Las claves del humor en las obras de Eduardo Mendoza

Enrique Gallud Jardiel 
www.literaturas.com/ (abril), 2007



         Algún día de un futuro no muy lejano, la tendencia a los estudios interdisciplinarios hará que los psicólogos desplacen a los filólogos en el estudio de la literatura y sus autores, y entonces quizá lleguemos a saber la razón de la fijación de Eduardo Mendoza con los locos y los marcianos, una tendencia que no deja de ser curiosa en el panorama literario actual, tan amigo de realismos y verosimilitudes, en donde «lo creíble» —no se sabe bien por qué— se ha visto convertido sistemáticamente en un valor.
         Pero Mendoza no es un escritor al uso, nunca lo ha sido, y ya desde sus inicios literarios con La verdad sobre el caso Savolta ha soslayado lo previsible y nos ha dado gratas sorpresas. Es, definitivamente —y esto sí que es una virtud—, un autor diferente. Baste para probarlo el hecho de que se atreva no ya experimentar con el humor, sino incluso a abundar en él, buscando un éxito difícil, al no ignorar las preferencias dramáticas y un tanto sentimentaloides del lector de novelas actual. Todo intento serio de dignificar lo cómico merece un respeto y una alabanza, y más en un país sin no mucho más humor que malas transcripciones de monólogos humorísticos televisivos, que no pasan de ser meras concatenaciones de chistes, y libros toscos y apresurados sobre la cotidianeidad y sobre lo difícil que resulta hoy en día ser mujer, u hombre, o ambas cosas a la vez. De ahí mi entusiasmo por Mendoza.
         Las obras sobre las que basaré mi estudio de recursos cómicos pertenecen a dos series. La primera es la del detective loco, que incluye las novelas El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982) y La aventura del tocador de señoras (2001). En ellas se hace una apología de la locura en un mundo de sensatos materialistas, donde todos están —en palabras de León Felipe— «terrible, horriblemente cuerdos». Se parangona la locura con la libertad y las novelas sirven como vehículo idóneo para hacer un repaso crítico a la sociedad española en general y a la catalana en particular. La segunda serie de novelas empleada es la de los extraterrestres, iniciada con el magnífico libro Sin noticias de Gurb (1991) y complementada recientemente con la obra El último trayecto de Horacio Dos (2002). Aquí se produce una interesante inversión de valores, pues en las aventuras de los marcianos —aunque no son tales, sino simplemente de otro planeta— nosotros somos los locos y la raíz y causa de todo absurdo. La crítica que en estos libros se hace es bastante más amplia: traspasa los límites de lo nacional y abarca todo Occidente y sus formas de vida.
         A mi entender son libros muy meritorios y dignos de estudio, aunque, obviamente, no carecen de defectos. Tras una primera lectura podrían apuntarse dos. El primero sería, quizá, la calidad desigual de las novelas del loco-detective. Ya el Dr. Pedro Carrero, en su libro titulado Españoles y extranjeros: última narrativa, refiriéndose a la segunda entrega de la trilogía, afirma lo siguiente:
         En El laberinto Mendoza no conseguía sostener el mismo nivel de ingenio, humor, penetración psicológica y sociológica, perfección estilística y descripción inteligente de lo cutre que, en fórmula perfecta, nos había ofrecido en La cripta. Algunas de las páginas de El laberinto nos recordaban las de cualquier novela policíaca pergeñada con precipitación y sin el debido respeto al estilo.
        
         El segundo defecto, a mi modo de ver, sería su rabiosa actualidad, la descripción de un mundo excesivamente cercano a nosotros, lo que dota a las obras de un valor innegable hoy y las convierte en un buen testimonio sociológico para mañana, pero que, cuando el humor anda por medio, es algo desaconsejable, pues los lectores futuros no siempre sabrán de qué o de quién se está riendo el autor. Nuestros nietos, con toda probabilidad, no hallarán especialmente divertido que un extraterrestre tome la forma corporal de Marta Sánchez, como sucede en Sin noticias de Gurb. Es lo que yo denomino el “efecto Aristófanes”. Todos sabemos que el comediógrafo ateniense fustigó con gran ingenio y humor a su siglo, pero como desconocemos las premisas, sus obras hoy no nos hacen casi ninguna gracia. Y las novelas de Mendoza perderán gran parte de la suya cuando cambien las formas de vida que tenemos ahora. Si es que cambian, como yo confío que suceda para bien de todos.
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         El género empleado por el autor de La ciudad de los prodigios es la eficaz y siempre infravalorada parodia que, a decir de Henri Bergson, uno de los grandes estudiosos de lo cómico, es la que ha sugerido a algunos filósofos la idea de definir lo cómico en general como una degradación, creándose así la teoría de la superioridad, que postula que la risa surge al considerar al prójimo como un ser inferior, pues si nos reímos del que resbala con una piel de plátano es porque consideramos que nosotros somos más listos y, en su situación, no nos caeríamos.
         La forma de parodia que emplea Mendoza abarca dos géneros literarios bien definidos y de gran tradición: la novela detectivesca y la ciencia-ficción. Pero en el género literario de la primera serie mencionada incluye otros elementos. Su protagonista —un alienado, empleado bajo cuerda por la policía para resolver asuntos sucios— tiene mucho del pícaro tradicional, aunque por la modernidad de su personalidad se asemeja más al tipo del «fresco» del género teatral del astracán de principios del siglo XX que a su antecedente renacentista y barroco. El autor emplea la primera persona para contarnos las aventuras de su héroe y adecua la prosa confusa y enrevesada para mostrarnos los procesos mentales del loco. Veamos una descripción de su situación civil:
         El trajín de los últimos años me había impedido hasta la fecha solicitar el Documento Nacional de Identidad e incluso regularizar mi situación legal, ya que al venir yo al mundo, mi padre o mi madre o quienquiera que me trajo a él, no se tomó la molestia de inscribirme en el registro civil, por lo que no quedó de mi existencia otra constancia que la que yo mismo fui dando, con más tesón que acierto, por medio de mis actos; y comoquiera que en épocas recientes [...] habían sido retirados de la circulación los registros penales y las fichas policiales, mi situación era comparable a la de ciertos animales extintos, bien que sin interés científico alguno.


