Fernando Savater y el placer de la lectura

Enrique Gallud Jardiel 
www.literaturas.com/ (febrero), 2011 

         Afirma Savater, sin dudarlo ni un momento, que leer es una actividad intrínsecamente infantil —cosa para él muy positiva— y que sólo una actitud equivocada ante todo aquello que la vida nos ofrece nos lleva a intelectualizar en demasía el proceso de lectura y a buscarte tres pies a todos los gatos literarios. Nos gusta leer porque es un juego, porque somos niños, básicamente, y esto no es en absoluto sinónimo de puerilidad, porque los niños —con toda sensatez— exigen emoción, belleza y entretenimiento en lo que leen, que es todo o casi todo lo que se debería exigir. Nuestro hombre nos indica que el leer es cosa de niños. Leer otras cosas, tratados de sociología o el código civil es documentarse, obtener información, algo equivalente a leer las páginas amarillas. Leer es jugar, por lo cual la lectura esta en abierta contradicción con todo lo serio. La gente seria se dedica a cosas de adultos: principalmente a ganar dinero trasegando y vendiendo cosas. Por el contrario, sumergirse en un mundo de mentira tiene que parecerles a las mentalidades pragmáticas y utilitaristas una manera bien tonta de perder el tiempo.
         Pero Savater comienza por advertirnos cuál es el principal mal de nuestra época: tomarse las cosas —y la lectura entre ellas— y a uno mismo demasiado en serio, lo que es la peor plaga que hace estragos a nuestro alrededor y en cada uno de nosotros. Porque lo único verdaderamente serio es que nada puede ser absolutamente serio, que todo monopolio de la seriedad es perverso, que la seriedad bien entendida empieza por cualquiera menos por uno mismo. Para ilustrar esta premisa, el filósofo se pregunta qué a personaje podríamos considerar el más representativo del siglo XX:
         Nadie puede saber con certeza qué figuras representarán en la imaginación de nuestros descendientes este siglo que hemos vivido. […] ¿Proust, Kafka, Picasso? ¿Orson Welles, Bertrand Russell, Einstein? ¿Hitler y Stalin, con una mención a pie de página para Gandhi? En cualquier caso, si a mí me preguntaran desde el futuro con quién quedarse (consulta que no parece probable) yo les aconsejaría que optasen por Groucho [Marx] y lo demás se lo dejaran a los especialistas.

         Con estas palabras nos previene en contra de muchas cosas y, entre ellas, de todos los esnobismos literarios que añaden muchas veces profundidad indebida a ese acto tan natural como la lectura. El filósofo compara a los que exigen profundidad constante en lo escrito con «los degenerados que van a ver películas de Buster Keaton porque en ellas hay penetrantes sátiras del matriarcado americano». Y en distintos lugares se explaya en su defensa de la denominada «literatura popular», «literatura juvenil», «subliteratura», «infraliteratura» o como quiera llamársele, exaltando sus virtudes. ¿Cuál es la mejor literatura? Aquélla que más nos gusta, que diría un niño, libre de prejuicios culturalistas. ¿Qué autoridad tiene Savater para indicar cuál es la buena literatura? Ninguna. ¿Qué autoridad tienen otros? Según Savater, ninguna tampoco. La lectura es una actividad tan profundamente íntima y personal —y hasta diríamos que mística— que nadie tiene derecho a hablar por otros o a juzgar cuánto placer o provecho obtiene un individuo de la lectura de un determinado libro y, mucho menos, a despreciar autores, temas o géneros por considerarlos simples, previsibles, poco creíbles o susceptibles de ser definidos de cualquier otra manera.
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         Veamos cuándo, dónde y cómo expone nuestro pensador sus ideas sobre por qué nos gusta leer lo que nos gusta leer. Pero antes hemos de recordar desde qué postura nos habla.
         Fernando Savater, como sabemos, es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, tras haberlo sido de Ética en la Universidad del País Vasco. Es ensayista, periodista, novelista y dramaturgo, ha publicado más de cuarenta y cinco libros y quedó finalista del Premio Planeta con su novela El jardín de las dudas, centrada en la figura de Voltaire. Para muchos es uno de nuestros pensadores actuales de más valía, pero de él puede decirse —aunque parezca un oxímoron— que «pontifica con modestia». En su misma labor intelectual se halla siempre dispuesto a abandonar los universales de la filosofía para hablarnos de cine o de carreras de caballos, y se define a sí mismo como una «filósofo de cabecera»:
         Alguna vez, creyendo ofenderme, han dicho de mí que yo no soy un filósofo, sino un periodista. A mucha honra. La verdad es que no soy un filósofo, sino un philosophe, con minúscula y si es posible en francés del ilustrado siglo xviii. Cuando llegue el momento de separar el trigo de la cizaña, quiero que me envíen por indigno que sea junto a Montaigne, Voltaire, Camus o Cioran. Junto a Hegel o Heidegger me aburriría demasiado.

