Consideraciones sobre la ciencia en Ortega


Enrique Gallud Jardiel

1.         El interés de Ortega
            Pocos temas de verdadera importancia dejan de tener cabida en la recopilación de escritos, clases y conferencias del pensador José Ortega y Gasset, creador de la teoría del racio-vitalismo, fundador de la denominada «escuela filosófica de Madrid» y uno de los filósofos españoles más lúcidos y claros en sus exposiciones. La ciencia no es una excepción, aunque nos atreveríamos a decir que su interés por el tema no es en absoluto excesivo, si juzgamos la proporción de menciones de científicos que aparecen en su obra, contrapuesta —no ya al número de pensadores— sino de artistas o políticos.
            Sin embargo, Ortega procura recordarnos su propio lugar en la historia de las ideas científicas y —no sin algo de vanidad— manifiesta ser precursor de algunas de las más actuales. En Las Atlántidas leemos:
En 1912 [...] di en el Ateneo una conferencia donde pronosticaba que al siglo «evolucionista» y, por tanto, unitarista seguiría una época de mayor atención a lo discontinuo y diferencial. En aquella fecha y, claro está, sin que yo lo supiese, trabajaba Plank en su teoría de la «quanta». En 1915 descubría Einstein su principio general de relatividad. En 1913 aparecía la obra de Uexküll [...] En 1918 publicaba Spengler su libro histórico.[1]

            En cuanto al valor de la ciencia —sobre cuyas limitaciones también tratará— Ortega se muestra en ocasiones hiperbólico y llega a afirmar que la ciencia física es el órganon de la felicidad humana, y su instauración, el hecho más importante de la historia universal.[2] De su combinación con el pensamiento abstracto se origina la grandeza del progreso de Occidente. Concretamente, las matemáticas, juntamente con la filosofía, son para él nada menos que el centro de la cultura europea, que comienza «...no en el renacimiento de la plástica o de los versos griegos, sino en la traducción que Nicolás Cusano hizo de la mecánica de Arquímedes y en la fiesta con que la Academia Florentina celebró el natalicio de Platón».[3]
            Otra razón para que Ortega se inmiscuya en este terreno podría ser la inseparable relación entre ciencia y filosofía de la que nos habla su discípulo Julián Marías:
En la segunda mitad del siglo xix culmina una tendencia que había dominado toda la filosofía moderna, a diferencia de la antigua: su pretensión de ser una ciencia, en principio una ciencia «como las demás», desde el siglo xviii una ciencia como la física, que parece la ejemplar, cuyo «seguro camino» echa de menos Kant para su metafísica. A partir de ese momento, la filosofía se va a sentir progresivamente en precario, en la medida en que adivina que ese carácter científico se le escapa.[4]

            Un espíritu obsesivamente analizador como el de Ortega no podía dejar de opinar sobre este fenómeno y de arribar a sus propias conclusiones.

2.         Definición orteguiana del término
            Antes de avanzar conviene precisar a qué se refiere particularmente el filósofo cuando habla de ‘ciencia’[5]. Evidentemente no alude a la definición etimológica del término (‘ciencia’, del latín scientia, conocimiento, derivado de sciens, -entis, el que sabe; participio activo de scire, saber)[6]. Ortega afirma con rotundidad que ciencia no es saber, sino precisamente todo lo contrario:
¡Señores, una vez más, ciencia es no saber! ¿Cómo va a serlo, si el padre de la ciencia, Sócrates, la definía más bien como un docto no saber? El saber es la creencia segura de sí misma, a fuerza de hábito, manía o anquilosis que posee el hombre no científico. La ciencia consiste en sustituir el saber que parecía seguro por una teoría, esto es, por algo siempre problemático. O dicho de otra manera: ciencia es aquello sobre lo cual cabe siempre discusión.[7]

            Sobre esta importancia extrema de la teoría vuelve repetidamente. La elaboración de teorías es la finalidad de la investigación científica. Aquí Ortega desautoriza las definiciones poco exactas de la ciencia.[8] Ciencia no es erudición. La laboriosidad de un erudito empieza a ser ciencia sólo cuando sirve para formular teorías. Ni siquiera las tareas complementarias del científico pueden considerarse ciencia. Tampoco lo es su enseñanza. Ortega pretende ser preciso en su noción de lo que es ciencia y, contra la amplitud que se le suele adjudicar al término, escribe:
No es ciencia comprarse un microscopio ni barrer un laboratorio; pero tampoco lo es explicar o aprender el contenido de una ciencia. En su propio y auténtico sentido, ciencia es sólo investigación: plantearse problemas, trabajar en resolverlos y llegar a una solución. En cuanto se ha arribado a ésta, todo lo demás que con esta solución se haga ya no es ciencia.[9]

Hemos de especificar que en este trabajo nos referiremos exclusivamente a las ciencias físicas, a las que Ortega parece considerar desde un punto de vista kantiano, como podría deducirse del siguiente fragmento:
Ciencia no significa jamás «empiria», observación, dato a posteriori, sino todo lo contrario: construcción a priori. Galileo escribe a Kepler que, en cuanto llegó el buen tiempo para observar a Venus, se dedicó a mirarla con el telescopio: «ut quod mente tenebam indubium, ipso etiam sensu comprehenderem». Es decir, que antes de mirar a Venus, Galileo sabía ya lo que iba a pasar a Venus, indubium, sin titubeo.[10]

