Escritores contra Cervantes



Enrique Gallud Jardiel

           ¿Tiene sentido darle vueltas a Cervantes? No parece fácil decir nada de Cervantes que no se haya dicho ya. La abundancia de material nos abruma. De hecho, se ha escrito tanto que los trabajos sobre Cervantes recuerdan aquel cuento de Borges en donde los geógrafos elaboraban un mapa del reino de tales proporciones que, cuando se desplegaba y se le superponía, el mapa abarcaba todo el reino. Sin embargo nada es exhaustivo, porque nada real se puede agotar. Así es que Cervantes será siempre —en tanto exista literatura— manantial inagotable de comentarios. El problema estriba en que siempre sean comentarios elogiosos inevitablemente. Sobre Cervantes se han hecho muchos estudios utilísimos y se han escrito muchas vaciedades e inanidades, como no podía por menos de suceder considerando el número y la heterogeneidad de los cervantistas.
         Yo no soy cervantista y, por todo lo que expondré en mi conferencia, espero que entre quienes me escuchan haya algunos que tampoco lo sean. Estamos de acuerdo en que don Quijote es un insensato. Quizá yo también lo soy en gran parte, osando venir a esta universidad a hablar mal de Cervantes. Tengo que disculparme de antemano, por si alguna sensibilidad resulta herida. No es ésa mi intención. Pero como el elogio a la persona y a la obra de Cervantes se da por descontado, a ninguna mente crítica se le caerá ningún anillo porque pongamos algunos ligeros contrapesos a su gloria. En este trabajo he analizado los aspectos negativos del «fenómeno Cervantes» y he refrendado mis propias opiniones con las de algunos escritores ilustres. Éstas no son meramente boutades, sino juicios contrastados que tienen aún más valor que los otros, precisamente por el hecho de ir contracorriente. Hablar mal de Cervantes es un acto de osadía, comparable a decir que —pese a toda su fama— Cleopatra tenía feas las narices.
         De todas maneras, meterse con Cervantes no es un deporte nuevo y, para demostrarlo, me detendré brevemente en mencionar la pobre impresión que de él y de su obra tuvieron sus contemporáneos.
         Ya en una carta fechada en 1604 afirma Lope de Vega: «De poetas, no digo; buen siglo es éste. Muchos hay en cierne para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes.» Y en otra, dirigida al Duque de Sessa, de marzo de 1612, dice: «Yo ley unos versos con vnos antojos de Zerbantes que pareçian uevos estrellados mal hechos.»
         Se burla en otro lugar del fracaso teatral de Cervantes, con el siguiente anuncio:
                «Un poeta ha compuesto veintisiete comedias; no halla quien se las represente ni quien se las oiga. Si hubiere alguna persona que se las quiera trocar a papel blanco, recibirá en ello caridad.»
          La causa de esta enemistad hay que buscarla en los ataques sistemáticos que Cervantes hizo al tipo de teatro creado por Lope, cuya calidad queda fuera de toda duda y cuyos principios expuso en su Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo. En la primera parte del Quijote se lee:
          En materia ha trocado v.m. que ha despertado en mí un antiguo rencor que tengo contra las comedias que ahora se usan [...] espejos de disparates, ejemplo de necedades e imágenes de lascivia.
    
         A esto, Tirso de Molina, en El vergonzoso en palacio, le contestó diciendo que la comedia era
                             ...manjar de diversos precios,
                            que mata de hambre a los necios
                            y satisface a los sabios.
         Pero Cervantes insistió en sus ataques y en el Viaje del Parnaso, de 1614, insertó el siguiente terceto:
              
                            Adiós teatros públicos honrados
                            por la ignorancia, que ensalzada veo
                            en cien mil disparates recitados.
          Obviamente, estos ataques provocaron respuesta entre los partidarios y seguidores de Lope. Al año siguiente, en 1615, en el «Prólogo» a El celoso prudente, Tirso de Molina volvió a defender las comedias a las que había atacado Cervantes. Lope, por su parte –además de su más que probable intervención en la gestación del Quijote de Avellaneda— dedicó a su adversario el siguiente soneto:
 Yo no sé si de los, ni li de le-
no sé si eres, Cervantes, co ni cu-
sólo digo que es Lope Apolo y tú
frisón de su carroza y puerco en pie.
Para que no escribieses orden fue
del cielo que mancases en Corfú;
hablaste, buey, pero dijiste «mu»
¡Oh, mala quijotada que te dé!
¡Honra a Lope, potrilla, o guay de ti!,
que es sol y si se enoja lloverá;
y ese tu don Quijote baladí
de culo en culo por el mundo va
vendiendo especias y azafrán romí
y al fin en muladares parará.
          No sólo Lope y Tirso fueron sus adversarios literarios. También Góngora le hizo objeto de sus sátiras e igualmente Quevedo en su romance Testamento de don Quijote. Se dirá que las rencillas entre literatos no significan mucho, pero aquí es palmario el hecho de que Cervantes o bien fue incapaz de ver el potencial del teatro barroco español, o no lo quiso reconocer debido a su frustración, porque sus obras teatrales habían quedado totalmente eclipsadas por el triunfo de Lope. Poco se habla en la actualidad de estas guerras literarias del Siglo de Oro. Si acaso se considera el enfrentamiento entre culteranistas y conceptistas. Pero no se debe olvidar este enfrentamiento entre nuestros clásicos y la obligación del crítico y del hombre de letras de juzgar. Es lo que hace el escritor colombiano Álvaro Mutis —paradójicamente ganador del premio Cervantes del 2001— en una entrevista concedida en Bogotá en 1995, cuando afirma que en la querella de Lope y Góngora contra Cervantes, él hubiera estado de parte de aquellos.