         En lo referente al tema que nos ocupa, afirma que se considera más un lector que un escritor, lo que inevitablemente nos recuerda aquello que gustaba de repetir Borges, lo de que se enorgullecía más de las páginas que había leído que de las que había escrito. Y confiesa Savater: «Lo que pasa es que por leer no pagan y por escribir sí; entonces, he tenido que dedicarme a escribir; pero lo que me gusta es leer.»
         Ilustra esta declaración con una anécdota de su niñez, sin importarle un ápice la imagen estereotipada de niño repelente que nos transmite: como regalo le dieron a elegir en cierta ocasión entre mil pesetas (una fortuna entonces inconmensura­ble, el equivalente infantil a «todo el oro del mundo») o una colección de libros, una enciclopedia que se le re­comendaba como «estupenda». Reconoce que dudó, porque con mil pesetas también podría com­prarse libros, tebeos y todos los juguetes imaginables: pero, fiel a lo que se esperaba de él, optó por la enciclopedia. Con una sonrisa de satisfacción su padre le dijo que, como estaba seguro de cuál iba a ser su elección, ya se la había comprado. Savater insiste en que lleva medio siglo leyendo y se le ha hecho corto. Y se resiste a considerar el afán de leer como una simple afición entre otras; para él es una pasión, aún más, una forma de vida. Nos asegura que se entra un día en los libros como se entra en una orden religiosa, una secta o un grupo terrorista: para siempre. Y, además, no hay apostasía posible, porque el efecto de los libros sólo se sustituye o alivia con otros libros. «Del mismo modo que otras pocas, muy pocas opciones igualmente irrevocables, leer nos proporciona satisfacciones que nada puede sustituir pero también limitaciones no menos duraderas. Un verdade­ro lector es un lisiado feliz.»
         En cuanto a dónde plasma sus ideas, hemos de referirnos principalmente a dos libros. Uno es la infancia recuperada, de 1976, donde el filósofo se recrea rememorando su proceso personal de toma de contacto con la literatura popular. «Este libro —confiesa— que escribí hace más de un cuarto de siglo para confesar e ilustrar esta afición, me descontenta hoy menos que casi todo el resto de lo que culpablemente he escrito.» La otra obra, de 1998, parafrasea las palabras que escuchó Lázaro, «¡Levántate y anda!», en un título que ironiza sobre el estado de alerta mental de nuestra sociedad: Despierta y lee. Además, en su autobiografía Mira por dónde, de 2003, dedica una desmesurado número de páginas al análisis del proceso de disfrute y aculturación mediante la lectura, en ese orden de importancia.
         En tales obras se muestra más que dispuesto a opinar sobre el asunto, pero antes de hacerlo se cree obligado a hacer salir de la habitación a un montón de gente indeseable que le estorba. Entre los expulsados están los que siempre se escandalizan de sus tránsitos apresurados desde la cultura de elite hasta los géneros más populares, los forofos de la desmitificación, los científicos de la literatura y los sintomatólogos, desparecidos los cuales Savater cree hallarse ya entre amigos, unánimes en rechazar los enfoques más consagrados de crítica y desentrañamiento de textos. Nos dice con toda llaneza:
         La ignorancia me resguarda —aunque no tanto como yo quisiera— de la lingüística, la semiología, la estilística, la informática o la sociometría. Aquí no hay diagra­mas: bienvenidos los que no sepan geometría. Quien se interese prioritariamente por el significante y el significado, por la litera­lidad, la enunciación, la prosopografía y los ejes connotativos ha llegado a su Desierto de la Muerte; que retroceda mientras le queden fuerzas para ganar la gramática generativa más próxi­ma.

         Y toma esta postura de «lector sano» que disfruta directamente de lo escrito sin sentir las ansias acuciantes de deconstruirlo nada más verlo porque, como dice en La infancia recuperada, las narraciones de aventuras, misterios y maravillas — lo que suele lla­marse académicamente «literatura juvenil» y despectiva­mente «literatura popular» — han constituido la alegría de su vida, su más duradera pasión, pese al desprecio de los entendidos. Nos cuenta:
         Lo mismo que ciertos maridos rijosos buscan en las trotacalles algo que nunca reciben de sus santas y cultivadas esposas, también yo me voy de vez en cuando a gozar con lo que Harold Bloom llamaría «infraliteratura», como si me fuese de putas.

