Interpretaciones erróneas de la cultura india



Enrique Gallud Jardiel
Papeles de la India, Vol. XXX, núm. 2, Nueva Delhi, 2001

         Trata mi presentación de identificar, numerar y catalogar toda una serie de interpretaciones equivocadas que han tenido lugar a lo largo de los años en España a la hora de entender a la cultura india e incluso al difundirla en textos en castellano, bien en traducciones, escritos de divulgación o meramente textos con referencias aisladas. Intentaré dilucidar las razones de diversa índole que han conducido a error a nuestros literatos y críticos, con la esperanza de que su estudio pueda contribuir aunque sea mínimamente a rectificaciones y a una mejora general del entendimiento entre ambas culturas.
         Este estudio de interculturalidad trata específicamente de España y de la India pero, lamentablemente, no hay que olvidar que las mutuas ignorancias y las nociones equivocadas existen entre casi todos los países en mayor o menor grado y no siempre el rápido aumento de las comunicaciones es suficiente para salvar estos baches culturales. Para que no se caiga en un derrotismo extremo hay que recordar que sí existe y ha existido siempre en otros ámbitos un entendimiento entre los dos países.
         Pero el error existe, hay multitud de razones y de causantes y puede llegar hasta extremos insólitos. Para comenzar he de indicar que el mismo nombre de India es empleado y pronunciado en la India de manera equivocada. Veamos cómo.
         El término India tiene como origen el sánscrito sindhu que significa “el mar” y por extensión el gran río del oeste y el país que este río bañaba y que se sigue llamando Sindh. El nombre cambió la sibilante inicial por sonido aspirado y se convirtió en el persa hindû, de donde pasó a Grecia y a Roma en la forma India, como la emplean Ptolomeo o Herodoto. Sin embargo, la pronunciación conservaba la “d” dental original. Cuando los británicos emplean el topónimo para designar a todo el territorio de sus colonias en la zona, pronuncian el nombre a la manera inglesa, oscurecen las vocales y, lo que es más importante, cambian la “d” dental en cacuminal o retroflexa, dando la pronunciación indiya, que es la que hoy los indios aceptan y emplean. Un ejemplo análogo sería que los españoles llamáramos a nuestro país Espagne (ñ), en francés, porque Napoleón lo gobernó durante un tiempo.
         Estos errores de los que trataremos son debidos a cuatro causas: causas lingüísticas, históricas, y de fuentes y interpretación y son muy interesantes de identificar y recopilar.
         El primer bloque, por así llamarlo, de causas de error es el integrado por toda una serie de transliteraciones de los términos indios a otras lenguas, con sistemas ortográficos no unificados y altamente irregulares. El inglés, el francés, el italiano y hasta el alfabeto lingüístico internacional han dado lugar a transliteraciones totalmente distintas del original. El inglés, obviamente, fue la lengua de contacto más extendida y es responsable de los siguientes errores:
         * El empleo de “e” muda final del inglés ha llevado a la transliteración incorrecta de un gran número de topónimos, como los que se conocen en castellano como Mysore, Bangalore, Indore o Lahore en vez de Maisur, Bangalor, Indor o Lahor, dándose la peculiaridad de que esta forma ni siquiera se ha empleado sistemáticamente con todas las ciudades de igual sonido, con lo cual un mapa de la India muestra frecuentemente a Bangalore junto a Jaipur, a Coimbatore junto a Nagpur y a Travancore junto a Trichur sin causa aparente que lo explique.
         * La frecuente ausencia de vocal final del inglés conduce a insertar una “h” aspirada al final de una palabra india acabada en vocal larga, con lo cual se habla del pardah, de la verandah o de las cuevas de Adjuntah.
         * La peculiaridad inglesa de doble “o” para el sonido de “u” larga (como en el inglés good) o de doble “e” para “i” larga ha creado términos de sonido casi irreconocible para el hispanohablante. El término Urisa, transliterado Oorissa, pierde la primera “o” y queda ya para siempre en Orissa. Kanchipuram se convierte en Kuncheepooram y la ciudad de Udaipur es conocida en España mediante los relatos de Kipling como Oodeypoore.