         Mendoza no desperdicia la ocasión de reírse de los tópicos habituales de las novelas policíacas —e incluso de las películas—. Los ladrones que se disponen a dar un «golpe», deciden sincronizar sus relojes, pero esta operación resulta ser mucho más complicada de lo que parecía a simple vista y, en ello, pierden muchísimo tiempo, pues el reloj del protagonista, comprado por diez duros en un andén de metro a un moro mal afeitado, no posee la virtud de la regularidad. La típica pelea en al bar tampoco resulta como se espera, y el que coge por el gollete una botella de vino vacía y la estrella contra el mostrador, sólo consigue clavarse en la mano los cristales, lo que le lleva a exclamar, indignado, que en las películas siempre sale bien. Y las persecuciones en coche son un fracaso todavía mayor. El protagonista salta al coche-patrulla y, haciendo sonar la sirena y mostrando por la ventanilla un puño amenazador, logra hacer el trayecto entre Vía Layetana y San Gervasio en menos de media hora, aunque la Diagonal estaba imposible. En un capítulo posterior lo intenta de nuevo y se lleva una sorpresa:
         Yo paré un taxi, que ya antes había avizorado, y saltando dentro le dije al taxista:
         —Siga a esos dos coches, soy de la secreta.
         El taxista me mostró una chapa.
         —Yo también —dijo—. ¿Qué rama?
         —Estupefacientes —improvisé—. ¿Cómo va lo de los trienios?

         El segundo género parodiado es la ciencia-ficción; y unos absurdos extraterrestres llegados a nuestro planeta se topan con un mundo infinitamente más absurdo que el suyo, creando de continuo situaciones cómicas que más adelante analizaremos. Los más eficaces tópicos del género parecen perder brillo bajo la mirada de Mendoza y en el medio urbano de la Ciudad Condal. El capitán de la nave espacial, dedicado a la búsqueda de su compañero alienígena, desaparecido en la Tierra, utiliza ese rayo transportador tan del agrado de los escritores de ciencia-ficción y popularizado por la serie televisiva de Star Trek. Se materializa en un lugar desconocido para él, denominado Diagonal-Paseo de Gracia, y es inmediatamente arrollado por el autobús número 17 Barceloneta-Vall d’Hebron.
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         Tratemos ahora de los recursos humorísticos comunes a ambas series de novelas.
         Es más que evidente que las obras a las que nos referimos sirven perfectamente de base para un estudio sistemático de lo «cutre». Podemos hallar esporádicos atisbos de refinamiento y de buen gusto en personajes y ambientes, pero son algo enteramente superficial y efímero. Al poco, la cara más sórdida y plebeya de la sociedad se muestra de nuevo, recalcando la opinión de Mendoza sobre el mundo en el que vive. La escatología se hace patente en todas sus formas y se convierte en uno de los recursos de comicidad más efectistas, especialmente en las aventuras del detective. En ellas, el narrador abandona el relato estricto de los acontecimientos y se detiene a hacer descripciones únicamente para centrarse en dichos aspectos. Si un personaje abre la boca, se nos detallan sus empastes y sus caries. Si pretende sentarse en una butaca, deberá antes desalojar de ella a algún gato muerto. Si salta por una ventana para escapar de una situación comprometida, caerá sobre un montón de detritus, integrado a partes iguales por restos de pescado, verdura, frutas, hortalizas, huevos, mondongos y otros despojos, todo ello en estado de avanzada descomposición. Si conversa con una persona de edad, ésta, «con el don natural de las personas ancianas para lo interesante y lo festivo», le referirá una selección de sus mejores diarreas. Las descripciones de los hoteles nos recuerdan a los más soeces pasajes de Quevedo en la Vida del Buscón don Pablos:
         La habitación que me tocó en suerte era una pocilga y olía a meados. Las sábanas estaban tan sucias que hube de despegarlas tironeando. Bajo la almohada encontré un calcetín agujereado. El cuarto de baño comunal parecía una piscina, el water y el lavabo estaban embozados y flotaba en este último una sustancia viscosa e irisada muy del agrado de las moscas.


         Los intentos de substraerse del dominio de lo escatológico fracasan indefectiblemente. Cuando el loco solicita un orinal para sus necesidades, su interlocutor le dice que ya no posee ninguno. El que tenía era un bacín de loza muy cómico, con un ojo y esta leyenda: «Te veo». A su finada esposa le daba mucha risa cada vez que lo usaba, por lo que cuando murió, él había insistido en que la enterrasen con el bacín. Las dificultades de esta índole se multiplican:
         Pregunté por el inodoro, porque precisaba orinar, y me señaló el ventanuco. [...]
         —Yo, con la ventana me arreglo. Para hacer mayores es un poco incómodo, claro, pero la práctica lo facilita todo, ¿no cree usted?

         Son particularmente repugnantes aquellos pasajes en los que el loco se ve en la necesidad de alimentarse. Para él, el mejor manjar que puede hallarse en esta tierra, el néctar supremo, es la Pepsi Cola, que ingiere con una voluptuosidad rayana en erotismo. Pero su economía no siempre le permite ese lujo, por lo que es más frecuente que beba alborozado las aguas clóricas de la fuente de Canaletas. Afortunadamente, no es una persona aprensiva ni con remilgos, en cuanto a lo que a comida se refiere:
         Busqué en las papeleras y alcorques circundantes y no me costó mucho dar con medio bocadillo [...] de frankfurt que algún paseante ahíto había arrojado y que deglutí con avidez, aunque estaba algo agrio de sabor y baboso de textura.