3.         Evolución histórica de la ciencia
            Nuestro autor dedica bastantes reflexiones a la situación de la ciencia en los últimos siglos, tras mencionar su origen griego. A su modo de ver, la ciencia es un elemento constitutivo de Occidente, la función fundamental de nuestra civilización moderna: «En ninguna otra civilización ha representado la ciencia un papel constitutivo. Salvo la de Grecia, ninguna civilización ha conocido esta dimensión que calificamos de saber científico.»[11] Esta afirmación, no obstante, no tiene que ser considerada necesariamente como un elogio, pues cuando indica que Grecia descubrió la ciencia quiere sugerir, ante todo, un hecho negativo: que en el hombre de Jonia comienza a funcionar el pensamiento «...según un régimen distinto del que habían usado Egipto, la India, China, Creta, los hititas, etruscos, etcétera.»[12]
            El filósofo describe al siglo xvii como «el siglo de la ciencia». Afirma que el hombre nunca ha vivido tan exclusivamente del espíritu como en el siglo barroco, que marca el triunfo de la razón. Prueba de ello es la presencia conjunta de Descartes, Spinoza, Newton y Leibniz.[13] Pero lo positivo del avance científico sólo llega hasta aquí. Cuando Ortega pasa a tratar de épocas recientes sus comentarios ya son más críticos. Por lo que se refiere al siglo xix, nos menciona una verdadera tiranía de las ciencias sobre las otras esferas del saber: «Durante el siglo xix todas las ciencias ejercitaron el más desaforado imperialismo. Éste era el modo vital que inspiró a esa época en todos los órdenes.»[14] Nos cuenta que así se perdió el sentido global del conocimiento. Según el análisis que hace en el artículo antes citado, durante una temporada todo quiso ser física; luego todo quiso ser historia; más tarde todo se convirtió en biología; luego todas las ciencias aspiraron a ser matemáticas y gozar los beneficios del axiomatismo. Además, cada ciencia decidió no preocuparse de las demás ni para bien ni para mal y progresar de manera independiente.[15] No sólo esto, sino que las tendencias del conocimiento se hicieron cada vez menos integradoras: «En el siglo xix se aspiraba a descender. [...] Había la intención de instalarse definitivamente en la física, es decir, de convertir en última una posición que sólo es secundaria y penúltima.»[16] Durante siglos la física se había mantenido circunscrita a su verdadero oficio, realizando sus mayores conquistas. Pero los laboratorios se sublevan y proclaman la doctrina de que la verdad física es, no una forma de verdad entre otras, sino la única:
            Así la física subversiva no tuvo más remedio que tomar actitud de soberana intelectual, produciendo una pésima filosofía: materialismo o positivismo. El materialismo consistía simplemente en la divinización de la materia. Como el físico maneja la materia, pero ignora lo que es, hizo con ella lo que el salvaje que no sabe qué es el rayo y por eso lo diviniza.[17]

            A comienzos del siglo xx la enunciación de la teoría de la relatividad obliga a variar los parámetros de las ciencias físicas. Afecta no sólo a las teorías de los científicos, sino a la opinión que el hombre común tiene de las ciencias. Ortega, en una obra de divulgación sobre ella, asegura que la teoría de la relatividad es, entre las nuevas ideas, la que ha captado en mayor medida la atención del gran público. La razón de ello está en que los pensamientos de la física tienen la ventaja de poder fácilmente ser contrastados con las realidades a las que se refieren.[18] Ello producirá necesariamente un gran cambio en la esfera de nuestros conocimientos:
Muy pronto una generación aprenderá desde la escuela que el mundo tiene cuatro dimensiones, que es espacio es curvilíneo y el orbe, finito. A tal intuición primaria corresponderán sentimientos muy distintos de los nuestros y un pulso vital de melodía desconocida hasta ahora. La teoría de la relatividad [...] lleva un germen, no sólo una nueva técnica, sino una nueva moral y una nueva política.[19]

            No es sólo Einstein quien colabora a crear esta crisis. Ortega insiste en que el «principio de indeterminación» constituye, de alguna manera, el fin de la noción que se tenía de la física.[20] Explica que la base implícita del conocimiento físico era que el investigador se limitaba a observar el fenómeno. Pero el principio de indeterminación proclama que el investigador, al observar el fenómeno, lo modifica, por que la observación implica producción. Esto es enteramente incompatible con la idea tradicional del conocimiento científico. «Por lo tanto, la física, por lo que concierne al conocimiento, en el sentido tradicional de este vocablo, ha dejado de existir.»[21]
            Efectivamente: el principio de indeterminación se vuelve contra todo el cuerpo de la física y lo destruye, alterando la fisonomía de la física en lo relativo al conocimiento. La impresión resultante es que ya no sabemos nada sobre aquello que creíamos conocer casi por entero:
Por lo que hace a la materia, [Max] Planck ha hecho quedar patente que no le quedaba ya en física otro atributo que su localización en el espacio, por tanto, su espacialidad; pero el «principio de indeterminación» le ha amputado esta última nota y el concepto se ha desvanecido.[22]

4.         Reflexiones sobre la ciencia española
            La situación de la ciencia en España en la primera mitad del siglo xx no es quizá representativa de la occidental; empero, Ortega se detiene a analizarla y llega a conclusiones no muy halagüeñas. No coincide con otras opiniones en principio respetables, como podría ser la de J.L. Abellán, quien, tratando de la situación en ese momento histórico, habla de «...un nivel de dignidad científica que coloca a la ciencia española a tono con la que se hace en otros países europeos, alcanzando una difusión social como no se había conocido a lo largo de todo el siglo xix».[23]
Ortega es drástico. La ciencia española no es buena ni mala. Sencillamente no existe de manera generalizada o institucional. Lo que caracteriza a España es precisamente que en ella no ha habido ciencia, ha habido científicos, pero siempre en solitario; cuando mueren, mueren ellos y desaparece su obra.
A poco que se conozca la economía interna de la ciencia habrá de convenirse [...] que en España no hay sombra de ciencia. Podrá haber algún que otro hombre científico. [...] El caso Cajal y mucho más el caso Hinojosa, no pueden significar un orgullo para nuestro país: son más bien una vergüenza porque son una casualidad.[24]