         * Mayor confusión, incluso, crea el empleo de “u” para el sonido de “a” corta. La ciudad de Mîrat se convierte en Meerut; Jabalpûr, en Jubbulpore; Jalandhar se vuelve Jullundur y, lo que es quizá más grave por su importancia, Calcattâ queda para siempre en castellano como Calcuta, con el acento fonético precisamente sobre una “u” inexistente en el original, algo que ya ningún lingüista del mundo podrá cambiar.
         * La pronunciación arbitraria de las vocales conduce el fenómeno del metaplasmo, con cambios vocálicos o e incluso consonánticos en sílabas contiguas, con lo que el término urdú almârî se convierte en almirah o tufân se vuelve typhoon. Es el mismo fenómeno que convirtió la palabra original kangârû en el canguro que empleamos en castellano.
         * La peculiar pronunciación inglesa de algunas consonantes induce también a error. Al no diferenciar el sonido entre una “l” sencilla o doble se transliteran con doble “l” términos indios de “l” sencilla, como es el caso de Ilorâ, que se escribió como Ellora, dando lugar a pronunciaciones como El-lora o incluso Ellora en castellano. La “th” inglesa como sibilante llevó a que la edición que Zenobia Camprubí de Jiménez hizo en castellano de las obras de Tagore (Thâkur, en realidad, sin la “e” final a la que nos hemos referido) se hablara de él como Rabindranaz y se escribiera su nombre con “z” final.
         * Otro ejemplo de esta misma sección sería el del gusto por la grafía inglesa que hizo que se transliteraran los nombres indios con consonantes que no respondían en absoluto a los sonidos, únicamente para conseguir un texto visualmente más inglés. Veamos el topónimo Khampûr, una ciudad en el estado de Uttar Pradesh. En primer lugar la “kh” queda transliterada como “c”, lo cual ya no es exacto al faltar el contenido de aspiración de la consonante del sánscrito. Después se le añade la “e” muda final, lo que tampoco es correcto. Y finalmente se intercala entre la “a” y la “ñ” una “w” inexplicable, quedando la palabra como Cawnpore. Casos semejantes serían los del término ‘casa de campo’, banglâ convirtiéndose en bungalow, con “w” final o Avadh transformándose en Oudh. No sólo los ingleses transliteraron mal de esta forma. Los indios también ajustan sus nombres y apellidos a estas grafías sajonas, como el caso del famoso critico artístico Ananda Kumarasvami, quien escribe su apellido como Coomaraswamy, con doble “o”, “w” e “y griega” final. Pese a ser un especialista en estética no se dio cuenta de que su nombre así escrito queda bastante más feo. Otro dato curioso sobre le problema de la transliteración de nombres propios indios es el hecho de que el apellido indio Chakravarti aparezca en la guía telefónica de Delhi escrito de veintiuna maneras distintas.
         * Otra causa de este tipo de errores son simplemente los fallos auditivos, una percepción incorrecta de las letras o las sílabas de las palabras, lo que lleva, por ejemplo, a convertir el término chaddar en chador, incluyendo una “o” inexistente en urdú, o el vocablo kabab en kebab, añadiendo una “e” imposible en la lengua originaria. No hallamos otra razón para fenómenos en los que se llega a eliminar una sílaba entera, como son los casos de las ciudades de Vârânasî convertida en Benares, con eliminación de una sílaba y metaplasmo, o de Badodarâ en Baroda. Este es el mis fenómeno que ha llevado a la creación del término inglés desperado a partir del castellano desesperado. En el contexto indio se llega a mayor número de sílabas no oídas y, en consecuencia, perdidas, como en la costa denominada Chola Mandalam, convertida en Coromandel o como en el caso aún más increíble del cabo geográfico de Kanyâ Kumârî convertido en Comorín.
         Las transliteraciones mediante otras lenguas han creado asimismo muchos equívocos. Estudiemos algunos.
         * El empleo del francés del grupo consonántico “dj” para el sonido de “j” (ja) creó fuera de la India términos como Djakarta o Djibuti y en el caso de la India nos ha legado el término Pandjab.
         * La “c” italiana con sonido de “cha” es responsable de otros equívocos lingüísticos. El hindi chandaka se ha transliterado como candaka y chakra, como cakra. Pero como la “c” puede equivaler también a una “k”, un hispanohablante que encuentre candaca y no conozca la etimología del término puede pronunciar candaca, candacha, chandaca o chandacha; es decir: cuatro posibilidades de las cuales tres serían totalmente incorrectas e ininteligibles.
