El Arcipreste y las mujeres


Enrique Gallud Jardiel


            Desde el comienzo de su obra el Arcipreste, con una sinceridad que le honra, nos indica los dos puntos básicos de su postura en relación con la mujer:
El ome, quando peca, bien vee que desliza
mas non se parte ende, ca natura lo enriza.
E yo, porque só ome como otro pecador
ove de las mugeres a vezes grand amor. [1985: 77].

            Esto es, aclara en primer lugar la condición de pecado del excesivo gusto por las mujeres, y en segundo lugar nos dice que por ser ésta característica del hombre, también le afecta a él, que confiesa su acusada predilección. Muestra, sin embargo, que incluso en el vicio del abuso del placer carnal se pueden aprender provechosas lecciones de vida: «Provar ome las cosas non es por ende peor / e saber bien é mal, é usar lo mejor» [1985: 77].
            Muchos teólogos y moralistas han analizado ya las conclusiones que han de deducirse de los amores de Juan Ruiz, por lo que intenta­ré tratar únicamente el aspecto más grosero, por así decirlo, del asunto: la opinión y el gusto por las mujeres del Arcipreste, sin profundizar ni intentar ver moralejas que se desprendan de éstos.
            Ha de decirse que, cuando el Arcipreste toca sin miedo y a las claras el tema del placer carnal, no está haciendo, como muchos autores han afirmado, una revolución completa en la visión de este tema. Cierto es que Juan Ruiz rompe los moldes claros y suaves del Mester de Clerecía que, con sencillez, diríamos «divina», contaba aquellas bellas historias de santos, de puros amores y de perfecciones espirituales en alejandrinos tan elaborados como las flores y los ángeles de los códices miniados. Juan Ruiz, al interpretar en su forma propia el tema del amor, rompe, en efecto, con los cánones literarios de su momento, pero no se aparta de la tradición española que, desde el comienzo de la Edad Media, en la literatura árabe, toca profusamente el tema del amor físico. Incluso algunos especialistas de renombre como Emilio García Gómez y Américo Castro, ven ya la idea base del Libro de buen amor en El collar de la paloma, un tratado sobre el amor y los amantes, escrito en el siglo xi por Abén Hazam. Tampoco ha de olvidarse la tradición popular cristiana, reflejada en un romancero que producirá composiciones de alto contenido erótico y sensual, al gusto medieval —recordemos romances como el de Gerineldo o el de la Catalina—, en donde estas características abundaban de tal manera que ni el amor platónico renacentista pudo verse libre de ellas. Como ejemplo típico pueden citarse las descripciones del cuerpo de la amada que en La Celestina nos da el idealista Calixto.
            Juan Ruiz, antes que clérigo, es esencialmente un hombre en toda la extensión de la palabra: velloso, pescozudo, de anchas espaldas. Y, como tal, se siente irremediablemente atraído por la mujer. Al no poder evitar estos contactos, decide estudiarlos y clasificarlos y así deduce las razones principales que impulsan al amor, de las que nos habla en la primera parte de su libro. Es de notar que el Arcipreste, prescindiendo, por así decirlo, de su época, nos ofrece razones eternas, intemporáneas y válidas aún hoy. A las razones que él nos da podría añadirse, como ya muchos escritores han apuntado, la escasez de hombres jóvenes en los pueblos de Castilla como consecuencia de la guerra continua. Entre sus argumentos el primero que hallamos es de una sinceridad aplastante: el hombre necesita el placer. Es algo imprescindible para su vida. Esta es, prácticamente, la primera afirmación del libro:
Palabras es del sabio é díselo Catón:
que ome sus cuydados que tiene en coraçón
entreponga plazeres é alegre la rrazón
ca la mucha tristeza mucho pecado pon’ [1985: 70].

El hombre obedece ciegamente este precepto e intenta buscar alegría en la mujer, pero no considerando a este placer como algo superfluo. Por el contrario, es una de las dos razones principales por las que se vive:
Como dize Aristótiles cosa es verdadera:
el mundo por dos cosas trabaja; la primera
por aver mantenencia; la otra cosa era
por aver juntamiento con fenbra plazentera [1985: 76].

