José Martí y su teoría poética



Enrique Gallud Jardiel
Revista de Filología, 29, (enero 2011), pp. 91-97.


            “Ganado tengo el pan, hágase el verso” [1993: 21]. Con estas palabras comienza José Martí una de sus poesías y nos dice en ella que las creaciones espirituales sólo pueden hacerse tras haber llevado a cabo las materiales. Ya en la Biblia está escrito: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Sólo después de someterse al mandato divino ganando su pan, se permite Martí, el hombre, jugar a ser como Dios: jugar a crear. Y este juego toma un carácter muy profundo, puesto que la poesía, que en este breve verso se nos aparece como entretenimiento tras la labor, tiene un fin concreto. Es en definitiva, elemento de trabajo y reafirmando esta idea, en sus Versos de circunstancias le dice al poeta: « ¡A trabajar! ¡A iluminar! ¡Piqueta /  y pilón y astro y llama y obelisco / de fuego y guía al sol el verso sea!» [2001: 137].
            Quizá esta concepción del verso como instrumento para perfeccio­nar al mundo es lo que más le aparta de la línea crítica que le presenta como iniciador del modernismo, tema sobre el que aún hoy se producen polémicas. El verso modernista nace en su torre de marfil. Es verso porque sí. Arte por el arte en un mundo de fantasía dieciochesca y a veces oriental, cuyo norte es siempre y sólo la belleza. El verso de Martí tiene otra dimensión poética y otro fin, y así, Rudolf GrossmanN, en su libro Historia y problemas de la literatura hispanoamericana, nos dice que, aunque para algunos historiadores de la literatura Ismaelillo señala el comienzo del modernismo español, no parece probable que ésta haya sido la intención de Martí, ya que su lenguaje es demasiado natural y el conteni­do de sus poemas demasiado dramático para poder calificarlos sin más como modernistas. Y en contra del concepto del arte intemporal y no comprometido del modernismo, Martí nos dice que las obras literarias son el reflejo del tiempo en que se producen. La mitología engendró La Ilíada; el espiritualismo, a Fausto; la teología, al Dante; la caballería, al Tasso. Hay, pues, que reseñar la historia para generar en ella la literatura y estu­diarla en lo que pudo ser y tuvo que ser.
            Este proceso de creación poética es, según Martí algo espontá­neo, que no se puede forzar. No es una actividad mecánica y requiere un cierto tiempo para formarse y cristalizar. El mismo nos dice que el escribir no es cosa de azar, que sale hecha de la comezón de la mano, sino arte que requiere a la vez martillo de herrero y buril de joyería, arte de fragua y caverna, que se riega con sangre y hace una víctima de cada triunfador, arte de cíclope literario. Su obra recoge una reminiscencia romántica: el culto a la poesía. En sus Versos libres hallamos:
La poesía es sagrada. Nadie
de otro la tome, sino en sí. Ni nadie
como a esclava infeliz que el llanto enjuga
para acudir a sus inclemente dueña
la llame a voluntad; que vendrá entonces
pálida y sin amor, como una esclava [1993: 104].

            Ella se personifica y entabla dulces coloquios con el poeta, pero sólo cuando lo desea, El escritor se convierte en su esclavo, queda supeditado a ella. Ella manda y él obedece. Martí nos dice: «Yo la sirvo / con toda honestidad; no la maltrato; / no la llamo a deshora, cuando duerme / quieta, soñando, de mi amor cansada» [1993: 112].
            La poesía, según el símil martiano, duerme cansada del amor del poeta, puesto que el proceso de creación no es más que un encuentro amoroso entre el poeta y su poesía, su propia poesía, que cada hombre lleva dormida dentro de sí y a la que muy pocos saben despertar para que salga al mundo, como todo lo sutil, desde las interioridades del alma.
            “Oh, poeta cuando la idea llame a tus labios, aunque tengas pereza de darle forma, obedece, que alguien te habla” [1975: 306], ordena Martí. Ese alguien es la voz interior del hombre, la voz de sus penas, sus ansias y sus deseos. Martí nos habla de sus endecasílabos, nacidos de grandes miedos, o de grandes esperanzas, o de indómito amor de libertad, o de amor doloroso a la hermosura. Y en otro lugar nos dice que «... de la desdicha / más que de la ventura nace el verso» [1993: 78].
            Pero ese mismo dolor interior que los provoca, al mismo tiempo los purifica y embellece, haciendo que nazcan espontáneos e inmaculados, pues que sólo del dolor nace lo bello.
Como nacen las palmas en la arena
y la rosa en la orilla al mar salobre
así de mi dolor mis versos surgen
convulsos, encendidos, perfumados [1993: 60].

            Poéticamente, Martí se nos muestra como un innovador y hace en sus versos una crítica severa de los defectos de la poesía anterior. Intenta desligar su obra de la influencia española y sobre el verso español afirma lo siguiente:
Mendrugo en joyas y muerto en pompas reales
es el verso español.
Bajo la falsa púrpura cojea,
le falta libertad. El viejo acentos busque.
Púdrase esa artesa vieja de una vez; púdrase y surja
el pensamiento redimido [1993: 14].