         El empleo no siempre controlado y regular del alfabeto internacional, junto con palabras transliteradas mediante otras lenguas, ha llevado a gran confusión y es responsable de que incluso aparezcan en el mismo texto transliteraciones diferentes de las mismas consonantes. Así podemos encontrar el término Ashoka escrito con “sh” junto a Çiva, escrito con cedilla, aumentando la confusión del lector, que ignora que se trata del mismo sonido. Esto lleva incluso a que indólogos eminentes por sus conocimientos filosóficos o artísticos sobre la India, pero no muy versados especialmente en lingüística, digan en ocasiones sobre la India grandes verdades desastrosamente pronunciadas, por culpa de sus fuentes.
         El castellano no es inocente y también ha contribuido con sus peculiaridades a este desorden fonético.
         * La “j” española y la tendencia de muchos hispanohablantes a pronunciar con ese sonido las palabras extranjeras que incluyen tal letra es una fuente clara de error. De ahí casos como jangala que ha derivado en jungla o la incorrecta pronunciación de ciudades como Jaipûr o Jabalpûr y del típico râjâ, convertido en rajá.
         * La ausencia de “sh” en castellano hace derivar a esta consonante en “ch”, con lo cual tenemos Vichenú en lugar de Vishnu, chal en lugar de shal y Cachemira en vez de Kashmîra. En otras ocasiones se tiende a eliminar el sonido de la “h”, lo que varía su sentido etimológico. Así, en una novela de Juan Valera ambientada en la India, titulada La Padmini,  el nombre de Shântâ, queda convertido en Santa, cambiando su significado. Otra forma de transliterar la “sh” ha sido en “sch”, como hace Gustavo Adolfo Bécquer, que nos habla en su leyenda El caudillo de las manos rojas del dios Shiva como Schiwen. Más grave es el caso del grupo “gn” que ha sido cambiado en ocasiones en “ñ” sin ninguna razón. El dios Agni aparece, pues, en muchos textos castellanos como Añi, sin que esto sea en absoluto necesario, pues el grupo “gn” es muy frecuente en español.
         * La ley de la penúltima regula la acentuación española y hace llanas a la mayoría de las palabras de origen latino y llega también a afectar a los términos indios. De esta manera la lengua urdû se convierte en urdu; hindî, en hindi; la epopeya del Mahâbhârata en Mahabharata y la del Râmâyana en Ramayana.
         * La tendencia a la españolización de términos provoca asimismo confusión. Los ghat o escalinatas de un río han aparecido en castellano como ghats y como ghates y palabras como brâhman, por su dificultad, han llevado a multitud de trasliteraciones distintas a lo largo de los siglos. De esta palabra en concreto hemos hallado las siguientes versiones españolas: brahmán, brahmín, bracmán, brachmán, abraiaman, brammon, brahmen y abrahmane.
         Siguiendo en el terreno lingüístico, de más trascendencia son las incorrecciones debidas a defectos de transcripción que, en contra de lo que pudiera parecer, son innumerables. Algunos son productos obvios de una mala lectura de una letra. La “u” por “n” o la “g” por “y griega” son, quizá, las más frecuentes en nuestros autores. Así tenemos en un texto de Menéndez Pelayo el nombre propio de Kaushika convertido en Kanshika, Anauta en vez de Ananta o el título de maestro como acharga en lugar de acharya. En el mismo orden de cosas tenemos que el guru Manak, fundador del sikhismo, se convierte en Nânak y la ciudad de Hyderalad en Hyderabâd. No es infrecuente el hallar la inserción de una letra superflua, lo que produce el Vendanta en lugar de Vedânta o, lo que se halla muy generalizado, el término mongol en vez de mughal que, en castellano sería mogol, refiriéndose a las dinastías persas que gobernaron en la India y no a los habitantes de Mongolia.
         El fenómeno del metaplasmo se da también con frecuencia, por confusión de términos semejantes y así hallamos trasposiciones tales como aryanaka en vez de aranyaka e incluso Sitâ en lugar de Satî, lo que da lugar a una inmensa confusión al ser éstos nombres de dos personajes diferentes de la mitología hindú.