         En conexión con la escatología se encuentra el recurso del eufemismo, esto es: la presentación en forma elegante de una noción desagradable. Su uso es una constante en la narración y suele producir un resultado original el hecho de que los personajes intenten continuadamente ocultar la cara desagradable del mundo con bellas palabras, alusiones veladas, circunloquios y otros artificios retóricos. Encontramos el eufemismo por inferencia al hacerse la descripción de la habitación de un hotel. Se nos dice que el cuarto de baño tenía todos sus componentes, aunque algún cliente había hecho de ellos mal uso a juzgar por lo que flotaba en la bañera. El eufemismo puede ir también combinado con el lenguaje metafórico:
         Restañé el sudor que perlaba mi frente y otras partes menos nobles de mi anatomía.


         El loco nos cuenta su situación laboral —por llamarla de algún modo— mediante un eufemismo perifrástico:
         En mis malas épocas no había desdeñado la iniquidad de ser confidente de la policía a cambio de una efímera tolerancia y a costa, en cambio, de concitar la malquerencia de mis cofrades ultra los límites de la legislación vigente, cosa ésta que me había reportado más sinsabores que ventajas a largo plazo.


         El recurso complementario, el disfemismo o tratamiento deliberada y exageradamente soez de la realidad, es menos habitual. Este medio de creación de humor —base de la comicidad de personajes de tebeo, como Makinavaja, o cinematográficos, como Torrente— es aquí empleado en contadísimas ocasiones, lo que sorprende, considerando los ambientes que se describen. Es obvio que Mendoza quiere proporcionar un tono de irrealidad a su relato. El caso más claro lo vemos cuando el detective se dirige a hacer una visita a su hermana, la prostituta cincuentona, jorobada y contrahecha:
         —Hola Cándida —dije yo— [...] Estás más joven y más guapa que nunca.
         —Me cago en tus huesos –fue su saludo—, ¡te has escapado del manicomio!

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         Las diversas formas de aplicación de la lógica se emplean también frecuentemente como fuente de humor. Su uso suele servir para una crítica indirecta de la defectuosa organización social. Ante la repetición de un mismo apellido en la guía telefónica, Mendoza protesta de que el gobierno permita que varios ciudadanos se llamen igual, con la consiguiente confusión. ¿Qué haría el servicio postal —se pregunta— si veinte localidades se llamasen, pongamos por caso, Segovia?
         La deducción lógica puede combinarse con el recurso de la obviedad o con el de la sorpresa. Cuando la deducción es demasiado evidente, obtenemos un visión perogrullesca de la vida. Contemplando a un tipo alto y fornido, con facciones de negro y color de negro, el protagonista deduce que debe de ser un negro, salvo que vaya pintado.
         La inclusión de la sorpresa funciona cuando el razonamiento es muy evidente, pero únicamente a posteriori, como en el ejemplo siguiente:
         La dama en cuestión sonreía con los labios cerrados, pero su mirada era escrutadora y sus cejas, muy pobladas, estaban fruncidas, lo que hacía que una arruga perfectamente horizontal surcara su frente, por lo demás tan terso como el resto de su cutis, en el que no había traza de afeites y sí una tenue sombra de bigote. De todo lo que antecede deduje que me encontraba en la presencia de una monja.


         Es divertida también la eliminación deliberada de una de las premisas, lo que se denomina «razonamiento incompleto». Ante la descripción de dos barrios de la ciudad, uno lujoso y otro miserable, Mendoza se pregunta por qué hay gente que vive en el barrio pobre, cuando en el otro se está mejor.
         La relación causa-efecto se halla muy presente en los recursos empleados por nuestro autor. La pregunta es: ¿Debe producirse siempre un resultado como consecuencia de un acto? Se nos describe un viaje en avión y del personaje se nos cuenta que pasó la mayor parte del vuelo tratando de provocarse vómitos para no desdeñar la bolsita que alguien había colocado a tal efecto delante de su asiento. Aquí, en la mente del loco, se elimina la premisa de la condicionalidad: obviamente, si no se necesita, no se tiene por qué vomitar.
         La descripción de los efectos esperados de las cosas, combinada con otros procedimientos, puede ser también origen de comicidad, en relación con el contexto. Una comisión que visita una fábrica de galletas ricas en fibra y muy estimulantes del tracto intestinal es obsequiada con una degustación de sus productos, por lo que apenas el autocar se detiene en el patio central y se abren las puertas automáticas, cuando saltan fuera sus ocupantes, preguntando al unísono y con desafuero dónde están los servicios. Asimismo no carece de efecto la combinación con la prolepsis, esto es: la previsión de lo que va a suceder, como vemos a continuación:
         Pagué religiosamente lo que marcaba el taxímetro, añadiendo al monto una peseta de propina. Perseguido por los escupitajos del taxista, hice mi entrada en el vestíbulo del hotel.
        
         La desproporción causa-efecto, a decir de Bergson, mueve automáticamente a risa. En la nave capitaneada por Horacio Dos, cuando cunde el descontento porque a los tripulantes no les gustan las gachas de arroz, el segundo de a bordo propone gasearlos preventivamente.
         En relación con este procedimiento tenemos el de la expectativa defraudada, o sea: causa sin efecto o con un efecto distinto al esperado. La risa proviene de una espera que súbitamente se resuelve en nada. En la nave espacial, una comisión del sector de las Mujeres Descarriadas pide audiencia al capitán. La componen tres mujeres que dicen hablar en nombre de todas, pero a la hora de exponer los motivos de su comparecencia ninguna quiere tomar la palabra y, después de un largo silencio, las tres se retiran al unísono.
         Pero la lógica puede usarse de manera sofística y engañosa, conduciendo directamente a la incongruencia. La falsa lógica se basa en la bisociación, en el paso de un contexto asociativo a otro. De esta manera, cuando al loco se le pregunta por qué va en paños menores, éste responde que para una visita familiar ha optado por un atuendo informal, pues no es un esclavo de la moda.
         De entre las teorías del origen de lo cómico, la de la incongruencia es una de las más modernas y quizá el primero en enunciarla fue Søren Kierkeggard, quien enunció que: «Donde hay vida, hay contradicción; y donde hay contradicción, lo cómico está presente.» El humor sería, pues, el resultado de la contemplación amable de las incongruencias de la vida, y los personajes de Mendoza no cesan de realizar acciones de este tipo. El detective loco visita a una anciana que se encuentra enferma en un hospital y le regala un tren eléctrico y una máscara mortuoria de Oliver Hardy. El extraterrestre entra en una joyería, se compra un Rolex de oro automático, sumergible, antimagnético y antichoque, y lo rompe in situ. Pero este comportamiento no se da únicamente en los personajes estrafalarios, sino que es inherente a todos:
         Cuando me llegó la hora de comparecer ante la justicia y rendir cuentas de mis acciones, cuanto se hubiera podido alegar a mi favor era tan endeble y su posible incidencia en el fallo tan escasa, que mi abogado se limitó a enviar al tribunal una postal desde Menorca.


