Giovanni Papini y la literatura imposible


Enrique Gallud Jardiel

Dice Borges en su Biblioteca personal: «Si alguien en este siglo es equiparable al egipcio Proteo, ese alguien es Giovanni Papini, historiador de la literatura y poeta, pragmatista y romántico, ateo y después teólogo.»
            ¿Quién fue Papini? Un autor hoy olvidado por muchos, pero de obra plenamente vigente, pues hizo anticipaciones deslumbradoras como la clonación, las comunicaciones satelitales, la nueva forma de percibir el tiempo y de medirlo con los movimientos cuánticos. Sus letras tuvieron honda influencia en la literatura italiana y le proporcionaron al autor reconocimiento internacional. Fue uno de los animadores más activos de la renovación cultural y literaria que se produjo en su país a principios del siglo XX, destacando por su desenvoltura a la hora de abordar argumentos de crítica literaria y de filosofía, de religión y de política, con una mirada y un acercamiento sorprendentemente originales.
         Papini nació en Florencia en 1881 y allí murió en 1956. Sus padres, muy cultos, lo estimularon a escribir ya desde niño. A los 12 años escribió algunos cuentos. A los 14 años creó dos revistas manuscritas. Obtuvo el título de maestro y trabajó como bibliotecario en el Museo de Antropología de Florencia. A partir de 1903 se volcó con polémico entusiasmo en el periodismo. Fue agnóstico y anticlerical, pero siempre abierto a nuevas experiencias espirituales; su actividad periodística le permitió dar rienda suelta a su afición de sorprender y escandalizar a los lectores y de arremeter contra personajes famosos. Sus copiosas lecturas y la recusación del positivismo le llevaron a la aproximación provisional de corrientes como el futurismo, el pragmatismo y el nihilismo.
         La intención literaria de Papini fue ambiciosa y renovadora. Pretendía ser el apóstol de una nueva literatura con una doble vertiente: el culturalismo y la provocación. El descubrimiento de las bibliotecas le había causado gran impresión y había surgido en él un gran deseo de conocimiento. Durante una época abrigó el deseo incumplido de compilar en solitario una enciclopedia completa que reuniera todas las culturas. Además, su directo tratamiento de los temas más difíciles y polémicos es más que una invitación a pensar, es como una pistola que apuntara al pecho del lector y le obligara a tomar partido.
         Su obra es ingente. Pero para ilustrar la extravagante profundidad de sus reflexiones es casi preceptivo el análisis de dos de ellas: Gog y su continuación, El libro negro, todo un tesoro de sugerencias e incitaciones al cambio y a la rebeldía.
         La crítica europea considera que Gog es su mejor obra; se trata de una colección de relatos filosóficos, escritos en un estilo brillante y satírico, en la que un supuesto multimillonario relata sus experiencias. Contiene ácidas críticas a la religión, al sistema político-económico y a las costumbres establecidas de la civilización, además de constituir un verdadero catálogo de curiosidades. El relato contiene la plasmación de sus entrevistas con algunos de los fundadores de la modernidad intelectual, científica, sociológica y artística de la primera mitad del siglo XX.
         El libro negro es la continuación de las aventuras de Gog. Este libro armoniza la más desenfrenada sátira con un lirismo conmovedor; el humor más hiriente con el diagnóstico exacto de los males de nuestra época. Dice Papini: «Le puse ese título porque las hojas del nuevo diario corresponden casi todas a una de las edades más negras de la historia humana, o sea a los años de la última guerra y del período postbélico.»
         Porque el tema del libro es esencialmente la demostración de una teoría de pesimismo humanista, la ejemplificación del escepticismo vital poetizado, de un espíritu sarcástico, burlón y demoledor de los grandes pilares que sostienen el templo de la cultura, la moral y las artes que atesoró Occidente. «La tierra nos dice Gog en Cosmócrator es un puñado de estiércol resecado y de orina verde, a la que se da la vuelta hoy en pocas horas, mañana en pocos minutos.»
         No se puede negar que el Papini biógrafo es siempre el Papini autobiógrafo. Ya en uno de los primeros capítulos de su Autobiografía, Un uomo finito, correspondiente a su edad adolescente, declara: “Un pesimismo desesperado y encerrado dentro de sí, lo mismo que una fortaleza sin ventanas, salió de aquella niñez selvática y precozmente introspectiva; de aquella soledad humillada que me había sido impuesta por la timidez, por el alejamiento y por la miseria. (…) Apenas mi inteligencia fue mayor de edad (…) preguntó a la vida sus razones, y no obtuvo contestación.
            Pero aparte de esta visión interior, asistimos a las más disparatadas aventuras o las narraciones de sucesos o personajes insólitos y fantásticos. A muestrarios de extrañezas y descripción fantasmagórica de lugares remotos y pintorescos, a la inversión de todo tipo de teorías en el ámbito de la medicina, los emporios comerciales y la economía plutócrata, la teoría literaria, la religión, la mineralogía, el derecho, la sinología o la ideación de urbes futuristas o de colecciones imposibles. El lector de sus páginas recorre los laberintos compartidos y enigmáticos de la intimidad humana.
         El género empleado es también sumamente vanguardista e insólito. Se ha hablado de cuentos introspectivos, pero esta etiqueta no describe la verosimilitud y el realismo de sus reflexiones y entrevistas. Es como un diario donde Gog habla con sus contrafiguras, un anticipo pirandelliano del personaje que se ofrece al autor para que le informe y le dé vida. Ambos libros están formados por distintos relatos a manera de cartas, sin ordenación cronológica, en las cuales se va describiendo la manera de pensar del personaje y la degradación a la cual se ve sometido, todo ello saturado de una evidente dosis de lo que el tiempo habría de denominar “teoría deconstruccionista”, ya que Papini se permite revisar los postulados de nuestro pensamiento logocéntrico y los condicionamientos de la historia universal para mostrar sus resquicios, sus intersticios y sus puntos más débiles.
         Cada uno de los dos libros se divide en más de setenta capítulos, breves y sintéticos, que cabrían desglosarse en idéntico número de extensas novelas, dada la enorme riqueza y concentración mental que contienen. El personaje visita los más diversos lugares del planeta para conocer sus no menos insólitos monumentos, museos o disparatados espacios, así como a esos moradores que en ellos brillan bajo el signo del despropósito o el absurdo.
            Estructuralmente los capítulos son independientes. Incluyen las reflexiones del personaje, entrevistas con personalidades famosas, relación de sus extrañas colecciones y adquisiciones, proyectos absurdos que la gente intenta que Gog financie y las soluciones que éste propone para mejorar un mundo mal construido.
