» He aquí lo que yo he seguido preguntándome toda mi vida.»
         En Juan de Mairena, Machado declara abiertamente la imprescindibilidad de lo cómico: «La prosa, decía Juan de Mairena a sus alumnos de Literatura, no debe escribirse demasiado en serio. Cuando en ella se olvida el humor —bueno o malo—, se da en el ridículo de una oratoria extemporánea, o en esa que llaman prosa lírica, ¡tan empalagosa!» Y añade que aunque es moneda común que la prosa didáctica ha de escribirse en serio, una chispita de ironía nunca estaría de más: «¿Qué hubiera perdido el doctor Laguna con pitorrearse un poco de su Dioscóredes Anazarbeo...? Pensaríamos de él como pensamos hoy: que fue un sabio, para su tiempo, y hasta intentaríamos leerle alguna vez.» Así es que hay que emplear el humor para fustigar un poco a los pedantes y a los tontos, valga la redundancia, aunque a Machado no se le oculta que la posición del satírico, del hombre que ataca con acritud vicios o errores ajenos, es, generalmente, poco simpática. Pero es necesaria, pues no hay nada más falso en su esencia que el hombre que cree tener las claves de todo lo verdadero. Nuestro autor contrapone al ironista, al humorista, al hombre que se asombra de la necedad del mundo y lo combate a su mudo, con el hombre serio, que es siempre alguien muy engolado —nos dice— que está pidiendo a gritos un puntapié en la espinilla que lo ponga en ridículo. En una disquisición sobre estos prototipos de personas que lo saben todo y dicen conocer el sentido del mundo y de su propia existencia nos indica Machado que los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; pero lo que es volver, ¡nadie ha vuelto!
         Ya hemos identificado con esto una de las principales utilidades que el poeta le atribuye al humor: el desenmascaramiento de los hombres hueros que ocultan su ignorancia tras una engañosa apariencia de seriedad. Otra utilidad palmaria consiste en que el humor es la mejor arma contra el tópico y combate el anquilosamiento lingüístico que puede acabar produciéndonos, en definitiva, un anquilosamiento mental. Machado no aconseja que se desdeñen los tópicos, lugares comunes y frases más o menos mostrencas de nuestra lengua, ni que se huya sistemáticamente de tales expresiones; pero sí que se adopte ante ellas una actitud interrogadora y reflexiva, sustentada en el humor. Y pone un ejemplo: «Porque las canas, siempre venerables...» Luego se pregunta: ¿Son siempre, en efecto, venerables las canas? ¿Pueden ser venerables las canas de un anciano usurero? ¿En qué proporción dentro de la vida social son venerables las canas y en cuál dejan de serlo? ¿Por qué el adjetivo ‘venerable’ se aplica tan frecuentemente al sustantivo ‘canas’? ¿Es que, por ventura, el número de ancianos venerables propiamente dichos excede al de viejos sinvergüenzas cuyas canas de ningún modo deben venerarse? Invita a sus alumnos a que continúen así hasta lo infinito, libres ya del maleficio de los lugares comunes, llegando a divertidas cuantificaciones de predicados a las que no estábamos habituados, tales como «Las canas, casi siempre venerables; las canas, algunas veces venerables; las canas, no siempre despreciables; las canas, en un treinta y cinco por ciento venerables», etcétera. Aquí, el humor, de manera rápida, combate a una vulgaridad idiomática basada en la estolidez, venciéndola sin dificultad.
         Vemos que el empleo sistemático de lo cómico es altamente eficaz como procedimiento de aprendizaje —una tercera utilidad— y Juan de Mairena admite que lo que hace en su cátedra de Retórica y de Sofística, no es sino una especie de astracán filosófico, más firme de lo que parece y de gran valor como herramienta de Retórica, que es una disciplina importantísima que ha de enseñarnos a hablar bien y, antes de ello y sobre todo, a pensar bien, algo mucho menos frecuente que lo deseable.