         Según indica Arthur Schopenhauer, la causa de la risa es la percepción súbita de la incongruencia entre un concepto y los objetos reales. Tal sucede cuando en el manicomio, para que los locos jueguen al fútbol, la gerencia les regala pelotas de golf, lo que dificulta mucho el regatear y el chutar, y hace muy doloroso el rematar de cabeza.
         Muchas veces el absurdo no es gratuito, sino que se justifica mediante la ignorancia de las reglas de comportamiento debido al contraste de culturas. Es decir, serían absurdos sólo en un contexto, pero quizá no en otro, como sucede en el momento en el que el extraterrestre, en un restaurante, es conducido en volandas a una mesa engalanada con un ramo de flores y, para no parecer descortés, las ingiere.
         Mendoza hace un empleo óptimo de este procedimiento, y su extraterrestre —con capacidad de adquirir la forma humana deseada, y creyendo que unas apariencias concretas pueden facilitarle sus gestiones en diversos círculos— se transforma sucesivamente en varios personajes conocidos. Primero, adopta la apariencia del conde-duque de Olivares, para dar una imagen de poder. Cuando quiere parecer serio, se transforma en don José Ortega y Gasset. Sus aventuras en la forma de Gary Cooper no tienen mucho éxito, porque unos mozalbetes le roban la pistola y la estrella de sherif. Luego es Julio Romero de Torres, para ir a un bar. Para dar impresión de solvencia al abrir una cuenta bancaria se transforma en Pío XII. Después adopta sucesivamente las formas del Duque y la Duquesa de Kent, de Luciano Pavarotti, Manuel Vázquez Montalbán y el Mahatma Gandhi en taparrabos, cuando tiene mucho calor. Más tarde es D’Allembert, Gilbert Becaud vestido de ninja, Alfonso V el Magnánimo, el faraón Tutmosis II y, finalmente, Jacques-Yves Cousteau, pero esta apariencia no le resulta muy cómoda porque tiene problemas con la escafandra.
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         El cambio de nivel es uno de los procedimientos más empleados por Mendoza. Una frase ha de resultar cómica si expresa indiferentemente dos sistemas de ideas enteramente independientes o si traspone una idea a otro tono que no es el suyo, mezclando mundos heterogéneos. En estas obras hallamos un cambio de nivel hacia arriba, cosa poco frecuente, en las expresiones cultas y elegantes de los personajes cutres, lo que proporciona al relato un tono de comicidad mantenida. Pero el sistema más eficaz es el de la bajada de nivel, pasando de un plano superior a otro inferior, por ejemplo, mezclando lo mental con lo material:
         Me metí en la cama y traté de dormirme, repitiendo para mis adentros la hora en que quería despertarme, pues sé que el inconsciente, además de desvirtuar nuestra infancia, tergiversar nuestros afectos, recordarnos lo que ansiamos olvidar, revelarnos nuestra abyecta condición y destrozarnos, en suma, la vida, cuando se le antoja y a modo de compensación, hace las veces de despertador.


         Este recurso tiene más efecto cuanto mayor es la disparidad de los términos yuxtapuestos. Se nos habla de dos niñas que estudiaron juntas de pequeñas, eran amigas y no tenían secretos la una para la otra. Una quería ser modelo y la otra, teniente de la División Acorazada Brunete.
         Para reforzar el efecto puede emplearse el matiz lingüístico, como cuando se menciona el nombre del doctor Aristóteles Argyris Agustinopoulos, más conocido como «Nalgaloca». El aspecto visual sugerido puede ser también decisivo. Un negro africano intenta congraciarse con un catalán y, para ello, le dice lo siguiente:
         Usted y yo militamos en el mismo bando, aunque con distintas banderas. La de mi país es como la senyera, pero con un mandril en medio.


         Obviamente, si este recurso se complementa con el empleo de escatologías, defectos físicos o tendencias vergonzantes del ser humano, el resultado es más intenso:
         Hace un año contraté un aprendiz al que hube de despedir en seguida pues, aparte de que carecía de la finura, la elegancia natural y el don de gentes esenciales en este tipo de actividad, no se dejaba dar por el culo.

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         La comicidad mediante juegos lingüísticos es muy común en Eduardo Mendoza, que vuelve a poner de moda un humorismo verbal casi desaparecido desde la época del sainete y, todo hay que decirlo, bastante desprestigiado durante muchos años. El autor se divierte particularmente con el empleo de antropónimos absurdos y de connotaciones cómicas, tanto por su sentido como por su fonética. Por ello encontramos personajes episódicos que se llaman Pepito Purulencias, Ceregumio Lavaca, Suzanna Trash («basura», en inglés), Calomelo Purga, Isabel Peraplana, etc. Ocasionalmente el novelista hace comentarios jocosos sobre ellos. Menciona a un tal señor Chulferga y se pregunta si es posible que alguien se llame una cosa tan fea. Similarmente, el extraterrestre que oye por radio el nombre de Lluc Puig y Roig cree estar escuchando una recepción defectuosa e incompleta.
         La moda de los nombres de pila pintorescos queda también satirizada en una anécdota sobre la madre del loco, quien, por estar enamorada de Clark Gable, el día de su bautizo se empeñó a media ceremonia en que el niño tenía que llamarse «Loquelvientosellevó», sugerencia ésta que indignó bastante al párroco que oficiaba los ritos.
         Se ríe Mendoza de la ignorancia léxica de sus compatriotas y no duda en poner en boca de sus personajes todo tipo de vulgarismos, como cuando la policía efectúa unos arrestos con la contundente frase de «¡No moversus! ¡Quedáis ustedes deteníos!» El desconocimiento del significado real de los vocablos es también un recurso útil y el peluquero afirma tener una peluquería estrictamente «unisex», aunque luego reconoce que admite en ella por igual a hombres y mujeres. Estos errores se pueden producir por similitud fonética, como en este diálogo:
         —Mi abuelo había sido fetichista —siguió contando Ivet Pardalot— y por eso tenía pistola.
         —Falangista, monina —corrigió el abogado.