         El estilo es admirable. Papini es un autor que no sólo debe leerse, sino que se deja releer fácilmente y ése es el mejor homenaje que le podemos rendir. Como narrador está dentro de la mejor tradición toscana por la contundencia en la descripción de personajes. Su amor a la pintura de paisajes y lugares, realizada con una prosa vigorosa, precisa y rápida, destaca por una exacta adjetivación. Papini tenía una prosa contundente y personalísima que, puesta al servicio de un espíritu altamente polémico, dio por resultado la renovación del ambiente literario italiano
         Presentemos al personaje en quien convergen todos los temas. El narrador ficticio asegura haber conocido a Gog en un sanatorio mental:
         Era un monstruo que debía tener medio siglo, vestido de verde claro. Alto, pero mal garbado: no tenía ni un solo pelo en toda la cabeza; sin cabellos, sin cejas, sin bigotes, sin barba. Un informe bulbo de piel desnuda, con excrecencias coralinas. (...) Su verdadero nombre era, según parece, Goggins, pero desde joven le habían llamado siempre Gog, y este diminutivo le gustó porque le circundaba de una especie de aureola bíblica y fabulosa; Gog, rey de Magog. Había nacido en una de las islas Hawai, de una mujer indígena y de padre desconocido, pero seguramente de raza blanca. A los dieciséis años, embarcado como boy de cocina en un vapor americano, había llegado a San Francisco y vivido en varios puntos de California, a la ventura. Después de algunos años, no se sabe cómo, logró algunos millares de dólares y se trasladó a Chicago. Tenía el genio de business o un demonio de su parte, porque en poco tiempo su fortuna en dinero se hizo enorme, incluso para el Ohio. Al terminar la guerra era uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos, es decir del planeta. En 1920 se retiró, sin grandes pérdidas, de todas sus empresas y depositó sus millones, unos aquí y otros allá, en todos los Bancos del mundo.

         Este personaje vendría a representar a un ilustre descendiente del linaje de Satán, que deambula por el mundo contemporáneo en estado de libertad, pero también de perpetuo desengaño. Gog lamenta un “eterno aburrimiento”, jamás suplido ni agotado por aventura o avatar. Extranjero en el tiempo y desubicado en el planeta que le tocó vivir, es una mezcla de civilizado y salvaje. Toda la inteligencia instintiva que le había ayudado para el saqueo legal de los millones, la emplea para el acaparamiento febril de las rarezas y de las voluptuosidades de toda especie. Para entretenerse colecciona gigantes, magos, sosías y todo tipo de personajes absurdos. Para huir de sus semejantes, que le aburren, se hace construir un castillo completamente independiente en medio del mar. Como seguro contra el miedo a la muerte, se rodea de centenarios tullidos y enfermos, cuya contemplación le consuela. Para vivir las más extrañas emociones lleva a cabo las actividades más peregrinas: llega a nadar en oro, literalmente, llenando una bañera con monedas y cadenas de ese metal, para así conocer la sensación. Se considera un ser superhombre nietzscheano, pues tiene dinero, el talismán de su época. Dice el personaje:
            Yo desearía algo más. Ser el Cosmocrátor supremo, el director de la vida universal, el ingeniero jefe del teatro del mundo, el gran prestidigitador de la tierra y de los mares: esto sería mi verdadera vocación. Pero no pudiendo ser Demiurgo, la carrera de Demonio es la única que no deshonra a un hombre que no forma parte del rebaño.
         Si pudiese, por ejemplo, desencadenar el hambre en un continente, desmenuzar en repúblicas de San Marino y de Andorra un imperio, destruir una raza, separar Europa de Asia por medio de un canal desde el mar de Botnia al Caspio, obligar a todos los hombres a hablar y a escribir una sola lengua, creo que por dos o tres años conseguiría hacer desaparecer mi eterno aburrimiento.
         Me gustaría también tener en mi casa, bajo mi mando, a un presidente de República como mecanógrafo, a un rey cualquiera para chofer, a una reina desposeída como cocinera, al Kaiser como jardinero, al Mikado como portero y sobre todo tener a mi servicio, como ídolo doméstico y parlante, a un Dalai-Lama, esto es, un dios vivo. ¡Con cuánta voluptuosidad desfogaría sobre esos grandes, reducidos a esclavos, la desesperación de mi insoportable pequeñez!
        
Veamos ahora las reflexiones que sobre los grandes temas humanos hace este inhumano personaje.
         Papini focaliza su análisis en el hombre que es, a su ver, la raíz de todo el mal del universo. Poco nos muestra de admirable o virtuoso en él. Todos sus microensayos sobre el tema están destinados a mostrar sus limitaciones y sus miserias. Incluso los grandes hombres a los que apócrifamente entrevista (Edison, Gandhi) hacen afirmaciones que les desprestigian. Sólo hallamos un tímido intento de algo parecido a la justificación de sus acciones: la historia de un abate que intentó rehabilitar históricamente a las pecadoras famosas. Sin embargo, al final sabemos que no era la fe en la bondad del hombre lo que le movía, sino el placer morboso de rebuscar en sus miserias.
         El autor invierte repetidamente el parangón del salvaje civilizado. Asegura que nuestro mundo moderno funciona como una sociedad primitiva. La guerra que hacen las tribus salvajes con finalidades de rapiña, podemos encontrarla en todos los pueblos «civilizados». Se ha reprochado a los salvajes por hacer guerra improvisadamente, sin razones ni declaraciones. Pero, lo mismo ha sucedido en la última guerra mundial. Además, en todos los países «progresistas» se tiende en formas diversas, pacíficas o violentas, a establecer la comunidad de bienes, con los nombres de socialismo o comunismo, olvidando que en las antiguas tribus salvajes la propiedad privada era desconocida. Los pueblos civilizados se jactan de que han llegado a la democracia. Pero, en todas las sociedades salvajes primitivas el gobierno era ejercido por un consejo de ancianos. La religión de los salvajes se reducía al culto de los muertos. Lo mismo acontece hoy y basta citar la adoración de la momia de Lenin, en Moscú, para probar que el culto de los difuntos y de sus reliquias es lo único que ha sobrevivido a las negaciones del escepticismo y del materialismo. Las diversiones que prefieren las plebes pobres o ricas de los países civilizados, o sea el abuso de líquidos fermentados, las danzas frenéticas, las fiestas de máscaras, las músicas ruidosas y bestiales, son las mismas que se usan entre los salvajes. En cuanto a la promiscuidad sexual que a veces es reprochada a los primitivos es mejor no insistir. Los salvajes andan desnudos, como en nuestras playas y colonias nudistas. Los tocados femeninos mancomunan en la inconsciencia del ridículo, a los ricos civilizados y a los pobres salvajes. Hasta los tatuajes de los polinesios están ahora de gran moda entre los dandies de Occidente.