            Considera que la popularidad en España de científicos como Ramón y Cajal son excepciones que rayan con el fetichismo. Los españoles se sienten orgullosos de su sabio local, pese a ignorar sus logros:
El hecho de ser justamente Ramón y Cajal el elegido acentúa, mejor aún, pone al descubierto casi obscenamente el irrisorio secreto que oculta tan aparente fervor. Porque apenas nadie tiene la más ligera idea de cuáles son las admirables conquistas del ilustre sabio.[25]

            Parafraseando el dicho, cada país tiene —o produce— la ciencia que se merece. En un artículo Ortega califica la nuestra de «ciencia romántica», como no podría por menos de ser, dado el carácter anticientífico de los españoles. Nuestra ciencia será siempre indisciplinada y, como tal, fanfarrona y atrevida. Se pondrá al día con la ciencia universal y luego quedará rezagada de nuevo. «Ciencia bárbara, mística y errabunda ha sido siempre, y presumo que lo será, la ciencia española.»[26]
            Sin embargo, a la gente —sorprendentemente— no le importan de verdad las ciencias. El hombre común no insiste en fomentarlas y protegerlas y esto, indudablemente, va contra sus más inmediatos intereses. El siguiente razonamiento orteguiano no tiene defecto:
[La ciencia empírica] cada día facilita un nuevo invento, que el hombre medio utiliza. Cada día produce un nuevo analgésico o vacuna, de que el hombre medio se beneficia. Todo el mundo sabe que, no cediendo la inspiración científica, si se triplicasen o decuplicasen los laboratorios, se multiplicarían automáticamente riqueza, comodidades, salud, bienestar. ¿Puede imaginarse propaganda más formidable y contundente en favor de un principio vital? ¿Cómo, no obstante, no hay sombra de que las masas se pidan a sí mismas un sacrificio de dinero y de atención para dotar mejor a la ciencia?[27]

            La razón que nos da para este desinterés es nuestro desprecio —disimulado pero innegable— por la cultura. «La ciencia no existe si no interesa en su pureza y por ella misma y no puede interesar si las gentes no continúan entusiasmadas con los principios generales de la cultura.»[28] Si fuese verdad que Europa es culta —cosa que está muy lejos de ser la verdad, dice—, las multitudes se agolparían en las plazas delante de los salones noticieros para seguir día por día el estado de las investigaciones físicas.[29]
            Su conclusión —contra el famoso dictum «¡Que inventen ellos!» unamuniano— es que «...necesitamos ciencia a torrentes, a diluvios para que no se nos enmollezcan, como tierras regadas, las resecas testas, duras y hasta berroqueñas».[30]

5.         Aprecio y menosprecio de los científicos
            En cuanto a los científicos, Ortega no deja de tener sus ídolos. Pero éstos lo son más como excepciones individuales que como miembros de un gremio. El más admirado —a juzgar por el espacio que le dedica en sus obras y el abundante número de menciones que encontramos— es Galileo, quien «...había dado la mejor definición de la física diciendo que consiste en medir todo lo que se puede medir y hallar los medios para medir lo que no se puede medir».[31] Le sigue (de acuerdo con este mismo criterio de frecuencia) Einstein; y ya más alejados, Newton, Kepler y Tycho-Brahe.
            Nuestro pensador se detiene en la teoría de la relatividad einsteniana, «la más gloriosa creación científica de este siglo»[32], y la explica en detalle en su escrito El sentido histórico de la teoría de Einstein. Admira su exactitud y, sobre todo, la apertura de mente que la hacen posible. Destaca el hecho de que nadie hasta Einstein se había atrevido a mirar de frente el hecho negativo de la relatividad de la física y, en vez de llorar sobre él, a hacer precisamente de su negatividad nada menos que el principio positivo de toda la física. De ahí sus elogios: «Cuando salimos de esta beatería científica que rinde idolátrico culto a los métodos preestablecidos y nos asomamos al pensamiento de Einstein, llega a nosotros como un fresco viento de mañana.»[33]
Einstein es, para Ortega, un gran renovador, pero no el científico supremo, pues en otro lugar[34] afirma haber conversado «con el más grande físico actual» y haberle manifestado su admiración por el valor del que había dado prueba decidiéndose a formular el «principio de indeterminación». Vemos, por tanto, que se refiere al físico alemán Werner Karl Heisenberg, nacido en 1901. Sobre este punto insiste: «Hace pocos días, hablando con el más genial físico actual (que no es Einstein) le expresaba mi sospecha de que la materia debe de ser una realidad bastante tonta cuando tan fácilmente se ha dejado capturar por los físicos.»[35]
            Elogia reiteradamente a Kepler y a Tycho-Brahe y califica a Newton de «primer científico verdadero»: «La filosofía de Newton [constituye] el primer sistema auténtico, es decir, logrado de pensamiento sobre algo real que ha poseído el hombre, es decir, la primera ciencia efectiva.»[36] También se ocupa de Pitágoras y de Euclides; sobre éste imparte todo un curso que luego incluirá en su libro La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva.
            Pero, dejando aparte estos casos personalizados, su opinión sobre el científico típico es bastante pobre. Javier San Martín, estudioso orteguiano, ilustra el punto de especialización bárbara al que nos hemos referido más arriba:
Por las cualidades exigidas para la ciencia [...] el científico debería pertenecer a las minorías excelentes de las que nos habla Ortega; pero en lugar de eso, la especialización le lleva a convertirse en una marioneta del cálculo, sin ninguna visión global de la realidad, ajeno del todo a la excelencia cultural y moral que la creación cultural exige.[37]