         Lo que hace a continuación es emprender una minúscula y romántica cruzada para hacer que nos rebelemos contra la idea de que la literatura se inventó para llegar a Proust y que a Conan Doyle hay que soportarlo como un mal inevitable y para que volvamos a respetar las historias puras, en las que se ha basado el arte de la narración desde sus orígenes.
         Hoy, estas historias parecen haber quedado degradadas a subliteratura, consideradas como únicamente aptas para el consumo de adoles­centes soñadores y público adulto con pocas pretensiones cultu­rales. Los autores que nos hicieron disfrutar de niños y en los que aprendimos no sólo a leer sino, sobre todo, a amar a los libros, han quedado injustamente considerados como modestos fabricantes de historietas infantiloides, debido al tremendo pecado de no haber merecido un estudio crítico de Harold Bloom o George Steiner. Pero todo ello no es —nos repite— más que esnobismo, porque, si lo consideramos bien, escribir es la denominación genérica que reciben actividades literarias tan diversas como las de Agatha Christie y Franz Kafka. «En cierto sentido —indica el autor— en el sentido de lograr lo que consigue Kafka, la señora Christie escribe muy mal, pero si nos ponemos en el punto de vista de la creadora de Poirot es el bueno de Kafka quien no sabe por dónde se anda.»
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         Concretando: la lectura nos atrae por cinco razones específicas: porque nos gusta jugar, vivir vidas paralelas, huir de la realidad, emocionarnos y, ¿por qué no decirlo?, también aprender a vivir.
         Nuestra aceptada o no condición de niños perennes nos lleva a jugar, siempre y cuando parezca que estamos haciendo cosas serias. Ya nos ha dicho Johan Huizinga, en su ensayo Homo ludens, que sin un cierto mantenimiento de la actitud lúdica no hay cultura posible. La cultura, en su forma primitiva, es juego. Pero no por ella vamos a menospreciarlo, porque el juego tiene en sí una virtud específica: la eutrapelia, el gozo controlado de las diversiones. El juego se encuentra asociada de manera casi automática a las inteligencias superiores, pues el ignorante no puede apreciar las sutilezas del juego. Así, lo lúdico potencia nuestras capacidades intelectuales. Además, no podríamos prescindir de él aunque quisiéramos. Ya dijo Aristóteles en su Ética a Nicomaco que la falta de juego constituye un vicio y que jugar es una virtud plena. Savater coincide aquí por una vez y sin sentar precedente con Aristóteles y afirma que los relatos lúdicos que le gustaban en sus años mozos (relatos con monstruos enormes y peludos, piratas, fantasmas y evasiones inve­rosímiles) han seguido gustándole toda la vida, pese a muchos: «Tengo amores literarios —dice— que no puedo confesar a cual­quiera, so pena de perder amistades eruditas o de aguan­tar miradas de incrédula conmiseración.»
         Pero defiende toda aquella literatura que, aparte de la asimilación pasiva de las historias que cuenta, nos obliga a participar activamente —literatura «interactiva», que diríamos ahora—, a meternos en el juego que se nos propone y a disfrutar a un tiempo de ambas actividades, como el que escucha chistes mientras resuelve crucigramas. Este tipo de ficción es especialmente atractiva porque pica doblemente nuestra curiosidad. Códigos secretos que hay que descifrar para que no estalle la bomba, manuscritos que hay que entender para desenmascarar a los temibles miembros de una sociedad secreta, enigmas que hay que resolver para poder llevar a término la búsqueda del tesoro... Todo ello se resume en una sola palabra mágica: misterio. Es una palabra un tanto degradada, por haberse usado en demasía, pero que siempre nos promete lo suficiente para que aceptemos la invitación al juego. Nos cuenta Savater su emoción de niño al recibir como regalo las Obras completas de Sir Arthur Conan Doyle: «Empecé Estudio en escarlata y supe desde el primer mo­mento que me adentraba en un paraíso donde serían comestibles no sólo las manzanas prohibidas sino hasta las serpientes tentadoras.»
         Y este afán de juego tiene fronteras muy anchas y abarca desde aquellas curiosas novelas de «Vive tu propia aventura», en donde había varios finales posibles que el lector podía ir encontrando a medida que iba eligiendo lo que les ocurría a los protagonistas, hasta una narrativa como, por ejemplo, la de Borges, que no es más que un juego intelectual que exige una gran complicidad en el lector, que se ve luego ampliamente recompensada.