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         Son muchas las teorías enunciadas desde la antigüedad para explicar total o parcialmente las causas de la risa. Ninguna, empero, la explica por completo, pese a que se ocuparon de ello algunas de las mentes más lúcidas de la historia filosófica. Aristóteles desarrolla la teoría de la mimesis; Platón achaca a la ignorancia el origen de la risa; Aquino lo atribuye al juego; Ben Jonson, al castigo; Descartes habla del escarnio; Locke, del ingenio; Kant, de la expectativa defraudada; Hegel, de la sensación de triunfo; Nietzsche, de la compensación; Darwin, de la sorpresa; Freud, de la regresión; Spencer, del alivio, Bergson, del automatismo; Koestler, de la bisociación, y otros muchos, de otras muchas cosas. Pero la explicación comprehensiva que más afín resulta a la visión de nuestro hombre es la teoría de la incongruencia, expuesta por Arthur Schopenhauer, aunque pueden hallarse antecedentes de la misma en Horacio y en Kierkegaard. Para el alemán el humor surge de una contemplación amable del absurdo de la vida. La risa se produce ante la constatación de la incongruencia entre el pensamiento y la realidad. El absurdo de nuestro caótico mundo forzosamente ha de hacer reír a sus analistas, como indica la famosa frase de La Bruyère: «La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan». Machado basa mucho de su humor en este planteamiento, ejercitándose en él con aquellas figuras retóricas que más ponen de manifiesto la incongruencia del universo: paradojas, contrastes, oximorones, contradicciones. Y no hay contradicción mayor conocida que la que presenta la propia naturaleza humana:
El hombre es por natura la bestia paradójica:
un animal absurdo que necesita lógica.

         Y añade que la lógica es la gran rueda de molino con que comulga la Humanidad entera a través de los siglos.
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         La paradoja viene a ser la llave inglesa de Machado, la herramienta ajustable que sirve para apretar tornillos de muy diverso calibre. Para poner de relieve el absurdo del mundo que contempla, el poeta-profesor emplea repetidamente este recurso, evidentemente cómico. Como enuncia Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, «Toda risa está ocasionada por una paradoja.» Su mecanismo consiste en despertar nuestra curiosidad. ¿Por qué una causa produce el efecto contrario al esperado? Machado menciona otra vez el abrigo de tela catalana, cuya especialidad consiste en que, cuando alguna vez se le cepilla para quitarle el polvo, ya porque sea su paño naturalmente ávido de materias terrosas y las haya absorbido en demasía, ya porque éstas se encuentren originariamente complicadas con el tejido, el caso es que le sale más polvo del que se le quita. Dicho de otra manera: en muchas ocasiones no podemos resolver las incongruencias de la vida, pero podemos y debemos ser conscientes de que existen para prepararnos para contrarrestarlas en la medida de lo posible. El escritor habla paradójicamente de dos grandes verdades que tiende a repetir. La primera se refiere a la ignorancia en la que nos hallamos con respecto a casi todo y que nos abruma. Nuestro conocimiento se detiene en los hechos exteriores y accesorios del cosmos, eso que llamamos «ciencia»:
Bueno es saber que los vasos
nos sirven para beber;
lo malo es que no sabemos
para qué sirve la sed.

No vemos distintamente la realidad pese a tenerla tan cerca o precisamente por tenerla tan cerca. Nos asegura que el pescador es quien menos sabe de los peces, después del pescadero, que sabe menos todavía. Por eso, en su normativa estilística incluye la noción de que hay que escribir «Obscuro para que atiendan; / claro como el agua, claro / para que nadie comprenda», lo que viene a refrendar una premisa general que podría enunciarse perfectamente como «La gente es tonta y esnob».
La segunda verdad que sus paradojas nos transmiten es la del valor del individualismo en cuanto a lo que a pensar se refiere. Cada uno debe sacarse sus castañas del fuego, intelectualmente hablando, y razonar por sí mismo. No valen modelos ni maestros. A Machado le gusta poner a sus oyentes/lectores un poco en guardia contra él mismo, afirmando que nunca está más cerca de pensar una cosa que cuando ha escrito la contraria. No hay que fiarse, pues, de lo que otros te digan. Esta verdad se cae de vieja: ya la había enunciado el Buddha en el siglo vi a. C. diciendo que no debemos creernos lo que se nos diga mientras no lo comprobemos por nosotros mismos, aunque todo el mundo lo venga aceptando desde siempre y todos los sabios coincidan en afirmarlo. Machado dice claramente: «Doy consejo, a fuer de viejo: / nunca sigas mi consejo». Y con este pareado breve y hasta ramplón se carga limpiamente el principio de autoridad.
El contraste es otro recurso de parecidos efectos. Su contenido cómico deriva de sentimientos ambivalentes, de atracción y repulsión a un mismo tiempo, del choque entre dos mundos representativos enteramente heterogéneos. Ya Pirandello definió el humor como el sentido de lo opuesto. La clave consiste en advertir lo contrario. Y este procedimiento obliga automáticamente a reflexionar sobre los términos comparados. Un verso:
¡Quién fuera diamante puro!
—dijo un pepino maduro.
Todo necio
confunde valor y precio.