            Ortega asegura que mucha parte de la ciencia y de la literatura la han hecho personas nada inteligentes: «La ciencia de nuestros días, a la vez especializada y metodizada, permite el aprovechamiento del tonto, y así vemos a toda hora que hacen obra estimable personas que no podemos estimar.»[38]
            El segundo punto de interés en este análisis es la afirmación de que el científico, en líneas generales, se encuentra sobrevalorado. Ortega advierte del peligro de presentarnos como ideal que todos los hombres fuesen de ciencia: «El hombre de ciencia es un modo de existencia humana tan limitado como otro cualquiera, y aún más que algunos imaginables y posibles.»[39] Es más, el nivel ético de la comunidad científica puede incluso hallarse en entredicho; para justificar esta afirmación el pensador nos recuerda en la misma obra la facilidad con que los científicos se han entregado siempre a las tiranías. A esto hay que añadir la presunción de infalibilidad que se les otorga y que les lleva a opinar de todo abiertamente y convertirse en una especie de oráculo, con nefastas consecuencias:
Hace unos días, Alberto Einstein se ha creído con «derecho» a opinar sobre la guerra civil española y tomar posición ante ella. Ahora bien, Alberto Einstein usufructúa una ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y siempre. El espíritu que le lleva a esta insolente intervención es el mismo que desde hace mucho tiempo viene causando el desprestigio universal del hombre intelectual, el cual, a su vez, hace que hoy vaya el mundo a la deriva, falto de pouvoir spirituel.[40]

6.         Particularidades de la ciencia
            Sorprendentemente, Ortega comienza por prescindir en parte del concepto de concreción asociado a la ciencia e insiste en su naturaleza simbólica, hecho reconocido por los físicos mismos. «Algunos [físicos] se han resuelto a declarar que la física es un conocimiento simbólico.»[41] El ejemplo que emplea en varios escritos para demostrar la correspondencia simbólica de las ciencias físicas es sencillo pero eficaz. Dice que el director del «Kursaal», que cuenta las perchas del guardarropa, averigua así el número de abrigos y sobretodos que colgaron de las perchas, y merced a ello conoce aproximadamente el número de personas que asistieron a la fiesta. Sin embargo, ni ha visto las prendas de vestir ni al público.[42] Incluso los conceptos más concretos que emplea la matemática o la geometría no son sino abstracciones, productos de nuestra fantasía:
Lo que se llama pensamiento científico no es sino fantasía exacta. Más aún: a poco que se reflexione se advertirá que la realidad no es nunca exacta y que sólo puede ser exacto lo fantástico (el punto matemático, el átomo, el concepto en general y el personaje poético).[43]

            Paradójicamente, son estos elementos ilusorios los que permiten el avance hasta lo más concreto: la técnica o ciencia aplicada. Ortega reflexiona sobre el hecho de que la civilización que ha obtenido mayor dominio material, práctico, sobre el cosmos —la europea— ha sido a la vez la civilización de la matemática más irreal y abstrusa: «¡Dígaseme qué sería de nuestra técnica sin la geometría analítica de Descartes y el calcul des infiniment petits, de Leibniz!»[44] La misma naturaleza abstractiva de la ciencia la convierten en una actividad limitada a unas pocas mentes capaces de manejar sus elementos. La ciencia es, pues, elitista: «¿Cómo podrán ser populares la matemática y la física actuales? Las ideas de Einstein, por ejemplo, sólo son comprendidas, no ya juzgadas, por unas docenas de cabezas en toda la anchura de la tierra.»[45]
            ¿Y qué requisitos son precisos para poder hacer ciencia verdadera? En su opinión es imprescindible la paciencia. Los logros científicos no tienen por qué ser inmediatos ni completos. El método científico requiere siempre que se parta de una hipótesis, más o menos probable, que no siempre se demuestra de inmediato. Se comienza por desear que las cosas sean de una cierta manera y luego se buscan las pruebas para demostrar que las cosas son como nosotros deseábamos:
Nadie creerá que Einstein fue un buen día sorprendido por la necesidad de reconocer que el mundo tiene cuatro dimensiones. Desde hace treinta años, muchos hombres de alma alerta venían postulando una física de cuatro dimensiones. Einstein la buscó premeditadamente y, como no era un deseo imposible, la ha encontrado.[46]

            Esta afirmación refuerza el principio de colaboración científica, imprescindible para avance. Los científicos, de condición muy diferente entre sí, «tienen que marchar con una especie de armonía preestablecida»[47], si desean ver sus esfuerzos coronados por el éxito.
            La segundo condición imprescindible, a decir de Ortega, sería la concentración:
¿Qué no debemos a Newton? Pues cuando alguien, maravillado de que hubiese logrado reducir a un sistema tan exacto y simple los innumerables fenómenos de la física, le preguntaba cómo había logrado hacerlo, éste respondía ingenuamente: Nocte dieque incubando, «dándole vueltas día y noche», palabras tras de las cuales entrevemos vastos y abismáticos ensimismamientos.[48]

            Por último, considera esencial la visión holística del aspecto estudiado: no despreciar los detalles ni tampoco, claro está, a los que los facilitan. Asegura que la ciencia se ha formado y ha progresado gracias a no saltarse los aspectos modestos. Concretamente cuenta que la obra de Kepler hubiera sido imposible si antes Tycho-Brahe no hubiera dedicado su vida entera a reunir las medidas más exactas posibles sobre los desplazamientos siderales.[49] Sólo la atención a los detalles permitió en este caso un paso gigantesco en el conocimiento astronómico. «Kepler fue puesto en camino hacia su gigantesca invención no más que por haberse obstinado tenazmente en dar importancia a la menuda discrepancia de ocho minutos de arco que los datos rigurosos de Tycho atribuían a la órbita de Marte.»[50]