         El siguiente punto a tratar es el de la misma persona de don Miguel, que parece haberse convertido en un símbolo de lo que un hombre debe ser. Luis Astrana Marín, cervantista egregio de quien luego me ocuparé, en su artículo El Quijote, se refiere Cervantes como «nobilísimo caballero del Ideal». Aceptemos el idealismo del personaje de don Quijote; pero de ahí a considerar que Cervantes sea un modelo de nada, media un abismo. Porque ¿qué sabemos de su personalidad?
         Claro, que nos lo podemos imaginar como queramos, pero hay hechos y escritos que no admiten más que una interpretación. Pese a su imagen adusta, callada y modesta, era un grandísimo vanidoso. Presume de haber sido él y no Lope el que creó e impulso el nuevo teatro en España. En el prólogo a sus Ocho comedias y entremeses nuevos afirma: «Yo fui el primero que [en teatro] representé las imaginaciones o los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro con general y gustoso aplauso de los oyentes.»
         Pero, según él, no sólo inventó el teatro, sino también la novela. En el prólogo de sus Novelas ejemplares, publicadas en 1613, afirmó con toda desfachatez que él había sido el primero que había novelado en lengua castellana. Creo que esta afirmación nos indigna especialmente a todos los que amamos a Amadís y a Tirant lo Blanc. Asimismo se erige en genio del humor y, refiriéndose a su obra como una novela de mucha risa, afirma:
 Yo he dado en Don Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohíno
en cualquiera sazón, en todo tiempo.

         A mi parecer, el hecho de que un autor alardee constantemente de la calidad y originalidad de sus escritos no dice gran cosa de la belleza de su carácter.
         Además, literariamente fue incoherente con su obra y, como apunta don Marcelino Menéndez Pelayo en su ensayo Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del «Quijote», Cervantes se burla de la novela pastoril y de los pastores de égloga y hace devanear a don Quijote entre los sueños de una fingida Arcadia, como summum de su locura, pero compuso La Galatea en años juveniles y toda su vida estuvo prometiendo su continuación.
         Pero esto no es todo. También fue plagiador y hasta el análisis más superficial de su obra El licenciado Vidriera permite ver que no es sino una copia casi literal del auto No le arriendo la ganancia, de Tirso de Molina.
         Esto en cuanto a su faceta literaria. En lo relativo a su vida privada, el mismo Américo Castro nos advierte: «Cervantes es un hábil hipócrita y ha de ser leído e interpretado con suma reserva en asuntos que afecten a la religión y a la moral oficiales.» Tampoco era en absoluto una persona abierta ni tolerante, sino que estaba cargada de prejuicios. Atacó a Lope en su intimidad, censurando sus amores por lo avanzado de su edad, y a Tirso en su bastardía, por el rumor de que era hijo ilegítimo de Pedro Téllez Girón, Duque de Osuna. En medio de su disputa con Tirso en pro y en contra de la comedia, no duda en agredir al contrario en donde más podía dolerle. Sancho Panza, en el lugar donde menos se espera, dice, sin venir a cuento: «Eso pido, y barras derechas.» Es sabido que en heráldica las barras torcidas o perpendiculares eran señal de bastardía, y de esta forma zahiere continuamente al mercedario por una peculiaridad social que no era en absoluto su culpa.
         Debe recordarse también que Cervantes estuvo encarcelado. Pero no todas las prisiones son honrosas. Fray Luis de León estuvo en la cárcel por sus opiniones teológicas; Gandhi y Nelson Mandela por sus ideas políticas. Pero Cervantes lo estuvo por deudas, por quedarse con el dinero de otros. No sé si la palabra precisa que debería emplearse sería ‘fraude’, ‘estafa’ o ‘malversación’, pero el hecho es que han pasado siglos y no se le ha podido aún exonerar. Bien, todo lo expuesto no acaba de encajar con esa descripción de «nobilísimo caballero del ideal» a la que antes aludía.
         Ahora dejaremos al hombre y hablaremos de su obra, principalmente del Quijote, libro en el que se han centrado los elogios del mundo entero, con mayor intensidad a medida que pasaban los años. Realmente el Quijote es uno de esos libros que son más importantes por su difusión que por su valor intrínseco. Azorín, uno de los principales entusiastas afirmó —y aquí no le faltaba razón— que el Quijote no lo ha escrito Cervantes, sino la posteridad. Es un símbolo al que todos hemos contribuido con nuestras interpretaciones y nuestras campañas de popularización. Otro factor que no hay que olvidar es que en la Europa del xvii existían unos intereses creados muy fuertes para que no se tradujeran ni se conocieran generalizadamente fuera de España las obras de autores como Lope o Calderón, puesto que su teatro estaba siendo sistemática y descaradamente plagiado.
         Pero el caso es que el Quijote ha sido siempre una especie de recipiente en el que cada época ha ido vertiendo sus propias interpretaciones y símbolos. Incluso Astrana Marín, cervantista confeso, nos asegura que este libro en el siglo xvii fue saludado con una gran carcajada, en el xviii con una sonrisa y en el xix con una lágrima, lo que no era en absoluto el objetivo de Cervantes. Durante los siglos xvii y xviii, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha fue una novela de risa, una mera parodia, que es un género al que siempre se ha considerado inferior pero en el xix la crítica dotó al libro de un aura de inmarcesible profundidad.