A Machado le complace emplear formas antitéticas en su prosa, deteniéndose muchas veces a explicar o comentar lo que no solemos ver por la costumbre o por la inercia. Nada hay más imposible —nos dice— que un guardia de asalto, lo que constituye una contradictio in adjecto perfecta: defender y atacar al mismo tiempo es algo totalmente imposible en toda la extensión del universo salvo en el cerebro del militar que inventó el término. El poeta se sirve también de estos juegos para presentar la otra cara de la moneda, la postura rebelde ante lo generalmente aceptado. Así, para combatir, por ejemplo, los excesos de la moda, aconseja que seamos hombres de mal gusto, porque siempre es de mal gusto lo que no se lleva en una época determinada. Es otro de los caminos que Juan de Mairena propone a sus apócrifos alumnos para distanciarse del rebaño.
Nuestro hombre utiliza esporádicamente recursos humorísticos de los más habituales, tales como la obviedad:
En preguntar lo que sabes
el tiempo no has de perder...
Y a preguntas sin respuesta
¿quién te podrá responder?
        
         O también el adínaton o imposible, en el que no dejamos de percibir similitudes con las greguerías de Ramón: «El señor De Mairena lleva siempre su reloj con veinticuatro horas justas de retraso. De este modo ha resuelto el difícil problema de vivir en el pasado y poder acudir con puntualidad, cuando le conviene, a toda cita.»
         En sus obras en prosa se encuentran también chistes descontextualizados, que no son sino sofismas de la variedad más tradicional. Transcribimos uno de ellos:
—Oiga usted, amigo Tortólez, lo que se contaba de un confitero andaluz muy descreído a quien quiso convertir un filósofo pragmatista a la religión de sus mayores [...] Escuche usted lo que decía el filósofo. «Si usted creyera en Dios, en un Juez Supremo que había de pedirle a usted cuentas de sus actos, haría usted unos confites mucho mejores que esos que usted vende, y los daría usted más baratos, y ganaría usted mucho dinero, porque aumentaría usted considerablemente su clientela. Le conviene a usted creer en Dios.» «¿Pero Dios existe, señor doctor?» —preguntó el confitero—. «Eso es cuestión baladí —replicó el filósofo—. Lo importante es que usted crea en Dios.» «Pero ¿y si no puedo?» —volvió a preguntar el confitero—. «Tampoco eso tiene demasiada importancia. Basta con que usted quiera creer. Porque de ese modo, una de tres: o usted acaba por creer, o por creer que cree, lo que viene a ser aproximadamente lo mismo, o, en último caso, trabaja usted en sus confituras como si creyera. Y siempre vendrá a resultar que usted mejora el género que vende, en beneficio de su clientela y en el suyo propio.»
         El confitero —contaba mi maestro— no fue del todo insensible a las razones del filósofo. «Vuelva usted por aquí —le dijo— dentro de unos días.»
         Cuando volvió el filósofo encontró cambiada la muestra del confitero, que rezaba así: «Confitería de Ángel Martínez, proveedor de Su Divina Majestad».
         —Está bien. Pero conviene saber, amigo Mairena, si la calidad de los confites...
         —La calidad de los confites, en efecto, no había mejorado. Pero, lo que decía el confitero a su amigo el filósofo: «Lo importante es que usted crea que ha mejorado, o quiera usted creerlo, o, en último caso, que usted se coma esos confites y me los pague como si lo creyera.»