7.         Limitaciones de la ciencia
            Estas limitaciones son numerosas, a decir de Ortega. Y lo suficientemente importantes para que no nos podamos permitir ignorarlas. En primer lugar, el filósofo nos asegura que la ciencia actual es totalmente inmovilista. Huye de algunos problemas, cuando intuye que no los puede resolver. Pero si sus métodos actuales no bastan para resolver los enigmas del Universo, la ciencia debe sustituirlos por otros más eficaces. «La ciencia está llena de problemas que se dejan intactos por ser incompatibles con los métodos. ¡Como si fuesen aquéllos los obligados a supeditarse a éstos, y no al revés!»[51] Ortega insiste en que la ciencia tiene la obligación de no elegir sus problemas a capricho, sino aceptar los que el momento histórico le propone.[52] Sin embargo, aquí se hace patente una gran limitación metodológica. Lamentablemente, la ciencia no puede ocuparse más que de problemas para los cuales tiene ya los instrumentos técnicos imprescindibles.
            Otro punto débil del quehacer científico es la confusión que en ocasiones se establece entre lo que es hipótesis y lo que es teoría, o también en la validación apresurada de las teorías.[53] Hablando de la teoría de la relatividad en El sentido histórico de la teoría de Einstein, Ortega nos recuerda que no es más que eso: una teoría; y, por tanto, no hay por qué aceptarla a priori: cabe discutir si es verdadera o errónea.[54]
Dentro de la ciencia, toda teoría, aun la más firme, se presenta siempre con un índice de problematismo, de mera aproximación a la verdad ejemplar y única. Jamás excluye otras posibilidades en parte antagónicas. Esta endeblez de toda teoría científica es una de sus virtudes, tal vez la que más la diferencia de un dogma. Merced a ella es elástica y deja margen a la multiplicidad de puntos de vista y de innovaciones.[55]

            Ejemplo excelente de una interpretación errónea de lo que es teoría lo tenemos en el darwinismo, al que Ortega combate con claros argumentos:
[La descendencia simiesca del hombre] nunca fue para el zoólogo otra cosa que una doctrina probable; nunca dejó de ser, en buena porción, problemática; siempre convivió con otras soluciones muy diferentes. Y, sin embargo, el dogma del origen pitecoide del hombre se instaló tiránicamente en muchas cabezas de psicólogos, filósofos, moralistas, historiadores, etc.[56]

            Además, hay que contar con la ambivalencia de la ciencia, pues muchas teorías son igualmente adecuadas y la superioridad de una sobre otras se puede fundar meramente en motivos prácticos.
            Lo que es indudable es la limitación antropológica de las ciencias. Conocemos más del mundo que del hombre mismo y este fenómeno le parece a Ortega realmente monstruoso:
La ciencia sabe hoy muchas cosas con fabulosa precisión sobre lo que está aconteciendo en remotísimas estrellas y galaxias. [...] La ciencia no puede ser sólo la ciencia sobre Sirio, sino que pretende ser también la ciencia sobre el hombre. Pues bien: ¿qué es lo que la ciencia, la razón, tiene que decir hoy con alguna precisión sobre ese hecho tan urgente, hecho que tan a su carne le va? ¡Ah! pues nada. La ciencia no sabe nada claro sobre este asunto. ¿No se advierte la enormidad del caso? ¿No es esto vergonzoso? Resulta que sobre los grandes cambios humanos, la ciencia propiamente tal no tiene nada preciso que decir.[57]

            Desde un punto de vista filosófico esta limitación patente desautoriza a las ciencias para pontificar sobre muchas cosas. Así la física descubre las leyes según las cuales acontecen las modificaciones de la materia, pero no nos dice de dónde procede la materia. Evidentemente, menos aún podrá llegar a explicarnos lo trascendente.[58] Esto no implica negar la capacidad de la ciencia para describir la naturaleza, sino recordar que la naturaleza es sólo una dimensión de la vida humana. El éxito en ella no excluye el fracaso con respecto a la totalidad de nuestra existencia: «La física no nos pone en contacto con ninguna trascendencia. La llamada Naturaleza, por lo menos lo que bajo este nombre escruta el físico, resulta ser un aparato de su propia fabricación que interpone entre la auténtica realidad y su persona.»[59]

8. El culto a la ciencia
            No obstante, y pese a las limitaciones ya apuntadas, parecemos vivir en medio de una orgía de avances científicos que nublan nuestra mirada y nos ocultan otras realidades. Ortega reitera lo urgente de acabar con el culto convencional a la ciencia, propagado durante el último siglo.[60] Hay, para ello, varias razones.
            Una de ellas es que, en definitiva, la investigación científica no siempre nos proporciona verdadera seguridad. El filósofo insiste en que el hombre positivista afirmaba que hasta un momento dado, los hechos se comportaban de una manera, pero que un instante después los hechos podían muy bien comportarse a la inversa.[61] Esto conduce al hombre a la incertidumbre y a vivir en vilo.
            Otra razón es que la ciencia —aunque lo parezca— nunca es definitiva:
Cuando se piensa en la ciencia se la suele ver como un repertorio de soluciones. En mi entender, esto es un error. En primer lugar, porque hablando rigorosamente y evitando, como exige el templo de nuestro tiempo, el utopismo, es muy discutible si algún problema ha sido nunca plenamente resuelto.[62]

            Por ello, el hombre actual no vive tanto de los resultados de la ciencia sino de la esperanza en sus posibilidades. Pero aunque esas posibilidades se realicen, quedaría por ver si el resultado es tan positivo como nos figurábamos. «La ciencia tiene dos objetivos: facilitar la vida y servir de puerta a la sabiduría, pero no es la sabiduría. En cuanto a facilitar la vida, siendo muy importante, no es sin lugar a dudas lo más importante.»[63]