         El caso es que, ya en pleno siglo xx, nos encontramos con la afirmación de que el libro de ficción más famoso y supuestamente más leído del mundo, guarda arcanos de sabiduría en su interior que nadie ha sabido ver aún. Esto lo afirma nada menos que Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote, donde leemos: «Cervantes se halla sentado en los elíseos prados hace tres siglos, y aguarda, repartiendo en derredor miradas melancólicas, a que le nazca un nieto capaz de entenderle.»
         A diferencia de Ortega, Miguel de Unamuno no veía en el libro misterio y hermetismo profundos, sino meramente incongruencia, y en su Vida de don Quijote y Sancho habla de muchas interpretaciones que nos invitan a admitir que el Príncipe de los Ingenios no sabía a punto fijo lo que hacía cuando escribió sus páginas inmortales. A continuación, añade claramente: «Pretendo liberar al Quijote del propio Cervantes.» Esto es: reconoce la validez y calidad de don Quijote como símbolo, pero no gusta del tratamiento que Cervantes hizo de él; por eso reescribió su vida.
         Por su parte, Enrique Jardiel Poncela también reflexiona sobre el tema del auge contemporáneo de un autor considerado en su tiempo de segunda fila; y asegura desconfiar mucho de la exactitud y ponderación de eso que los simples llaman «juicio de la posteridad», vacuo consuelo de fracasados del presente. En su ensayo Dos farsas y una opereta, se muestra rotundo cuando escribe:
      
         Si aquellos artistas exquisitos que se llamaron Calderón, Lope de Vega y Quevedo, por ejemplo, resucitaran de pronto hoy día y contemplaran a Cervantes erigido en lugar de ellos en emperador de la literatura mundial se volverían a morir en el acto, congestionados de la risa y ahogados de indignación. ¡Y qué justamente indignados, por cierto!
          Pero quizá el futuro ponga las cosas en su sitio, como sugiere Miguel Mihura en su artículo «Breves noticias del año 2970» publicado en Muchas gracias en 1925, donde describe los artefactos encontrados en al Km. 2.600.000 de la carretera Madrid-América del Norte-Caracas.
          Libro en el que se lee un letrero que dice Don Quijote de la Mancha, y un dibujo en la primera hoja que representa a un caballero vestido de máscara a cuyos pies un chucho le mira cabizbajo. Aunque muchas personalidades en la literatura han intentado leer este libro, todos lo han tenido que dejar, pues infaliblemente expiraban después de leer la segunda página. Hasta ahora se desconoce en qué empleaban nuestros decrépitos antepasados este librote, aunque lo más probable es que lo destinaran a castigar a los niños malos y a los delincuentes y facinerosos.
         La policía ha tenido que retirar esta obra de la Exposición, porque dice que ya han ocurrido bastantes muertes con su lectura, y que no hay derecho a que un libro que tiene tantas hojas dé tan mala sombra.
          O sea: que no todas las opiniones son unánimes en alabar a Cervantes. Bien es verdad que los cervantistas acérrimos son el partido de la mayoría. Pero también están los otros. A algunos ya les he nombrado y otros irán apareciendo poco a poco. Entre los detractores de Cervantes los hay contumaces y sistemáticos, como Jardiel Poncela o Vladimir Nabokob, que en 1951-52 dictó en la Universidad de Harvard un curso completo sobre el Quijote poniendo de manifiesto errores y combatiendo tópicos. También los hay esporádicos y eventuales, como Ramiro de Maeztu, Juan Ramón Jiménez y otros. El gran articulista César González-Ruano, en su artículo «Evocación de Pedro de Répide» publicado en Arriba en 1955 recordaba que 1922 fue un buen año para su vida de escritor joven. Había dado un escandalazo desde la tribuna del Ateneo de Madrid, donde dijo: «Estoy harto de oír aquí a una serie de memos hablar del idioma de Cervantes. Ese Cervantes parece que era un manco, cosa que se confirma, porque el Quijote está escrito con los pies.»
         Y mucho más recientemente, el poeta chileno Nicanor Parra arremete contra el libro en versos aparecidos en la «Revista de Libros», del diario chileno El Mercurio. Uno de los versos de Parra, refiriéndose al Quijote, dice: «Para tonterías basta con la Biblia», después de un preámbulo que reza: «Cual más cual / todos son libros de caballería / tanto peor si son de un tal Cervantes.»
         Claro, que esto son opiniones personales, pero no por poco frecuentes carecen de valor. En el extremo contrario tenemos a los cervantistas «de siempre», con Azorín a la cabeza, quien
llama a Cervantes «vivo y gracioso» en contraposición con Quevedo, a quien denomina «seco y rígido». A Azorín se le ha venido considerando como un oráculo en sus juicios sobre nuestros autores, pero yo me atreveré a decir que su opinión crítica sobre literatura es personalísima pero no necesariamente infalible. Pues afirmó en varias ocasiones que en teatro no se había hecho nada de mérito fuera de Hedda Gabler, de Ibsen, por lo que para él Shakespeare no existe, Schiller no hizo nada bueno y a Lope y a Calderón no hay que tenerles en cuenta. Pero no me voy a detener en hablar también mal de Azorín, porque eso sería ya demasiada tarea para una sola mañana.