            La característica más destacada de la raza humana es —a decir de Papini— la crueldad. Nos habla de una universidad del homicidio para atender a la instrucción profesional de los jóvenes que desean consagrarse al gran arte del asesinato, y que se veían abandonados a las reglas de un empirismo precario. En ella hay, además, un curso superior de perfeccionamiento para homicidas habituales. Se nos cuentan las penas de un verdugo nostálgico, que se lamenta de que Europa haya perdido el secreto de matar, porque la adopción de los medios mecánicos es el síntoma de una decadencia del arte. La guillotina es impersonal. El fusilamiento es el triunfo de lo superfluo. La silla eléctrica es el máximo de la abyección. La horca es un medio demasiado incoloro y primitivo. Añora la Edad Media, la gran época del homicidio legal. La rueda, la lapidación y el descuartizamiento eran operaciones refinadas. Pero los antiguos no se quedaban atrás. La idea de Nerón de transformar los cuerpos humanos, con pez, en antorchas vivientes, no merecía ser abandonada. El hacha tenía también sus méritos. Creaba una relación directa y casi íntima entre el verdugo y el condenado. No comprende por qué ya no se usa la crucifixión: era un suplicio bastante largo y doloroso. Pasa a continuación a describir las más horrorosas y complejas formas de tortura y suplicio, como algo normal, decente y hasta estético.
          En su repaso a la abyección humana no puede faltar su defensa del canibalismo, pues sólo como alimento le parece el ser humano superior a las bestias:
         No todos los hombres son igualmente digeribles, pero el sabor es casi siempre agradable y delicado. Podemos jactamos de que nuestra carne es mejor que la de cualquier otro animal. Y es, además, en suma, más nutritiva. Después de haber comido una buena ración de enemigo asado podía resistir el ayuno, aun trabajando, durante un par de días. Hay quien prefiere las mujeres; otros, los niños. Por mi cuenta he apreciado siempre a los hombres hechos y me han sentado muy bien. Comiendo un animal, como usted sabe, se adquieren también sus cualidades. Para ser valiente se comen corazones de león; para ser astuto, sesos de lobo. Cebándome con hombres maduros me enriquecí en fuerza y sabiduría y he podido vivir hasta esta edad.
        
Y cuando el hombre convive en sociedad no son menos crueles sus costumbres. Papini entrevista a García Lorca y lo único que consigue sonsacarle a tan gran artista es una defensa apasionada del toreo: nada más parece interesar al poeta. Lorca describe al toro como símbolo de la fuerza brutal y del erotismo desenfrenado. La corrida es un misterio religioso, un rito sacro, y el torero es como un sacerdote de tiempos precristianos. Matando al toro, la voluntad humana vence al instinto bestial y la tortura del animal se presenta como un acto de inmarcesible virtud y avance espiritual.
            Otras costumbres del mundo muestran más palpablemente esta visión pesimista del hombre. Papini describe un museo de despojos humanos, una tienda donde se venden boquillas hechas con las falanges de los dedos, dientes montados en plata y platino, collares de vértebras, una bellísima mano petrificada de muchacha, los dos pies de una bailarina y la oreja derecha de un célebre violinista, dos copas artísticas para banquetes, construidas con cráneos, una flauta maravillosa obtenida por una concienzuda labra del fémur de una mujer famosa por su belleza, cuadros de pared hechos con pechos y vientres de personas tatuadas, sofás tapizados con cuero cabelludo, algo muy agradable para decorar un saloncito.
         ¿Puede darse algo más terrible? Sí: un mercado de niños donde los ricos compran alguno que otro para que sus hijas tengan juguetes vivientes en lugar de muñecas de trapo o de porcelana. Los mendigos invierten sus ahorros en la adquisición de un niño delgaducho y enfermizo para suscitar mayor compasión. También hay algunos que se valen de un niño en sus actividades de magia negra, sacrificándolo ocultamente a alguna divinidad infernal; finalmente están los antropófagos clandestinos que prefieren la tierna carne de los niños, y hasta se dice que algunos viciosos utilizan a niños comprados para satisfacer sus sucias perversiones.
         Como colofón de este análisis del hombre describe Papini la costumbre de la ciudad de Tung-Kwang que admite para las ejecuciones de sus presos a verdugos voluntarios. Los ciudadanos que desean ejercitar este oficio deben inscribirse una semana antes y pagar los derechos determinados por la ley. Delante de la puerta del jefe de verdugos siempre hay cola, y los retrasados deben esperar hasta dos y tres semanas para poder hacer ejecuciones. Esos verdugos voluntarios son hombres de todas las edades y condiciones sociales; los pobres echan mano a préstamos gravosos a fin de procurarse la suma requerida, bastante elevada. También se admite a las mujeres y frecuentemente son ellas más entusiastas y capaces que los hombres. La pasión de los ciudadanos por esas macabras prestaciones de servicios es tan popular y poderosa, que un diario de Tung-Kwang está realizando una campaña contra los jueces, acusándolos de indulgencia exagerada. Según parece los jueces no dictan suficientes condenas a muerte, con el resultado de que muchos amantes del arte del verdugo no puedan comprar con la necesaria frecuencia el derecho a matar legalmente a sus prójimos.
         Esto en cuando al hombre en sí. Pasando a las esferas de la actividad humana, es igualmente desencantada su visión de la política. Sus entrevistas con estadistas son en extremo originales. Lenin explica el error de creer que en la Rusia soviética se ha creado algo nuevo. Los bolcheviques no han hecho más que adoptar el régimen instaurado por los zares y que es el único adaptado al pueblo ruso. No se pueden gobernar cien millones de brutos sin el bastón, los espías, la policía secreta, el terror, las horcas, los tribunales militares, las galerías y la tortura. Los bolcheviques han cambiado únicamente la clase que fundaba su hegemonía sobre este sistema. Molotov, el poderoso vicario de Stalin, afirma que el comunismo será automático. Los gobiernos occidentales están preparando en sus propios países un embrollo de «controles», vínculos, planes económicos, intromisiones burocráticas y estatales, que concluirán por crear en todas partes regímenes del tipo colectivista y conformista. Rusia no tendrá necesidad ninguna de promover guerras para fundar el comunismo mundial. Stalin no es un romántico. Es un asiático de buen sentido y conoce la difícil pero preciosa virtud de saber esperar y aguarda pacientemente a que las fuerzas inmanentes de la economía capitalista cumplan su obra.