         La falta de cuidado a la hora de transcribir textos llega hasta extremos insólitos, que nos hacen a veces dudar de la rigurosidad científica de ciertos divulgadores famosos. Aunque los ejemplos antes mencionados se han tomado de muy diversas fuentes, es interesante mencionar el hecho de que más de un 80 % de los abundantes términos indios mencionados por Federico Carlos Sainz de Robles en su Diccionario de mitología no conservan casi ningún parecido con el original, siendo difícil identificar a qué figura se refieren. El autor, por citar algunos ejemplos, se refiere al paramatman o Alma Suprema como prahman, habla del dios Geneza, en realidad Ganesha, y desarrolla un sistema de transcripción muy peculiar, empleando guiones en medio de los nombres e insertando diéresis de funcionalidad ignota. Y si algunos críticos muestran tales imprecisiones, ¿qué se les puede exigir a los poetas? Así, Valle-Inclán nos habla en su poema Bestiario de “...un fakir indio ebrio de bahám”, con un acento imposible sobre una sílaba final acabada en “m”, y siendo ésta una palabra que no hemos podido identificar ni en las lenguas indias ni en castellano.
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         Desde aquí podemos pasar ya al segundo bloque de este estudio: el que se refiere a falsas nociones debidas a deficiencias culturales, a desconocimientos, a creencia en los tópicos y, en general, a las simplificaciones en las que solemos caer cuando nos vemos en el trance de manejar aspectos o términos de una cultura en la que, por regla general, no hemos tenido tiempo de profundizar.
         * La ignorancia de la etimología de los términos conduce a menudo a conceptos falsos, por lo que es imprescindible averiguar el significado exacto de los vocablos extranjeros que deseamos emplear. Cuando esto no se hace se producen resultados hasta risibles, como el de un libro de divulgación general sobre la India en el que se dice que la sílaba mística Om, que representa el sonido primigenio del universo, es la misma palabra que designa al dios egipcio Amón y la que emplean los pueblos semitas para manifestar su aquiescencia con la voluntad divina, o sea: amin, amén. Es lamentable que estas cosas lleguen a publicarse. Más disculpables son quizá otros desconocimientos que provocan que se nos diga que tal rey extendió su dominio desde la ciudad de Benarés hasta la ciudad de Vindhyas, cuando quería referirse a los montes Vindhya. Tampoco se sabe generalmente que el Deccan significa “el sur”, por lo que frases habituales como “el Deccan del sur” son tan tautológicas como podrían ser, por ejemplo, “la ciudad de Ciudad Real” o “el monte Mont Blanc”. Hemos encontrado el término shûdra, que se refiere a la cuarta casta hindú, de artesanos, traducido como “labrador” en una desusada limitación de su sentido, ya que esta casta incluye, además, a los artesanos, los obreros y, en general a todos los que se dedican a trabajar para otros. El vocablo yogi, o sea: asceta que se dedica a las prácticas yóguicas, aparece traducido en algunos lugares como “bienaventurado”, lo cual no es necesariamente así. La palabra avatâra, literalmente “descendimiento” y por extensión “encarnación de un dios”, se ha convertido en castellano en sinónimo de “aventura”. Y hemos erróneamente interpretado y asimilado el término indio jangala, “jungla”, identificándolo con “selva”, cuando no son en absoluto lo mismo, pues jangala significa tan sólo “tierra sin cultivar” sin que sea necesario que en ella exista vegetación alguna, lo que no corresponde por tanto al concepto que Rudyard Kipling nos legó de la selva india y de sus habitantes. Otros dos errores de esta índole que consideramos curioso mencionar son los siguientes: el primero es el caso del prácrito, al que muchos libros se suelen referir como una lengua coetánea del sánscrito, siendo en realidad la versión vulgar de ésta misma y, además, no siendo uno sino varios, según la zona, por lo que es siempre incorrecto hablar de un prácrito y siempre debe hablarse de los prácritos. El otro caso es el del término Juggurnaut, en lengua inglesa, tomado del sánscrito Jagannâtha, literalmente “señor del universo”, uno de los nombres del dios Vishnu. El sentido del término en inglés es el de una fuerza destructiva que lleva a un caos apocalíptico, mientras que ese particular aspecto del dios es apacible y compasivo, bueno y protector, como todas las manifestaciones del dios Vishnu. En este tipo de casos la confusión aumenta con la profundidad del término y los conceptos filosóficos son los que más se deterioran cuando son así interpretados. Tal es el caso del traído y llevado término karma, que significa la posibilidad de la acción, sujeta –claro está– a la ley de causa y efecto, o sea: el libre albedrío con su lógica consecuencia, y que se emplea generalmente en Occidente para indicar todo lo contrario. Cuando un occidental dice: “Esto es mi karma” se está sin duda refiriendo a un destino ciego e inexorable contra el que no es posible luchar.