            Censura la exageración de los poetas anteriores diciendo que son demasiado elegantes, demasiado cultos. Según él, el exceso de arte es antiartístico. Las grandes cualidades perecen por su exceso, por no reducirse a la proporción conveniente. Las formas cultas no tienen actualidad. La poesía está toda montada en metáforas y usa una lengua que parece natural pero que perecerá luego como la gongorina, cuando pasen las cosas presentes que aún sirven de razón. Censura, asimismo, la falta de profusidad creativa, esos poemas de agua-miel, poemitas de cerebros tullidos –son sus mismas palabras– inflados, estúpidos, compuestos, pujados, barnizados, que la gente común admira y, en Versos de circunstancias, se lamenta: «¡Por Dios que cansa / tanto poetín que su dolor de hormiga / al Universo incalculable cuenta!» [2001: 137].
            Los recursos de los poetas están ya manidos y Martí los desecha, no por no conocerlos, sino por considerarlos los lugares comunes de la creación poética. Así dice, refiriéndose a las figuras retóricas: “Yo conozco el placer de la palabra pintada y del palacio de los pensamientos y de decir lo que se ha sentido o visto. Pero ese es placer inferior y deber inferior” [1978: 408].  El, en sus versos, podría emplear abundantemente estos recursos y nos habla repetidamente de tantas imágenes que vienen a azotarle las sienes y a pasearse, como buscando forma ante sus ojos. Martí desecha el frío clasicismo dieciochesco de fingir, contra lo que enseña la naturaleza, una frialdad marmórea que suele dar hermosura de mármol a lo que escribe, pero que le quita lo que el estilo debe tener: el salto del arroyo, el color de las hojas, la majestad de la palma, la lava del volcán. El poeta se muestra enemigo implacable de reglas y conceptos, porque el lenguaje es obra del hombre y el hombre no ha de ser esclavo del lenguaje y, así, critica en sus obras esa atildada rima, esa vana y prestada robustez, esa académica tristeza, ese retórico artificio que empequeñece y merma el desordenado vuelo, como de águila herida, de la rebelde lírica moderna. El verso de Martí se aparta de la artificiosidad de los palacios y se sumerge en la exuberancia de las selvas:
El verso mío
puede, cual paje amable, ir por lujosas
salas, de aroma vario y luces ricas
temblando, enamorado, en el cortejo
de una ilustre princesa; o gratas nieves
repartiendo a las damas. De espadines
sabe mi verso y de jubón violeta
y toca rubia y calza acuchillada.
Sabe de vinos tibios y de amores
mi verso montaraz; pero el silencio
de la selva prolífica prefiere [2001: 165].

            Y, reafirmando lo mismo, en su libro Flores del destierro escribe:
Contra el verso retórico y ornado
el verso natural. Acá un torrente,
aquí una piedra seca. Allá un dorado
pájaro, que en las ramas verdes brilla
como una marañuela entre esmeraldas [2001: 147].

            Cuando Martí, en sus obras, nos da su concepto de poesía, habla de que ésta tiene dos modalidades; una de ellas es, en sus propias palabras, como un río de sangre, del alma atormentada, que rompe por entre peñascos en su espantada fuga y no abre sus ondas sino para dejar paso a clamores. Es la poesía pasional. La otra forma a la que se refiere es como una lira blanda de cuerdas sonantísimas en cuyos flexibles alambres hallan acordes fuertes todos los vientos de la vida. Pero, manifestada tanto en una forma como en la otra, la poesía para Martí ha de ser algo vivo; es necesario que debajo de las letras sangre un alma, pues, como ya hemos dicho, éstas nacen del dolor. El verso ha de hacer llorar, sollozar, increpar, castigar, crujir la lengua, domada por el pensamiento, como la silla cuando la monta el jinete. Ha de excitar al lector y eso sólo se consigue con sinceridad. Para Martí no podía haber más poesía lírica que la que saca cada uno de sí mismo, como si fuera su propio ser, al asunto único de cuya existencia no tuviera dudas. La sinceridad trae consigo la espontaneidad, otra cualidad imprescindible para él, ya que en su opinión las imágenes geniales, espontáneas y grandes no vienen del laboreo penoso de la mente, sino de su propia voluntad e instinto. La poesía no ha de perseguirse. Ella ha de perseguir al poeta. Pero la cualidad primordial para Martí es la amplitud, la exuberancia. A veces, una poesía es la esencia destilada de toda una vida. Y sólo en la Naturaleza encuentra él esa magnificencia. “¿Qué es poesía –nos dice– sino el concierto de soberbias íntimas, de amargos desfallecimientos, de patrióticas ansias, de perfumes del espíritu humano y del espíritu de la gran Naturaleza?” [1975: 166].  Esa misma naturaleza le presta su grandiosidad al poeta al servirle de modelo, porque si la naturaleza envía versos hechos al alma, ¿cómo han de ser pálidos versos los que copian la naturaleza tan potente? En su verso “Pandereta y zampoña” asevera:
Ola, el verso ha de ser azul y sano
y roble en que los vientos enfrenados
se paren a admirar y las palomas
a ahí abrir las alas y a colgar sus nidos;
roble de tronco firme y copa espesa
donde de flor en flor con lanza de oro
despertando corolas y desnudo
el amoroso canto vuele
y cubra sus alas de luz la mediodía [1993: 15].

