La India colonial de Julio Verne


Enrique Gallud Jardiel
Papeles de la India, Vol. XXX, núm. 1, Nueva Delhi, 2001



         Tres son las novelas de Julio Verne que incluyen elementos relacionados con la India: en La isla misteriosa (L’île mystérieuse) el enigmático capitán Nemo resulta ser un cipayo escapado del país tras la rebelión de 1857 y cuyo odio a los ingleses le ha llevado a retirarse del mundo y a esconderse en la profundidad de los océanos en un artilugio (un futuro submarino) de su invención. En La vuelta al mundo en ochenta días  (Le tour du monde en quatre-vingts jours) existe un episodio en el que Phileass Fogg y su criado salvan a la protagonista de la novela, que iba a ser víctima de la práctica del sati, que tan inhumana parece a los europeos. Pero éstos son sólo aspectos episódicos si se los compara con la envergadura de una novela de bastante extensión ambientada por completo en la India y que, por ello, merece nuestra atención de forma especial: se trata de La casa de vapor  (La maison à vapeur), obra escrita en 1880 y que no puede, en puridad, clasificarse de “novela científica”, como otras de las que más fama han dado al autor. Es, sencillamente, una novela de aventuras y parece que Verne, al decidir elaborar una novela romántica, siguió el famoso consejo preconizado por Schlegel cuando afirmó que era en la India donde había que buscar el supremo romanticismo.

         Esta obra no figura entre las más conocidas, pese a ser indudablemente brillante. Lo que es de extrañar es cómo Verne no se fijó antes en la India como escenario para sus novelas de aventuras, como había hecho con éxito arrollador el italiano Emilio Salgari, contemporáneo de nuestro autor y autor de aventuras también muy leído en Europa en aquella época. Francia, por demás, tuvo desde el siglo XVII fuentes fidedignas sobre la India, con los libros de viajes de Bernier y Tavernier. En el siglo XIX la relación era mucho más amplia, aunque en parte se ajustaba a los modelos británicos de propaganda oficial. Afortunadamente, el excesivo celo patriótico de Verne le lleva a consultar únicamente fuentes francesas (o así lo parece) y la deformación de lo que se narra no es tan grande como se podría temer. En realidad, las lecturas de Verne fueron innumerables y supo, además, rodearse de especialistas. Sin embargo, tres fuentes específicas se pueden mencionar con seguridad, ya que aparecen citadas en la novela misma: son los libros de viajes de M. de Grandidier, de M. de Valbezen (Nouvelles Etudes sur les Anglais et l’Inde), obra calificada por el autor como “muy notable” y a la que hace frecuentes referencias, y, por último, La vie de Hionen Thsang de M. de Rousselet.

         La novela está ambientada en marzo de 1867, diez años después del levantamiento, y su argumento es, en parte, una secuela del mismo. Está narrada en primera persona y –naturalmente– por un francés, M. de Maucler, que se las ingenia para hallarse en medio de la oficialidad inglesa destacada en la India. A la hora de definir sus simpatías y la clasificación un tanto simplista de sus personajes en “buenos” y “malos”, Verne suele ser bastante claro en cuanto a sus preferencias en la nacionalidad. Francia y sus hijos tienen la supremacía en sus simpatías. Vienen a continuación, y por este orden, los americanos (por su espíritu de iniciativa), los ingleses y los rusos. Verne desprecia a los españoles y odia a los alemanes. Es, pues, un francés típico. Sin embargo, en esta novela el problema se complica. ¿Cuál ha de ser su postura ante los indios en comparación con los ingleses? Resuelve el conflicto –lo intenta, al menos– adoptando una postura un tanto ecléctica. Apoya a los independentistas indios ante los colonizadores ingleses. Pero, al mismo tiempo, defiende a los cristianos ingleses frente a los hindúes. Se solidariza con el pacifismo oriental ante la violencia europea y, al mismo tiempo, favorece al progreso occidental ante el atraso oriental. El resultado final es demasiado confuso y tiene que llevar su postura a un plano personal, de personajes positivos o negativos, independientemente de lo que representan. Es esto, quizá, un fallo de técnica, pues la obra nos narra el enfrentamiento de un oficial ingles (Edward Munro) y del famoso Nana Sahib, que mantiene con él una vendetta personal, y ninguno de los dos queda bienparado en descripción, dirigiéndose las simpatías del lector hacia otros personajes secundarios.