9.         Técnica y futuro
            En efecto: falta saber si realmente nos conviene que la ciencia cumpla todo lo que parece prometernos hoy. Ortega recalca el carácter innatamente «técnico»[64] del hombre y asegura que no hay ningún motivo concreto para creer que no seguirá siéndolo hasta el infinito.[65] Esta característica suya surge del afan de felicidad:
Todo lo que el hombre hace lo hace para ser feliz. Y como la Naturaleza no se lo permite, en vez de adaptarse a ella como los demás animales, se esfuerza milenio tras milenio en adaptar a él la Naturaleza, en crear con los materiales de ésta un mundo nuevo que coincida con él, que realice sus deseos. Los medios para lograr esa coincidencia se llaman «técnica».[66]

            Pues bien, advierte que uno de los temas que en los próximos años se va a debatir con mayor brío es el del sentido, ventajas, daños y límites de la técnica. Por eso escribe su obra Meditación de la técnica y se preocupa por el hecho de que las implicaciones peligrosas de la misma no se consideran lo suficiente:
A toda hora se habla hoy de los progresos fabulosos de la técnica, pero yo no veo que se hable, ni por los mejores, con una conciencia de su porvenir suficientemente dramático. El mismo Spengler, tan sutil y tan hondo —aunque tan maniático—, me parece en este punto demasiado optimista. Pues cree que a la «cultura» va a suceder una época de «civilización», bajo la cual entiende sobre todo la técnica.[67]

            Y opina que ese instrumento de la felicidad del hombre puede convertirse, a su vez, en el terrible aparato de su destrucción.[68]

10.       Ciencia y metafísica
            Queda, por último, tratar de lo más crucial: la relación y comparación entre ciencia y filosofía, entre lo positivo y lo trascendente. Nuestro pensador acusa valientemente a la filosofía contemporánea de haber roto sus vínculos con la metafísica, en gran medida debido a un complejo de inferioridad ante las ciencias físicas:
Ya no está sola la filosofía frente al Ser. Hay otra instancia, distinta de ella, que se ocupa a su modo en conocer las cosas. Y este modo es de un rigor ejemplar, superior en ciertos aspectos al modo filosófico tradicional. En vista de esto, la filosofía se siente como una ciencia más, de tema más decisivo, pero de método más torpe. En esta situación no tiene más remedio que emular a las ciencias. Quiere ser una ciencia y, por tanto, no puede mirar frente a frente a lo Real, sin más: tiene a la vez que mirar a las ciencias exactas. [...] Por eso la filosofía moderna tiene una mirada doble; por eso la filosofía moderna es bizca.[69]

            A su ver, esto es una deformación total. La física había nacido en Grecia como un conocimiento de segundo grado. Por encima de ella se encontraba la ciencia primera, la prima philosophia, que era un conocimiento esencial de las primeras y últimas realidades, de las definitivas.[70] Esto no ha cambiado. Además, sobre los problemas más humanos la ciencia no ha sabido qué decir, haciendo así que Occidente haya experimentado la impresión de carecer de punto de apoyo.
            Tanto es así, tan secundarias son, en realidad, las ciencias, que los mismos físicos han tenido al final que volver sus ojos hacia la filosofía para intentar completar y estructurar sus hallazgos. En un artículo titulado «¿Por qué se vuelve a la filosofía?», Ortega indica que para reformar el suelo es preciso, evidentemente, apoyarse en el subsuelo. «De aquí que los físicos se viesen obligados a filosofar sobre su ciencia, y en este orden el hecho más característico del momento actual es la preocupación filosófica de los físicos.»[71] El físico antes de ser físico es hombre y, por serlo, se preocupa del Universo, es decir, filosofa técnica o espontáneamente, de un modo culto o salvaje[72], pues necesita saber del Universo y de Dios.[73]
            Ortega hace hincapié en la falsa omnipotencia de la ciencia y en la perentoria necesidad de que ésta conozca su área de acción y no la sobrepase.[74] Debe abandonarse para siempre la idolatría del experimento. El conocimiento físico debe permanecer encerrado en su terreno. Sólo así quedará la mente abierta y dispuesta para otros modos de conocer y para afrontar los problemas verdaderamente filosóficos. La ciencia no explica los últimos enigmas, las cuestiones eternas y, por mucho que se avance en la descripción de la Naturaleza y sus leyes, los hombres seguirán necesitando una respuesta trascendental a la vida. No podemos rehuir esta necesidad humana ni tomar ante ella posturas superficiales o cómodas. Resume Ortega:
            Este volverse de espaldas a los últimos problemas se llamó «agnosticismo». He aquí lo que ya no está justificado ni es plausible. Porque la ciencia experimental sea incapaz de resolver a su manera estas cuestiones fundamentales, no es cosa de que haciendo ante ellas un gracioso gesto de zorra ante uvas altaneras las llame «mitos» y nos invite a abandonarlas. ¿Cómo se puede vivir sordo ante las postreras, dramáticas preguntas? ¿De dónde viene el mundo, a dónde va? ¿Cuál es la potencia definitiva del cosmos? ¿Cuál el sentido esencial de la vida? No podemos alentar confinados en una zona de temas intermedios, secundarios. Necesitamos una perspectiva íntegra, con primero y último plano, no un paisaje mutilado, no un horizonte al que se ha amputado la palpitación incitadora de las postreras lontananzas.[75]


11.       Conclusiones
            Tras lo estudiado y visto anteriormente, creemos que puede llegarse legítimamente a las siguientes conclusiones sintetizadas:
La metafísica es el área del pensamiento más merecedora de atención. Sólo ella nos permite atisbar en los misterios del Ser.
Las ciencias físicas son una actividad menor en comparación con la metafísica. Es obvio que no pueden responder a los problemas eternos: únicamente describen lo existente sin conocer su origen, causa o propósito.
Nuestro desconocimiento del Universo no justifica ningún tipo de agnosticismo. El hombre de ha ser consciente siempre de sus limitaciones: nunca podrá conocer los designios superiores, por mucho que avance en las ciencias experimentales.
El culto a la ciencia y a la técnica es nocivo. Aparta al hombre de lo trascendente y potencia el materialismo y el utilitarismo.
El último extremo, la ciencia es una actividad minoritaria. No nos importa en exceso, como se demuestra del limitado respaldo que la sociedad le ofrece únicamente.
Los logros de la ciencia son relativos y su validez, finita. Nunca estaremos seguros de haber llegado a la explicación final de las cosas, ni siquiera las más materiales.