         Uno de los procedimientos humorísticos más frecuentes y eficaces en la obra de Machado es el de la desmitificación, a la que no hay que confundir con la parodia, aunque la desmitificación presenta sólo dos diferencias con ésta y ambas son muy sutiles. La primera de ellas es que la parodia modifica un género o estilo literario, aludiendo a personajes de ficción, mientras que la desmitificación lo hace con personas o situaciones reales. La segunda diferencia consiste en que el objetivo de la parodia es únicamente alcanzar un aspecto lúdico del humor, mientras que la desmitificación tiende a desprestigiar. Como asegura Bergson: «Lo risible se produce cuando se nos presenta como mediocre y vil una cosa anteriormente respetada.» Machado valora este subgénero —cosa rara— y nos recuerda que del más humilde propósito literario, la parodia, surge —¡qué ironía!— la obra más original de todas las literaturas: El Quijote. Perola desmitificación le proporciona más campo para revisar el arte y el pensamiento desde la antigüedad, así como los temas eternos. Es muy divertido el tono con que Machado describe su viaje al otro mundo tras su imaginada muerte:
—¿Tú eres Caronte, el fúnebre barquero?
Esa barba limosa...
                       —¿Y tú, bergante?
—Un fúnebre aspirante
de tu negra barcaza a pasajero,
que al lago irrebogable se aproxima.
—¿Razón?
            —La ignoro. Ahorcóme un peluquero.
(Todos pierden memoria en este clima).
—¿Delito?
       —No recuerdo.
                              —¿Ida, no más?
—¿Hay vuelta?
                    Sí.
                      —Pues ida y vuelta, ¡claro!
—Sí, claro... y no tan claro: eso es muy caro.
Aguarda un momentín y embarcarás.

         Como vemos, aquí Machado no sólo quita toda apariencia de respetabilidad al mundo mítico grecolatino, sino que además, sugiriendo la vuelta del otro mundo, propone la trasmigración de las almas y la reencarnación, en contra de la creencia cristiana. Un ejemplo de lo mucho que se puede destruir con unos pocos versos cómicos.
         Mencionaremos otros varios casos de desmitificación cultural que Machado nos proporciona. Nos indica que la costumbre de Sócrates de echarse a la calle y de conversar en la plaza con el primero que topaba, revelaba muy a las claras al pobre hombre que huye de su casa, harto de sufrir la superioridad intelectual de su señora. De Platón se burla mencionando que Abel Martín, maestro de Juan de Mairena había escrito una sátira profética con el título La chochez de Alcibíades, en parodia de sus famosos diálogos. Describe a Séneca como un retórico de mala sombra, un pelmazo que no pasó de mediano moralista y trágico de segunda mano. Carlos Marx fue la criada que le salió respondona a Nicolás Maquiavelo. El xviii fue el siglo de las pelucas, las casacas y las cornucopias. La desmitificación de Kant es harto original, por lo que tiene de defensa del idealismo filosófico:
Dicen que el ave divina,
trocada en pobre gallina,
por obra de las tijeras
de aquel sabio profesor
(fue Kant un esquilador
de las aves altaneras;
toda su filosofía,
un sport de cetrería),
dicen que quiere saltar
las tapias del corralón,
y volar
otra vez, hacia Platón.
¡Hurra! ¡Sea!
¡Feliz será quien lo vea!

         El siglo xix tampoco se libra de la mordacidad de Machado, que lo describe de manera muy personal:
Añoremos
—en este rabo de Europa—
¡oh, hermanos!, los viejos días
de un siglo de masa y tropa,
y de suspiros amargos,
y de pantalones largos,
y de sombreros de copa.
Siglo disperso y gregario
de la originalidad;
siglo multitudinario
ahíto de soledad.
Siglo que olvidó a Platón
y lapidó al Cristo vivo.
Wagner, el estudiantón,
le dio su homúnculo activo.
Azogado y errabundo,
sensible y sensacional,
tuvo una fe: la esencial
acefalía del mundo.

         Otra técnica de eficacia probada que Machado utiliza es el cambio de nivel o degradación, uno de los procedimientos más empleados para divertir. Una frase ha de resultar cómica si expresa indiferentemente dos sistemas de ideas enteramente independientes o si traspone una idea a otro tono que no es el suyo, mezclando mundos heterogéneos. El paso puede ser de lo sublime a lo bajo, de lo serio a lo cómico, de lo solemne a lo familiar, de lo espiritual a lo corporal, de lo elegante a lo burdo, de lo erudito a lo inculto, etc. Machado juega con el cambio de nivel en lo lingüístico, empleando términos coloquiales y vulgares asociados a temas solemnes. Tal sucede cuando describe la Guerra Europea como «el gran morrón de la gran centuria» o cuando nos habla de la función del corifeo en la tragedia griega, definiéndolo como un terrible y superfluo jaleador del infortunio clásico, que se pasa la obra recitando el equivalente griego de «¿Adónde irás, Edipo?»... «Ahora sí que te han jorobado, Agamenón».
         No contento con usar el recurso, Machado lo desmiembra y censura a la vez, tomando como ejemplo los versos con que termina Clotaldo, en La vida es sueño, una extensa admonición a Rosaura y a Clarín, sorprendidos en la torre de Segismundo. Dice el personaje:
Rendid las armas y vidas,
o aquesta pistola, áspid
de metal, escupirá
el veneno penetrante
de dos balas, cuyo fuego
será escándalo del aire.