         Sí, en cambio, referiré la burla que Jardiel Poncela se permite a costa de los cervantistas, representados en la persona de Francisco Rodríguez Marín, uno de los cervantistas más constantes, autor de innumerables escritos sobre el Quijote, Académico de la Lengua y de la Historia, Director de la Biblioteca Nacional y, en opinión de Jardiel, un soberbio pelmazo. Según el humorista, los cervantistas son ciegos a todo lo que no provenga de la pluma de su ídolo y todo, absolutamente todo lo que leen, lo miden por el rasero cervantino. Al final de su novela Amor se escribe sin hache, Jardiel inserta las opiniones apócrifas que el libro habría merecido a algunos personajes ilustres, si lo hubieran leído, y hace decir a Rodríguez Marín:
          La novela distrae y está escrita con cierto dominio del lenguaje y cierta gracia cervantina. Sin embargo, hay en ella una cosa que se me antoja un borrón, caído en la blancura de sus páginas. Me refiero a aquel pasaje en el cual el novelista lanza la injuriosa especie de que el Quijote es un libro del que todo el mundo habla pero que nadie ha leído.
         Respecto a la broma que el autor le gasta a Cervantes en el prólogo, diciendo que se diferencia de él en que no asistió a la batalla de Lepanto, opino que es sumamente irreverente.

         Pasemos ahora a valorar la obra en sus varios aspectos. Primeramente se nos dice que el Quijote ridiculiza a la literatura caballeresca y acaba con ella, pero esto es una inexactitud. De haber sido así, el Quijote no habría perdurado, porque ¿qué sentido tiene leer una parodia de los libros de caballerías, sin haber leído ninguno de aquellos? ¿Cuántos de nuestros lectores contemporáneos —los que se deleitan con Antonio Gala o Lucía Etxeberría— conocen, por ejemplo, Lisuarte de Grecia, Palmerín de Oliva o Historia del caballero de Dios que havía por nombre Cifar? Además, si hablamos del contenido de aquellas obras, Cervantes no destruyó nada. Hoy en día, en la literatura y el cine, abundan los rescates de doncellas y las luchas contra los dragones. Y si nos referimos a las novelas de caballerías específicas de su tiempo, todos los estudiosos están de acuerdo en afirmar que en 1605 ya hacía treinta o cuarenta años que no se leían. Escribir por aquel entonces una novela para acabar con aquellas obras sería como si hoy en día, en pleno siglo xxi, se estrenase una parodia de zarzuela, para acabar con el género chico.
         Luego ¿qué pretendía Cervantes? En su obra Meditaciones del Quijote nuestro más lúcido pensador, Ortega, es muy explícito en cuanto a lo confuso del propósito del autor. Escribe:
          Seamos sinceros: el Quijote es un equívoco. Todos los ditirambos de la elocuencia nacional no han servido de nada. Todas las rebuscas eruditas en torno a la vida de Cervantes no han aclarado ni un rincón del colosal equívoco. ¿Se burla Cervantes? ¿Y de qué se burla?
          Y más adelante, en la misma obra afirma Ortega que no existe libro alguno en el que hallemos menos anticipaciones, menos indicios para su propia interpretación. Por eso, confrontado con Cervantes, Shakespeare le parece un ideólogo.
         Ahora bien: Cervantes había pretendido escribir un libro muy cómico. O quizá pretendió hacerlo, pero no lo consiguió. Quiso hacer un libro de risa y le salió triste por error. En él Sancho afirma repetidas veces que en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. Y Fiodor Dostoyevski llegó al extremo de calificar al Quijote como «El libro más triste del mundo». Esto nos induce a pensar que si Cervantes se veía a sí mismo como un humorista, no andaba muy acertado. Sobre este pesimismo amargo, que aparece en todas las páginas de la obra, escribe Josep Pla: «Me pregunto por qué razón no se habla nunca de Cervantes tal y como realmente fue: un hombre muerto de asco, de hambre y de tristeza. Es la impresión que da permanentemente a cualquier persona normal que lo lea.»
         Un análisis riguroso del supuesto humor del Quijote nos deja descorazonados. Las pretendidas situaciones cómicas de la novela se reducen a caídas, palizas, manteamientos y vejaciones varias. Son situaciones creadas a partir de la teoría de Thomas Hobbes de la superioridad, que explica que la risa surge del alivio que se produce cuando nos hacemos conscientes de que no somos nosotros los que nos resbalamos en la piel de plátano y de que los que tenemos el problema o sufrimos el ridículo o la ignominia tampoco somos nosotros, sino un prójimo más incapaz o más tonto que nosotros. Es el recurso humorístico más antiguo y más gastado del mundo, y ni que decir tiene que sigue siendo eficaz hoy en forma de caídas aparatosas y de tartas lanzadas contra el rostro, pero es asaz triste que un escritor dé por hecho que ciertas cosas como los asnos, los glotones, los animales martirizados, las narices ensangrentadas. etc., son graciosas en sí. Pues ésa es la comicidad de situación que emplea Cervantes en su inmortal obra. En cuanto a la gracia verbal, los chascarrillos y los refranes de Sancho no suscitan gran hilaridad, ni por sí mismos ni por su acumulación repetitiva.
         Inferimos necesariamente que Cervantes carecía de un bien desarrollado sentido del humor. Jardiel Poncela publicó en 1929 un pequeño escrito en el semanario Gutiérrez ilustrando este punto. Narra una visita imaginaria que Cervantes le hace, durante la cual Jardiel bromea y Cervantes se enfada, pues no puede dejar de tomarse todo en serio. Cuenta Jardiel:
          Anteanoche, aunque mi propósito era meterme a jugar al marro en el Casino, decidí marcharme a mi casa porque estaba aburridísimo.
         Y emprendí el camino del hogar a las dos de la mañana, como se emprende casi siempre la carrera de comercio: sin ilusión.
         Al entrar en mi despacho, vi que, sentado encima del tintero, había un fantasma.