         * No solo la ignorancia del significado conduce a error. El desconocimiento del género de las palabras originales también es origen de confusión. Durante muchos años los hispanohablantes nos hemos venido refiriendo al Gîtâ y a los Upanishads, cuando en realidad deberíamos decir la Gîtâ y las Upanishads, pues es femenino su género. Esto es menos grave que el que se nos hable, como sucede frecuentemente, de “la diosa Shiva”, únicamente por similitud con las terminaciones castellanas. La falta de discriminación en cuanto al género provoca este error, pues Shivâ con la última “a” larga es otro nombre de Pârvatî, esto es, de la consorte del dios Shiva, de la misma manera que Râmâ es otro nombre de Sitâ, la esposa de Râma. Estos casos pueden llegar a ser en extremo divertidos, como cuando se nos dice en un libro ya mencionado antes que “Vyasa era hijo de Parasara, varón muy sabio, y de su esposa Santanú, que era una mujer muy virtuosa”. En verdad Parasara era muy sabio, pero Shântanu no era su mujer, sino un bravo rey-guerrero de cuya hombría no cabe dudar, pues fue el patriarca del que surgieron todos los linajes de príncipes que intervienen en el Mahâbhârata.
         * Otro caso lo constituyen las generalizaciones o variedades metonímicas en las que un término no se emplea de forma totalmente inexacta, pero sí abarcando mucho más o mucho menos de lo que significa en realidad. Tal es el caso del vocablo curry, que significa meramente “salsa”, hecha con diversas especias. Hay, pues, tantos curries como variedades de salsa se pueden hacer mediante la permutación de especias, esto es: casi infinitas. Por ello, la expresión “pollo al curry” es algo tan impreciso como podría ser un plato que se llamara “pollo con otros ingredientes”. Más ejemplos: el término turco culî se ha definido como “una casta de transportadores de ladrillos”, cuando indica a un obrero o mozo de cuerda en general. La voz pajâmâ, que ha dado lugar a nuestro pijama, se refiere únicamente a los pantalones; luego “los pantalones del pijama” es una tautología y “la chaqueta del pijama”, un total absurdo. Igual sucede con la voz pardâ, que significa velo” y también “cortina” y hace referencia al velo con que las mujeres musulmanas tapan su rostro. Pero en Occidente se amplía su uso a la costumbre social de taparse. Así, la frase “en esa casa musulmana hay pardâ”, dicha por un occidental, significa que las mujeres se cubren la cara. La misma frase en el contexto indio vendría a indicar que en las ventanas de la casa hay visillos.
         Seguimos con el capítulo de las imprecisiones, como la que hace Bécquer al denominar pagodas a los templos hindúes, confundiéndolos con los budistas; o como cuando Salgari define a las rânî como mujeres que heredan un reino, siendo los marajás sus reyes consortes. Hemos leído también en cierto lugar que el soma, el néctar de los dioses. es una bebida tóxica, donde en realidad el autor quería decir intoxicante. Probablemente la imprecisión más extendida sea la de denominar hindúes a los indios, algo que antes no ocurría pero que desgraciadamente los medios de comunicación han empezado a hacer de un tiempo a esta parte, creando la subsiguiente confusión. Un hindú es una persona de religión hinduista. No tiene por qué ser indio. Por ejemplo, los nepalíes no son indios, pero sí hindúes en su mayoría. En cambio, en la India hay musulmanes, cristianos, budistas y gentes de otras religiones que sí son indios y no hindúes.
         Un paso más allá en el camino del error se da cuando se intentan dar explicaciones y hacer interpretaciones de los elementos de otra cultura sin suficiente conocimiento de causa. Se ha escrito que los caballos eran los símbolos del poder ario, pues tiraban de los carros que invadieron la India, como se ve, una interpretación inocua y forzada. Juan Valera afirma que el famoso tratado de erotismo Kâma sûtra era una obra fruto del sensualismo, la alegría y el erotismo de los brahmanes y que su finalidad principal era molestar a los budistas. Más flagrantes son los delitos de leso proselitismo, cuando se interpretan las cosas para provecho de una ideología, como hicieron Jesús Alsina y José Martínez Palazón, quienes en varios escritos intentaron demostrar que Rabindranath Tagore era un poeta católico, un místico cristiano que nada tenía que ver con la tradición india.
