El Nuevo Mundo de Lope


Enrique Gallud Jardiel
Escena, Universidad de Costa Rica, VII, núms. 68-69, (2011), pp. 119-123


            López de Gomara, en 1550, escribió en su Hispania Victrix que el descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón era la mayor cosa ocurrida después de la creación del mundo. Dejando aparte estas exageraciones —si bien fácilmente comprensibles desde un planteamiento puramente historicista—, ha de reconocerse que esta gesta ha dado lugar comparativamente a muy poca literatura creativa y hubo de ser, naturalmente, Lope de Vega el primero en consagrar una obra teatral al tema. El tópico tan traído y llevado de la universalidad del teatro de Lope, de que en él se representa a todo el mundo de su tiempo, de que nada falta en su dramática y de que ésta comprende todas las épocas y las cinco partes de la tierra, vuelve a resultar una indiscutible verdad. La comedia titulada El Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón, que lleva fecha de 1599, es una verdadera crónica de este acontecimiento histórico y señala la actitud del Fénix de los Ingenios ante lo que ha dado en llamarse «la aventura americana». Desde su punto de vista los móviles que impulsaron a ella fueron la fe y la codicia, en este orden. No olvida tampoco el afán de aventura español y el mero acatamiento a la voluntad del Rey por parte de los diversos estratos de la nobleza. Yendo a América, un caballero español tenía a la vez la oportunidad de servir a su Dios (como era su obligación espiritual), servir a su Rey (como era su obligación terrena), disfrutar de la aventura, como le exigía su condición intrépida, y, de paso, enriquecerse también. Era una oportunidad ideal, única, por lo que a nadie se debe extrañar que los españoles fueran al Nuevo Mundo en forma tan masiva y entusiasta, para poder sentirse allí caballeros andantes en un mundo desconocido, lleno de maravillosas posibilidades, de misterio y, por ello, de encanto.
            Ha de decirse que la obra no se cuenta entre las más famosas del autor[1], aunque tiene momentos y versos realmente brillantes. La razón más obvia es una falta de hilación entre sus tres jornadas, exigida por el tema mismo. El acto primero nos habla de los preparativos del viaje. En el segundo vemos los acontecimientos de la travesía y el descubrimiento y la conversión de los indios al cristianismo en el tercero. Todas las jornadas tienen homogeneidad de por sí, pero la comedia se resiente un tanto de falta de continuidad. Además, se diferencia notablemente del tipo de obras del tiempo por la ausencia de la intriga amorosa y del contenido humorístico con que la figura de donaire solía contribuir al éxito total del espectáculo. Sin embargo, están bien definidos y logrados los objetivos de Lope: glorificación de Colón y glorificación de la cruz.
            El Almirante es, lógicamente, un personaje atípico, cuya mayor virtud es la tenacidad. El entusiasmo lopesco por todo lo hispano le lleva a «españolizar» a la figura de Colón, como en otras piezas había hecho con otros tantos personajes históricos y aun bíblicos. Nunca se olvide el que, para Lope, España es el centro del mundo. Así, Colón aparece investido de viveza de imaginación, exclusivismo de carácter, presencia de ánimo y otras virtudes y características hispanas, lo que no deja de ser históricamente plausible, pues Colón, que se sepa, no escribió una sola carta en italiano en toda su vida; en el año de 1492 estaba ya totalmente españolizado. La propia envergadura de lo que planea le iguala más, si es posible, a cualquier aventurero castellano En la obra, el Rey de Portugal, al saber de sus ambiciosos proyectos, dice:
             Rey.—Grande empresa solicita.
                        ¿Es por ventura español? [Vega, 1971: 19].

            Y despide al marino, al que sospecha demente, con el consejo de que se dirija a otro país de imaginaciones febriles:
                                    Rey.—Vete, Colón, y en Castilla
            (que se creen fácilmente)
            les cuenta esa maravilla [Vega, 1971: 24-25].

            El personaje muestra su entereza durante los años de infructuoso peregrinar y cuando los condes de Medina-Coeli y Medina-Sidonia se burlan de las rutas trazadas en sus mapas y de que un hombre pobre, que se gana la vida de piloto, quiera añadir un mundo más a los conocidos. Lope de Vega hace hincapié en el temperamento científico del personaje del marino haciéndole hablar de una tierra nueva, pero de la que ya se tenía noticia antes: unas Indias distintas a la, India, a la China o al Japón. Este punto, que no resiste evidentemente un escrutinio histórico, posee, sin embargo, gran realce dramático, cuando Colón justifica sus conocimientos con citas de autores, en su conversación con Alonso de Quintanilla, Contador del Rey:
         Colón.—¿Cómo imposible, si te muestro autores
                        que digan esta tierra ha sido hallada
                        en los tiempos del gran Augusto César,
                        como se ve en los versos de Virgilio
                        cuando dijo en el sexto de su Eneida
                        que había una tierra fuera del camino
                        del sol y las estrellas, donde Atlante
                        arrimaba sus hombros a su fuego? [Vega, 1971: 67].