         Una segunda razón para leer es nuestro íntimo deseo —prácticamente todos lo experimentamos en uno u otro momento— de no ser nosotros, de ser otros y vivir vidas distintas a la propia. En la última página de uno de sus libros más represen­tativos —El hacedor— confiesa de nuevo Jorge Luis Borges: «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído.» La literatura subsana esta sensación de hallarse incompleto, de que nos falta algo en nuestra existencia. Al identificarnos con los protagonistas de estas historias maravillosas vivimos vidas distintas e inalcanzables desde nuestra realidad diaria. Como asegura el autor, con gran entusiasmo, leer a Julio Verne es como subir en un globo sin lastre, como cabalgar en un cometa, como dejarse arrastrar al abismo por una insondable catarata: y todo ello, dentro del más estricto y hasta prosaico sentido común. Y son muchos —somos muchos— los que necesitamos en mayor o menor medida esta dosis regular de la droga de la aventura. Recuérdese que el primer escritor que vendió en Europa más de un millón de ejemplares de sus libros no fue Tolstoi ni Stendhal, sino Emilio Salgari, aquel entrañable novelista popular en cuyas sagas de piratas malayos y selvas amazónicas descubrieron los niños de varias generaciones la hermosa geografía de la aventura. Naturalmente los críticos literarios de aquella época, ocupados con Tolstói y Rimbaud, sólo tuvieron frío desdén para Salgari. Savater intenta la reivindicación de las historias de aventuras, por considerarlas las historias por excelencia, y llama historia a esos temas que gustan a los niños: el mar, las peripecias de la caza, las respuestas de astucia o energía que suscita el peligro, el arrojo físico, la leal­tad a los amigos o al compromiso adquirido, la protección del débil, la curiosidad dispuesta a jugarse la vida para hallar satisfac­ción, el gusto por lo maravilloso y la fascinación de lo terrible, la hermandad con los animales, etc. Confiesa, sin ningún rubor, que su autor preferido no es Hemingway, ni James Joyce, ni siquiera Milan Kundera. Dice:
         La narración más pura que conozco, la que reúne con perfección más singular lo iniciático y lo épico, las sombras de la vio­lencia y lo macabro con el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, […] en una palabra, la historia más hermosa que jamás me han contado es La isla del tesoro [de Robert Louis Stevenson]. Raro es el año que no la releo al menos una vez; y nunca pasan más de seis meses sin haber pensado o soñado con ella.

         Pero para salir de nuestra cotidianeidad y vivir aventuras no es preciso llegar hasta los mares del Sur. De ahí el entusiasmo reiterado de Savater por un personaje literario al que no se le ha hecho la justicia que merecía. Nos revela que siempre que encuentra alguien más o menos de su edad, de gustos teóricos o éticos semejantes a los suyos, alguien, en suma, que entiende la vida como él (es decir, que no la entiende en absoluto), no tiene que bucear mucho tiempo en lo más íntimo y congenial de sus recuerdos para que aparezca, nimbado de gloria, Guillermo Brown, ese rebelde personaje, un revolucionario de once años, el niño que nos gustaría haber sido, un verdadero proscrito en medio de la más conservadora y puritana sociedad rural británica de los años treinta. La autora de la serie de los libros de Guillermo, la casi desconocida Richmal Cromptom Lamburn, consigue estos elogios de nuestro autor:
         ¿Qué afortunadísimo error, qué ironía secreta de los dioses pudo incitar a la perfumada y latosa señora, cuyo gusto, en todos los campos del espíritu, no podía ser verosímilmente peor, a regalarnos aquella inusitada maravilla? Era como si un policía regalase ganzúas, como si un vampiro se ofreciese voluntario para donar sangre... Pero luego aprendimos, leyendo las aventuras de Guillermo, precisamente, que el mundo está lleno de estrafalarias señoras, tras cuyo alarmante aspecto se esconde la buena suerte, esperando que la dejemos acercarse a nosotros. ¡Salve, vieja dama indigna, hada madrina —hoy ya lo sabemos— que nos trajiste un día de improviso a Guillermo!