         Otra de las causas más destacadas que conducen a error es la imprecisión de las fuentes consultadas. ¿Qué ejemplo más elocuente que el que en diversos mapas aparecidos en España el estado de Cachemira no aparezca dentro de la India? ¿Cuál sería nuestra reacción si en otro país apareciera un mapa de la península en donde Cataluña o el País Vasco no estuviesen incluidos? Incluso en temas menos polémicos los errores debidos a las fuentes son muy graves.
         La famosa colección de cuentos indios titulada Panchatantra y que se conoció en España desde la Edad Media, se debe al pândit o erudito Vishnu Sharman, según nos dicen unánimemente todas las fuentes indias. Sin embargo, en Occidente el libro está equivocadamente catalogado como anónimo y así figura en todas sus múltiples ediciones, que se han limitado a copiarse unas de otras. Cuando Lope de Vega afirmó que en la India vivía gente que se alimentaba sólo de oler las flores, el error quedó medio disculpado por la credulidad de su época y por la falta de información. Pero a finales del siglo XIX Juan Valera, en una novela ambientada en la India, nos dice que Garuda, la mítica águila que es cabalgadura del dios Vishnu, era una cigüeña y reescribe una historia que, según él, está tomada del Mahâbhârata, pero que en realidad pertenece al Râmâyana. Es decir, que el famoso novelista del Realismo, incluso después de copiar un libro, lo mencionó mal. Y los medios de comunicación no fueron menos culpables de esta desinformación en otras épocas. De hecho, las autoridades coloniales inglesas dieron una versión totalmente parcial de la política india, en cuya trampa cayeron no ya autores un tanto crédulos, como Julio Verne, sino otros políticamente activos, como Vicente Blasco Ibáñez. En La mansión à vapeur Verne habla de la rebelión de los cipayos (el movimiento independentista indio que e 1857 intentó librarse por las armas del yugo británico) y cuenta episodios de crueldad con los ingleses, presentando a patriotas como Nana Sahib o la reina de Jhansi como personalidades malvadas, psicóticas y sádicas. Pero Blasco Ibáñez, en La vuelta al mundo de un novelista, viene a hacer casi lo mismo, influenciados ambos por las fuentes oficiales del momento que intentaban justificar el colonialismo. Este aspecto tendencioso de las fuentes británicas hizo también mucho daño en la India en el terreno de la cultura y hasta hace pocos años existían unas libros de conocimientos generales, publicados en inglés y en casi todas las lenguas vernáculas de la India y ampliamente consultados, en donde se catalogaba a autores occidentales como Platón, Dante o Goethe como “autores ingleses”, aprovechando la ambigüedad del término urdú angrezi, que significa inglés, pero que por extensión se refiere a los occidentales. Mediante este equívoco deliberado muchos indios han creído durante muchos años que todas las manifestaciones importantes de la cultura occidental eran patrimonio exclusivo de los sajones.