         Por otra parte, Hitler le asegura a Gog que si tuviera que revelar el fondo de su pensamiento político, diría que para él el régimen ideal seria la libertad perfecta de todos, o sea la anarquía. Mas, para que la anarquía fuera posible se precisaría una transformación radical de la naturaleza humana. La sociedad ideal debería estar formada por un pueblo de gentileshombres, de caballeros inteligentes, guiados por algún santo genial. Pero la honradez, la bondad y la inteligencia son muy raras y muy frágiles en todos los pueblos y en todos los tiempos. Asegura que se sentiría feliz si no se viera obligado a ejercer el durísimo arte de la dictadura. Pensar, querer, decidir, hablar con tantos millones de servidores mudos, es un horrible y fatigoso trabajo. Su infelicidad es tan grande —dice— que un día u otro provocará una guerra a fin de salir de la caverna de su secreta miseria. Si vence en esa guerra será emperador de la tierra; si la pierde, será muerto, es decir, se verá liberado del angustioso peso del mando.
            Tras hablar de las dictaduras, Papini previene de un peligro futuro. Gog se entrevista con el filósofo Lin Yutang, quien le asegura que el pueblo chino está destinado a dominar la tierra. Por espacio de siglos permaneció encerrado en los confines de su imperio. Pero los europeos le han abierto los ojos. Han querido desanidarlo a la fuerza, y ahora han de pagar caros su ambición y su curiosidad. Desde hace un siglo los chinos aguardan la hora de vengarse, y se vengarán:
         Las invasiones no lo han domeñado; las guerras perdidas no lo han vencido; las carestías no lo han diezmado; el opio no lo ha embrutecido, las revoluciones no lo han sacudido. Ningún otro pueblo puede tener esperanzas de superarlo y rechazarlo. Es un pueblo astuto y cruel, un pueblo de gente mercante y embrollona, de bandoleros y verdugos, que sabe utilizar para sus fines ya el engaño, ya la ferocidad. Por esto está destinado a convertirse en amo del mundo, porque los demás pueblos son más ingenuos y más buenos que él. Transcurrirá el tiempo que sea necesario, pero el futuro le pertenece.
        
¿Hay soluciones para esta situación? Gog asiste maravillado al denominado Congreso de los Panclastas o destructores universales, que defienden la anarquía total y se quejan de estar todavía sometidos a códigos que prohíben y castigan el robo, la rapiña, el homicidio, el adulterio y el estupro, o sea, precisamente, los actos que con más gusto realizarían los hombres! La conclusión es que la ley es la más desvergonzada violación de las libertades humanas.
         El autor nos describe la vida en Ascencia, un lugar utópico cuyos habitantes están divididos en seis castas. Todo ciudadano debe llevar escrito en el pecho su nombre, dirección y fecha de nacimiento. Nadie puede ocultar sus datos, el incógnito es juzgado como actitud culpable. El gobierno de Ascenzia es una democracia pura. Los nombres de los ciudadanos cuya edad oscila entre los veinticinco y los sesenta y cinco años, son insaculados en grandes urnas. Cada siete días un niño extrae un nombre, y el así designado por la suerte es rey de la ciudad durante una semana. Con el mismo sistema se extraen cien nombres más, y los agraciados desempeñan el oficio de parlamentarios. En caso de que los designados sean imbéciles o malvados, poco es el daño que pueden hacer en el breve lapso de siete días; en cambio, si son personas rectas e inteligentes, la misma brevedad del tiempo acordado les estimula a efectuar sin demora lo que consideran útil para el bien común.
            Estimulado e impulsado por estas reflexiones políticas, Gog se compra una república, un capricho costoso. Anticipa algunos millones de dólares y asigna al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos emolumentos dobles de aquellos que recibían del Estado. El presidente y los ministros firman un covenant secreto que le concede prácticamente el control sobre la vida de la República. Aunque parece un simple huésped de paso Gog es, en realidad, el dueño casi absoluto del país. Las Cámaras continúan legislando, los ciudadanos continúan imaginándose que la República es autónoma e independiente. No saben que todo cuanto se imaginan poseer —vida, bienes, derechos civiles— depende en última instancia de un extranjero desconocido para ellos. Gog tiene fundadas sospechas de que otros países son gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan recitando con naturalidad el papel de jefes legítimos. Ésta es su triste conclusión.
         Hombre y política desembocan en la guerra. Papini analiza esta locura de la humanidad no desde el punto de vista de los intereses de las naciones, sino desde el de la responsabilidad individual. Muchos culpan a la ciencia y a la técnica. Gog entrevista a Ernest O. Lawrence, el inventor del ciclotrón, el descubridor, junto con Oppenheimer, del nuevo método que logró la escisión de los átomos y que permitió la fabricación de la flamígera bomba atómica. Pero el científico no reconoce responsabilidad alguna. Dice Lawrence que fueron los militares y los políticos quienes quisieron servirse de sus descubrimientos para uno de los objetivos máximos de las competencias mundiales: la abolición rápida y en masa de las vidas humanas. Los fundadores de la nueva Física nuclear: Rutherford, Niels Bohr y demás, no preveían que sus descubrimientos darían a los hombres la capacidad de fabricar una bomba capaz de aniquilar, en segundos millares de vidas. Si pecaron fue únicamente de imprevisión. Además, los horrores de la guerra se han exagerado mucho. La hecatombe de vidas humanas no debida a las enfermedades y a la vejez, es mucho mayor, en años de paz, que la debida a la bomba atómica. Están los que mueren asesinados, los que son deshechos por los automóviles, los que arden en los aeroplanos incendiados, los que se ahogan, los obreros triturados por las máquinas, los mineros que se asfixian, los ahorcados por sus delitos, los carbonizados en incendios, los que fallecen en los certámenes de boxeo en las carreras de automóviles, los fulminados por la corriente eléctrica, las víctimas de terremotos, erupciones volcánicas, rayos, deslizamientos de tierra y aludes. Los seres humanos que mueren por causas estrictamente humanas alcanzan cada año a varios millones, que son muchísimos más que los muertos por la condenada bomba atómica.
