Influencia hindú en Antonio Machado


Enrique Gallud Jardiel 
Papeles de la India, Vol. XIII, núm. 2, Nueva Delhi, 1984
 

         Quizá pueda parecer osada la afirmación de que en la poesía hispánica de Antonio Machado puedan existir ecos, vislumbres o hasta claros conceptos que expresen de una manera inequívoca una influencia de las teorías o principios hinduistas. Pero indudablemente esta influencia existe y, aunque sólo se muestra en ocasiones especiales, tuvo un efecto sobre la vida interior del poeta superior a lo que incluso sus versos nos dejan percibir. No nos interesa trazar el camino o la forma en que llega este influjo hasta Machado. Es bien sabido que, aparte de los libros de divulgación sobre las teorías filosóficas hindúes, publicados en España y en Argentina principalmente por editoras especializadas, hubo distintos contactos con la India (podríase citar el ejemplo de Tagore y los Jiménez) y la mayor parte de los filósofos alemanes, con Schopenhauer a la cabeza, habían profundizado en la sabiduría de los Vedas y hasta utilizado postulados de ese origen en la elaboración de sus sistemas de pensamiento.
          Ciñéndonos a los elementos que nos interesan, es digno de destacar el hecho de que Machado, en sus versos, no se limita a abarcar un postulado único, sino que incluye en ellos la mayoría de los conceptos primordiales que forman la base de las doctrinas vedánticas.
          Comenzando por el concepto de Dios, comprobamos, en sus propias palabras, que para Machado “Dios no es el creador del mundo, sino el ser absoluto, único y real, más allá del cual nada es. El mundo es sólo un aspecto de la divinidad; de ningún modo una creación divina.” Esta idea nos muestra a la divinidad como el todo espiritual, sin limite ni fin, en el que el mundo está. Es un principio absoluto e inmanente, paralelo a la concepción del paramâtman o Alma Universal, que todo lo abarca. Fuera de este todo, nada existe. La nada misma, que horrorizaba a otro gran pensador español de su tiempo, Miguel de Unamuno, no tiene una existencia real, como dice el poeta en su obra De un cancionero apócrifo:
          Dijo Dios: “Brote la nada.”
          Y alzó su mano derecha
          hasta ocultar su mirada.
          Y quedó la nada hecha.

          Así simboliza Machado la creación divina, por un acto negativo de la divinidad, por un voluntario cegar del gran ojo que todo lo ve al verse a sí mismo y que es lo que hay de verdaderamente trascendente en todas las formas. Reafirmando la unicidad del ser en sus múltiples representaciones –otro postulado hindú– y el falso concepto de la separación en el mundo, Machado, en su libro Proverbios y cantares, se pregunta:

         ¿Sabes, cuando el agua suena,
          si es agua de cumbre o valle,
          de plaza, jardín o huerta?

          Otro principio fundamental hindú que encuentra réplica en los versos del poeta es el mâyâvâda o doctrina de la ilusoriedad del mundo. El significado del vocablo maya, según Shankaracharya, es ‘engaño’, ‘ilusión’, que todo lo que nos rodea es irreal. A este término llaman los sidhantistas “energía”, “materia”, irreal asimismo. De este concepto se encuentran aspectos en la teoría de las ideas de Platón y, en España, en algunos autores del 1600. En Antonio Machado torna la simbología típica del sueño. Esta vida y este universo son solamente un sueño, principio que, por otra parte, no es nuevo en la literatura española desde Calderón y Gracián.

          Juventud nunca vivida,
          ¡quién te volviera a soñar!
          (Galerías, LXXXV)

          Afirma el poeta que nunca vivió su juventud, sino que la soñó. Encontramos claramente el símbolo que no se oculta, sino que se convierte en el núcleo ideológico de la poesía:

         Ayer soñé que veía
          a Dios, y que a Dios hablaba
          y soñé que Dios me oía.
          Después, soñé que soñaba.
          (Proverbios y cantares, XXI)

          Y así al hombre le es arduo el llegar a entender lo que hay más allá de ese sueño irreal que le envuelve y confunde. En su libro Soledades (XI) se traduce esta incertidumbre:
         Yo voy soñando caminos
          de la tarde. Las colinas
          doradas, los verdes pinos,
          las polvorientas Encinas
          ¿Adonde el camino irá?