         Estoy tan harto de ver fantasmas en literatura, que le abordé sin pizca de respeto.
         —¿Qué? —gruñí, quitándome los guantes—. ¿Viene usted con el propósito de darme tema para un cuento? Pues no se canse: los cuentos de fantasmas han caído en desuso y no me interesan.
         El fantasma me miró con ira, y agitando lo que le quedaba de un brazo mutilado, me lanzó este epíteto:
         —¡Sandio!
         Cosas ambas por las que comprendí que el fantasma aquel no era otro que el espíritu de D. Miguel de Cervantes Saavedra.
         Confieso que me alegré.
         —¡Chico; Cervantes! —le dije, rectificando mi actitud y una arruga de la americana—. Me alegro mucho verte. Siempre he tenido el deseo de hacerte varias preguntas. ¿Cuánto tardaste en escribir el Quijote? ¿Pensabas tú que iba a resultar genial? ¿Es cierto que perdiste el brazo en Lepanto o la verdad es que se lo vendiste a unos antropófagos amigos para un banquete de homenaje? ¿Cuánto dejaste a deber en la «Posada de la Sangre»? ¿Qué...?
         Cervantes me interrumpió, atizando un puñetazo en la mesa y dejando escapar una palabra fea, pues a consecuencia del puñetazo se clavó en la mano una pluma:
         —¡Basta! —gritó—. Me has ofendido gravemente, y más duele la ofensa en el alma que el dolor en el cuerpo.
         —Bueno; no me vengas con cervantismo y explícate, Miguel.
         Cervantes, bastante irritado por la familiaridad de mi trato, se arrellanó en la escribanía, se acarició la gola y exclamó:
         —He leído tu novela.
         —¿Amor se escribe sin hache?
         —Sí.
         —¿Y qué? Te gusta, ¿verdad? Es enorme de divertida...
         —No me ha gustado.
         —¿Que no te ha gustado? Bien se ve que, al fin y al cabo, eres compañero en la literatura.
         —No me ha gustado y vengo del Otro Mundo sólo para ajustarte cuentas.
         —Bueno, y ¿por qué no te ha gustado Amor se escribe sin hache? —indagué.
         —En primer lugar, porque en él me tomas el pelo, diciendo que el Quijote es un libro del que todo el mundo habla pero que nadie ha leído.
         —Y acaso no es verdad?
         —¡No; lo ha leído mucha gente!
         —Eso dice Rodríguez Marín; pero no hagas caso: es que él es un entusiasta tuyo.
         —Además, el episodio del duelo está desaprovechado: podías haber hecho más cosas en él.
         —Eso pensé yo, cuando leí tu Quijote, con el episodio de Sancho en el banquete de los Duques: que allí había tema para escribir unas páginas divertidísimas.
         —¿Pero no decías antes que no hablas leído mi Quijote?
         —Es que lo he oído por la radio.
         —Además, en tu libro hay capítulos un poco fuertes.
         —Es que soy un escritor que huye de tener debilidades.
         —Y tu literatura es una literatura para las grandes masas.
         —Para las grandes masas encefálicas, tienes razón.
         —Esa frase no es tuya. Es una frase antigua.
         —No tendrás la pretensión de que a ti, que eres de hace cuatro siglos, te hable con frases nuevas...
         —¡Sandio! —volvió a gritar Cervantes.
         Le vi tan incomodado que me dio miedo la idea de que alguien se enterase de las burlas que le había dirigido a don Miguel, y le dije al fantasma:
         —Anda, bájate de la escribanía, que nos van a hacer una foto para el semanario Gutiérrez.
         Entonces Cervantes volvió a sonreír con excelente alegría; se bajó al suelo de un salto y se apoyó en mi hombro, satisfecho.
         Y es que no hay un literato que no se rinda ante la idea de verse retratado en un periódico.
         La última frase de Cervantes fue pronunciada ya delante del objetivo.
         —¡Si vieras —me dijo— las ganas que tengo de que me hagan una interviú para Estampa!
*
          ¿Y el simbolismo del Quijote? Quizá se ha llevado este aspecto demasiado lejos. Para Ortega, el Quijote encierra el problema de España y su fuerza está en distinguir las dos vertientes de las cosas: la materialidad, su positiva sustancia, y el sentido de ellas, su significación. Pero igual simbolismo podía haberse hallado en El diablo cojuelo o en la Vida del buscón don Pablos. Don Quijote ha sido un personaje que se ha usado para otros fines porque «estaba ahí», no por otra razón. De no haber existido, el símbolo español del idealismo hubiera sido cualquier otro. Los críticos y lectores añaden al texto una carga conceptual que el autor ni sospechó. Cuando Samuel Beckett estrenó Esperando a Godot fueron innumerables las elucubraciones sobre el simbolismo de ese personaje a quien todos esperan y que no acaba nunca de llegar. Tras mucho discutir le preguntaron al autor qué significaba en definitiva su personaje. Éste les contestó que si él hubiese sabido qué simboliza Godot, lo hubiera puesto en su obra. Prueba de que Cervantes no concibió a su protagonista como símbolo del idealismo, la tenemos en el hecho de que, al final del libro, su personaje recobra la razón y se arrepiente, lo que convierte a la obra en un libro cobarde. Cuando don Quijote se retracta al final de la novela lo hace por seguir las conveniencias morales de su época. En su lecho de muerte apostata de su grandeza y de su idealismo. Esta cobardía la menciona también Ortega, en su artículo Asamblea para el progreso de las ciencias, diciendo:
          Enormes recipientes de idealismo habrían bastado apenas para higienizar la historia de España y no hemos tenido acaso ningún gran idealista. Cervantes mismo se detuvo a la mitad del camino. [...] No tuvo el valor de las negaciones ásperas, de las cauterizaciones, de la amputaciones.