         No sólo los científicos se desentienden de su culpa. En una sección titulada «¿Queréis la paz?» se hace un llamamiento a la huelga de todos los trabajadores de la industria de la guerra. Pero nadie quiere verse privado de su sueldo y la industria armamentística continúa funcionando. Gog finaliza con una entrevista al escritor de ciencia-ficción H.G. Wells, que vaticina una espantosa guerra intercontinental que destruirá al menos a las tres cuartas partes del género humano. Cuando la guerra termine, no quedarán en el planeta más que pocas decenas de millones de seres espantados y famélicos, originarios de las regiones más pobres y menos civilizadas. Todos los intelectuales, los jefes, los ingenieros, habrán muerto, y los sobrevivientes semibárbaros no serán capaces de reconstruir, ni siquiera aproximadamente, la civilización que conocían tan sólo por el exterior.
         Pasa Papini a diseccionar a la sociedad en conjunto y la encuentra totalmente carente de valor y principios. El ser humano no ha ganado nada agrupándose en ciudades y naciones. Gog entrevista al filósofo Aldous Huxley, quien denosta reiteradamente el colectivismo. Según dice, el hombre se está convirtiendo en una simple célula del Leviatán político y en un simple engranaje de la máquina omnipresente y omnifactora. El hombre, con tal de tener seguridad acerca de su alimento y de su paz está dispuesto a renunciar a todas las prerrogativas de la libertad, del genio, de la creación, del riesgo. El mundo del futuro será muy semejante a los hormigueros, a las colmenas. El yo será muerto, se renegará de la fantasía, el individuo será reprimido y oprimido, la libertad y la iniciativa serán abolidas; sólo a costa de ese durísimo precio podrá sobrevivir el género humano.
         Esta deshumanización anunciada nos la ejemplifica en su escrito sobre el tribunal electrónico, un experimento llevado a cabo en Pittsburg para utilizar máquinas en la administración de la justicia. Se ha fabricado el primer aparato mecánico que juzga. Esto consigue sacudir la embotada sensibilidad del personaje:
         Ver a aquellas criaturas humanas, quizá más infelices que culpables, juzgadas y condenadas por una lúcida y gélida máquina, era cosa que suscitaba en mí una protesta sorda, tal vez primitiva e instintiva, pero a la que no lograba acallar. Las máquinas inventadas y fabricadas por el ingenio de los hombres habían logrado quitar la libertad y la vida a sus progenitores. Un complejo conjunto mecánico, animado únicamente por la corriente eléctrica, pretendía ahora resolver, en virtud de cifras, los misteriosos problemas de las almas humanas. La máquina se convertía en juez del ser viviente; la materia sentenciaba en las cosas del espíritu...
        
La aplicación más o menos sensata de la justicia es un tema recurrente. Un innovador jurista presenta a Gog su sistema: dividiría los delitos en tres categorías: mayores, medios y menores. Y a cada categoría asignaría una pena única. Los mayores, como, por ejemplo, el parricidio, la traición a la patria, etcétera, deberían ser castigados con la muerte inmediata. Los medios —heridas, hurtos, estafas y análogos— con la deportación perpetua. Los menores —rapiñas, difamaciones— con la confiscación de la propiedad o una gran multa. De esta manera quedarían abolidos los tribunales y los jueces. Los procesos, sin embargo, no serían suprimidos del todo. ¿Contra quiénes deberían ser incoados? Contra los llamados inocentes. Se podrían impedir al menos la mitad de los delitos que «serán cometidos» si los pretendidos «incensurables», los llamados «honrados», fuesen vigilados y sometidos a juicio. Cada municipio debería tener una junta de vigilancia y denuncia, compuesta de psicólogos y moralistas, a los que se podría añadir, si se creyese oportuno, un médico y un cura. La conclusión es que procesar a un supuesto inocente significa salvarle a él y a nosotros del delito que podría cometer mañana.
         Y por si este remedio social no fuera lo bastante drástico, Papini inventa la FOM, siglas de Friends of Mankind (Amigos de la Humanidad), una sociedad para la eugenesia que postula que el aumento continuo de la Humanidad es contrario al bienestar de la Humanidad misma. La Naturaleza, en forma de terremotos, etc., viene a diezmar de un modo periódico al género humano. También el tráfico automovilístico, el comercio de estupefacientes y los progresos del suicidio contribuyen a la reducción de los habitantes del planeta. Pero todas estas providencias no consiguen compensar el aumento de nacimientos. Ahí es donde interviene la FOM, la Liga para la eutanasia inadvertida, que se propone la extinción de los débiles, de los enfermos incurables, de los viejos, de los inmorales y de los delincuentes; de todos esos seres que no merecen vivir, o que viven para sufrir, o que imponen gastos considerables a la sociedad. Papini asegura que dicha sociedad viene funcionando con éxito y ninguno de sus miembros ha sido descubierto.
         Pero no sólo propone la transformación de la sociedad, sino también del mundo que ésta habita, en varios capítulos dedicados al urbanismo universal. El arquitecto Frank Lloyd Wright sugiere a Gog que es preciso renunciar y suprimir todo lo que se superpone a la naturaleza. Quiere convertirse en el Rousseau de la arquitectura mediante edificios que se inserten hábil y amablemente en el ambiente natural y agreste, inspirándose en las creaciones naturales. Ha hecho una casa que se parece a un bosque, otra que imita a un pájaro con las alas desplegadas. Para él las cavidades naturales, insertadas de tal modo en la naturaleza que formen parte natural de la misma, son las únicas habitaciones perfectas. Los rascacielos son un insulto lanzado a la naturaleza.
            No faltan otros visionarios que intentan que el millonario sufrague su experimentos urbanísticos. Le proponen modelos de ciudades: una ciudad sin casas, compuesta solamente de campanarios y torres; una selva de tallos orgullosos de piedra y cemento; una ciudad constituida por un solo edificio: un palacio gigantesco, con galerías infinitas, corredores y salas interminables; una ciudad toda hecha de casas altísimas sin puertas ni ventanas; la Ciudad de la Igualdad Perfecta, formada por millares de casas absolutamente iguales; la Ciudad Invisible, que quien la mirase de lejos no sospecharía que existiese y sólo al acercarse vería pozos cuadrados y allí dentro escaleras hacia los alojamientos; la Ciudad Variopinta, con casas de estilo geométrico, pero todas pintadas de colores puros y vivísimos: palacios en laca rosa, casas de alquiler en verde montaña, edificios públicos en amarillo canario; la Ciudad Pensil, cuyas calles serían filas de murallas altísimas en cuya cima habría grandes terrazas habitables; o, por fin, la Ciudad Camposanto, con tumbas espaciosas y aireadas con objeto de que pudiesen albergar juntos a los vivos y los difuntos.