            A continuación, Lope ha de hacer verdaderos esfuerzos con su pluma y su ingenio para paliar el mal efecto que produce la inicial falta de interés de los reyes en el proyecto. Para poder dejar a salvo el prestigio real incluye en el primer acto varias escenas de la guerra de Granada, justificando así el retraso en atender a Colón y exaltando de paso a la monarquía al solemnizar la fecha que dio fin a la Reconquista. Por fin ante los monarcas, Colón se halla en posición de incitar las imaginaciones de los Reyes Católicos y hasta de prever las futuras necesidades territoriales de la Corona española. Dice:
                   Colón.—Grande es España, pero sois tan grandes
que si no le añadís un mundo nuevo
es imposible que quepáis entrambos [Vega, 1971: 68].

     Acto seguido Fernando se queja de su precaria situación económica tras la guerra de Granada, pero consigue que sus nobles le hagan un préstamo a la Corona y subvenciona el viaje de Colón. Isabel, en contra de lo que nos dice la tradición, no interviene en ello para nada. A partir de este momento, y en contra de lo que se podía esperar, el personaje del Almirante pierde su protagonismo; los acontecimientos obscurecen su figura. Sólo presenciamos su momento heroico durante el motín de los marineros, cuando ofrece su vida si no hallan tierra en tres días, y la afirmación un tanto contradictoria de que la conversión de los indios era su principal objetivo. Al final de la obra el Rey le reconoce su deuda por la hazaña llevada a cabo y le elogia en los términos más entusiastas:

 Fernando.—Por monstruo y por maravilla,
                        sin primero ni segundo
                        le vea el mundo, pues dio un mundo
                        a los Reyes de Castilla [Vega, 1971: 190].

            Viene ahora la cuestión de la conceptualización lopesca de América y sus habitantes. Es curioso ver que, mientras que los españoles simbolizan en la obra el pensamiento científico y el afán de aventura, los indios aparecen como seres pasionales, guiados por sus sentimientos y como pueblo altamente ingenuo e inocente. Aunque vemos en ellos emociones y tendencias negativas –como la fiereza súbita o hasta el canibalismo eventual–, sus amores son refinados y hacen gala de una inteligencia natural. En un principio se deslumbran con las cuentas, los cascabeles y los espejos que les dan los españoles y se asustan de sus casas flotantes y de la apariencia de éstos cuando vienen cabalgando. Así lo describe Tecué:
                         Tecué.—Toda la boca espumosa
            y el habla delgada y alta;
            gruñe, brama, corre y salta
            con ligereza espantosa.
            Largas las orejas tiene,
            abiertas y levantadas,
            ancho el pecho, aunque delgadas
            las piernas, más fuerte viene;
            y tiene cuatro [Vega, 1971: 121].

            Es particularmente simpático el episodio del papel, en donde Fray Buyl le da a Auté una docena de naranjas para que las entregue con una carta. El indígena se come cuatro naranjas y el que le recibe sabe por la carta lo ocurrido y le recrimina en consecuencia. El indio queda sorprendido de que el papel le haya visto comérselas y de que se lo haya contado a su legítimo dueño. Cuando le mandan de nuevo con una carta y varias aceitunas, el indio esconde el papel detrás de unos arbustos para que la carta no pueda ver cómo se las come. Así se subraya la importancia de la escritura en el desarrollo cultural de los pueblos y se da una visión ingenua y humana de los aborígenes de la isla de Guanahaní.
            En cuanto al fenómeno del mestizaje, que tanta importancia tuvo y tiene hasta hoy, Lope de Vega lo presenta como una consecuencia ineludible, dado el carácter de un pueblo y otro. En primer lugar se menciona que la llegada de los españoles estaba prevista según los mitos de la región, por lo que se les recibía con respeto. El episodio clave es el de Tacuana, que le pide a Terrazas que la proteja de Dulcanquellín. El español la lleva a un bosque para violarla, dando como justificación la belleza de la muchacha y la ya larga duración de su abstinencia sexual. Pero la violación no es tal, como la misma Tacuana afirma:
                            Tacuana.—Que con aquesta invención,
fingiendo tales razones
vengo a sus brazos rendida
porque así me lleve y robe.
El piensa que me hace fuerza
y amor sin fuerza me pone [Vega, 1971: 152].