          Sin embargo, este “mas allá del sueño” es lo que verdaderamente busca el poeta, un inmanente existir lejos de las formas de vida ilusoria:

          Tras el vivir y el soñar
          está lo que más importa:
          despertar.
          (Proverbios y cantares)

          Pero no todos pueden percibir el grado exacto de “existencialidad” del mundo ilusorio y esta falta de poder de apreciación es la que hace que el hombre no pueda conocer intrínsecamente lo que es y erre desconcertado por los mundos relativos e imaginarios. Jacinto Benavente, contemporáneo de Machado, se dirige a los hombres diciéndoles: “Bien claro se os dice que todo es mentira y vosotros os empeñáis en que todo sea verdad.” (A las puertas del cielo) Como se ve, no fue Machado el único de su generación que adoptó esta forma de pensar.
          La idea de la irrealidad del mundo, concepto terrible y difícil de aceptar para la mentalidad científica del cambio de siglo, es para Machado no sólo un concepto abstracto en su cerebro, sino también una esperanza en su corazón:

         Confiemos
         en que no será verdad
         nada de lo que sabemos.

          Mientras el hombre no pueda separar de su mente la idea de la existencia mundana tal como la concibe, no podrá ver claro lo que hay detrás de ella y no podrá redimirse, porque, a semejanza de la filosofía hindú, en Machado el mal se traduce como ignorancia, como tinieblas que le impiden ver la verdad, como agyân (no saber).

         Bueno es saber que los vasos
         nos sirven para beber.
         Lo malo es que no sabemos
         para qué sirve la sed.
         (Proverbios y cantares, XLI)

          “Incomprensión”, de nuevo según Benavente, es la palabra maldita, la que cierra las puertas del cielo para siempre e impide la contemplación de Dios. Pero a Machado no se le oculta esta tendencia a la confusión y al engaño propia del tiempo presente (Kaliyuga), y en el mismo libro antes citado nos dice:

         En mi soledad
         he visto cosas muy claras
         que no son verdad.
          (Ibid.)

          Y, como consecuencia del principio de la ilusoriedad del mundo, sus coordenadas de tiempo y espacio resultan también inexistentes o, según la versión occidental, relativas. El sentido del tiempo se halla en relación con las circunstancias exteriores que sufrimos en el momento de medirlo.

         Nuestras horas son minutos
         cuando esperamos saber
         y siglos, cuando sabemos
         lo que se puede aprender.
          (Ibid.)

          Pero Antonio Machado no se detiene ahí, sino que sus afirmaciones superan con mucho en profundidad a las de Bergson y sus seguidores. ¿Existen realmente el pasado, el presente y el futuro? Machado nos dice: “Todo pasa y todo queda.” Y esta afirmación concuerda exactamente con las explicaciones que sobre este tema se encuentran en el Yoga Vashishtha, obra clásica hindú escrita por varios autores en la que se explica detalladamente la acción ilusoria del mundo como un movimiento producido en lo Absoluto. Es típico y bien conocido el ejemplo de la historia de un personaje que, en tres minutos de sueño, vive cuarenta años de vida y, al despertar, encuentra que sólo han transcurrido esos tres minutos de una vida que se convierte en su mente en una existencia tan ilusoria como la soñada.
          En otro lugar, en el mismo libro antes citado, el poeta resume esta relatividad del tiempo en una frase magistral: “Hoy es siempre todavía.” Lo mismo puede aplicarse al concepto de espacio que, como anverso del tiempo no posee una existencia en sí, sino dependiente de los demás elementos que componen la ilusión del mundo físico.

         Caminante, son tus huellas
         el camino y nada más.
         Caminante, no hay camino.
         Se hace camino al andar.
          (Ibid.)

          Una vez hallado el error fundamental de creer en la realidad del mundo sensorial, el alma individual intenta, según el modelo hinduista, volver a fundirse en el Absoluto, del que es parte integrante. Los conceptos occidentales de hombre y Dios, se funden en los versos de Machado, al establecerse la identidad del primero como parte del segundo. Esto lo hallamos en el libro de poemas Campos de Castilla:

         Converso con el hombre que siempre va conmigo,
         –quien habla solo, espera hablar a Dios un día–...