            Para justificar esta inclinación da el Arcipreste variadas razones. Los astros influencian en gran manera a los seres vivos en su vida amorosa. El mismo Juan Ruiz es directamente afectado por ellos: «Los que nazen en Venus, que lo más de su vida / es amar las mugeres, nunca se les olvida» [1985: 87].
            La misma naturaleza impulsa constantemente al hombre a buscar estos contactos, y los justifica diciendo que «Omes, aves, animalias, toda bestia de cueva / quier, segund natura, compaña siempre nueva / e muncho más el ome, que toda cosa que s’mueva» [1985: 77].
            Además, el hombre se halla en estado constante de celo, a diferencia de los demás seres vivos, y ésta es su flaqueza:
Digo muy más el ome que de toda criatura
todas a tienpo cierto se juntan con mesura,
el ome, de mal sesso, todo tienpo syn messura
cadaque puede é quier’ facer esta locura [1985: 77].

            Juan Ruiz previene contra los peligros del aislamiento y afirma que tarde o temprano el hombre, aunque renuncie teóricamente al mundo, siente la necesidad de amar. Así, hace repetido hincapié en la necesidad del hombre de tener mujer, presentando esto con sutil ironía, casi como una virtud: «Mantener ome huérfana, obra es de caridat; / otrosí a las vibdas, esto es mucha verdat» [1985: 298].
            Pero no todo va a ser consecuencias de las debilidades del hombre. El amar tiene muchas ventajas que él mismo conoce y nos enumera:
El amor faz' sotil al ome que es rrudo;
ffácele fabrar fermoso al que antes es mudo;
al ome que es covarde fácelo atrevudo;
al perezoso face ser presto é agudo [1985: 88].

            Además, la mujer es considerada, en principio, como algo superior. Este es, al menos, el tópico idealista medieval, del que Juan Ruiz no consigue librarse plenamente, aunque nos muestre en su libro todos los defectos femeninos: «Ca en muger loçana, fermosa é cortés / todo el bien del mundo é todo plazer es» [1985: 80].
            La mera existencia de la mujer es una prueba de su virtud, desde un punto de vista casi teológico, a juzgar por la forma en que el Arcipreste la enfoca:
Ssy Dios, quando formó el ome, entendiera
que era mala cosa la muger, non la diera
al ome por compaña, nin dél non la feciera.
Ssy para bien non fuera, tan noble non saliera [1985: 80].

            De ahí la predilección del hombre por las hembras: «Ssy ome á la muger non la quissiese bien / non ternía tantos presos el amor quantos tien’ [1985: 80].
            Sin embargo, el Arcipreste conoce bien los defectos de las hembras y descubriéndolos ampliamente previene a los hombres de sus consecuencias. Esta forma de entender a las mujeres no es privativa de una época ni de un país.        Uno de los principales defectos de las mujeres es la avaricia. Por dinero se hallan dispuestas a emprender imposibles:
Por dineros se muda el mundo é su manera.
Toda muger, codiçiosa de algo, es falaguera.
Por joyas é dineros salyrá de carrera:
el dinero quiebra peñas, fyende dura madera [1985: 128].