         Para los que conozcan a este personaje, nada útil podemos añadir. Para los que no, es complicado transmitir el secreto de la victoriosa andadura del personaje Guillermo. Consiste en que en cada caso, en todo momento, Gui­llermo es capaz de adoptar el punto de vista del héroe. La leyen­da que incesantemente cuenta, a los suyos y a sí mismo, está narrada desde el punto más alto, desde la cima triunfal, en la que todo adquiere enérgico sentido, incluso —principalmen­te— la derrota. Su vida es un constante escapar de su aburrido destino de colegial para adentrarse en todo tipo de peripecias. Guillermo desdeña lo convencional. Destaca poderosamente su arte para acertar con esa pri­mera palabra que inicia una relación, pues pasa, inmedia­tamente, al centro de la cosa, abriendo el fuego con un: «¿Sabes andar con las manos? Yo sí». O informa escuetamente: «Soy un pirata». La relación menos prometedora suele hacerse intere­sante de golpe, por medio de semejante procedimiento. Guillermo y sus tres amigos, los proscritos, son la libertad en compañía. «Tienen mucho de fra­tría de cazadores nómadas y bastante de tripulación de bucane­ros. Guillermo es el jefe por los mismos motivos por los que Akela llegó a capitanear la manada de los lobos en la que creció Mowgli: corre siempre en cabeza, salta más alto que ninguno y tiene mejor olfato para las pistas que llevan a la presa.» Sus libros son el alcaloide de la aventura protagonizada por el héroe por excelencia. Precisa Savater: «Extra Guillermo nulla salus: tal es la divisa de quienes juramos por el único anarquista triunfante que los tiempos han consentido, el capitán indiscutible de los proscritos.»
         Otro acicate para la lectura sería el de la evasión de la realidad mediante la fantasía, que no es lo mismo que imaginar que vivimos otras vidas posibles. Estamos hablando del entretenimiento puro. En general, la literatura de evasión tiene muy mala prensa, postura que el filósofo no comparte. La cuestión no es si evadirse o no, sino a dónde hacerlo, porque si fuera realmente posible abando­nar este mundo por otro más conveniente, Savater no alcanza a ver razón alguna para no hacerlo.
         En lo que sí insiste es en la inesperada profundidad de estos textos menospreciados. En primer lugar, escapar de la realidad cercana no es sinónimo de desinterés por el mundo, la humanidad y sus problemas. El pensador nos habla del legendario personaje de Salgari, Sandokán, como de un símbolo inequívocamente subversivo. Este personaje desea vivir la plenitud de la aventura, de la libertad y del amor, pero siempre siente en su cer­viz el yugo del colonizado. Los tigres de Mompracem se alzan contra ese Poder que todo lo controla por medio de su violencia racionalizada. Y en cuanto a la crítica de nuestra sociedad, la hallamos, y bien incisiva, por ejemplo, en los libros de H.G. Wells, quien quería ser algo más que un novelista. Se postulaba como un reformador social, un guía ideológico para la nueva era tecnológica y masificada que los hombres abordaban. En una palabra, un utopista. Sentía viva impaciencia por la abulia desordenada de los humanos, su cortedad de miras y la obtusa sumisión ante prejuicios del pasado. Sus novelas no son, a decir de Savater, simple literatura de entretenimiento, aunque es difícil encontrar nada más entretenido. Las compara con las novelas de Julio Verne. El francés inventa expediciones y aparatos que amplían las posibilidades de la aventura individual, mientras que Wells dedica su imaginación a pergeñar parábolas sociales complejas y temibles. A Verne le apasiona lo que los hombres pueden llegar a hacer con las cosas; Wells se interesa por lo que, a través de su dominio de las cosas, pueden hacerse unos a otros. En La guerra de los mundos, publicada en 1897, Wells describe las reacciones de la multitud aterrada por el ataque de un enemigo aparentemente invulnerable dotado de armas de destrucción masiva: la huida ciega, el desesperado heroísmo, la quiebra de los valores convencionales y la rutina social, el refugio en la oración o la orgía, etcétera. ¡Todo esto, escrito a las puertas del siglo en el que había de escenificarse demasiadas veces esa tragedia aún inédita! «En el cóctel ideológico de Wells se mezcla el marxismo elemental con el darwinismo y la eugenesia, pero probablemente lo que le hizo irresistible para tantos paladares de su tiempo fue otro ingrediente: la anticipación del impacto político y social de inventos apenas esbozados. Cuando el auto era poco más que una atracción de feria, Wells escribió sobre    anchas autopistas por las que circulaban enormes camiones transportando mercancías; antes de que los primeros aviones fueran una realidad efectiva, habló de la importancia de la aviación e hizo a sus samurais aviadores; en El mundo liberado, publicado en 1914, describe el colapso del orden social a causa del uso de bombas atómicas. Años después, en La forma de las cosas que vendrán (1933), predice una guerra mundial que comenzará en 1939 y en la que Alemania e Italia conquistarán Europa occidental, mientras que la oriental se hace toda comunista.»