         Mendoza responde a la característica descrita por Manuel Seco en su interesante libro Arniches y el habla de Madrid, según el cual el español muestra una tendencia natural a jugar con el idioma, al que trata sin formalidad y sin respeto, ejercitando su libertad sobre una de las pocas cosas de las que puede disfrutar gratis. Y, por eso, no se inhibe a la hora de crear neologismos como «visiteo» o «tratamiento cosmetológico». Sí, en cambio, protesta contra la tendencia al empleo de extranjerismos, especialmente los de origen sajón:
         —Yo no soy gay —grité recurriendo a la terminología al uso [...] —. Tengo problemas, como todo el mundo, pero no soy lo que usted piensa. Bien es cierto que no tengo nada contra la gayez, salvo que repruebo el uso de un barbarismo, habiendo en nuestra lengua tantos sinónimos idóneos.


         Tampoco es nada amigo del abuso de esa terminología imprecisa que se pone de moda y según la cual los teatros tienen «ofertas» y los políticos «apuestan» por cosas. Ridiculiza la utilización de estos vocablos, cuando la directora del Museo de Arte Moderno explica que la autoridad responsable ha decidido actualizar el museo y convertirlo en un centro multisectorial, interdisciplinario y, si el presupuesto llega, lúdico. En cambio, no duda en servirse de la intertextualidad como elemento de sátira y define al médico que está al frente del manicomio con un fragmento del Corán, llamándole «Nuestro querido director, el doctor Sugrañes, el compasivo, el misericordioso.»
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         Las figuras retóricas proporcionan a Mendoza un campo muy amplio en el que experimentar con su peculiar humor. Sus personajes emplean el hipérbaton o cambio del orden de las palabras, cuando quieren dotar a su lengua un deje de cultura y elegancia, consiguiendo tan sólo una expresión forzada. El loco le pregunta a su hermana por su antiguo novio:
         —¿Y qué se hizo de aquel buen mozo a quien tuve el gusto de conocer no ha mucho y que, si he de creer lo que ven mis ojos, tan encandilado contigo estaba?


         Nuestro autor gusta particularmente de la anfibología, esto es: el empleo de un vocablo en dos acepciones distintas o en sentido propio y figurado, creando un equívoco o subrayando el ingenio de la asociación de ambas acepciones. Puede así conseguirse humor por alusión a un sentido picaresco y oculto. Buen ejemplo es el mismo título de su novela La aventura del tocador de señoras, que no se refiere a un erotómano, sino a un peluquero. Éste nos cuenta una experiencia en su establecimiento:
         Poco antes del mediodía me despertó una mujer para preguntarme si podía teñirle de rubio el husky. Le dije que sí, pero cuando me enteré de que era un perro monté en cólera y la eché con cajas destempladas.


         El recurso se complementa con la explicación de los dobles sentidos, al contar la historia de un ladrón que había robado varios bancos, especificando que no eran bancos de sentarse, sino oficinas bancarias.
         Muy cercano al anterior está el procedimiento de la paronomasia, basado en la similitud fonética de términos inconexos semánticamente. El novelista nos habla de un local de alterne: el Leashes American Bar, más comúnmente conocido por «El Leches».
         En sus obras encontramos buen número de metáforas de corte humorístico y para indicar que un personaje ha envejecido, Mendoza afirma que «los años transcurridos le han ido propinando a su paso fieras coces» o que «se desliza por la ladera descendente de la vida haciendo slalom». Y también nos tropezamos con algún símil ocasional, en el que el humor se deriva de la sorpresa, cuando el término comparativo es totalmente inesperado, debido a su exotismo: «Los cables del ascensor colgaban como fideos exánimes.»
         La voz del narrador incurre en frecuentes tautologías o reiteraciones, al informarnos de que unos personajes entraron en el edificio del sanatorio o sanatorio propiamente dicho. Y es también habitual la perífrasis que, al emplear muchas palabras donde una sola bastaría, denota ya una actitud lúdica. Para indicar que el comisario Flores está ya muy mayor, el autor dice:
         La guadaña impía del tiempo había restado donaire a su fina estampa, que no empaque, abotargando su faz, desertificando su cráneo, cariando sus molares, acreciendo michelines a su cintura y activando sus glándulas sebáceas en todo clima, lugar y circunstancias.


         Más común es todavía en sus novelas la digresión, el acto de apartarse deliberadamente de la línea narrativa para contar algo accesorio, superfluo o evidente. Escribe «En los años setenta» y añade entre paréntesis «de nuestra era» o nos cuenta que un personaje abandona una habitación no sin levantarse antes y recorrer la distancia que media entre su asiento y la puerta. Tales digresiones o bien parecen presuponer la subnormalidad del lector o son un reflejo deliberado de la confusión de los procesos mentales del personaje, lo que lleva a éste a una justificación continua e innecesaria de los elementos de su discurso:
         El policía se contentó con vaciar el cargador de su metralleta sobre el Seat, [...] dejando motor, carrocería y cristales como un queso de Gruyere. Diré de pasada que no ignoro que el queso de Gruyere no tiene agujeros, perteneciendo éstos más bien a otra marca cuyo nombre he olvidado, y que he utilizado el parangón que antecede porque en el habla común de nuestra tierra suele identificarse con el primero de ambos quesos, el Gruyere, toda superficie horadada.