Y comenta Machado: «Un refundidor de nuestros días hubiera dicho: «¡Arriba las manos!» o «¡Al que se mueva, lo abraso!», creyendo haber enmendado la plana a Calderón y que su pistola de teatro era más temible y más eficaz que la del viejo cancerbero calderoniano.»
El cambio de nivel sirve también como procedimiento complementario a la desmitificación antes comentada. ¿Qué opina el eminente pensador Machado sobre la eminente obra Así habló Zaratustra, del no menos eminente filósofo Nietzsche? Pues opina esto: « La verdad es que Zaratustra, por su jactancia ético-biológica y por su tono destemplado, está pintiparado para un puntapié en el bajo vientre.» Un juicio un poco más cariñoso, con obvio cambio de nivel, es el que hace de Bergson en un curioso poema:
Enrique Bergson: Los datos
inmediatos
de la conciencia, ¿Esto es
otro embeleco francés?
Este Bergson es un tuno;
¿verdad, maestro Unamuno?
Bergson no da como aquel
Immamuel
él volatín Inmortal;
este endiablado judío
ha hallado el libre albedrío
dentro de su mechinal.
No está mal:
cada sabio, su problema
y cada loco, su tema.

La bajada de nivel extrema conduce al género grotesco, donde se toma como tema lo insignificantes. A semejanza de los poemas dedicados «A la pulga», «A un mosquito», que abundaron en el barroco, Machado presenta un famoso verso: Las moscas:
Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.
¡Oh, viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!
¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!
Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela.

         Otro procedimiento recurrente en Machado es el apocrifismo, en forma de libros y de autores de los que no vacila en escribir breves notas biográficas. La creación de los apócrifos fue un recurso de Antonio Machado para manejar unos sistemas de conceptos que, personalmente, él no podía presentar con certeza, pero que le parecía que debían ser expuestos de una manera o de otra como alusión oblicua e irónica hacia el fondo de su pensar. Con hábil ironía, el primer personaje cuya semblanza inventa es él mismo. Se describe así:
Antonio Machado. Nació en Sevilla en 1875. Fue profesor en Soria, Baeza, Segovia y Teruel. Murió en Huesca en fecha todavía no precisada. Alguien lo ha confundido con el célebre poeta del mismo nombre, autor de Soledades, Campos de Castilla, etc.