         Para Ramiro de Maeztu, don Quijote, al rechazar al final de su existencia todo aquello por lo que ha vivido y luchado, pone en el alma española la duda del valor del idealismo, y por eso lo considera el libro de nuestra decadencia.
         En fin, el género parece inadecuado; el simbolismo, confuso y el humor, bajo. No obstante se insiste en la gran calidad de la novela. Yo diría que la obra tiene muchas situaciones análogas y está sobrada de interpolaciones que distraen del argumento principal. Nabokob, en su Curso sobre El Quijote asevera:
                  Se ha dicho del Quijote que es la mejor novela de todos los tiempos. Esto es una tontería, por supuesto. La realidad es que no es ni siquiera una de las mejores novelas. Pero el libro vive y vivirá gracias a la auténtica vitalidad del personaje central de una historia muy deshilvanada y chapucera.

         Esto sí es riguroso. Se trata de una muy buena idea central, bastante desaprovechada. De ahí el sinnúmero de reinterpretaciones que ha producido. En su Vida de don Quijote y Sancho, Miguel de Unamuno reescribe el Quijote, evidentemente porque no le parecía perfecto o completo tal como estaba. Nadie ha reescrito La vida es sueño ni El gran teatro del mundo. A todo el mundo le han parecido bien estas obras tal y como fueron escritas. Y otro punto curioso en lo relativo a la calidad consiste en el hecho de que Ortega habla del Quijote pero menosprecia el resto de la obra cervantina. Ni en las Meditaciones ni en ningún otro lugar de los abundantes escritos orteguianos hay una sola mención detallada de su poesía, su teatro o sus otras novelas.
         Pero continuemos y hablemos del tema. Ortega acusa a Cervantes de falta de originalidad, apuntando que los temas referidos por Cervantes son los mismos venerables temas inventados por la imaginación aria, muchos, muchos siglos hace. Tanto siglos hace, que los hallaremos preformados en los mitos originales de Grecia y del Asia occidental. Y en cuanto al personaje, no lo considera profundo y elaborado, sino más bien plano y primario. En El espectador hallamos esta frase:
          Don Quijote es, como don Juan, un héroe poco inteligente; posee ideas sencillas, tranquilas, retóricas, que casi no son ideas, que más bien son párrafos. Sólo había en su espíritu algún que otro montón de pensamientos rodados, como los cantos marinos.

         Y, a decir de Ortega, el libro tiene muy poca profundidad real, como asegura en su ensayo Arte de este mundo y del otro, diciendo que hay en él una atmósfera de trivialismo empedernido. Realmente, estamos hablando de una estructura deficiente. Al escribir la obra Cervantes parece haber pasado por fases alternativas de lucidez y vaguedad, planificación meditada y descuido estilístico. El ilustrado español, Diego Clemencín ya señaló que Cervantes escribió su fábula con una negligencia y desaliño que parece inexplicable. La escribió sin seguir regla ni imponerse sujeción alguna.
         En cuanto al estilo en general Cervantes hace citas abundantes de refranes populares, para moralizar. Y precisamente las que no son palabras de Cervantes son las que a Ortega le parecen más profundas. Por ello, cuando nuestro pensador alude al Quijote, todo se reduce a decenas de repeticiones de la misma cita: «Es mejor el camino que la posada.» Considerando que Ortega es un hábil expurgador de textos, cabría esperar en sus Meditaciones del Quijote, mayor abundancia de citas interesantes. Lo que es más, Ortega no hace nunca a Cervantes elogios estéticos, sino meramente simbólicos.
         En lo referente a la lengua usada, es en extremo farragosa y de difícil lectura, se diga lo que se diga. Y, lo que es peor, está plagada de tópicos. Un buen ejemplo de las descripciones muertas, artificiales y trilladas del libro son las del capítulo xiv de la segunda parte, donde se habla de la aurora, con sus miles de pájaros y sus alegres cantos saludados al amanecer, y las líquidas perlas y los rientes manantiales y los arroyos murmuradores. Se ha de pensar en el paisaje agreste, pardo y sombrío de Castilla y luego leer lo de las perlas de rocío.
         Todo esto sin detenerse en los errores de continuidad. Nos reímos de Shakespeare porque en medio de la tragedia de Julio César suenan las campanas de una iglesia. Nos reímos de Daniel Deföe porque su Robinsón se despoja por entero de toda su ropa, nada desnudo hasta el barco encallado y, a continuación, se llena los bolsillos con diversos utensilios. Pero Cervantes tiene bula y a él estos errores se le perdonan. No obstante, no hay que olvidar que Sancho Panza vende su rucio e inexplicablemente sigue cabalgando en él al poco rato. El yelmo de don Quijote se rompe en dos y luego está entero, etc.
         También la geografía es imprecisa, aunque Azorín — en Los valores literarios— acusa a los comentaristas del Quijote de investigar en Madrid y no patearse la Mancha, que está ahí mismo, como si el que los críticos viajaran por aquellos pueblos ayudase a que el libro fuera más profundo. Acusación sin mucha base, pues siempre hubo viajeros que repitieron los periplos ficticios de don Quijote. La realidad es que Cervantes no es un topógrafo. El telón de fondo del Quijote es de ficción y una ficción bastante deficiente. Ventas absurdas llenas de personajes trasnochados, montes infestados de poetastros y disfrazados de pastores de la Arcadia. Cervantes no describe los lugares, porque no los conocía, y las andanzas de su héroe por diversas provincias no se atienen a ninguna lógica.