            Con esta afirmación, el Arcipreste no hace sino reflejar el pensamiento de su tiempo. Un refrán popular de la época nos dice que la madre y la hija, por dar y tomar son amigas. El Arcipreste hace repetidas alusiones a este vicio: «Toda muger del mundo é dueña de alteza / págase del dinero é de mucha riqueza. / Yo nunca vy fermosa que quisyese pobreza» [1985: 128].
            Además existen gran cantidad de mujeres infieles, que burlan sutilmente a sus mancos sin ser descubiertas. Para ilustrar esto el Arcipreste de Hita incluye en su libro un cuento de origen francés, la historia de Pitas Payas, pintor de Bretaña que, al ausentarse de su casa, pintó sobre el vientre de su mujer un cordero. Desaparecido el dibujo por razones demasiado obvias para ser explicadas, tras dos años de ausencia, la mujer, ante el inminente regreso de su esposo, mandó que le pintaran otro cordero. Pero el dibujo, poco hábil, semejaba más un carnero, con dos abundantes defensas en la cabeza. Ante las quejas de Pitas Payas a causa de la aparición de los cuernos —uno de los símbolos más antiguos que se conocen— la mujer le explicó que dicha aparición es natural en el animal tras un periodo de dos años. Si hubiese vuelto antes, hubiese hallado el dibujo como lo dejó. Esta interpretación pretende afirmar que en la infidelidad de la esposa había gran parte de culpa del marido, pero también que no son las mujeres muy dadas a refrenar sus instintos. Al final de la historia el desgraciado pintor se resigna. La mujer es un ser licencioso que sólo aprecia al hombre en la medida de los placeres que éste puede proporcionarle, sobre todo en la edad temprana:
Quiere la mancebya mucho plaser consigo.
Quier’ la muger al ome alegre por amigo.
Al sañudo, al torpe, non le precian un figo:
Tristessa é rensilla paren mal enemigo [1985: 145].

            En esta búsqueda de placeres las mujeres son difíciles de controlar. El que quiera gozarlas, según receta del Arcipreste, ha de intentar que pierdan el falso recato impuesto por la sociedad del tiempo: «Ffazle una vegada la verguença perder, / porque esto faz’ muncho, si la quieres aver» [1985: 119].
            No obstante, el hombre, tras su conquista, llega a menudo a arrepentirse de haberla hecho, puesto que «... desque una vez pierde verguença la muger / más diabluras face de quantas ome quier’» [1985: 119].
            Las diversas experiencias del Arcipreste le hacen oscilar en su opinión sobre las hembras. A las alabanzas y elogios que ya hemos visto contrapone, en otros fragmentos de su obra, críticas feroces en donde nos presenta al sexo femenino como compendio de todos los vicios y errores. Además, las mujeres son incomprensibles y expertas en malas artes y habilidades pecaminosas: «El talente de las mugeres quien lo podría entender; / ... las sus malas maestrïas é su mucho mal saber» [1985: 120].
            Las hembras no pueden vivir en paz, no ya con el varón, ni siquiera consigo mismas: «Do son muchas mugeres nunca mengua rrensilla» [1985: 161]. Por ello, el hombre que desea a más de una es considerado de mente insana:
Era un garçón loco, mançebo bien valiente:
non quería cassarse con una solamente;
synon con tres mugeres; tal era su talente.
Porfiaron en cabo con él toda la gente [1985: 95].

            En ocasiones, el desenfrenado ardor de las mujeres pone al hombre en situación inversa a la habitual. De conquistador pasa a ser conquistado. Es el caso de las serranas que, con su vehemencia amoro­sa, convierten al hombre en un elemento pasivo a la hora de amar. Tales serranas no eran «fermosas vaqueras» como las famosas de Don Iñigo López. El Marqués de Santillana presentará un tipo delicado de serrana que no corresponde a la realidad. Juan Ruiz las conoce mejor. Eran hembras forzudas que, por demasiado hospitalarias, mortificaban al hombre que se encontraban por esos riscos: «Tomom’ resio por la mano / en su pescueço me puso; / como a çurrón lyviano / levóme la cuest’ ayuso» [1985: 185]. El Arcipreste se ve a menudo llevado en volandas por estas ninfas un tanto bruscas: «Echome a su pescueço, por las buenas respuestas / é á mi non me pesó, porque me levó a cuestas» [1985: 183].
            El atractivo de estas hembras no era bastante para conquistar ni a alguien tan enamoradizo como el Arcipreste. Tras sus aventuras con estas hembras demasiado varoniles, incluso físicamente, Juan Ruiz aconseja: «Guárte bien que non sea bellosa nin barbuda. / ¡Atal media pecada, el huerco la saguda!» [1985: 115]. O lo que es lo mismo: a esa media diabla que se la lleve la muerte. Y en otro lugar de su obra incluye el dicho «A mujer bigotuda, de lejos me la saluda.»
            No ha de culparse al de Hita por este temor ante las serranas. Desde el momento en que tropiezan con el viajero están claras sus intenciones: agasajarle y ofrecerle su mesa y su lecho, quiera o no, por las buenas o por las malas. Están decididas a emplear su fuerza física —que no solía ser poca— a la menor sospecha de no ser correspondidas por el incauto viajero que se había aventurado imprudentemente por esas montañas. Las primeras palabras de estas serranas solían ser una mezcla de amenaza y de exhibición de cualidades, como nos refiere nuestro autor al describirnos una de sus aventuras:
Encima dese puerto vime en grand rebata:
fallé la baquerisa çerca de esa mata;
preguntéle quién era. Respondióme: “¡La Chata!
Yo só la Chata resia, que a los omes ata.” [1985: 181].