En su obra Cancionero apócrifo. Doce poetas que pudieron existir, inserta en Los complementarios, Machado experimenta con varios estilos poéticos, con total libertad. Y utiliza las descripciones de la vida de estos literatos apócrifos para insertar sutiles toques de humor. Nos habla de exquisitos poetas que trabajan como empleados de Hacienda, varios de ellos son borrachines, etc. Además, algunos de sus nombres también mantienen el tono cómico: Macabeo de la Torre, Tiburcio Rodrigálvarez, Mantecón del Palacio, Adrián Macizo, Cifuentes Fandanguillo, etc.
         Machado no duda en parodiar su propia obra, mencionando como libro del autor apócrifo Enrique Paradas el poemario titulado Agonías, undulaciones tristes y alegres, impresiones y cantares. En otro lugar se hace alusión también a filósofos apócrifos, como uno, que escribe un libro sobre la teoría del optimismo de Leibnitz y que se llama significativamente Homobono Alegre. En cuanto a obras, el escritor nos habla de algunas paradójicas, como el imaginario tratado filosófico Las siete formas de la objetividad, algo contradictorio, pues poder ser objetivo de siete formas diferentes equivale a una subjetividad bastante amplia. Otros libros combinan nociones imprecisas, como De lo uno a lo otro, o inconexas, como La inteligencia y la isla de Robinsón. También se nos menciona un comedia apócrifa de Juan de Mairena, el drama trágico titulado Padre y verdugo, estrepitosamente silbado en un teatro de Sevilla, hacia los últimos años del pasado siglo, sobre la vida de Jack el destripador, quien, momentos antes de ser ahorcado, exclama: «¡Qué padre tan cariñoso pierde el mundo!» En realidad, Machado emplea lo apócrifo para mejorar la realidad y preconiza su práctica en la vida diaria, como cuando dice Mairena a sus alumnos: «Tenéis unos padres excelentes, a quienes debéis respeto y cariño; pero ¿por qué no inventáis otros más excelentes todavía?»
         Nos queda por ver la vena satírica del poeta, que ya había florado en sus primeros escritos del año 1893, que fueron artículos satíricos escritos solo o en colaboración con Manuel e impresos bajo pseudónimo —Manuel era Polilla, Antonio era Cabellera y los dos Tablande de Ricamonte— y que se mostraría en su plenitud en sus obras en prosa. La sátira es el recurso humorístico supremo y de más amplia tradición, que mezcla el humor con el ingenio con una actitud crítica ante las actividades e instituciones humanas. Deriva de la teoría de la superioridad, enunciada por Aristóteles, que postula que la risa surge de la contemplación de lo inferior o lo imperfecto. La sátira, como sabemos, consiste en ser crítico con todo aquello con lo que se puede ser. Es una forma de filosofía que denuncia la inconsistencia, la hipocresía, la malicia y el error, y que nos sirve para un propósito añadido al de su función fustigante: la de conocer en profundidad al que la cultiva, pues los temas que alguien considera dignos de ser satirizados son los que vitalmente le importan y conciernen. «Díme qué criticas y te diré quién y cómo eres», sería el refrán apócrifo aplicable a este enunciado. En las sátiras machadianas hallamos tres grandes temas que destacan entro otros: la política, la religión y el dualismo cultura/incultura, parangonado en el intelectualismo como opuesto al deporte.
         Machado arremete contra la escena política de su momento afirmando que el Palacio de Oriente es el Huerto del Francés del ho­nor político. Se ríe también de Primo de Rivera, de quien nos informa que ha ofrecido su vida al apóstol Santiago para que le resuelva el lío de Marruecos, ya que él se declara incapaz. Los estadistas anteriores no le merecen más respeto y de Antonio Maura nos dice que era una mentalidad arcaica y hueca que atravesaba sin vender ni comprar por una feria de gitanos. El caso es que nadie saca a España del proverbial marasmo en que se encuentra. Sobre conservadores y liberales escribe:
La actual reacción —muy semejante a la fernandina— es perfectamente explicable, si se tiene en cuenta que to­da la Europa occidental está hoy en actitud defensiva contra la revolución rusa. No es menos cierto que nuestra posición marca —como siempre— la extrema incomprensión. Seguimos guardando, fieles a nuestras tra­diciones, nuestro puesto de furgón de cola. [...] Sin embargo, nuestros hombres de la izquierda no pa­recen inquietos. Han puesto de moda un cierto optimis­mo, una cierta fe en no sabemos qué entidad mística que ha de renovarnos a nosotros también. Creen, o aparen­tan creer, que nuestra regeneración puede operarse por presión externa. Seremos remolcados hacia el porvenir. ¿Y por qué no hundidos como boya inútil?

         La visión que se desprende de sus comentarios no es muy halagüeña. Nos habla de la injusticia:
—¿Es aquí donde se va a ahorcar a un inocente?
Otra vocecita, no menos doncellil:
—Y si es inocente ¿por qué lo ahorcan?
La primera vocecilla:
—Calla, boba, que esa es la gracia.

         Su personaje de Mairena hace hincapié en cómo la falsedad ha invadido la vida pública, advirtiendo que lo corriente en el hombre es la tendencia a creer verdadero cuanto le reporta alguna utilidad, por lo hay tantos hombres capaces de comulgar con ruedas de molino. Y añade que hace tal advertencia pensando en algunos de sus alumnos, que habrán de consagrarse a la política. Critica la abulia de los elementos supuestamente más progresista de la sociedad: «Soñé una reunión de reformistas. Después de largas discusiones, todos parecían de acuerdo en que no se podía hacer nada.» Los partidos políticos gastas sus fuerzas en una alternancia estéril que desalienta al pueblo:
Es de noche. Se platica
al fondo de una botica.
—Yo no sé,
Don José,
cómo son los liberales
tan perros, tan inmorales.
— ¡Oh, tranquilícese usté!
Pasados los carnavales;
vendrán los conservadores,
buenos administradores,
de su casa.
Todo llega y todo pasa.
Nada eterno:
ni gobierno
que perdure,
ni mal que cien años dure.