         En la misma línea Savater menciona a Michael Crichton, cuyos diversos parques jurásicos comprenden una limpia parábola sobre la perversión espuria de la ciencia moderna en sus aplicaciones técnico-comerciales. Su lección básica se refiere al delirio de control omnipotente y recuerda que cuanta más congestión dominante y planificadora se alcance, con más inevitable rigor hará su labor de zapa el desorden de lo imprevisto. Crichton nos recomienda aplicarnos en la ciencia del caos si queremos saber dónde parará antes o después el caos de la ciencia. E indica Savater:

Escribir una buena novela de imaginación y aventuras es ya cosa muy notable, pero lograr que destile una moraleja razonable y que consiga ser apocalíptica sin oscurantismo es algo en verdad casi milagroso. En resumen y repitiendo a Lichtemberg: si usted tiene dos pares de pantalones, venda uno y cómprese este libro.

         Esta literatura de evasión contiene también útiles reflexiones éticas. Para él, El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, transcurre íntegramente en un espa­cio completamente moral, entendiéndose por espacio completamente moral un ámbito donde no ocurren hechos neutros o éticamente irrelevantes y donde la buena o mala disposición de la voluntad es la última causa que determina todos los acaeceres, tanto el resultado de una batalla como la configuración de un paisaje o la invulnerabilidad de una cota de mallas. No hace falta recordar que la narración naturalista habi­tual, incluso la más moralizante y ejemplar, restringe el alcance de lo ético a las intenciones humanas, mientras que los objetos artificiales o naturales permanecen en una expectante neutrali­dad. Todo ello lleva a nuestro autor a una conclusión que quizá pueda servir de preceptiva a futuros autores: el secreto de las mejores narraciones fantásticas consiste en que no son demasiado fantásticas. Es decir, que no son constantemente fantásticas ni absolutamente fantásticas o, en otras palabras, que son fantásticas del modo más realista posible.
         Savater se toma el trabajo de clasificar esta literatura de evasión en tres ámbitos fundamentales: el pasado, el futuro y lo que no es ni una cosa ni otra, o sea, el mundo de lo mágico. Éstos son los tres lugares de maravillas a los que merece la pena ir. A la novela Parque jurásico, ya mencionada, la calificó de «joya de arte menor en el rango de la fantasía científica» antes de que Spielberg la hiciera abrumadoramente célebre por medio de su versión cinematográfica. Las historias de dinosaurios son un subgénero propio que cualquier paladar literario sano estima especialísimamente, por lo que nuestro escritor nos dice, refiriéndose al citado libro:
         Desde su comienzo el lector avisado se da cuenta de que se le ofrece un auténtico tocino de cielo y, tras anular todos sus restantes compromisos inmediatos, corre a buscar su enciclopedia de dinosaurios para no perderse ni un detalle. Doy por hecho que ustedes cuentan en casa con una buena enciclopedia de dinosaurios, porque en caso contrario... nada, nada, perdón.

         En cuanto a los diversos «futuribles» que la mal llamada ciencia ficción nos presenta, nadie negará que todos los temas y situaciones habituales en nuestra mundo se multiplican exponencialmente con las posibilidades que nos abren otros entornos, civilizaciones y adelantos. Savater menciona, entre otras obras, Crónicas marcianas de Ray Bradbury como es uno de los clásicos indudables del siglo xx, por mucho que los críticos del meñique tieso se escandalicen.