         El procedimiento retórico de la acumulación le es muy útil al autor para la caracterización de su alienado protagonista, quien, para escribir una carta, se encierra en su casa con una resma de papel, falsilla, tintero, plumillas, mango, papel secante, un boli (de refuerzo), el María Moliner, un manual de correspondencia (amorosa y mercantil), el refranero, la antología de la poesía española de Sainz de Robles y el libro de estilo de El Pais.
         La repetición le da igualmente excelentes resultados, habiéndose de destacar el buen sentido de la medida con que Mendoza la trata, pues es éste un recurso un tanto traicionero: cuando algo se repite, tiene gracia. La comicidad aumenta con el número de repeticiones, pero únicamente hasta un punto determinado e impreciso, a partir del cual la repetición cansa, en lugar de aumentar la hilaridad. Saber cuántas veces puede repetirse algo sin que pierda su efecto es uno de los trucos más complejos del humorismo. Mendoza sabe dosificarse y su extraterrestre apunta en un diario sus vicisitudes en un paseo por Barcelona:
15.01 Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Catalana de Gas.
15.02 Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Hidroeléctrica de Cataluña.
15.03 Me caigo en una zanja abierta por la Compañía de Aguas de Barcelona.
15.04 Me caigo en una zanja abierta por la Compañía Telefónica Nacional.
15.05 Me caigo en una zanja abierta por la asociación de vecinos de la calle Córcega.

         La prolepsis o anticipación la utiliza también Mendoza de manera explícita e implícita. La forma de prolepsis explícita es aquella en la que se especifica claramente lo que va a suceder, como en el caso de un personaje que habla de su mujer:
         Cándida es servicial y muy sufrida, no se inmiscuye en mis asuntos, saca a pasear a mi madre por la azotea cuando hace bueno, no incurre en gastos suntuarios y limpia casi tanto como ensucia. Sé que un día las mataré a las dos a hachazos, pero entre tanto, vivimos bien.


         La forma implícita precisa que sea el lector quien deduzca las posibilidades de una acción planteada. Al iniciarse un vuelo del puente aéreo Madrid-Barcelona, la azafata da la bienvenida en nombre del comandante Flippo, que se acaba de reincorporar ese mismo día al servicio tras su reciente operación de cataratas.
         Del procedimiento retórico del contraste ya hemos tratado antes, al tratar del cambio de nivel. Lo observamos en el estilo de lengua elegante que emplea un loco sin cultura ni posición social y que se desenvuelve en un medio cutre; y también cuando el extraterrestre, en vez de comportarse como se espera de un ser de otra galaxia, se pone el pijama, ve concursos televisivos semejantes a los que ven los humanos y reza sus oraciones antes de acostarse. O cuando se nos describe la elegancia de un restaurante y lo refinado de sus especialidades:
         De lo exquisito de los aromas que allí flotaban y de la primorosa apariencia de algunos platos ya listos para ser servidos deduje que la cocina en cuestión debía de pertenecer a algún restaurante de lujo [...] aunque debo decir, en honor a la verdad, que en el santuario de la gastronomía en el que momentáneamente me encontraba percibí a un cocinero que se refrescaba los pies en un perol de vichyssoise.


         La atenuación, consistente en no decir todo lo que se pretende, es una variedad de eufemismo conceptual que encaja muy bien en el estilo peculiar de Mendoza, donde se aúnan estrechamente lo refinado y lo vulgar. El loco intenta convencer a un ministro para que le permita abandonar el sanatorio mental, diciéndole:
         Me gustaría salir, Excelencia. Yo no sé si Vuestra Excelencia ha estado encerrado alguna vez en un manicomio, pero, de ser así, sabrá que los alicientes son pocos.


         En la serie de los extraterrestres encontramos el recurso del distanciamiento, creándose la aparente disociación indiferente del personaje con lo que sucede en el mundo exterior. Ésta es la entrada que el alienígena hace en su diario, tras ser detenido por la policía:
         Un coche-patrulla de la policía nacional se detiene a mi lado. Desciende un miembro de la policía nacional, me informa de los derechos constitucionales que me asisten, me pone las esposas y me mete en el coche-patrulla de un capón. Temperatura 21 grados centígrados; humedad relativa, 75 por ciento; viento racheado de componente sur; estado de la mar, marejadilla.