         Los gobiernos yerran y la oposición no es capaz de aportar soluciones, ni aun sugerencias, sino tan sólo violencia verbal:
Si se tratase de construir una casa, de nada nos aprovecharía que supiéramos tirarnos correctamente los ladrillos a la cabeza. Acaso tampoco, si se tratara de gobernar a un pueblo, nos serviría de mucho una retórica con espolones.

         El desánimo invade a todos y las crisis ministeriales ni siquiera interesan, pues no hay confianza en que ningún político capaz pueda contribuir a mejorar la situación. Machado aquí es muy explícito en lo que se refiere a los políticos ineptos. Afirma:
Como el único hombre de España es Unamuno, y na­die quiere acordarse de él, asistiremos a nuevas danzas de homúnculos. Sólo España, el país más estúpido del planeta, puede cerrar los ojos y dejarse llevar al derrumbadero por gente tan menguada.

         Sobre la religión, nuestro hombre dice pocas cosas, pero esas pocas son otras tantas sentencias llenas de sabiduría. ¿Qué opinión le merece el clero? Hallamos un divertido sueño en que nos describe que va a ser ajusticiado por tal o cual crimen. Horas antes de la señalada, el verdugo le visita a domicilio y le propone acabar con él allí mismo:
—Levánteseme amiguito, y procederemos a la ejecu­ción. Si aguardamos a la hora señalada, tendré que ahor­carle a V. en el teatro, con todas las de la ley.
—¡¡¡Eh!!!
—Sí... Y el público es exigente; las entradas son caras —dijo el verdugo. Y añadió con malicia y misterio:
—Los cu­ras las revenden.

         En cuanto a la base teológica del cristianismo, la basta a Machado un breve ejercicio de lógica básica para probar su falta de fundamento:
Amar a Dios sobre todas las cosas —decía mi maestro Abel Martín— es algo más difícil de lo que parece. Porque ello parece exigirnos: primero, que creamos en Dios; segundo, que creamos en todas las cosas; tercero, que amemos todas las cosas; cuarto, que amemos a Dios sobre todas ellas. En suma: la santidad perfecta, inasequible a los mismos santos.

         Sin embargo, en la España de Machado hay muchos, muchos cristianos. Pero, ¿qué clase de cristianos? El poeta nos describe admirablemente a uno de ellos en su composición Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido. Este señor es el prototipo del caballero español tronado que se casa con una plebeya rica para devolver el esplendor a su casposa aristocracia:
Murió don Guido, un señor
de mozo muy jaranero,
muy galán y algo torero;
de viejo, gran rezador.

         Esta persona vana y parasitaria, que vive de glorias pasadas conseguidas por otros, que no sabe sino montar a caballo, catar vinos y perseguir mujeres, lleva la vida más ociosa e inútil que imaginarse pueda y es, no obstante, un modelo social, lo que muchos españoles anhelarían ser, pese a su patente hipocresía:
Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
— ¡aquel trueno!—,
vestido de nazareno.

         Con todo, Don Guido es el prototipo del caballero cristiano, aunque no crea en nada. Y con sostener en su lecho de muerte el crucifijo entre sus manos habrá cumplido su deber con Dios y con la Iglesia: nada podrá reprochársele. Ésta es la descarnada imagen que Machado nos ofrece de la religiosidad hispana.
         Finalmente aludiremos a sus pinceladas satíricas sobre la cultura. Ya hemos indicado que nuestro autor se muestra poco amigo de las actividades no mentales. Todo deporte —asevera— es trabajo estéril, cuando no juego estúpido. Y esto se verá más claramente cuando una ola de ñoñez y de americanismo invada a nuestra vieja Europa. Si tal opinaba entonces, sería curioso saber lo que tendría que decir si viviese nuestra época, en la que los triunfos en los juegos pueden hacernos olvidar por un tiempo tremendas pérdidas de libertades y de vidas, al tiempo que sirven al poder para seguir alienando y seguir desviando la atención de lo fundamental, obligándonos a vivir, como a los antiguos, a base de pan y circo, aunque quitándonos esta vez un trozo bien grande del pan. Como fuere, Machado recalca el carácter no sólo superficial, sino principalmente transitorio de estas actividades:
Para crear hábitos saludables que nos acompañen toda la vida, no hay peor camino que el de la gimnasia y los deportes, que son ejercicios mecanizados, en cierto sentido abstractos, desintegrados, tanto de la vida animal como de la ciudadana. Aun suponiendo que estos ejercicios sean saludables —y es mucho suponer—, nunca han de sernos de gran provecho, porque no es fácil que nos acompañen sino durante algunos años de nuestra efímera existencia.