         La línea argumental es como sigue: Nana Sahib ha llegado a la presidencia de Bombay para organizar un nuevo levantamiento contra los invasores ingleses. Existe entre él y el coronel Munro una antigua enemistad, tras las matanzas de Cawnpore (Khampur) por haber desaparecido de ellas Lady Munro, a la que se supone muerta, pero que no fue hallada entre las víctimas. A Nana Sahib se le describe como un psicópata asesino que sólo desea la derrota de los ingleses para ser él el rey de la India su triunfa la revuelta. Se nos dice, además, que su odio al invasor no obedece a motivos patrióticos sino económicos, pues la Compañía de las Indias se negó a pagarle una pensión a la que él creía tener derecho. Inventando así un “malvado” para el argumento, resuelve Verne el problema antes mencionado. Nana Sahib cree también que Munro fue en persona el asesino de la reina de Jhansi.

         Munro, Maucler y varios otros amigos deciden hacer un viaje cinegético por la India y con esa finalidad se construye la “casa de vapor” o Gigante de Acero, que consiste en una locomotora con forma de elefante y ruedas adaptadas para los caminos de tierra de la India. El objetivo es ir de caza al norte del país, a las últimas estribaciones de los Himalaya. El itinerario sería de Calcuta a Allahabad, de allí al reino de Uda (Avadh), hasta el Tíbet y, luego, por Khampur, Gwalior y Jabalpur de vuelta hasta Bombay. Así lo hacen, y la novela es la descripción de este viajes y de las aventuras que entraña.

         En el transcurso del viaje aparecen otros personajes, como “la llama errante”, una loca que, con una tea encendida, vaga por los bosques y que, en un momento dado, reconoce a Nana Sahib, que sigue de incógnito a la expedición con propósito de venganza. Kalagani, el propio hermano de Nana Sahib, es otro personaje que se une a los ingleses en calidad de guía para servir a los designios de su hermano. Hay también un naturalista excéntrico que vive en medio de la selva y que les habla en detalle de la fauna india: panteras, tigres, osos, lobos, etc., y de sus costumbres.

         Por fin se llega al clímax de la obra, al enfrentamiento de Munro y Nana Sahib quien, a la cabeza de unos dakoits o bandidos, aprisiona al primero. Tras hacerlo, le ata a la boca de un cañón y recuerda que el abuelo de Munro fue el inventor de este suplicio y el que primero lo empleó. Todos estos últimos capítulos están llenos de gran melodramatismo. Durante la noche que Munro pasa atado al cañón, en espera del amanecer para ser despedazado, aparece la “llama errante”, que resulta ser su esposa, salvada milagrosamente en Cawnpore, pero que ha perdido la razón y que casi está a punto de prender la mecha del cañón con su tea encendida. Eventualmente, uno de los servidores fieles de Munro consigue desatarle en el último minuto y él y sus amigos huyen a bordo del Gigante de Acero hacia Jabalpur. Nana Sahib y sus hombres les persiguen. Los ingleses prenden a Nana Sahib y le atan a la trompa del elefante mecánico, fuerzan las calderas y le dejan estallar. Meses después, Lady Munro recobra la razón. Es, como se ve, una típica novela de aventuras y un bello ejemplo del género.

         Los libros de índole geográfica y lingüística consultados por Verne están evidentemente britanizados y esto se hace notar en la transliteración de nombres propios y de topónimos que hallamos. Tenemos, por ejemplo, Adjuntah (Ajanta), Jubbulpore (Jabalpur), Ramghur (Ramgarh), Cawnpore (Khampur), Pattyalah (Patiala), etc. La ‘h’ final es muy típica de las transliteraciones inglesas. Otros vocablos, en cambio, están afrancesados como El Tadje (Taj), con la ‘d’ intercalada junto a la ‘j’ para acercarse más al sonido original. Geográficamente hay que destacar el hecho de que Calcuta y Bombay son las ciudades que reciben más importancia en la narración como puntos de referencia y que la India “de verdad” se dice que es la del interior: las selvas de Kipling. Hay, sobre esto, un diálogo esclarecedor:

– No obstante, en el Noroeste hay ciudades muy interesantes –dijo Banks–: Delhi, Agra, Lahore...
– Amigo Banks –le interrumpió Hod–, ¿quién oyó jamás hablar de esos poblachos? (p. 126).

         En cuanto al léxico hindi, se mencionan en la novela unas dos docenas de términos vernáculos, más o menos incorrectos en cuanto a la grafía (gurgkha, tchita, nilgo, mulvi) o en cuanto al sentido, como hang u “opio líquido” (probablemente bhang, derivado del cannabis), bhil o “bárbaro” (quizá la tribu de los bhils), mhowhah o “planta” (el árbol mohwa), etc. También incluye el error casi imprescindible de confundir a los mogoles con los mongoles.

