Hinduismo y sociedad



Enrique Gallud Jardiel
Contrastes, nú. 53, 2009
 
Los postulados esenciales del hinduismo, ¿cómo transforman a los que creen en ellos? El principal es el de la unicidad del ser. En la Bhagavad Gita se lee: "Lo que existe no puede dejar de existir y lo que no existe no puede llegar a existir". El razonamiento que lleva a esta verdad es sencillo: no puede surgir algo de la nada. Lo que es, fue siempre. Si no tuvo principio, no puede tener fin. Así, lo que es, es eterno. Si algo lo limitara, si hubiera un segundo algo, tendría fin. Por ello sabemos que no hay nada más. Lo que es, es eterno, infinito y uno.
         Oriente es unicista. Occidente, dualista. Pero el dualismo es un error. La mente limitada del hombre está cómoda en las divisiones dualistas: Dios-creación, espíritu-materia, bien-mal. Pero el hindú es total y puramente monista y cree que todo lo que es, es Dios, o la fuerza, o la energía, x, o como se le quiera llamar. Y esto determina su relación consigo mismo y la naturaleza.
         Para empezar, se siente parte de la naturaleza divina y sabe que todas las demás cosas lo son: los animales, las plantas, las rocas. Esta visión le lleva al pacifismo, a respetar la vida, a considerar a los animales como parte de ese ser divino, a tener una actitud de reverencia hacia el mundo vegetal y mineral y a sentirse contento en el universo, que no es en absoluto un valle de lágrimas donde sufrir por el capricho cruel de un dios, sino que es una parte de él.
         Este unicismo panteísta no ha de considerarse un producto impreciso de una mística vaga. Estamos hablando de un pensamiento puramente científico y racional, de una explicación del universo que podrá no ser la acertada, pero que es a lo máximo a lo que podemos llegar con nuestra mente. Y en cuanto a la base científica del pensamiento hindú, se está reconociendo cada vez más, a medida que avanza la física y se estudian conceptos como los átomos, de los que existía noción en la India hace milenios.
         El dualismo occidental conduce a la lucha y al enfrentamiento. Los ángeles combaten a los demonios, el islamismo combate al cristianismo, los católicos combaten a los protestantes. Esto es algo inherente a la división dualista. El unicismo, por otra parte, lleva a la unidad y a la concordia, porque todo lo que es diferente es sólo aparentemente diferente o sólo temporalmente diferente. Por eso, el hindú, ante lo distinto ejerce una postura de comprensión que le hace aceptar las otras religiones. Todos los caminos son buenos y adecuados para la gente que los siguen.
         ¿Cuál es la función, el objetivo vital del hombre? La finalidad del ser individual es llegar a comprender plenamente esto que puede saber intelectualmente: que él es dios, que es parte del todo y que las diferencias son sólo aparentes, son maya, ilusión engañosa. La finalidad del hombre no es ética, sino epistemológica. No estamos en este mundo para ser buenos, sino para aprender.
         Esto implica una visión egocentrista del mundo. La manera de contribuir al desarrollo del universo no consiste en ayudar a los demás, sino en ayudarse uno mismo. Los actos que se hagan por los demás tienen valor ético en la medida que perfeccionan al que los ejecuta, pero no son una finalidad per se.
         La evolución espiritual es totalmente personal. Cada persona, al crear su propio karma, sufre o goza de las consecuencias de sus acciones. No se puede interferir en el destino de las otras personas. Esto hace al hindú indiferente hacia el sufrimiento. Si ve a alguien sufrir, considera que se ha ganado su sufrimiento con sus malas acciones anteriores. Si da de comer al hambriento, hace efectivamente una acción meritoria para sí mismo. Su caridad y compasión son elementos que le producirán un buen resultado a él. En cuando a la persona que pasa hambre, la pasará indefectiblemente. Si no ese día, en otra ocasión. Podemos aplazar el sufrimiento ajeno, pero no evitarlo.
         Esta aceptación puede conducir a una aparente falta de caridad y excesivo conformismo ante la vida. Pero tiene sus puntos positivos. El hindú no es proclive a la envidia ni al odio de clases. Los pobres no culpan a los ricos por su pobreza. Los enfermos no culpan a un dios caprichoso que les hace sufrir.
         La noción de reencarnación modifica la concepción de la vida y la muerte. El símil más empleado es el de la persona que cambia de ropajes. El alma eterna cambia de cuerpo. La muerte no es sino un cambio de forma. Nada muere en el universo, puesto que la energía que somos ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. El hindú no teme a la muerte. Es un paso en la evolución. Nadie sufre condenación eterna, no hay fuegos ni remordimientos, sino otras vidas con nuevas oportunidades. Siempre se puede mejorar y avanzar. Todos tenemos en nosotros la capacidad de redimirnos.
         También cambia, obviamente, el concepto del tiempo. Cuando se cree disponer de vidas futuras para evolucionar, se vive más pausadamente. Si hay algo eterno es el tiempo. Pero éste no es lineal. De igual manera que en el sueño se condensa el tiempo exterior, puede suceder en la realidad. La misma reacción causa-efecto del karma puede no ser lineal. Si el tiempo es relativo, quizá las vidas que vivimos no son lineales, sino paralelas.
Además, en el transcurso de las diferentes vidas, los seres evolucionan. El hombre no es el centro del universo, sino una de sus formas. Y si hay seres inferiores a él, los habrá superiores. Superhombres, ángeles, semidioses, dioses, son conceptos que pasan a ser no sólo posibles, sino probables. Pero los dioses, de existir, sólo serían seres superiores, sujetos por las mismas leyes contingentes del universo. No se les ha de confundir con ese Dios que lo es todo. El politeísmo no está reñido con el panteísmo.
         En cuanto al deber, al dharma, es distinto para cada uno. Al más evolucionado se le exige, lógicamente, más. El sistema de castas, surgido como una mera división del trabajo, hace que el deber del guerrero sea combatir y el del maestro, enseñar. Este esquema social determina de manera radical el ethos oriental. Cumple una función eminentemente práctica y utilitaria. Su propósito inicial no era dividir a los hombres, sino unir a diferentes razas en un todo social compacto que les permitiera vivir en armonía, paz y prosperidad. Las profesiones están ligadas a la condición natural del nacimiento, a una distribución genética de las habilidades y de especialización en el trabajo. El indio está dominado por una interpretación mágica de la naturaleza y cree que la capacidad para ejercer una función va adscrita a la sangre. Para asegurarse la continuidad de este sistema social, los legisladores religiosos lo relacionaron de forma artificial con principios religiosos. Las nociones de castas superiores o inferiores funcionan a un nivel religioso muy primitivo y no se pueden considerar como ortodoxia hindú. El hinduismo es totalmente panteísta y preconiza que todo es una sola y única sustancia en donde no hay ni puede haber distinciones.
         La relación que sí existe entre las castas y la religión se enmarca dentro del concepto de karma. Como evidentemente no todas las profesiones son igualmente agradables, el hindú tiende a achacar a su karma su nacimiento en una familia dedicada a una profesión más o menos agradable. El alma encarna dentro de una casta determinada siempre debido al comportamiento en existencias anteriores. Habrá de cumplir con la máxima perfección posible las obligaciones de esa casta específica y sólo así podrá evolucionar. Lo que parece una terrible institucionalización de la desigualdad se convierte en un incentivo para provocar el deseo de superar el mundo y un medio de pacificar a la sociedad.