         Aquí llegados, tras analizar someramente los aspectos antedichos del libro sólo nos queda tocar el tema de su fama y de su difusión. En una encuesta sobre el mejor libro del mundo, cien escritores de cincuenta y cuatro países escogieron el Quijote. Pero cabe preguntarse ¿en qué lengua lo leyeron? Y ¿qué criterio tenían? Porque al escoger otro montón de obras memorables de la literatura mundial, sólo había otra en castellano: el Romancero gitano, de Federico García Lorca. Y entre Cervantes y Lorca, nadie. No consideraron que las letras españolas hubieran producido en trescientos cincuenta años a ningún otro autor digno de mención. Lo que lleva a pensar que aquellos cien autores fueron simplemente víctimas de la publicidad del Ministerio de Cultura o de los organismos que sea, que promocionan a esos dos autores —y casi nada más que a esos dos— en el extranjero. No olvidemos que la fama de Cervantes se fraguó fuera de nuestras fronteras. Ortega nos recuerda que las breves iluminaciones que sobre el Quijote han caído proceden de almas extranjeras: Schelling, Heine, Turgeniev...
         Jardiel Poncela, en su novela ¡Espérame en Siberia, vida mía!, se burla a placer de esta desmesurada cervantofilia extranjera. En un jardín de Berlín, de madrugada, Mario Esfarcies, el protagonista de la novela, escucha hablar en español. La voz surge de un disco de gramófono, perteneciente a un millonario americano, Leví H.P. Dixon, yanqui mecenas, hispanófilo y pesado. El disco es una grabación del Quijote. Explica el americano:
          —No contento con poseer en mi palacio de Omaha un ejemplar de cada edición diferente que se ha hecho del magnífico libro de Cervantes, el año pasado encargué a la casa Edison-Gramophone de Nueva York que me lo impresionase en discos. Y aquí me tiene usted escuchando. Es como si el propio don Miguel me lo narrase... Una noche de clima ideal; un jardín perfumado alrededor; un buen puro en la boca y la voz de Cervantes en el oído... ¿Puede darse nada más sublime?
         —¿Y de cuántos discos se compone el Quijote, Dixon?
         —De setecientos noventa y cinco. Siempre los llevo conmigo en mis viajes.

         Este entusiasmo anglosajón por nuestro clásico no es sólo una broma de Jardiel. Ya hemos mencionado las dos conferencias que pronunció Nabokob cuando estuvo de profesor invitado en Harvard, a comienzos de la década de los cincuenta. Pues bien, las críticas del ruso al Quijote llegaron a molestar a varios de sus colegas, hasta el punto de que se le advirtió seriamente que Harvard pensaba de otra manera sobre ese tema. Cuando, años después, postuló a un cargo en Harvard, se le rechazó, afirmando que el famoso autor de Lolita no podía aportar mucho al mundo del saber literario.
         Esta defensa a ultranza de todo lo quijotesco desemboca en lo que se podría denominar perfectamente fetichismo. En la localidad de Marchamalo está teniendo lugar el proceso de reescribir el Quijote. Los vecinos de la localidad y varios invitados lo irán copiando por turno. El Presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha lo inició, aunque se excusó diciendo que tenía mala letra. El caso es que, como refiere el diario La crónica de Guadalajara, el ayuntamiento le obsequió con una estilográfica, un marcapáginas y un pin, todo ello con el símbolo del Quijote. Cuando los vecinos acaben tendremos un ejemplar más del Quijote que sumar a los millones que ya existen.
         Y este fetichismo se refleja también en las curiosas traducciones que de la novela se han hecho. Aunque, por cierto, no es el libro más traducido después de la Biblia, como muchos creen. Ese honor le corresponde a las Obras completas de Lenin.
         Es curioso mencionar que el Quijote aparece en lenguas exóticas como el gaélico, el javanés o el tibetano. Pero, a fin de cuentas, estas lenguas tienen sus hablantes. Más raro es que aparezca traducido a lenguas internacionales como el volapuk o el esperanto, en cuya versión podemos leer: «En vilego de la Mancha, kies nomon mi ne volas memori, antam nelonge vivis..., etc.»
         Otro curiosísimo ejemplo de la difusión mundial del Quijote es la traducción realizada al spanglish por el mexicano Ilán Stravaus, único catedrático mundial de spanglish. El inicio de la obra dice así:
          In un placete de la Mancha, of which nombre no quiero remembrearme, vivía not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un playground para el chase. A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omlet pa los sábados, lentil pa los viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa los domingos, consumían tres cuartes de su income.

         Este divertido sinsentido no es nuevo y ya a fines del siglo xix, el padre Ignacio Calvo vertió el Quijote íntegro al latín macarrónico. No resisto la tentación de leerles también un fragmento de la Historia Domini Quijoti Manchegui, en la versión de Ignatium Calvum.
        
         Capítulum primerum
 In isto capitulo tratatur de cua casta pajarorum erat dóminus Quijotus et de cosis in quibus matabat tempus.
          In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucus tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzan in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo. Manducatoria sua consistebat in unam ollam cum pizca más ex vaca quam ex carnero, et in unum ágilis-mógilis qui llamabatur salpiconem, qui erat cena ordinaria, exceptis diebus de viernes quae cambiabatur in lentéjibus et diebus dominguis in quibus talis homo chupabatur unum palominum. In isto consumebat tertiam partem suae haciendae, et restum consumebatur un trajis decorosis sicut sayus de velarte, calzae de velludo, pantufli et alia vestimenta que non veniut ad cassum.