         Las aventuras que se nos narran son en extremo apasionantes incluso en la India, y mucho más para la mente europea. Verne da todo lo que de él se podía esperar en una novela sobre la India, desde la descripción del Everest y los Himalaya y las hazañas de los alpinistas que llevaron a cabo su ascensión, hasta las vicisitudes de la caza del tigre en el interior de la selva. Nos describe en detalle minucioso la ciudad santa de Benarés y el templo del Kailash en Ellora, con elementos tomados de libros excelentemente documentados. Además, se incluye un duelo del Gigante de Acero contra varios elefantes vivos de un rajá que encuentran en el camino, los peligros de un tornado durante el monzón, una invasión de serpientes en el campamento, un ataque de elefantes salvajes y otros muchos pequeños sucesos que contribuyen a darle a la novela el sabor que el lector europeo esperaba encontrar.

         Naturalmente, el respeto de Verne por la religión de su país le hace ser un tanto escéptico en cuanto al misticismo de los hindúes de Benarés, al descubrir las penitencias y las inmersiones en el Ganges. Habla de la “tierra santa de Aryavarta” refiriéndose a la India, pero también menciona la “barbarie nativa” en contraposición con la civilización moderna y occidental. Aunque casi no existe ninguna frase despectiva sobre el hinduismo o sus manifestaciones, hace hincapié quizá sin mucho conocimiento de causa en el dato histórico de cómo los brahmanes de Bihar desplazaron a los budistas de Magadha. Habla de 330 millones de dioses y describe el fanatismo de algunos hindúes, llegando a decir que varios de ellos se echaron al suelo, queriendo ser aplastados por las ruedas del Gigante de Acero, como si fuera el carro de Jagannath.

         Por último ha de mencionarse todo lo referente a la rebelión de los cipayos de 1857, origen del conflicto argumental de la obra y que se nos describe con detalle en el capítulo III, donde se nos habla de la situación política de la India desde el año de 1600, cuando tuvo lugar la fundación de la Compañía de las Indias Orientales. Aquí Verne no titubea y se pone decididamente de parte de los independentistas indios y de la causa por la que luchaban. Se entristece de que la rebelión no tuviera éxito y da cómo causa principal el hecho de que no tuviese un carácter verdaderamente nacional. Según Verne, la razón del fracaso fue que el campesinado no se interesó y que gran parte del ejército se mantuvo fiel a los ingleses. Nos habla del famoso episodio que, según se dice, desencadenó el levantamiento:

El gobierno inglés acababa de introducir en el ejército indígena el uso de la carabina Enfield, en la que es necesario el empleo de cartuchos engrasados. Un día se expandió el rumor de que esa grasa era, ya de vaca, ya de puerco, según que los cartuchos estuvieran destinados a los soldados indios o a los musulmanes del ejército indio. (p. 35).

         Y si se había hablado antes de las demasías de Nana Sahib, también se nos menciona cómo el mayor Munro reprimió la revuelta con inexorable energía y mandó atar a veintiocho rebeldes a la boca del cañón, como había hecho su abuelo. La represión inglesa, tras el fracaso del levantamiento, se cuenta en toda su crueldad:

El 30 de julio, mil doscientos treinta y siete prisioneros caían sucesivamente frente al pelotón de ejecución, y otros cincuenta no se libraban del último suplicio sino para morir, de hambre y de asfixia, en la prisión donde los tenían encerrados. (p. 38)

         Y acaba mencionando, con palabras de M. de Valbezen, la heroica indiferencia que los indios saben conservar tan bien cuando se hallan cara a cara con la muerte.

         Es lástima que no se conozca mejor en Europa esta novela de Verne y es lástima también que, aunque se haya reconocido la inventiva técnica del escritor francés y su contribución a la ficción científica, no se hayan apreciado otros valores literarios como los que encontramos en esta novela. Verne necesita una reivindicación y verse libre de ese encasillamiento de “autor de segunda fila” que ha venido haciéndose de él. La calidad de un autor está en función directa del mayor o menor éxito de sus propósitos literarios. Verne decidió cultivar una literatura fantástica y de evasión y lo logró plenamente, haciendo la delicias de muchas generaciones de lectores en casi todo el mundo. No hay que olvidar, además, que compartió con el gran Balzac el honor de que la Academia Francesa le cerrara las puertas.






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