         En cuanto a la ficción basada en la magia, da la bienvenida más calurosa a la saga de Harry Potter, que ha logrado lo que no lograron tantos profesores bienintencionados, empeñados en hacer leer a Cervantes a los adolescentes. Ahora chicos y chicas hacen cola en las librerías esperando que llegue la última entrega de su héroe favorito, y ya tienen el veneno dentro, el veneno que llega a través de los libros. Muchos se convencerán de que jugar a leer es aún más divertido que jugar a partir de lo que se ha leí­do. Esos niños ya nunca dejarán de leer. Y no sólo se contentarán con obras de magia adolescente porque ese vicio fatal es expansivo y en él se pa­sa de los hechizos literales a los hechizos de la letra. Se­guro que mañana también leerán a Balzac o a Vargas Llosa
        En lo referente al valor de la emoción en el arte, nuestro autor nos cuenta que Stendhal y un amigo suyo paseaban por Roma. Se detuvieron frente a la basílica de San Pedro y Stendhal se extasió ante la cúpula diseñada por Miguel Ángel. Escéptico, el amigo comentó: «Bueno, pero eso ¿para qué sirve?». Y el escritor respondió: «Para conmover el corazón humano». Y eso es lo que nos regala la literatura. Savater dice sentirse casi humillado por la facilidad con que un verso le emociona, le riega los ojos de lágrimas o le hace trepidar de euforia. Nos refiere que se compró un ejemplar de Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne, en una edición moderna muy fea, sin ilustraciones, y, al cabo de los años, no la podía ver sin sentir la garganta atenazada por el peligro y la emoción. Nos habla de sus gustos secretos, pues cada cual tiene su ideal de momento perfecto, ese breve lapso de tiempo en el que uno se imagina haciendo algo que realmente le gusta, no una actividad gloriosa o rentable o benéfica para la sociedad y la especie humana, sino un pasatiempo íntimamente satisfactorio. El ideal de Savater, nos dice, podría ser así: recién acostado una noche de invierno, aún con el calorcillo del último whisky en las venas, encender la luz de la mesilla y comenzar a saborear la lectura de un buen cuento de fantasmas, que es el género, obviamente, que nos conduce al terror, la emoción más intensa. Al pensador, cualquier relato en el que aparece algún dinosaurio que otro, un tiburón gigante o unos cuantos fantasmas nunca le parece totalmente desdeñable:
         Quien pueda prescindir por una semana entera de cuentos espeluznantes, quien no esté dispuesto a condenar a la indigencia a sus ancianos padres y a vender a la implorante mujer y los hijitos como esclavos, con tal de obtener dinero para comprar las obras completas de Arthur Machen, quien no adore a ciertos autores del género de nula exquisitez lite­raria, pero pródigos hasta el éxtasis en castillos sombríos e infatiga­bles vampiros, […] ése no es más que un parvenú del escalofrío, un temporero de la angustia, un tibio y casual frecuentador de las alamedas del miedo. En rigor, la narración terrorífica es el cuento por excelen­cia, la historia prototípica que esperamos escuchar cuando nos sentamos con las orejas bien abiertas a los pies de alguien frente al resplandor temblón del fuego: es lo que por antonomasia merece ser contado.
        
         El último incentivo para la lectura es que podemos realizar con ella un viaje de estudios sin movernos de nuestro sillón. El carácter iniciático de las novelas de aventuras que tienen un viaje por argumento es ampliamente reconocido incluso por los críticos más reacios a la mitologización de la narrativa. Bien mirado, el ochenta por ciento de las aventuras revisten explícita o implícitamente la forma de un viaje, desglosable siempre con suma facilidad en pasos hacia la iniciación. El esquema es obvio: el adolescente recibe la llamada a la aventura, en forma de mapa, enigma, relato fabuloso, objeto mágico...; acompañado por un iniciador, figura de energía demoníaca a quien junta­mente teme y venera, emprende un trayecto rico en peripe­cias, dificultades y tentaciones; debe superar sucesivamente pruebas y, finalmente, vencer a un monstruo o, más general­mente, afrontar a la Muerte misma; al cabo, renace a una nueva vida, ya no natural, sino artificial, madura y de un rango delicadamente invulnerable. Como ejemplo de este tipo de literatura de peregrinación esencial, Savater se refiere a Julio Verne. Quizá aquí hubiese que distinguir entre el relato de una iniciación y un relato iniciático: La isla del tesoro pertenece clara­mente a la primera categoría y las novelas de Verne a la segunda. El relato que narra una iniciación es la crónica de las peripecias que ocurren a un personaje en su camino hacia la luz y la madurez; en el relato iniciático, el iniciado es el lector. Efectivamente, los per­sonajes de Verne suelen ser pura exterioridad, ojos que ven o manos que agarran, termómetros de los cambios de temperatu­ra o fuelles que acusan las carencias de oxígeno. Tras la iniciación que indudablemente tiene lugar en sus nove­las siguen estando en la misma disposi­ción de la que partieron. Pero han cumplido su misión de ser ojos y oídos del lector durante la iniciación. De aquí el carácter documental de tantas novelas de Verne, su obsesión de proporcio­nar al lector datos fidedignos sobre las circunstancias de una aventura que le concierne más a él que a los personajes que supuestamente la viven.
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         Hasta aquí las respuestas de Savater a la pregunta que podríamos hacernos de por qué nos gusta leer. Pero sería conveniente detenernos en unas últimas consideraciones del autor sobre la lectura que, aunque no están directamente relacionadas con lo anteriormente dicho, lo complementan adecuadamente.