            Tras estas aventuras el Arcipreste nos comunica sus experiencias sacadas de la vida misma y de gran valor para nosotros. Hay que indicar que una de las aportaciones mayores de Juan Ruiz al mundo poético es el descubrimiento del cuerpo humano. La belleza física en la Edad Media es sólo exaltada como un reflejo de la divina: la suma hermosura estaba condensada en la Virgen; y los trovadores cantaban la beldad de la mujer amada como un ideal estético. En cambio, el apetito irrefrenable que siente el Arcipreste por las cosas de la vida le lleva a fijar su mirada sobre el cuerpo humano. Para el Arcipreste la belleza no es una quimera poética, sino un bulto corpóreo del que se espera un goce físico:
Busca muger de talla, de cabeça pequeña,
cabellos amariellos, non sean de alheña,
las çejas apartadas, luengas, altas, en peña;
ancheta de caderas, esta es talla de dueña.
Ojos grandes, someros, pyntados, reluçientes
é de luengas pestañas byen claras é reyentes;
las orejas pequeñas, delgadas; paral’ mientes
sy ha el cuello alto; atal quieren las gentes.
La naryz afylada; los dientes menudillos,
eguales é bien blancos, un poco apretadillos;
las ensías bermejas, los dientes agudillos,
los labros de su boca bermejos, angostillos.
Su boquilla pequeña asy de buena guisa,
la su faz sea blanca, syn pelos, clara é lysa;
puna de aver muger que la veas syn camisa
que la talla del cuerpo te dirá esto á guisa [1985: 112].

            Así, en su libro nos describe repetidas veces cómo ha de ser la mujer ideal. No ha de ser exageradamente femenina: «Sy há la mano chica, delgada, boz aguda / atal muger, si puedes, de buen sesso la muda» [1985: 116].
            La mujer ha de ser de la siguiente manera:
De talla muy apuesta é de gesto amorosa;
loçana, doñeguil, plazentera, fermosa,
cortés é mesurada, falaguera, donosa,
graçiosa é donable de amor en toda cosa [1985: 90].

            En el subcapítulo titulado «De las propiedades que las dueñas chicas han» el Arcipreste, alaba a las mujeres de pequeño tamaño: «Como en la chica rrosa está mucha color / é en oro muy poco grand preçio é grand valor; / ansy en chica dueña yase muy grand amor» [1985: 280].
            A continuación gasta la suprema broma de decirnos que prefiere a las dueñas pequeñas siguiendo el precepto del sabio que aconseja que del mal hay que tomar el menos, consejo que el mismo Juan Ruiz no siguió muy fielmente a lo largo de su vida.
            Y, finalmente, si quisiéramos una síntesis de las ideas del Arcipreste de Hita sobre cómo han de ser las mujeres, no nos veríamos tampoco en la necesidad de hacerla por nosotros mismos. El insigne clérigo tuvo buen cuidado de darnos sus ideas resumidas en su obra por lo que, para ello, bastaría citar sus propias palabras, en las que expresa su concepto de la mujer ideal, diciéndonos: «En la cama muy loca, en la casa muy cuerda; / non olvides tal dueña, mas della te acuerda» [1985: 115].

Referencias
Ruiz, Juan, Libro de buen amor, Madrid, Castalia, 1985.