         No podía faltar la ironía, que se produce cuando se enuncia lo que debería ser, fingiendo creer que es precisamente lo que es. De esta forma Mendoza nos cuenta que sobre el doctor Sugrañes el Altísimo ha derramado sus dones a porfía. Y el extraterrestre, para aprovechar el tiempo, inicia la lectura sistemática de la llamada narrativa española contemporánea, muy reputada dentro y fuera de este planeta. Pero el blanco más claro de sus sarcasmos son las instituciones estatales y autonómicas, entre las que menciona al excelentísimo e ilustrísimo ayuntamiento, la celebérrima y dos veces preclara diputación provincial, las integérrimas y esforzadísimas consejerías de sanidad y bienestar social, el prudentísimo y garbosísimo arzobispado, la avispadísima y gentilísima audiencia territorial, la pulquérrima y divertidísima dirección general de prisiones, la famosísima y muy gallarda jefatura superior de policía, y el prestigiosísimo y trascendidísimo departamento de rehabilitación de delincuentes y personas descarriadas.
         Pero, sin lugar a dudas, los dos tropos preferidos por Mendoza, si hemos de basarnos estadísticamente en su frecuencia de aparición, son la hipérbole y el adynaton. La hipérbole o exageración suele ser aquí prolongada y sistemática, y, sobre todo, desmesurada, lo que provoca, a la vez que humor, artificialidad, y hace que el lector recuerde que aquello que se le está contando es mentira, que todo es aproximativo y no debe tomarse en sentido literal. Entre las cosas que nos narra el novelista, distinguimos varios grados. El primero sería el de la exageración común y divertida, en la que todos incurrimos, como cuando afirma que los calzoncillos estaban tan sucios que difícilmente se habrían podido desprender de la piel sin herramientas. O como cuando el peluquero tiene que lavar y desenmarañar el pelo de unos mellizos para que puedan vivir por separado. Pero, a partir de ahí, el grado aumenta. En un bar, el loco decide no probar una ración de aceitunas de aperitivo al advertir que el relleno se mueve y luego continúa afirmando que la comida empeoró tanto que se podía ver a los estreptococos correr por la mesa huyendo de ella.
         Sin embargo, lo que provoca el máximo humor en este recurso es el hecho de que no se ponga en duda, por muy disparatado que pueda parecer, lo que contribuye al tono de irrealidad de la narración. Nuestro autor describe el tráfico y las retenciones importantes que duran toda una semana, y explica que hay personas desafortunadas (y familias enteras) que se pasan la vida yendo del campo a la retención y de la retención al campo, sin llegar a pisar nunca la ciudad en la que viven, con el consiguiente menoscabo de la economía familiar y la educación de los niños.
         Y la exageración llevada al límite es lo que se conoce como adynaton o imposible, figura en la que se subvierten alegremente todas las leyes conocidas. El adynaton puede transgredir las reglas de la lógica, cuando un médico se ofrece a dar de alta a un paciente de su hospital con efectos retroactivos. Las leyes de la física se ven también burladas, como apreciamos en la descripción física que el loco nos hace de su hermana:
         Siempre fui para ella, sospecho yo, el hijo que ansiaba y que nunca podría tener, pues sea una malformación congénita, sean los sinsabores de la existencia, su potencial maternidad se veía obstaculizada por una serie de cavidades internas que ponían en directa comunicación útero, bazo y colon, haciendo de sus funciones orgánicas un batiburrillo imprevisible e ingobernable.

         Igualmente, nos detalla las investigaciones de un científico que agrega a sus estudios publicados un nuevo volumen en el que demuestra que el agua de un río nunca pasa dos veces por el mismo punto, salvo en el Llobregat. Pero es el mundo tecnológico al que Mendoza considera con mayor propensión a descontrolarse y deteriorarse. El televisor del manicomio comienza a perder el color, la nitidez y el sonido, y acaba emitiendo programas anteriores a 1966. Y en la pantalla del scanner de la UVI del hospital, aparece Luis Mariano cantando Maitechu mía, circunstancia que los enfermos celebran bailando la lambada.
*        *        *

         Y para finalizar este estudio, trataré del recurso humorístico supremo y de más amplia tradición: la sátira. Ya sabemos que la sátira es la forma literaria que mezcla el humor con el ingenio con una actitud crítica ante las actividades e instituciones humanas. Deriva de la teoría de la superioridad, ya mencionada, y que postula que la risa surge de la contemplación de lo inferior o lo imperfecto. Ésta es la variedad más elegante de esta fuente de humor, pues mezcla la crítica con el ingenio y no se limita a la burla del defecto, sino que tiene una intención correctiva.
         Una conclusión clara a la que se llega tras el estudio de estas novelas es que son primordialmente un medio para fustigar a una sociedad imperfecta. Su estructura argumental es prácticamente accesoria, especialmente en las obras de extraterrestres, en donde no sucede casi nada, pero donde se habla de muchas cosas importantes. A Mendoza no le interesa mucho la peripecia, ni siquiera la evolución y transformación de los personajes —que casi no se produce— sino el mundo en el que se desenvuelven y las situaciones, los tipos y las cosas con las que se encuentran.
         En el ámbito de la sátira social el autor denuncia en primer lugar la falta de valores de la sociedad española actual y su cinismo, que no es propiamente un recurso cómico, pero que se puede llegar a asemejar mucho a uno de ellos. Cuando el doctor Sugrañes le encarga al loco la resolución del misterio detectivesco, le dice bien claramente que necesita una persona conocedora de los ambientes menos gratos de la sociedad, cuyo nombre pueda ensuciarse sin perjuicio de nadie, capaz de realizar por ellos el trabajo y de la que, llegado el momento, se puedan desembarazar sin empacho. A continuación le desvela que él es esa persona. Y este cinismo exagerado llega hasta el extremo de ir abiertamente contra valores que hoy en día todo el mundo parece defender. Refiriéndose a los derechos laborales, el ministro afirma que los niños sirven para muy poca cosa. Antiguamente se los utilizaba para sacar carbón de las minas, pero ahora, lamentablemente, el progreso ha dado al traste con esta útil función.
         Otro aspecto a censurar son las malas relaciones entre ciudadanos, que desembocan muchas veces en conductas agresivas, como cuando nos cuenta que aquel viernes en las terrazas de los bares varios grupos de jóvenes se esparcían practicando alegres actos de violencia entre sí o con los viandantes. Esto conecta de manera directa con el racismo innato del pueblo español. El autor menciona a una persona que hacía poco había llegado de Sudamérica y, por eso, ya nadie la quería bien. Lo más triste es que éste es un mal aceptado y aun dado por descontado. Ante las dudas sobre su honestidad, un personaje responde así:
         —¿La poli? —dijo muerto de risa—, ¿qué poli? Yo no he tenido contacto con la poli desde hace ya tiempo, cuando estrangulé al jodido argelino aquel.


         Para vengarse en parte de este defecto de sus compatriotas, Mendoza no se cohíbe a la hora de arremeter contra los catalanes. La protagonista de El misterio de la cripta embrujada cuenta que, de niña, todos los veranos la enviaban a Suiza, a un internado de señoritas finas. [...] Cuando volvía a Barcelona, la metían en otro internado, también de señoritas, pero no tan finas, porque eran catalanas. Y continúa hablando de las características de la gente de su región, que, según reza el tópico, son muy laboriosas, diciendo:
         No hay en toda la Tierra gente más aficionada al trabajo que los catalanes. Si supieran hacer algo se harían los amos del mundo.