         La imaginación del autor considera que nuestra pasividad ante la Naturaleza es vergonzosa y ridícula, y propone deshacer las montañas y servirse de los miles de toneladas de material así extraído para construir islas artificiales en los océanos, con lo que se obtendrían dos resultados excelentes para el aprovisionamiento de la Humanidad: todos los continentes serían transformados en cómodas y fructíferas llanuras y se extendería, con la creación de las nuevas islas, la superficie seca y cultivable.
         Nuestro autor se ocupa también de la educación, de la transmisión del saber y de su importancia que es, a su sarcástica mirada, bien poca. En sus capítulos sobre el tema trasluce el nihilismo latente de Papini. No hay que olvidar que en 1919 había escrito una diatriba contra todas las instituciones: «Cerremos todas las universidades, museos, conventos...», dijo.
         ¿Qué valor tienen la educación y la cultura en el caótico mundo en el que vivimos? El hombre sólo se atonta y se aliena cuando cree estar educándose. Las publicaciones se ocupan casi exclusivamente de los escándalos mundanos, prevaleciendo las imágenes sobre las ideas y las discusiones criticas. El cinematógrafo embrutece con espectáculos de bestialismo feroz, de sentimentalismo idiota. Los deportes promocionan los valores puramente físicos sobre los valores morales e intelectuales. Los estupefacientes embotan las facultades superiores del alma, al igual que las bebidas alcohólicas. Las danzas y músicas de origen primitivo y salvaje entontecen el cerebro, desvigorizan la voluntad y crean un paroxismo afrodisíaco debilitante. La radio transmite música mala, alejando del estudio, de la meditación, del ejercicio del pensamiento operante.
         Poco hay en el panorama cultural contemporáneo que merezca ser salvado. Por eso, los proyectos que financia Gog son únicamente los más descabellados e inútiles. Y su objetivo no es contribuir a la civilización, sino escapar del hastío.
         Muchos de estos proyectos son curiosos, como la promoción del estudio cronológico-regresivo de la historia, como el único que hace posible una interpretación de los hechos humanos, ya que un acontecimiento no adquiere su luz y su importancia más que después de decenios o tal vez después de siglos.
            Gog regala 300.000 $ para la fundación de una Cátedra de Ignorática en la Universidad de Nuevo Méjico. Esta ciencia de lo que aún no se sabe se propone dividir las cosas no conocidas en dos grandes clases: las que presentan una fuerte posibilidad de ser descubiertas y las que probablemente jamás serán conocidas, así como investigar mediante la historia de las ciencias, de qué modos y con qué métodos se han descubierto las verdades que en el pasado se ignoraban.
         Otra propuesta que financia consiste en una organización para matar a los muertos. Se le asegura que creemos ingenuamente que los muertos no existen, siendo así que durante siglos usurpan nuestro espacio y nuestro tiempo, dominan nuestro pensamiento, nos oprimen con sus fantasmas y con sus antojos. Gran parte del tiempo de enseñanza se emplea para explicar y aprender las vicisitudes, aventuras, vergüenzas y teorías acerca de los muertos. En política debemos obedecer constituciones, leyes, costumbres y fórmulas que son obras elaboradas con el pensamiento de personas muertas. Le piden grandes sumas: para la propaganda de la idea, para la destrucción de los monumentos y de los cementerios, para la violenta supresión de todos los traidores partidarios y cómplices de los muertos.
         Existen excéntricos de todo tipo, como quienes les proponen que a la Filosofía la sustituya la Filomanía, el amor a la locura. Es necesario deshabituar a los cerebros humanos de las prácticas nefastas del viejo racionalismo. No basta abolir el culto desastroso de la inteligencia; es preciso extirpar de nuestras mentes los tumores del intelectualismo. Quien quiera ascender al cielo superior de la revelación interna y universal, debe ante todo volverse loco. El sabio no podrá entrar jamás en el paraíso de la verdad; veinticinco siglos de experiencia contra natura lo demuestran de un modo irrefutable. El iniciador de este movimiento está recorriendo Europa para recoger dinero que le permita fundar el primer «Instituto de Demencia Voluntaria». Se compromete, en tres años, a transformar el animal más racional, apestado de lógica, en un loco milagroso, profético y demiúrgico. En tres generaciones, la Filomanía florecerá sobre la Tierra, iniciando una civilización nueva que responderá a las exigencias milenarias del espíritu humano y dará a todos la paz en la suprema certidumbre.
         El mismo Ramón Gómez de la Serna, a quien Gog escucha en su tertulia de Pombo, propone la creación de una liga para los derechos de los minerales, asegurando que nos servimos de los minerales con un egoísmo espantoso. Su programa será restituir los minerales a las minas, las piedras a la cantera, el oro a los ríos auríferos, los diamantes a los campos diamantíferos. Fundará hospitales para los metales enfermos, para el oro rebajado a fuerza de ser acuñado, para el hierro inválido, para la plata tuberculosa, y tal vez asilos para el bronce prostituido en forma de monumento y el cobre contaminado en forma de moneda.
         También las ciencias caen bajo el bisturí diseccionador del italiano. Gog conversa con algunos de los más destacados científicos, que le confían sus desilusiones y su falta de confianza en la utilidad de su labor. Freud considera la visita de Gog como un gran consuelo, ya que no es ni un enfermo, ni un colega, ni un discípulo, ni un pariente. Dice vivir entre histéricos y obsesos que le cuentan sus liviandades; entre médicos que le envidian y con discípulos que se dividen en papagayos crónicos y en ambiciosos cismáticos.
         Marconi dice haber inventado un «rayo de la muerte», un sistema simple pero infalible para detener, súbitamente y aun a muchas millas de distancia, a cualquier motor. Entreve mortales consecuencias de ese invento. El ejército que tuviera su aparato haría estragos entre los enemigos reducidos por sorpresa a la inmovilidad. El inventor está horrorizado de su hallazgo.
         Einstein, por su parte, asegura que sus fórmulas son incomprensibles para los no iniciados, y hasta entre los iniciados son poquísimos los que han conseguido comprenderlas. A la ciencia, además, no hay que pedirle excesivas certezas:
         Mi último descubrimiento es la teoría del campo unitario. Espacio, tiempo, materia, energía, luz, electricidad, inercia, gravitación, no son más que nombres diversos de una misma homogénea actividad. Todas las ciencias se reducen a la física, y la física se puede ahora reducir a una sola fórmula. Esta fórmula, traducida al lenguaje vulgar, diría poco más o menos así: «Algo se mueve.» Estas tres palabras son la síntesis última del pensamiento humano.