         Pero mucho peor que tener malas fuentes o pocas es no tener ninguna, como parece que sucede en un alto número de casos en los que la ignorancia es ya total. En plena Edad Media, Benjamín de Tudela dice en su libro de viajes titulado Masaot que los hindúes tienen la costumbre de embalsamar sus cadáveres y enterrarlos, ignorando la ceremonia habitual de cremación propia del hinduismo. En el siglo XVIII varios autores describen en obras de ficción las cortes de los emperadores mogoles hablando se sus “galerías de ídolos”, sin tener en cuenta la prohibición religiosa musulmana de representaciones iconográficas. El lingüista V. Schulz, en su Grammatica indostanica, publicada en 1745, nos dice que el hindi es una lengua árabe. El historiador de la religión E. W. Hopkins afirma en su libro The Religions of India, de 1895 que los dioses Shiva y Vishnu son antagónicos y están luchando constantemente, como si de Ormuz y Ahriman se tratara, prescindiendo del hecho de que en los textos hindúes se recalca incesantemente que todo en el universo –dioses incluidos– son aspectos de la misma divinidad. Blasco Ibáñez, en su obra El despertar del Buda, escrita a comienzos de nuestro siglo, habla de Rama y de Vishnu como de dos dioses diferentes, sin saber que el primero no es sino una encarnación del segundo, y se inventa otros dioses hindúes tales como “Budra, dios de la batallas”, que podría ser Rudra, y “Ra, diosa de la abundancia” que ya no sabemos quién puede ser. El comediógrafo Enrique García Alvarez basa toda una obra suya, El asombro de Gracia, en el gusto que –según él– tienen los indios por las corridas de toros, haciendo que un rey indio haga venir a su reino, para divertirse, a un famoso torero español, para que lidie unos cuantos búfalos. En un libro de divulgación titulado Tras el hilo de la India, aparecido en los años setenta, su autor, Jordi Viola, dice taxativamente que Durgâ y Pârvatî son dos diosas totalmente distintas, cuando en realidad son aspectos y nombres diferentes del mismo concepto. Esto sería el equivalente hindú a decir que Jesús y Cristo no tienen nada que ver el uno con el otro. Y la Gramática de Hindi, de Ana Thapar, aparecida en 1987 dice en su prólogo que la letra “ri” ya no se utiliza en lengua hindi, pese a hallarse patentemente –amén de en muchos otros– en vocablos tan conocidos y comunes como rishi, Rig Veda o Krishna. Los ejemplos pueden ser innumerables.
         Y, aunque pudiera parecer lo contrario, lo peor no son estas nefastas afirmaciones, que tanto daño hacen a la mutua comprensión de los pueblos. La situación puede empeorar todavía más cuando el divulgador decide interpretar libremente aquello de lo que habla y explicarlo basándose en su no siempre acertado entendimiento personal.
         De esta manera tenemos ejemplos que pueden llegar a parecer mentira. Pero existen libros en donde se afirma que el nombre de Colombo, la capital de Sri Lanka, está puesto en honor de Colón. En realidad el nombre deriva de Kolumbu y éste, a su vez, de Kaulam, el antiguo nombre de la ciudad que los españoles conocemos como Quilón, en la costa malabar. Evidentemente, más fácil que una investigación etimológica era inventarse la teoría de que, como la intención de Colón era llegar a la India, se le puso su nombre a una ciudad de allí. Hemos visto también un pie de lámina en un libro de arte, con estatuas del príncipe Râma con su fiel dios-mono Hanumân y con el águila Garuda, ya mencionada, en donde se leía que en la foto podía verse a Rama con un mono y un ángel. Para el escritor –evidentemente muy cristiano a más de ignorante– cualquier cosa sobrenatural con alas tenía forzosamente que ser un ángel. Un famoso historiador del arte, Jean Riviere, explica en un libro suyo que los diversos brazos, piernas y cabezas de los dioses indios existen para provocar el temor y el pánico de los fieles. No se detiene a pensar que los diversos brazos simbolizan la omnipotencia, que las múltiples piernas indican la ubicuidad y que las varias cabezas son signo manifiesto de omnisciencia. Para la mentalidad occidental todo lo no puramente antropomórfico cae necesariamente en el terreno de lo monstruoso. Y para colmo de invenciones –y esto si que no puede considerarse ni siquiera como un error de interpretación–, Richard Waterstone, en su libro titulado India, dice con todo su aplomo y desfachatez que el dios Krishna, en las praderas de Vrindaban, se dedicaba a violar sistemáticamente a las gopis o vaqueras de la aldea.
         Voy a ir sintetizando esta relación de ejemplos de nuestro erróneo conocimiento de un país. Se dice que hay muchas Indias; desgraciadamente ésta es una de ellas: la del tópico, la del error, la del desconocimiento. Las razones que han llevado a Occidente a este cúmulo de imprecisiones científicas son varias, como hemos visto. Intentaremos resumirlas.
         1.- Un desconocimiento de la base lingüística india, lo que induce a estudiarla a través de transliteraciones arbitrarias. Los europeos consideramos imprescindibles al menos unas nociones de latín para estudiar en serio la cultura greco-latina, pero nos conformamos con las versiones inglesas o francesas de otras culturas.
         2.- Una falta de cuidado y de rigurosidad a la hora de transcribir. El hecho de que la palabra “intoxicante” llegue a convertirse en “tóxico”, como hemos visto antes, es buen ejemplo de esto. La impresión es que “lo lejano”, por el mero hecho de serlo, ya no merece ser objeto de rigurosidad científica.