            En cuanto a la sonoridad del verso, el poeta cubano la considera un elemento indispensable y nos dice que gusta del verso escultórico, vibrante como la porcelana, volador como un ave, ardiente y arrollador como una lengua de lava. En su opinión el verso ha de ser como una espada reluciente que deje a los lectores la memoria de un guerrero, que vaya camino del cielo y que al envainarse en el sol se rompa en alas. Para el poeta, el verso, aunque cumpla estos requisitos y posea las mencionadas cualidades, no puede ser considerado perfecto, pero el poeta no está obligado más que a vencer la dificultad con el mayor arte posible, puesto que un hijo de la naturaleza no puede superar a la naturaleza misma, que no cría árbol sin manchas, ni río sin recodo árido, ni hombre sin entrañas y menudencia, ni cielo sin nubes.
            En lo que respecta al estilo literario, afirma Martí que no quiere para su poesía la lengua débil de Séneca, ni la vacilante de Lucano. Prefiere la rugosa y troncal lengua del Génesis. Martí es muy particular en cuanto al empleo de las palabras. Apoya el uso de los neologismos, diciendo que no hay que invalidar vocablos útiles ni por qué cejar en la tarea de dar palabras nuevas a ideas nuevas. Martí no gusta del empleo excesivo de vocablos, a veces inútiles, que pueden servir para adornar, pero que no añaden nada nuevo a la obra. Ortega dice que la musicalidad de las palabras es una fuerza de placer estético importante en la creación poética, pero que nunca es el centro de gravedad de la poesía. Martí, intuyendo esta afirmación, proclama que el verso no ha de tener ni una palabra más de las que necesita, ni dos imágenes por una, ni una imagen donde no concluya a la claridad de la idea. Sin embargo, las palabras que emplea han de ser poderosas, gráficas, enérgicas y armoniosas. Sentido, musicalidad y color son las tres características que Martí les exige a las palabras para que puedan pasar a formar parte de sus versos.
            Finalmente, para Martí, la poesía sirve para cumplir dos funciones. La primera se refiere al ser íntimo del poeta: el verso que sirve para consolar a su creador de su tristeza y de su soledad. Así Martí nos dice: «Solo, estoy solo; viene el verso amigo / como el esposo diligente acude / de la erizada tórtola al reclamo» [2001: 86].
            Unicamente la poesía puede consolar y confortar al poeta: «Cuando, ¡oh, poesía!, / cuando en tu seno reposar me es dado / ancha es y hermosa y fúlgida la vida» [1993: 49].
            Poniendo su sentir en versos, el poeta amaina su dolor comunicándolo a la humanidad. Ahora bien, el poeta no ha de ser solamente cantor de sus quebrantos. Como Martí nos dice: “Un poeta es una lira puesta al viento, donde el Universo canta y ha de saber percibir la emoción colectiva y consolar la pena de los hombres” [Agramonte, 1971: 336]. La poesía tiene, a su modo de ver, una función social innegable. Para Martí no es poeta el que
... echa una hormiga a andar con una pompa de jabón al lomo, ni el que sale de hongo y chaqué a cantarle al balcón de la Edad Media con el ramillete de flores de pergamino... ni el que pone en verso la política y la sociología, sino el que, de su corazón listado en sangre, como jacinto, da luces y aromas; o batiendo en él, sin miedo de golpe, como parche de pelear, llama a triunfo y a fe al mundo y mueve a los hombres cielo arriba por donde va de eco en eco volando el redoble [Argilagos, 1918: 39].

            Ésta es la lección que Martí nos da: aquél que no entiende así a la poesía puede ser un versificador pero nunca un poeta. Poeta es una palabra peligrosa, para iniciados, algo a lo que todos los escritores no pueden aspirar. Para serlo se necesita valor y sensibilidad. Valor para enfrentarse con el mundo y sensibilidad para sentir como propios los dolores y las emociones de los demás humanos y mitigarlos con el don innato e imperecedero de la palabra.



Bibliografía

Agramonte, Roberto Daniel (1971): Martí y su concepción del mundo, San José: Universidad de Puerto Rico.
Argilagos,  Rafael G. (1918): Granos de oro: pensamientos seleccionados en las obras de José Martí. La Habana: Sociedad Editorial Cuba Contemporánea.
Martí, José (1978):  Obra literaria, Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Martí, José (1975):  Obras completas. vol. xxii, La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.
Martí, José (2001):  Poesía completa, La Habana: Letras Cubanas.
Martí, José (1993):  Versos libres, La Habana: Letras Cubanas.