          Y es esta conversación con el Dios interior la que hace avanzar al hombre por el sendero que lleva a la comprensión del todo. La verdad última ya está en su interior, pero no basta con saberlo intelectualmente, hay que sentirlo:

         Dice la razón: “Busquemos
         la verdad.”
         Y el corazón: “Vanidad.
         La verdad ya la tenemos.”
          (Parábolas, VII)

          El hombre, para librarse de su sujeción al mundo de lo irreal, ha de librarse él solo de esta su misma individualidad. En este proceso no le sirve la ayuda exterior: “Doy consejo a fuer de viejo: nunca sigas mi consejo.” Sin embargo, en esta búsqueda de la propia identidad real existen diferentes vías de acceso (conocimiento, devoción, acción, etc.).

         Romero, para ir a Roma
         lo que importa es caminar.
         A Roma, por todas partes
         por todas partes se va.
          (Proverbios y cantares, LII)

          Machado conversa, como antes hemos visto, con sí mismo, con la esperanza de llegar a la verdad. Y esta verdad que busca queda también definida en su obra en forma precisa:

         La verdad es lo que es
         y sigue siendo verdad
         aunque se piense al revés.
         (Ibid., XXX)

          Pero mientras el hombre no consigue aprehender esta verdad suprema de la esencia del ser, se ve sujeto al ciclo de encarnaciones sucesivas, a la gran rueda kármica de la causa y del efecto que es uno de los principios básicos en que se asienta la concepción hindú del universo y de sus leyes. Y este concepto de la transmigración ordenada de las almas individuales es claramente perceptible en Machado, no mediante símbolos o de forma encubierta, sino en afirmaciones rotundas y valientes para su tiempo. El poeta, ante el barquero Caronte, que cruza con su barca de una orilla a otra del mar de la muerte a las almas de los muertos, mantiene el siguiente diálogo:

         –“¿Ida no más?”
         –“¿Hay vuelta?”
         –“Sí.”
         –“Pues ida y vuelta, ¡claro!”
         –“Sí, claro ... y no tan claro.”

          El reencarnar de las almas o punarjanma tiene básicamente dos aspectos: el primero, de movimiento previsto y necesario, ya que hasta que el alma individual se funde con el paramâtman o Alma Universal, es necesario que se encuentre encarnada y, tras la muerte del cuerpo físico que la aprisiona, debe reencarnar en otro ser. El segundo aspecto es el del castigo por las acciones anteriores que impide que el alma se vea libre de la cadena de renacimientos. En un verso de Machado del libro Humorismos, fantasías, apuntes, encontramos la afirmación del renacimiento de las almas con estos dos aspectos:

         Dulce goce de vivir,
         mala ciencia del pasar,
         ciego huir a la mar.
         Tras el pavor de morir
         está el placer de llegar.
         ¡Gran placer!
         Mas ¿y el horror de volver?
         ¡Gran pesar!

          Machado afirma que es un gran pesar el horror de volver, tras la muerte, lo que hace deducir automáticamente que la vida se toma aquí como algo no deseado, como un castigo. Este es el segundo aspecto antes mencionado. El primero es evidente y no necesita otra explicación.
          Se podrían citar más ejemplos y hasta hacer una recopilación sistemática de todos aquellos fragmentos de la obra de Machado en donde se encuentran reminiscencias de principios filosóficos o conceptos hindúes, más frecuentes, como se ve, de lo que pudiera parecer y menos ocultos de lo que se pudiera pensar, considerando los opuestos conceptos religiosos de España a comienzos de siglo. Las obras de los grandes artistas –y este ensayo es, en su modestia, una prueba fehaciente– siempre son tema digno de estudio, siempre se pueden hallar en ellas nuevos filones de material para la investigación y nuevos elementos de interés. Machado, padre espiritual de muchos de los poetas españoles actuales, es uno de esos grandes artistas cuya obra llega a profundidades que los críticos, lejos de una medida precisa, sólo llegan en ocasiones a intuir.