Bibliografía

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Wilber, Ken: Cuestiones cuánticas. Escritos místicos de los físicos más famosos del mundo, (trad. Pedro de Casso), Kairós, Barcelona, 15ª ed., 1998.


[1] José Ortega y Gasset: Las Atlántidas, vol. III, págs. 303-304 n. Todas las citas de Ortega estan tomadas de sus Obras completas (V. bibliografía). Sus libros aparecerán en adelante en las notas sin mención de autor.
[2] Vives-Goethe, en , vol. IX, pág. 585.
[3] «Pidiendo una biblioteca», El Imparcial, 21-II-1908.
[4] Julián Marías: Ortega. Circunstancia y vocación, pág. 81.
[5] A nuestro entender, la definición que hace Einstein es enteramente satisfactoria: «La ciencia es un intento de lograr que la diversidad caótica de nuestra experiencia corresponda a un sistema de pensamiento lógicamente uniforme. En este sistema cada experiencia debe estar en correlación con la estructura teórica de tal modo que la relación resultante sea única y convincente.» (Albert Einstein: Mis ideas y opiniones, págs. 291-292.) Sin embargo, Ortega es siempre amigo de precisar en los términos sobre los que reflexiona.
[6] Martín Alonso: Enciclopedia del idioma, vol. III, pág. 1058.
[7] «Orígenes del español» en Espíritu de la letra, vol. III, págs. 516-517.
[8] Como, por ejemplo, la que encontramos en la obra de Paul Foulquié (ed.): Diccionario del lenguaje filosófico, pág. 135: «Ciencia es toda suerte de conocimiento teórico, es decir, que tiene por fin el propio saber.»
[9] Misión de la universidad, vol. IV, pág. 336.
[10] «La Filosofía de la historia de Hegel y la historiología» en Goethe desde dentro, vol. IV, pág. 527.
[11] Pasado y porvenir para el hombre actual, vol. IX, pág. 661.
[12] «Ética de los griegos» en Espíritu de la letra, vol. III, pág. 538.
[13] «Vitalidad, alma, espíritu» en El espectador, vol. II, pág. 478.
[14] «Vicisitudes en las ciencias», El Sol, 9-III-1930.
[15] Uno de los aspectos más conocidos del pensamiento de Ortega —y que se puede recordar a propósito de lo antedicho— es el de su posición contra la excesiva especialización, creadora de una sociedad de bárbaros que saben mucho de una muy pequeña parcela del mundo e ignoran todo sobre el resto.
[16] «La resurrección de la mónada», El Sol, 12-II-1925.
[17] «Pleamar filosófica», La Nación, de Buenos Aires, 10-V-1925.