         Lo triste es que de los valores que sí perduran hemos hecho poco acopio. Los españoles somos por esencia presuntuosos y no creemos necesario formarnos culturalmente. El buen criterio y el discernimiento nos lo damos por supuesto:
—A usted le parecerá Balzac un buen novelista —decía a Juan de Mairena un joven ateneísta de Chipiona.
         —A mí, sí.
         —A mí, en cambio, me parece un autor tan insignificante que ni siquiera lo he leído.

         Por ello no nos importa nada de que queda fuera de nuestra inmediata y limitada área de percepción. Esto produce un gran desinterés por lo ajeno y lo pretérito, así como una visión materialista de la cultura y una actitud mercenaria ante su difusión: «Como alguien ha dicho con supremo acierto, Dios hizo a los antiguos griegos para que podamos comer los profesores del porvenir.» Nuestro esfuerzo en lo cultural se encamina a obtener una fina capa de falsa erudición de la que hacer ostentación. Como ilustra Mairena, para hablar de lo que pasa en la calle decimos: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.» La pedantería priva, por lo que Machado advierte:
Cuando se ponga de moda el hablar claro ¡veremos!, como dicen en Aragón. Veremos lo que pasa cuando lo distinguido, lo aristocrático y lo verdaderamente hazañoso sea hacerse comprender de todo el mundo, sin decir demasiadas tonterías. Acaso veamos entonces que son muy pocos en el mundo los que pueden hablar, y menos todavía los que logran hacerse oír.

         Y prosiguiendo en su tono de humor sutil, compara a la cultura con un gabán. La cultura no es sino un abrigo que se lleva puesto. Aunque no tengamos frío nos lo ponemos de todas formas, para que la gente sepa que lo tenemos. Y a algunos, aunque no osarían quitárselo, les pesa más de lo que les abriga.
         En estos fragmentos Machado hace suya la frase de Horacio: «Castigat ridendo mores», que incita al empleo del humor como correctivo social. Emplea el humor para provocar en el individuo un cambio de actitud, se ríe de las cosas como una forma de docencia. Concede al humor no sólo una categoría de instrumento ético, sino una dimensión metafísica, ya que la sátira esclarecería las discrepancias entre lo que es y lo que debería ser y ayudaría a una evaluación racional y bien equilibrada de la realidad. Además, su empleo del humor es extremadamente hábil: capta nuestra atención con una frase ingeniosa para luego hacernos pensar. No necesita de largos prolegómenos ni preparaciones, sino que pasa rápidamente de lo superficial a lo profundo. Sin que casi nos demos cuenta su sátira contra algo se sobredimensiona y acaba siendo una sátira contra todo, contra la humanidad entera, como sucede en este último ejemplo que presentamos:
Cuenta Juan de Mairena que uno de sus discípulos le dio a leer un artículo cuyo tema era la inconveniencia e inanidad de los banquetes. El artículo estaba dividido en cuatro partes: A) Contra aquellos que aceptan banquetes en su honor; B) Contra los que declinan el honor de los banquetes; C) Contra los que asisten a los banquetes celebrados en honor de alguien; D) Contra los que no asisten a los tales banquetes. Censuraba agriamente a los primeros por fatuos y engreídos; a los segundos acusaba de hipócritas y falsos modestos; a los terceros, de parásitos del honor ajeno; a los últimos, de roezancajos y envidiosos del mérito.
         Mairena celebró el ingenio satírico de su discípulo.
         —¿De veras le parece a usted bien, maestro?
         —De veras. ¿Y cómo va usted a titular ese trabajo?
—«Contra los banquetes.»
         —Yo lo titularía, mejor: «Contra el género humano, con motivo de los banquetes.»

         Y con este tratamiento humorístico de los temas y censura de los vicios, Machado cumple una importante función, pues, aparte de proporcionar placer a los sentidos y al intelecto, ¿qué otra mejor cosa puede hacer la literatura sino denunciar y advertir de los hábitos de una especie fallida que habita en un mundo imperfecto?