Fábulas indias en España


Enrique Gallud Jardiel
 
            La teoría orientalista del origen de los cuentos quedó ya demostrada en el siglo XIX con los estudios de Domenico Comparetti y tiene mayor validez en España, a donde las historias de origen indio llegaron antes que a otros países de Europa, dando lugar no ya tan sólo a una influencia, sino a libros enteros que se vertieron más tarde a otras lenguas europeas. Así, los principales fabulistas europeos incluyeron en sus trabajos narraciones de origen indio, más o menos desvirtuadas por las múltiples transcripciones y versiones. Merecen citarse las colecciones siguientes: Hecatomythium de Abstemius, Fables choisies de Jean de La Fontaine, Fables de John Gay y también las de Lorenzo Pignotti e Iván Kriloff.
            El primer cuento del Pañchatantra dio lugar a la obra española medieval titulada Calila e Dimna, nombre tomado de los dos chacales que son los protagonistas de la historia que enlaza las narraciones: Karataka y Damanaka. Esta colección floreció en Occidente en numerosas traducciones y refundiciones. La versión sánscrita (hacia el año 250) dio lugar a una versión persa perdida. Después la recogió el persa Barzuyeh, en una versión pehlevi que debió de hacerse alrededor del año 550. Hacía el 750 el prosista persa Abdallah ben al-Muqaffa tradujo la versión pehlevi al árabe. De la versión árabe salieron otras cinco: una siríaca (siglo X), al parecer del monje nestoriano Bud; una griega (siglo XIX) que daría lugar a la italiana (siglo XVI); una hebrea (siglo XII) de Rabí Joel, que fue el origen de la versión latina del judío converso español Juan de Capúa, titulada Directorium vitae humanae; otra hebrea de Jacob ben Eleazar (siglo XIII) y, por fin, la castellana, traducida la Escuela de traductores de Toledo, por orden del rey Alfonso X “El Sabio” (1221-1284) probablemente entre 1257 y 1261. El Calila e Dimna español es una obra muy completa. Aparte de las narraciones de origen árabe incluye treinta y dos fábulas idénticas a las del Pañchatantra, la mayoría con el mismo título.
            Otra obra interesante es el Sendebar, otra recopilación de origen indio que ejerció influencia en la misma época que la otra obra. Llegó a España por dos caminos: el occidental, con Syntipas (versión griega de Miguel Andreópulos), del cual procede la Historia de los diez vizires y el Dolopathos o Libro de los siete sabios de Roma, escrito por Juan de Alta Silva. En el grupo oriental hubo textos pehlevis, persas, siríacos, árabes, hebreos y castellanos. De todos ellos la versión española es la única que se conserva y las más cercana a la fuente. La mandó traducir el Infante don Fadrique (1224-1271) como Libro de los engannos et los asayamientos de las mugeres. El título proviene del nombre del sabio Cendubete (el nombre sánscrito Siddhapati), del cual deriva en Syntipas y Sendebar.
            Aparte de las obras originales ya mencionadas, las narraciones indias tuvieron presencia en la literatura española en otras obras de ese siglo y otros posteriores. En realidad, se encuentran cuentos orientales antes de la versión castellana de Calila e Dimna, en una interesante obra del siglo XII: Disciplina clericalis, primera colección de apólogos de origen árabe que corrió por los países cristianos durante la Edad Media. Es obra del famoso astrónomo y matemático judío Mosé Sefardí (1062-1140), que adoptó el nombre de Pedro Alfonso. Incluye fábulas tomadas de la versión árabe del Calila e Dimna, así como de otras fuentes. Hay más obras basadas en estos cuentos indios, como el Exemplario contra engaños y peligros del mundo, el Libro de los gatos (traducción de las Fabulae del predicador inglés Odo de Cheriton), Castigos é documentos que el rey Don Sancho IV, el Bravo (1258-1295), compuso para su hijo Don Fernando, o la famosa Historia del caballero de Dios que havía por nombre Zifar (1300), primera novela de caballería española. La obra de Ramón Llull (1235-1315) Libre felix de les maravelles del mon conserva huellas del Kalila wa Digna, al igual que el Libre de les bèsties.
            En el cambio de siglo el Infante Don Juan Manuel (1282-1348), utiliza estos cuentos orientales en su obra Libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio. A continuación tenemos el Libro de buen amor, compuesto por Juan Ruiz, Arcipreste de Hita (1283-1350), en cuya obra aparecen también fábulas indias junto a otras de diversa procedencia, en un total de treinta y cuatro. Sigue a éste la obra anónima Libro de los gatos y después el Libro de los enxemplos por ABC, del archidiácono de Valderas Clemente Sánchez Vercial (1370-1434), cuya obra es prácticamente una refundición del Disciplina clericalis. Ya en pleno siglo XVI tenemos a Lope de Rueda (1510-1565). De él es el paso de comedia titulado Las aceitunas, basado en la fábula del religioso que vertió la manteca y que se convertiría en la famosa fábula de la lechera. Hay también dos historias que incluye Joan de Timoneda (1490-1583) en su colección de historias titulada El patrañuelo. La fábula cuarta de este libro se basa en el Shukasaptatii o “Libro del papagayo” y la número diez, en la de “El carpintero, el barbero y su mujer”, de las llamadas “fábulas de Pilpay o Bidpay” (Vidyaapati). A comienzos del XVII el moralista Sebastián Mey (1586-1642) incluiría otras dos, tomadas de la versión castellana medieval, en su Fabulario (1613).
            El teatro barroco español del siglo XVII cuenta asimismo con multitud de cuentos indios insertos en el texto, principalmente en boca de la figura de donaire. Entre las obras que incluyen estas narraciones pueden mencionarse El príncipe perfecto, Ejemplo de casadas o El castigo sin venganza de Lope de Vega, Duelo de honor y amistad de Jacinto de Herrera y Sotomayor, El pretendiente al revés de Tirso de Molina, Lorenzo me llamo y carbonero de Toledo de Juan Matos Fragoso, Lo que toca al valor de Antonio Mira de Amescua, El amor como ha de ser de Alvaro Cubillo de Aragón, La heroica Antona García de José de Cañizares o No hay mal que por bien no venga de Juan Ruiz de Alarcón.
            Los fabulistas posteriores (Iriarte y Samaniego en el XVIII y Hartzembusch, Príncipe, el P. José Francisco de Isla y Campoamor en el XIX) volvieron a la tradición europea o tomaron principalmente sus modelos de Esopo, Fedro y La Fontaine, aunque continuaron empleando apólogos orientales en menor medida.