[18] «Prólogo» a La teoría de la relatividad de Einstein y sus fundamentos físicos de Max Born, vol. VI, pág. 307.
[19] Ibíd.
[20] «[El principio de indeterminación] establece que es imposible realizar una determinación exacta y simultánea de la posición y del momento (masa, tiempo, velocidad) de un cuerpo. Cuanto más exacta fuera una de las determinaciones menos exacta sería la otra y las indeterminaciones de ambas, al multiplicarlas, conducirían a un valor aproximadamente igual al de la constante de Planck.» Isaac Asimov: Enciclopedia biográfica de ciencia y tecnología, pág. 653.
[21] Pasado y porvenir para el hombre actual, vol. IX, págs. 662-663.
[22] Comentario al Banquete de Platón, vol. IX, pág. 769 n.
[23] José Luis Abellán: Historia crítica del pensamiento español, vol. V, pág. 308.
[24] «Asamblea para el progreso de las ciencias», El Imparcial, 10-VIII-1908.
[25] «El poder social», El Sol, 6-XI-1927.
[26] «La ciencia romántica», El Imparcial, 4-IV-1906. Sobre el atraso de las ciencias en España Ortega parece tener mucho que decir. Asegura que «...los más grandes físicos ingleses actuales son, tal vez, aparte de Einstein, los mayores del mundo: Eddington, Milne, Dirac...» («Bronca en la física», La Nación, de Buenos Aires, 19-IX-1937.) Y en otro lugar: «A un tiempo, por suerte y por desgracia, la nación que hoy lleva gloriosa e indisputadamente la dirección de la ciencia es la alemana.» (Misión de la universidad, vol. IV, págs. 346-347.) En estos dos países es, principalmente, donde puede darse —a su ver— el genio científico y la posibilidad de un gran descubrimiento: «Y esta situación es de tal inminencia que no podría yo decir [...] si en este minuto que pasa no habrá ya brincado la nueva idea colosal en alguna cabeza de Alemania o Inglaterra.» (¿Qué es filosofía?, vol. VII, pág. 305.)
[27] La rebelión de las masas, vol. IV, págs. 198-199.
[28] Ibíd., pág. 197.
[29] ¿Qué es filosofía?, vol. VII, pág. 304.
[30] «La ciencia romántica», El Imparcial, 4-IV-1906.
[31] Vives-Goethe, vol. IX, pág. 567.
[32] Ibíd.
[33] Apéndices, vol. III, pág. 239.
[34] Pasado y porvenir para el hombre actual, vol. IX, pág. 662.
[35] Ibíd., pág. 650.
[36] Origen y epílogo de la filosofía, vol. IX, pág. 380.
[37] Javier San Martín: Fenomenología y cultura en Ortega, pág. 209.
[38] «Paisaje con una corza al fondo» en Teoría de Andalucía y otros ensayos, vol. VI, pág. 143.
[39] Misión de la universidad, vol. IV, pág. 337.
[40] La rebelión de las masas, vol. IV, pág. 307.
[41] «Bronca en la física», La Nación, de Buenos Aires, 19-IX-1937.
[42] ¿Qué es filosofía?, vol. VII, págs. 302-303.
[43] Ideas y creencias, vol. V, pág. 406.
[44] «Incitaciones» en El espectador, vol. II, págs. 349-350.
[45] Ibíd.
[46] El tema de nuestro tiempo, vol. III, pág. 161.
[47] Origen y epílogo de la filosofía, vol. IX, pág. 380 n.
[48] El hombre y la gente, vol. VII, pág. 97.
[49] Origen y epílogo de la filosofía, vol. IX, pág. 380.
[50] Prólogo para alemanes, vol. VIII, pág. 47.
[51] Historia como sistema, vol. VI, pág. 22.
[52] Prólogo para alemanes, vol. VIII, pág. 23 n.
[53] «Según Popper, es imposible demostrar que una teoría es verdadera; sólo podemos confrontarla con la experiencia con el fin de detectar errores que nos permitan formular nuevas teorías más ajustadas a la experiencia, en un proceso que no tiene término y que nunca lleva a teorías propiamente verdaderas.» Mariano Artigas: La inteligibilidad de la naturaleza, pág. 42.
[54] El sentido histórico de la teoría de Einstein, vol. III, pág. 231.
[55] «La querella entre el hombre y el mono» en Espíritu de la letra, vol. III, pág. 552.
[56] Ibíd. Hallamos en la obra orteguiana abundantes ataques contra Darwin, por su patente reduccionismo: «Darwin cree haber conseguido aprisionar lo vital —nuestra última esperanza— dentro de la necesidad física. La vida desciende a no más que materia. La fisiología a mecánica.» (Meditaciones del «Quijote», vol. I, pág. 400.) Asegura que la biología darwiniana ha favorecido ideas falsas sobre la historia imponiendo otras no menos falsas sobre la vida. «Por fortuna han pasado los tiempos en que Darwin inspiraba la atmósfera de los laboratorios.» («Ensayo de crítica» en El espectador, vol. II, pág. 199.) El vitalismo de Ortega considera superado a Darwin: «Ya no aparece la vida como una lucha triste por no morir, como una mera reacción al medio, como una adaptación, sino al contrario: vivir es producción, creación de multiplicidad organizada, aumento, expansión, dominio. El equilibrio es la negación de la vida. El principio de conservación es secundario y adjetivo. El principio que late en el plasma es crecimiento y tendencia a imperio sobre el medio.» (Ibíd.)
[57] Historia como sistema, vol. VI, pág. 20.
[58] Un ejemplo similar lo tenemos en la refutación que Ortega hace del darwinismo, ya tratada. Según él, Darwin pretende explicar cómo de ciertas formas dadas, unas perduran y otras sucumben; pero deja intacta la cuestión esencial, a saber: cómo esas formas dadas son dadas; cómo y por qué son creadas. «Si el darwinismo fuese cierto, que no lo es, constituiría una biología de segunda clase.» «El Quijote en la escuela» en El espectador, vol. II, pág. 280.
[59] Historia como sistema, vol. VI, pág. 48.
[60] «Notas de vago estío» en El espectador, vol. II, pág. 443.
[61] «Max Scheler» en Goethe desde dentro, vol. IV, pág. 508.
[62] ¿Qué es filosofía?, vol. VII, pág. 321.
[63] Javier San Martín: Fenomenología y cultura en Ortega, pág. 25.
[64] Entendemos por ‘técnica’ aquello mediante lo cual el hombre aprovecha las potencialidades de la Naturaleza y se defiende de los peligros del ámbito físico.
[65] Pasado y porvenir para el hombre actual, vol. IX, págs. 618.
[66] Vives-Goethe, vol. IX, págs. 584-585.

[67] La rebelión de las masas, vol. IV, pág. 197.
[68] Vives-Goethe, vol. IX, pág. 585.
[69] La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, vol. VIII, pág. 74.
[70] «Pleamar filosófica», La Nación, de Buenos Aires, 10-V-1925.
[71] «¿Por qué se vuelve a la filosofía?», La Nación, de Buenos Aires, 28-IX-1930.
[72] ¿Qué es filosofía?, vol. VII, pág. 317.
[73] «[La ciencia actual] a vuelta de una dura crítica del positivismo y el agnosticismo, asienta la necesidad de la metafísica, de la trascendencia y del Ser absoluto.» Giovanni Reale y Dario Antiser: Historia del pensamiento filosófico y científico, vol. III, pág. 495.
[74] En esto coincide Ortega plenamente con Heisenberg, cuando éste afirma lo siguiente: «El contenido filosófico de una ciencia sólo queda garantizado cuando ésta es consciente de sus límites. Sólo cabe hacer grandes descubrimientos acerca de las propiedades de determinados fenómenos individuales, si no se generaliza a priori la naturaleza de tales fenómenos. Sólo dejando abierta la cuestión de la última esencia de los cuerpos, la materia, la energía, etc., puede alcanzar la física una comprensión de las propiedades individuales de los fenómenos que describimos como tales conceptos, comprensión que es la única que puede conducirnos a una auténtica intuición filosófica.» Werner Heisenberg: «Si la ciencia es consciente de sus límites» en Ken Wilber: Cuestiones cuánticas. Escritos místicos de los físicos más famosos del mundo, pág. 115.
[75] «El origen deportivo del Estado» en El espectador, vol. II, pág. 608.