         Se insta a Gog para que sea mecenas de diversos campos de estudio, como una cátedra de ftiriologia o ciencia de los piojos, que estudiaría al piojo como familia zoológica, al piojo en la historia política, al piojo en la historia religiosa y al piojo en la literatura y en el arte.
         La ciencia que más interesa a Gog es la Biología. Nos relata con tristeza las desventuras del padre de cien hijos, el señor H.B., que ha brindado voluntariamente su licor seminal a muchos centenares de mujeres a las que jamás ha visto. Posee los mejores requisitos, físicos e intelectuales, para lograr excelentes ejemplares del homo sapiens, los hijos e hijas que proceden de sus espermatozoides han satisfecho plenamente a sus esposas in incógnito. Pero ninguna de ellas ha querido encontrarse con él. Tiene cien hijos y está solo, ha hecho madres a cien mujeres y no amó a ninguna. Durante los últimos tiempos su melancolía se torna inquietante y los médicos le ordenan absoluto reposo. En cuanto se cure deberá retornar a su oficio de reproductor diplomado, pero puede que su melancolía haya alterado sus virtudes genésicas.
            Es ilustrativa su entrevista a Serge Voronoff, ocupado en la transmutación de los hombres. Esto lo habían intentado sacerdotes, filósofos, moralistas, maestros, y políticos, pero los efectos logrados siempre fueron precarios y esporádicos. Solamente la biología podía dedicarse a rehacer racionalmente al hombre. Voronoff hizo que los viejos volvieran a ser viriles y que los imbéciles se convirtieran en seres geniales. Ahora se propone hacer que los criminales se conviertan en santos, los enanos en gigantes, que los apocados y tímidos se vuelvan feroces, que los niños tengan la sabiduría de los viejos, que los normales se vuelvan locos y las hembras se conviertan en machos, mediante un Instituto para el Mejoramiento Humano.
         Más del agrado de Gog es la labor del Instituto Científico para la Regresión Humana. Su método consiste en acostumbrar gradualmente a nuestra especie a las condiciones de vida de los animales no domésticos. Nada de vestidos; prohibición de cortarse el pelo, la barba, las uñas; prohibida la posición erecta; vedado el uso de la palabra. En el campo de experimentación no deben aparecer ningún utensilio fabricado. Deben tender poco a poco a alimentarse de frutos, de raíces y de carne cruda. Naturalmente, no debe haber habitaciones o refugios de ninguna especie. Ninguna ley, ninguna moral, ninguna religión. Bestias libres bajo el cielo libre. El científico se propone ser el Mesías de la animalidad recuperable. Y afirma:
         Así pude lograr un oso, un lobo, un puerco, una hiena y hasta un chacal, pero la obra maestra de mi Instituto es el hombre gorila, el que con excepción de algunas particularidades somáticas, es una maravillosa imitación de ese simpático primate.

         Paralelamente a la ciencia se tratan las artes, a las que tampoco concede Papini mucho futuro, porque el espíritu de los tiempos ha trastocado su esencia. El «arte nuevo» triunfa y destierra a la estética. El vanguardismo extremo se traduce, en el terreno de la música, en una orquesta de desechos humanos y gente deforme que interpreta una pieza disonante con desarmónicos instrumentos. Otra orquesta distinta le ofrece a Gog un concierto privado donde escucha zumbidos de colmenas, un borbotón de agua de una fuente invisible, un coro solemne de rugidos de leones, un batir martillos sobre yunques, un estrépito de vidrios, un lamento gutural de voces femeninas, un repiqueteo de máquinas de escribir, rugidos inhumanos, rumor de ventiladores, silbidos de locomotoras, lamentos de sirenas, descargas de fusilería y chillidos de cláxon.
         La misma transmutación sufren las otras formas artísticas. La antigua escultura —le dicen— maciza y pesada, herencia de los egipcios y de los asirios, ha perdido ya toda su actualidad. Fabricar estatuas en mármol, en piedra, en bronce sería, ahora, como viajar en los carros de los faraones. Es necesario cambiar la materia. Modelar estatuas de nieve o de cera es ya un progreso, pero demasiado tímido. El artista aboga por la escultura fugaz, realizada en humo.
          La deshumanización del arte afecta también a la literatura. El afán de rehacer lo anterior aparece en un proyecto que le proponen para modificar los clásicos. Dice el impulsor de esta iniciativa:
            Quité de la Odisea todas las fábulas infantiles que en ella había, sustituyéndolas con un instructivo periplo del antiguo Mediterráneo. (...) He hecho que Edipo recupere milagrosamente la visión y que Antígona contraiga un buen matrimonio. (...) Tuve que rehacer casi por completo La Divina Comedia. Han pasado ya más de seiscientos años, apareciendo en ese ínterin muchos otros pecadores y malhechores que bien merecen ser colocados en el Infierno. (...) También el Hamlet me ha dado mucho trabajo. Hamlet mata al padrastro adúltero, pero sale del paso con algún que otro rasguño; Ofelia es salvada mediante la respiración artificial y en la última escena ya puede casarse con su querido príncipe. (...) Del Don Quijote tuve que rehacer por lo menos la mitad. (...) En mi Fausto, Mefistófeles reconoce que los demonios no son más que una tonta invención de la mente humana y desaparece en el aire de la madrugada como un sueño; Margarita es absuelta por los jueces, Fausto la toma como esposa y vuelve a su cátedra de Wittenberg.
        
Otro proyecto para el que se pide su ayuda es el de una biblioteca grabada en acero para el caso de que tuviera lugar una tercera Guerra Mundial. Un comité elegiría las obras dignas de ser conservadas en la Biblioteca de Acero. Por razones evidentes de espacio y de gastos no podrían ser más que unas pocas docenas.
         Pero ¿qué importa esta supresión de la inmensa mayoría de libros si el único objetivo de las artes es el beneficio económico? Gog invierte en una fábrica de novelas, Novel’s Company Ltd., sita en Chicago, donde trabajan especialistas en paisajes agrestes, escenarios urbanos y descripciones de interiores y de mobiliarios, creadores de tipos femeninos de toda clase y medida, inventores de nuevas modalidades y formas de delitos, un lingüista que sugiere términos, etc. Un grupo de ajustadores bien pagados, utilizando las diversas partes y unificándolas, elaboran novelas de acuerdo a los módulos y especies preferidos por el gran público.