            Es ésta la versión más probable de lo ocurrido en general. Las dos razas se «gustaron» mutuamente, por así decirlo, y el fenómeno del mestizaje resultó inevitable. Fue éste un hecho feliz, pues la fusión dio una raza nueva con lo mejor de las que la integraron y de la que hoy nos enorgullecemos. Otros pueblos –y el ejemplo anglosajón es el primero que viene a la mente– no pueden ufanarse de nada semejante, pues sólo exterminaron o, en el mejor de los casos, ejercieron un racismo total, lo que demuestra que en ellos sí fue la codicia el único móvil conocido.
            Volviendo a las razones antes mencionadas, vemos que la identificación de las Indias con la riqueza es antigua. El Demonio afirma en la obra que es el oro y la codicia lo que ha llevado a los españoles al Nuevo Mundo. Habla la Idolatría, personaje alegórico de un sueño de Colón:
                           Idolatría.—No permitas, Providencia,
hacerme esta sin justicia,
pues los lleva la codicia
a hacer esta diligencia.
So color de religión
van a buscar plata y oro
del encubierto tesoro [Vega, 1971: 58].

            Lope ataca a la generalización de este concepto. Algunos personajes se deslumbran momentáneamente ante la posibilidad de conseguir fáciles riquezas, pero no son todos ni todo el tiempo. Terrazas, uno de los más codiciosos en un principio, llega a desengañarse totalmente cuando las posee:
                            Terrazas.—Pues que no estás en el oro,
       ¡oh, contento!, ¿dónde estás?
       Al cielo he sido importuno
       por tener y más tener;
       ya tengo sin gusto alguno;
       de donde vengo a entender
       que no te tiene ninguno [Vega, 1971: 143].

            Durante el sueño simbólico de Colón, la Imaginación le lleva a un mundo alegórico en donde se tratan las implicaciones religiosas del descubrimiento y los argumentos en pro y en contra de la conquista. El Diablo y la Idolatría arguyen de nuevo que la codicia va disfrazada de fe. La Providencia, a su vez, aduce el argumento jesuita de que el fin justifica los medios y da por válida una posible avaricia si redunda en beneficio de la religión. Incita a que se lleve a cabo la conquista, que ha de ser para mayor gloria de Cristo, diciendo:
                   Providencia.—Si Él, por el oro que encierra
gana las almas que ves
en el Cielo hay interés,
                                              no es mucho le haya en la tierra [Vega, 1971: 58].

            El interés material y el espiritual van, pues, estrechamente unidos y Don Fernando comentará al final que Colón le ha dado un mundo a España e infinitas almas a Dios.
            Los españoles muestran un conocimiento muy precario de la religión de los indios, que creían que se limitaba al culto a Ongol, dios del Sol, al que se hacían ofrendas de animales, frutos y perfumes. Se nos presenta como tirano antiguo al Demonio, que incitaba a los indígenas a su supuesta idolatría, tratando de impedir su conversión. Terrazas le hace al cacique Dulcanquellín un magistral resumen de los principios del dogma católico. Cuando éste está casi convencido, el Demonio le incita contra los españoles, hablándole de la infidelidad de Tacuana. Se produce una pequeña revuelta que se detiene momentáneamente al descubrirse un altar con una cruz.
            Este es el momento en que parece que va a decidirse la futura suerte de la religión católica en la isla. El cacique manda arrancar la cruz y destrozar el altar. Llega así el momento cumbre de la pieza y Lope se halla en la necesidad de hallar el efecto final indispensable. Pero no en vano se le ha llamado «el poeta de la historia» por la habilidad con que entremezcla su fantasía con la realidad conocida, embelleciéndola siempre. Ante el estupor de los indígenas, floreciente y fragante, surge lentamente de debajo de la tierra otra cruz más bella, clímax temático y estético y que provocará la conversión de toda la población de Guanahaní. En una comedia qua toca de algún modo el tema de la religión, la magnificencia de Lope no puede ofrecernos nada inferior a un milagro.

REFERENCIAS
Vega Carpio, Félix Lope de (1971), El Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura.


[1] Existe una edición crítica francesa, de 1980, elaborada por Jean Lemartinel y Charles Minguet, (Presses Universitaires de Lille).