         La visión que Mendoza tiene de sus contemporáneos no es muy halagüeña. Para empezar, considera que su nivel cultural es deplorable. Uno de sus personajes, hablando de cine, reconoce haber visto tres veces El séptimo sello, de Ingmar Bergman, y no haber sacado nada en claro: ni quién era el chico, ni nada de nada. Y lo peor es que la incultura ni siquiera produce vergüenza. La gente no duda en airear públicamente su burricie, yendo a concursar sin ninguna preparación a espacios televisivos. Mendoza describe uno de ellos:
         A una pareja se le pregunta cómo se llamaba de apellido Napoleón. Cuchicheos. La mujer contesta en todo dubitativo. ¿Benavente? La respuesta no es correcta. Ahora le toca el turno al matrimonio rival, que ocupa el podio situado en el extremo opuesto del estudio. ¿Bombita? Tampoco es correcta la respuesta.


         Y en el terreno familiar y de las relaciones afectivas, ¿qué decir? La confusión es tal que nadie acierta con la fórmula correcta. Nuestro autor se recrea planteándole al lector hipotéticos problemas: si su segunda ex mujer está embarazada del ex marido de su primera ex mujer, a) ¿qué apellidos llevará el recién nacido?, b) ¿quién ha de pagar las ecografías?
         No podía faltar tampoco la sátira religiosa. No hay irreligiosidad teológica en sus libros, pero sí una dura crítica al clero, encauzada en dos vertientes: la sexual y la económica. El novelista se burla del concepto de castidad que las más altas autoridades eclesiásticas católicas intentan inculcar en la gente común y describe la vida de un matrimonio muy pío que nunca hizo uso del sexo. Ambos pasaron treinta años durmiendo juntos y, cuando las pasiones estaban a punto de vencerles, él le pegaba a su esposa con el cinturón y ella le daba a él con la plancha en la cabeza.
         El otro punto censurable es el afán de lucro, que anima a las monjas del colegio a pedir a los padres innumerables contribuciones anuales con motivo de la Natividad del Pobre, la Quincena del Ropero, el Día del Fundador y mil otras ocasiones. Un jardinero desvela cuál fue su relación profesional con el convento:
         Las monjas me pagaban por debajo del sueldo mínimo y nunca me afiliaron a la seguridad social ni al montepío de jardineros. [...] Las monjas decidieron jubilarme [...] pero no me consultaron. Un día me llamó la madre superiora y me dijo: Cagomelo, acabas de jubilarte, que sea para bien. Y me dieron una hora para recoger mis cosas y marcharme.
         —Le pagarían una buena indemnización.
         —Ni un duro. Me regalaron un cuadro del santo padre fundador y una subscripción gratuita por un año a la revista del colegio: Rosas para María.


         Y, por último, la sátira política, a las instituciones y, en general, a un mundo poco satisfactorio. Mendoza, con agrio humor, hace balance de la situación actual y descubre un panorama desolador.
         Hay paro: Los profesores adjuntos de la Universidad Pompeu Fabra trabajan ahora como guardias de seguridad en unos grandes almnacenes.
         No nos importa la cultura: la orquesta y coros del Liceo no pueden actuar por falta de nómina. La tuna de ingenieros los reemplaza y hace lo humanamente posible, pero el Boris Gudunov queda algo deslucido.
         Nos alimentamos de basura: Un análisis somero de una hamburguesa permite reconocer un conglomerado de fragmentos procedentes de varios animales: el buey, el asno, el dromedario, el elefante (asiático y africano), el mandril, el ñu y el megaterio.
         Los grandes empresarios moldean el mundo a su antojo: Se da de alta a todos los pacientes del manicomio y se les evacua de inmediato para que la inmobiliaria Sugrañes, S.A. edifique en ese terreno un centro comercial y seis bloques de viviendas.
         Nos gobiernan leyes estúpidas: Para conseguir una información, el loco amenaza a un menor con decir que le ha violado, porque todo el mundo sabe que en estos casos el violador acaba por salir libre y la víctima es encerrada en un reformatorio.
         La inflación es monstruosa: En la vivienda de un ladrón la policía encuentra la totalidad del dinero robado. Pero, cuando finalmente lo llevan a juicio, la galopante inflación ha reducido el monto de sus fechorías a una cifra irrisoria.
         La corrupción está a la orden del día: Al alcalde de Barcelona le ofrecen una partida de diez mil faroles al precio de catorce mil faroles. Una ganga.
         La vida humana no tiene ningún valor: La radio da la noticia de que ha habido otro accidente en la central nuclear de Vandellós. Un portavoz de la central informa al público de las ventajas de ser mutante. ¡Sorprenda cada día a su familia!
         Toda esta perspectiva desesperanzadora se resume magníficamente en una frase puesta en boca de un ministro con la que Eduardo Mendoza ofrece valientemente su opinión sobre el estamento político en cuyas manos estamos. El ministro, como colofón a un discurso ante su partido, afirma vehementemente:
         —No, amigos, no nos moverán. Al fin y al cabo estamos donde estamos porque nos lo hemos ganado a pulso. Hubo una época en que el poder nos parecía un sueño inalcanzable. Éramos muy jóvenes, llevábamos barba, bigote, patillas y melena, tocábamos la guitarra, fumábamos marihuana, íbamos salidos y olíamos a rayos. Algunos habían estado en la cárcel por sus ideas; otros, en el exilio. Cuando finalmente el poder nos tocó en una rifa, voces se alzaron diciendo que no lo sabríamos ejercer. Se equivocaban. Lo supimos ejercer, a nuestra manera. Y aquí estamos. [...] El camino no ha sido fácil. Hemos sufrido reveses. Algunos de los nuestros han vuelto a la cárcel, bien que por motivos distintos. Pero, en lo esencial, no hemos cambiado. De coche, sí; y de casa; y de partido; y de mujer, varias veces, gracias a Dios. Pero seguimos con las mismas convicciones.


         Ante afirmaciones tan lúcidas y rotundas, ¿qué más se puede añadir?