         3.- Una dependencia exagerada de fuentes no siempre fiables. Hasta este siglo el ejemplo más claro era la información tendenciosa que daban las autoridades coloniales británicas. En la actualidad es simplemente porque la información diaria sobre la India depende de los medios de comunicación que, lamentablemente, ignoran muchas cosas sobre muchas cosas y que, por la misma vertiginosidad a la que sus medios les obligan, en ven imposibilitados para documentarse, aunque quisieran hacerlo. Por ello, la información, con el elementos culturales que la integran, la crea y la transmite alguien que, con toda probabilidad, no es quien mejor la conoce y esta información imprecisa es automáticamente repetida por todos los demás.
         4.- La osadía –y perdón por la dureza del término– de muchos que creen fácil y seguro pontificar sobre cosas que ignoran, adoptando el consejo que daba Quevedo para saber griego y que consistía en hablarlo entre los que no lo entendían. Efectivamente, muchos que no se atreverían a opinar sobre temas de Occidente más conocidos y estudiados. sí hablan sin inhibiciones de las culturas orientales, sin fundamento para hacerlo y mostrando un patente menosprecio por ellas. Buen ejemplo de esto es la reducida e incorrecta visión que se tiene en Occidente de lo que es el Yoga, gracias a muchos “maestros” autonombrados, que visten al estilo indio y adornan con palabras indias incorrectas y mal pronunciadas lo que enseñan, que no es, en realidad, sino la gimnasia sueca de siempre.
          Y desearía finalizar con un ejemplo más, que incluye en sí varios de estos aspectos mencionados y que considero en extremo ilustrativo, representativo y grave.   
         En un texto de Ciencias Sociales de la editorial Editex, obligatorio para el 2º ciclo de la ESO, se dice con todo descaro que en el siglo XV el navegante portugués Vasco da Gama rodeó Africa, doblando el cabo de Buena Esperanza, y llegó al puerto de Calcuta, en la India. En realidad, y como muchos de ustedes saben, Vasco da Gama no llegó en absoluto a Calcuta, ni siquiera se acercó. Donde llegó Vasco fue a Calicut, otra ciudad también importantísima en la costa india y famosa desde antiguo por su comercio de especias en Occidente bastante antes de que se fundasen Londres, París o Madrid. Además, entre las ciudades de Calicut y Calcuta hay nada menos que unos dos mil kilómetros de distancia y se hallan bañadas por mares diferentes. Pero hay más y la desfachatez de los autores no acaba aquí, puesto que el texto incluye un mapa. Y como sí se sabe que la costa a la que llegó el navegante portugués fue la occidental, los autores han trasladado la ciudad de Calcuta hasta esa costa y han pintado el puntito de la ciudad en la costa oeste, en un mar distinto y fuera de su sitio. O sea, que no estamos hablando meramente de la confusión de un nombre –por grave que ello pueda ser– sino del traslado dos mil kilómetros hacia el sudoeste de una metrópoli de ocho millones de habitantes y que fue durante dos siglos la capital del país.

         La autoría del libro en cuestión corresponde nada menos que a cuatro señores, catedráticos de Historia y profesores titulares de la Universidad Complutense de Madrid. Dejo a ustedes la tarea de analizar las implicaciones de lo expuesto. Sólo les pido que reflexionen sobre si es lícito que suceda esto en un libro de texto publicado no en una época falta de información, sino en 1997, porque realmente dos mil kilómetros no son ni ninguna broma. Esta aberración divulgativa ha pasado totalmente desapercibida por referirse a lo que se refiere, pues el panorama hubiera sido muy distinto de haber tenido lugar el error aludiendo a una ciudad de Occidente y sería irónico el poder ver las expresiones de los que han elaborado el texto si éstos leyeran en cualquier sitio que las cataratas del Niágara están en Nueva Orleans, que los Sanfermines se celebran en Estocolmo o que hay que ir a Munich para hacer el camino del Rocío.
          Muchas veces Occidente se enorgullece de su saber y muchas veces tiene razón, pero no siempre. Hace falta mucha más dedicación e interés, mucha más rigurosidad, mucho más sistematismo si de verdad queremos conocernos unos a otros y queremos disfrutar no sólo de nuestra cultura que –por serlo– nos parece magnífica, sino de muchas otras que no lo son menos en absoluto y que merecen todo el respeto del que escribe sobre ellas.