         Talis fidalgus non vivebat descalzum, id est solum: nam habebat in domo sua unam aman quae tenebat encimam annos quadraginta, unam sobrinam quae nesciebat quod pasatur ab hembris quae perveniunt ad vigésimum, et unum mozum campi, qui tan prontum ensillaba caballum et tan prontum agarrabat podaderam. Quidam dicunt quod apellidábatur Quijada aut Quesada, álteri opinante quod llamábatur otram cosam, sed quod sacatur in limpio, est quod suum verum apellidum erat Quijano: sed hoc non importat tria caracolia ad nostrum relatum, quia quod interest est dícere veritatem pelatam et escuetam.

         Creo que sobre esta joya literaria huelga todo comentario. Y sería sin duda la traducción más innecesaria de todas si no existiera asimismo la traducción de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha al código morse. Este fenómeno supera la capacidad de mi entendimiento. Por más que me esfuerzo no consigo imaginar a los radiotelegrafistas de la Armada española transmitiéndose unos a otros en puntos y rayas capítulos de la inmortal obra en sus horas libres.
         Naturalmente, si nos esforzamos porque el Quijote llegue a todos los confines del mundo, ha de hacerlo a nuestras escuelas; y la obra se ha venido recomendando como lectura infantil. Afortunadamente ha habido voces en contra de imponer este libro a los niños. El mismo Ortega, en su artículo El Quijote en la escuela, refiriéndose a la directriz estatal que lo imponía en su época en los temarios, se opone, diciendo: «Es seguro que la Real Orden quijotesca parecerá excelente a casi todo el mundo. A mí me parece en muchos sentidos un desatino.» Recientemente, el siempre sensato Eduardo Mendoza, en su artículo «Mi primera lectura del Quijote» afirma que siempre le ha parecido incomprensible que el Quijote se considere a veces una lectura apropiada para la adolescencia y, más aún, para la infancia, debido a su crueldad, pues, tomando sólo los primeros capítulos, vemos que un ventero aloja a un loco para que se rían sus huéspedes, un chico semidesnudo es azotado por un robusto labrador, un mozo de mulas deja a don Quijote machacado, los criados de unos monjes muelen a coces a Sancho, unos arrieros apalean a Rocinante y todo esto tiene que hacernos mucha gracia a nosotros y a nuestros niños, a los que debemos alentar a leer el inmortal libro.
         Y para finalizar de una vez, nos haremos esa pregunta inevitable que nos ha estado rondando desde hace mucho tiempo: ¿Quién ha leído el Quijote? Indudablemente es un libro del que todo el mundo tiene referencias, conoce citas y circunstancias, pero nada más. Jardiel Poncela, en Amor se escribe sin hache, dice: «Don Quijote de la Mancha, esa gloriosa novela que elogia todo el mundo pero que nadie ha leído.» Y parece ser que tiene bastante razón. Son muy pocos los que lo han hecho. Algunos realizaron una primera lectura juvenil, por exigencia académica. Otros han merodeado por sus páginas esporádicamente, saltándose capítulos al azar. Hubo quien empezó a leerlo y nunca lo terminó. La gran mayoría confirma haber ido posponiendo el propósito y, en realidad, ocupa en los salones españoles un lugar semejante al de la guía telefónica, porque hay libros que no son para leer: que no se engañe nadie; son simplemente para tenerlos. Todos los conocemos: Atlas, diccionarios, las recetas de Karlos Arguiñano, la Biblia... Y dicen que la Biblia no está para ser leída, sino para creer en ella. Algo así sucede con el Quijote, en cuya calidad creemos ciegamente, pero que no leemos. Esto se aplica incluso a los profesionales de nuestra literatura y Julián Marías, en su libro Cervantes, clave española, se pregunta por el número de personas que han escrito y comentado los innumerables prólogos a diversas ediciones del Quijote sin haber leído nunca de verdad el libro prologado. En esto coinciden muchos otros autores, desde Ortega a Eduardo Mendoza, pasando por Julio Casares. Cuenta Valentín Andrés en sus «Memorias de medio siglo» que el gran dibujante y caricaturista Luis Bagaría dijo una noche a Ramón Gómez de la Serna y los que cenaban con él que el sábado próximo les convidaría a cenar. Al parecer la Casa Calpe iba a editar un Quijote ilustrado por él; a la semana siguiente firmaría el contrato, cobraría una parte y tendría dinero para el convite. Pero el sábado siguiente, a la hora de la cena, no se presentó, y muy tarde ya, apareció mohíno y cabizbajo. Explicó que no había firmado el contrato, porque sólo le daban diez mil pesetas, «...y yo por diez mil pesetas no leo el Quijote», dijo.
         Pero no se trata sólo del Quijote, porque muchos críticos afirman que en la segunda mitad de Los trabajos de Persiles y Segismunda se hallan las mejores páginas que escribió su autor. Entonces, yo me pregunto: si tanto nos gusta Cervantes, ¿por qué el Persiles no lo ha leído tampoco casi nadie?
         Visto todo lo expuesto no queda sino coincidir en una interesante aunque poco conocida opinión de Ortega, quien en su artículo «Ideas sobre Pío Baroja» afirma: «Si ahora [Cervantes] naciese otra vez, yo intentaría retrotraerlo a su tumba. Un segundo Cervantes sería la cosa más fastidiosa y superflua del universo.» Yo estoy completamente de acuerdo con el filósofo y creo que ésta es la veritatem pelatam et escuetam, que decía el Padre Calvo.