         En primer lugar debemos resaltar el influjo obvio de esta literatura sobre el estilo de Savater, al que se le podría aplicar con particular justeza aquel precepto de Montesquieu que indica que para escribir bien, hay que saltarse las ideas intermedias. Porque quienes se esfuerzan por tener un estilo escriben pendientes no de lo que quieren decir —muy bien pueden no querer decir nada—, sino sólo de los efectos idiosincrásicos que producirá en el lector su forma de decirlo. Lo principal para ellos no es que el destinatario del texto comprenda lo dicho y lo valore, sino que sea muy consciente de que lo ha dicho Fulano. Y por tanto la voluntad de estilo no será otra cosa que el empeño que pone Fulano en ser enormemente Fulano. Savater insiste en que lo importante es la historia y no cómo se cuenta: «Mayormente escribo como me sale, procurando evitar tan sólo los más notorios despistes sintácticos o semánticos y no repetir tres veces la misma palabra en una sola línea.»
         Un segundo punto es el intento del filósofo por lograr una dignificación del tebeo, del cómic, instrumento inapreciable para la iniciación a la lectura, como quedó fehacientemente demostrado en aquella colección memorable de la editorial Bruguera en donde a la narración le correspondía en la página opuesta la versión en viñetas del relato, libro y tebeo en una sola pieza para suavizar al máximo en los jóvenes lectores el paso de un género a otro.
         Otra dato a destacar es lo mucho que Savater escribe sobre libros, lo que convierte a la lectura de sus obras en una actividad autoimpulsante. Sus libros son una invitación a seguir leyen­do; pero no a seguir leyéndole a él, sino a seguir leyendo otros libros de autores que él considera más serios y que son los autores de los que suele hablar en sus libros.
         Más. La relación con el cine, que es algo de importancia crucial y a lo que Savater nos conduce casa a traición. Habla de libros, o nos parece que nos está hablando de libros y de pronto, vemos que nos está hablando de películas de aventuras: King Kong, Tiburón, etc., sin ese menosprecio absurdo con que se suela tratar a veces en los círculos literarios el séptimo arte, cuando no lo firman Bergman, Antonioni o Bresson.
         Y también ha de mencionarse su creencia en que, en contra de lo que se pudiera pensar, la lectura no va a decaer. De hecho hay muchas personas que leían antes muy poco y ahora con Internet leen mucho más. Asegura que el libro es un invento de tecnología de punta. Un amigo suyo, que se dedica a la programación informática, siempre le dice que si el libro lo hubieran inventado después de la computadora se consideraría como un gran avance, porque realmente el libro tiene unas ventajas técnicas que muy difícil­mente las computadoras pueden superar.
         Y en cuanto al futuro de la literatura en sí, seguirá tan boyante como ha estado en los últimos mil años. El paso del folletín interminable al apogeo del nanorrelato no tiene que verse como una decadencia, sino como un mero cambio exigido por los tiempos. La literatura del futuro será intensa en la forma y perdurable en el fondo, asevera. La narración por venir contendrá menos relleno, menos divagación, menos materia inerte y versará no sobre las nimiedades que ocurren a nuestro alrededor, sino sobre temas que hubiéramos podido compartir con Montaigne o con el Buddha.
         La perduración del libro es algo indudable. Savater menciona una página de Orlando furioso, de Ariosto, en donde, en un combate entre Atlante y Bradamonte, el primero sólo lleva como arma un libro. Pero el libro es mágico y cada golpe, estocada o mazazo que Atlante lee en sus páginas, lo recibe inmediatamente su adversario. El filósofo nos advierte que todo libro es mágico y que en el antiguo rito de la lectura hay siempre algo de conjuro y brujería. Esto conducirá a la victoria a largo de plazo de los libros sobre cualquier otro tipo de armas.
         Y, como colofón de su disperso cursillo sobre lectura, Fernando Savater se pone poético y nos dice:
            Ser por los libros, para los libros, a través de ellos. Perdonar a la existencia su básico trastorno, puesto que en ella hay libros. No concebir la rebeldía política ni la perversión erótica sin su correspondiente bibliografía. Temblar entre líneas, dar rienda suelta a los fantasmas capítulo tras capítulo. Emprender largos viajes para encontrar lugares que ya hemos visitado subidos en el bajel de las novelas. Desdeñar los rincones sin literatura, desconfiar de las plazas o las formas de vidas que aún no han merecido un poema. Salir de la angustia leyendo; volver a ella por la misma puerta. No acatar emociones analfabetas. En cosas así consiste la perdición de la lectura. Quien la probó, lo sabe.