         En cuanto a las teorías del arte, son igualmente banales. Gog habla con Dalí y Picasso y concluye que no son respectivamente más que un loco y un avaricioso. Le dice el primero:
            Dios ha dejado su creación a medio hacer, corresponde ahora a Salvador Dalí completarla y terminarla. Dalí no es un artista, sino es un creador que ha de abrir la segunda era de la humanidad: antes de Dalí y después de Dalí; Dalí es el único redentor y la pintura es su evangelio. ¿Cómo quiere, pues, que pueda perder ni un solo minuto con usted? Váyase o lo haré expulsar por mi ángel gendarme.
        
El malagueño, por su parte, le confiesa que el arte ya está concluido, moribundo y condenado. A pesar de las apariencias en contrario los hombres pierden más y más el afecto hacia las pinturas, las esculturas y la poesía. Ya no sienten el arte como una necesidad vital, espiritual. ¿Qué puede hacer un artista que ve con claridad ese próximo fin? Para él no quedan más que dos caminos: procurar divertirse y procurar ganar dinero.
         Y para finalizar esta conferencia sobre la visión panorámica que hace Papini del mundo en el que le tocó vivir nos detendremos en la religión: ese lenitivo para los miedos del hombre. Cosas curiosas son las que nos dice Gog, máxime si se considera que su creador, tras un período de demoledora crítica de todas las filosofías y creencias, se acercó al catolicismo. El curioso personaje se interesa moderadamente por lo trascendental. Patrocina una Sociedad para la Resurrección de los Muertos, cuyo presidente le asegura que ha logrado realmente resucitar a los muertos, aunque con infinito desgaste de energía y de tiempo. La sociedad cuenta con varios millares de adherentes, pero en un trabajo afanoso e incesante de veinticinco años tan sólo ha podido restituir la vida a seis muertos. Gog dice sentirse impresionado. Menos satisfactoria le es su colección de milagreros, que le hacen interesantes promesas. Uno se comprometía a hacer caer la lluvia en un día sereno; otro tenía la seguridad de hacer aparecer cierto número de demonios que obedecieran a cualquier gesto suyo; otro más, especializado en la levitación, le aseguraba que un día u otro ascendería sin ninguna ayuda cielo arriba hasta desaparecer de la vista; un cuarto se declaraba capaz de romper y mover los objetos sin tocarlos, transformar la sustancia de las cosas, fabricar oro, evocar espectros parlantes y hacerle dueño del mundo de los fenómenos y de lo oculto. Pero sus tentativas resultan inútiles. Faltaban, para el buen resultado del milagro, algunas esencias o piedras necesarias, que había que hacer venir del fondo de Asia o de África y que era preciso esperar algunos meses para que llegasen; otra vez eran contrarias las fuerzas cósmicas o no eran favorables las conjunciones de los astros, lo que hacía necesario aplazar la ceremonia.
         Dejando aparte lo supersticioso, el cristianismo informó la vida de Papini y le llevó a elaborar varias de sus últimas obras en su defensa, pero no lo hallamos en este libro, donde parece defenderse la posición contraria. Rechaza claramente la antievolutiva noción cristiana del creacionismo y del llamado «diseño inteligente». Habla del universo como de un conglomerado de millones de nebulosas, millares y millares de estrellas que desde hace siglos de siglos no hacen más que huir y destruirse, sin una razón imaginable: No cree posible que una Inteligencia superior y perfecta haya querido esa dilapidación enorme, perenne y completamente inútil y se pregunta para qué sirven esos innumerables y pavorosamente grandes fuegos huidizos, destinados a consumirse vanamente aun cuando demoren millones de años? Ante ese pensamiento la mente humana se confunde, aterrorizada ante ese espectáculo absurdo.
         En cuanto a los supuestos beneficios del cristianismo Gog se remite a un raro manuscrito de Goethe que ha comprado, donde los dioses del mundo clásico se quejan del olvido de los seres humanos y de lo inútil del auge del cristianismo:
            ¿Fue en verdad justa nuestra condena? Han pasado ya dieciséis siglos desde que se abatieron nuestros santuarios y se echaron por tierra nuestras estatuas, pero, ¿acaso los hombres llegaron a ser más virtuosos y felices? ¿No éramos nosotros más benignos para con la mísera vida de los mortales? Zeus, el padre supremo, era llamado también Soter, el liberador; Heracles redimía a los hombres del terror de los monstruos; Prometeo les proporcionó los inestimables bienes de la civilización; Orfeo dominaba a las fieras y consolaba a la tierra con su canto. Después de nuestra derrota y abatimiento, ¿cuál ha sido la suerte de los hombres? Han llorado y orado ante la imagen de un Dios ensangrentado y traspasado por la lanza, han invocado a su llorosa Madre sufriente, han martirizado sus carnes y se han cubierto la cabeza de cenizas. Pero a pesar de todo no son menos malvados que antes y según parece son aún más infelices. El pálido Galileo, a pesar de su amor y de su sacrificio, no logró hacer que los hombres fueran más perfectos. Todavía hoy, al cabo de tantos siglos, los hombres odian y sufren, se traicionan y matan, se dejan vencer por las tentaciones y pasiones.
        
Ésta es la visión desoladora de la condición abyecta del ser humano, a quien ninguna religión antigua o nueva puede redimir. Giovanni Papini resume todas sus opiniones en un último capítulo ácido y sarcástico sobre la naturaleza del hombre, describiendo, como colofón de su pensamiento, una mejor religión:
         La nueva y definitiva religión que yo propongo a los hombres es la Egolatría. Cada uno se adorará a sí mismo, cada uno tendrá su dios personal: él mismo. Esta religión es, al mismo tiempo, el fruto supremo del idealismo alemán y de la modernísima civilización. La civilización moderna, que ha destruido poco a poco los adelantos de la fantasmagoría trascendental, ha comenzado a practicar, sin darse cuenta, la Egolatría. El Deporte es la adoración del cuerpo; el culto de la Ciencia es un sustituyo de la unisapiencia atribuida a Dios; el culto de la máquina, una subrogación de la omnipotencia de Dios. La Egolatría es ya practicada inconscientemente por la mayoría de los hombres. Se trata de darle un nombre, un credo y una conciencia. Leyendo la antigua saga escandinava de San Olaf me ha impresionado siempre este diálogo: «¿En quién crees tú?», pregunta el rey a su soldado. «En mí mismo», responde éste. Es la voz sincera de un héroe sincero. Quien no cree en sí mismo no vive. Se trata de hacer coincidir la religión y la vida, la fe y la práctica. Las demás religiones han fracasado porque exigían del hombre cosas contrarias a su verdadera naturaleza. La mía, que se adapta a la intención secreta del hombre, triunfará sin lucha.