Ortega: amor y enamoramiento


Enrique Gallud Jardiel

Ortega y Gasset nombra metafóricamente como “una abeja estremecida que sabe de miel y de punzada” y se queja de que no muchos filósofos se hayan ocupado antes de él, lo que considera una imperdonable negligencia. Por lo general, el hombre dedicado a la búsqueda del saber idolatra la razón y desprecia el sentimiento y el instinto. La sociología misma tiende a ignorarlos y, aunque abunda en el estudio de las condiciones de las familias y las circunstancias de las parejas, tampoco se detiene en el hecho en sí.
            Pero la visión de Ortega es, afortunadamente, más amplia. Hace suya la antigua frase de “ Nada humano me es ajeno”. Y es porque siempre intenta decirnos con muchas y adecuadas palabras lo que bien puede resumirse en una simple frase: “El acontecimiento más importante de nuestra vida es el hecho de la vida misma”. En efecto, los sucesos tienen importancia porque los vivimos. Fuera de la vida no hay sobre qué filosofar. ¿Y qué hay más vital que el amor?
            El filósofo dedica al tema todo un libro: Estudios sobre el amor. Esta obra es una recopilación de tres trabajos distintos, titulados Facciones del amor, Amor en Stendhal y La elección en amor, que se publicaron como folletones en el diario El Sol de Madrid entre 1926 y 1927 y que se reunieron después en un libro del que apareció en 1933 la traducción alemana, antes que la primera edición española, que no se puso a la venta hasta 1941. Además, se ocupa del tema en toda una serie de artículos varios, dispersos entre todas sus obras, y que aparecen principalmente en Las Atlántidas, Meditación de un pueblo joven, El espectador y Goethe desde dentro. Como es inevitable cuando se publican series de conferencias sobre el mismo tema a lo largo de los años, muchas ideas aparecen repetidas en diferentes escritos y, en general, el material se encuentra en desorden. Es muy gratificante, empero, la labor de clasificar y analizar un cúmulo de opiniones de este tipo, que se encuentran entre las que menos interés han despertado hasta el momento de la ingente obra del filósofo.
            Hablemos de amor, dice Ortega; pero comencemos por no hablar de amores. Los amores son historias más o menos accidentadas que acontecen entre hombres y mujeres. En ellas intervienen factores innumerables que complican y enmarañan su proceso hasta el punto que, en la mayor parte de los casos, hay en esos amores de casi todo, menos de eso que en rigor merece llamarse amor.
            La dificultad de definir de entrada lo que es el amor obliga a utilizar un procedimiento inverso: aún no se sabe bien qué es eso, pero se intuye claramente lo que no es y la labor ha de iniciarse limpiando de hierbajos el jardín.
            Y así nos encontramos en primer lugar con el pseudoamor, que no es ni siquiera un mero sucedáneo del amor verdadero, sino, a decir de Ortega, lo rotundamente otro. Veamos esto en detalle.
            El término de pseudoamor (amor falso o engañoso) se lo toma Ortega prestado a Stendhal, específicamente de su obra De L’amour (Sobre el amor, 1822), que comenta en detalle. Allí el francés había intentado —sin mucho éxito, según nuestro autor— clasificar las especies eróticas y teorizar ampliamente sobre el tema. De cualquier forma, Ortega emplea este término peyorativo alternativamente con otro que puede llevar a engaño: el término «enamoramiento», sobre el que dice: que no es el amor verdadero en absoluto, pero que nos confundimos al referirnos a él, porque solemos llamar «amor» a las cosas más dispares. El enamoramiento, en cambio, es un estado de alma complejísimo donde el amor en sentido estricto tiene un papel secundario.
            Este pseudoamor, dice el filósofo, es lo más necio y antivital que existe. En él para nada interviene la voluntad. Es un proceso automático e irreflexivo que, una vez iniciado, transcurre con una monotonía desesperante. Todos los que se enamoran, se enamoran igual, lo que confirma su carácter mecánico.
            Para que se produzca tienen que darse unas condiciones específicas. La primera de ellas es la de la predisposición: el que se enamora es porque quiere enamorarse y ese deseo existe antes que el objeto. Téngase en cuenta que el amor es la actividad que se ha encomiado más. Los poetas, desde siempre, lo han ornado y pulido, dotándolo de cierta realidad abstracta, hasta el punto de que antes de sentirlo, lo conocemos y nos proponemos ejercitarlo en el futuro como si fuera un arte o un oficio. Se ama el amor y lo amado es sólo un pretexto.
            Son necesarias también unas condiciones de percepción. Partiendo del deseo ya existente se busca a quien lo pueda satisfacer, o sea, la persona que va a ser amada. Intervienen asimismo condiciones de emoción, la capacidad de responder emocionalmente a esa visión de lo amable. Y también se precisan unas condiciones de constitución en nuestro ser o como sea el resto de nuestra alma, para coincidir en mente y química y poder mantener la ilusión que nosotros mismos hemos creado.
            El proceso de este falso amor, de este «enamoramiento» es, definitivamente, algo negativo. Es un fenómeno de atención, es más, de concentración, pero de concentración neciamente dirigida. El exclusivismo de la atención dota al objeto favorecido de cualidades portentosas, es algo semejante al entusiasmo místico. El mundo no existe para el amante. La amada lo ha desalojado y sustituido. No se trata, pues, de un enriquecimiento de nuestra vida mental. Todo lo contrario. Hay una progresiva eliminación de las cosas que antes nos interesaban. Ortega recalca que el enamoramiento es un estado de miseria mental en el que nuestra vida interior se estrecha, empobrece y paraliza. Sin embargo, el enamorado tiene la impresión de que su vida de consciencia es más rica. Esto sucede porque al reducirse su mundo, se concentra más y todas sus fuerzas psíquicas convergen para actuar en un punto, lo que le da a su existencia un falso aspecto de intensidad. Pero no nos engañemos. Durante el enamoramiento se produce un angostamiento y una relativa paralización de nuestra vida de consciencia. Bajo su dominio somos menos, y no más, que en la existencia habitual.
            El enamoramiento se caracteriza por contener a la vez estos dos ingredientes: el sentirse «encantado» por otro ser que nos produce «ilusión» íntegra y el sentirse absorbido por él hasta la raíz de nuestra persona, como si nos hubiera arrancado de nuestro propio fondo vital y viviésemos transplantados a él, con nuestra raíces vitales en él. Es éste un recinto hermético, sin porosidad ninguna hacia el exterior y del que es muy difícil salir. Si en el paroxismo de nuestro enamoramiento pudiésemos de pronto ver lo amado en la perspectiva normal de nuestra atención, su mágico poder se anularía. Al enamorado sólo se salva el choque recibido violentamente desde fuera. Por ello los viajes son una buena cura para los enamorados, porque son una «terapéutica de la atención». Pero mientras el choque no sucede, el enamorado tiende automáticamente hacia el frenesí y, necesariamente, hacia la infelicidad.
            Ortega finaliza sus reflexiones sobre este pseudoamor definiéndolo literalmente como «un estado inferior del espíritu», como «una imbecilidad transitoria».
            Siguen ahora otras formas de «amor» que tampoco son amor, a decir de Ortega, sino únicamente lo que podríamos llamar «pseudomorfosis del amor» y que conviene identificar y dejar momentáneamente a un lado para evitar la posibilidad del equívoco. La que más frecuentemente le substituye es la pasión, forma inferior del amor, a la que en los últimos tiempos se le ha otorgado un rango y un favor resueltamente indebidos. Hay quien piensa que se ama más y mejor en la medida que se esté cerca del suicidio o del asesinato, de Werther o de Otelo, y se insinúa que toda otra forma de amor es ficticia y «cerebral».
            Ortega trata de devolver al vocablo «pasión» su antiguo sentido peyorativo. Afirma:

     Pegarse un tiro o matar no garantiza la calidad ni siquiera la cantidad de un sentimiento. Es sólo la manifestación externa y extrema de una obsesión. No es la culminación del afán amoroso, sino al contrario, su degeneración en almas inferiores. En él no hay encanto ni entrega. [OC, iv: 473].
           
Efectivamente: el obsesionado lucha con su obsesión, pues no la acepta en sí, y, sin embargo, ella le domina. Así cabe una pasión sin contenido apreciable de amor. Cuando tenemos sed, se desea intensamente un vaso de agua, pero no se la ama —nos dice—. El morfinómano desea la droga al propio tiempo que la odia por su nociva acción. Además, el deseo muere automáticamente cuando se logra: fenece al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno insatisfecho. Del amor nacen, sin duda, deseos, pero el amor mismo no es desear.
                        Tras estas reflexiones llega a la conclusión de que la pasión es un estado patológico que implica siempre la defectuosidad de un alma. La persona fácil al mecanismo de la obsesión o de estructura muy simple y ruda, convertirá en pasión —es decir, en manía— todo germen de sentimiento que en ella caiga. El que mata o se mata por amor, lo haría igualmente por una disputa, una pérdida de fortuna o cualquier otra cosa.
            De igual manera no ha de confundirse amor con gusto, pues el amor lo tenemos por una sola cosa y el gusto, por muchas. Lo mismo podría decirse del interés sexual, pues basta advertir el hecho constante de que el hombre desea sexualmente a innumerables mujeres, en tanto que su amor sólo se fija en unas cuantas. Menos aún se ha de confundir con el cariño, que suele ser, en el mejor caso, la forma del amor matrimonial. Aquí dos personas sienten mutua simpatía, fidelidad, adhesión, pero tampoco hay encantamiento ni entrega. Cada cual vive sobre sí mismo, sin arrebato en el otro.
            Vistos los pseudoamores, pasaremos a lo más complicado: una definición abarcadora de variedades y válida al mismo tiempo.
            Empezando por el mismísimo principio —el origen del término— hallamos que la situación lingüística es especialmente desdichada: esta palabra, ‘amor’, nos es profundamente ininteligible porque arrastra para nosotros una raíz muerta, sin sentido. Nuestras lenguas la tomaron del latín, pero no era una palabra latina. Los romanos la habían, a su vez, recibido del etrusco, que es hoy una lengua desconocida y hermética. Los griegos empleaban el término ta erotiká, las cosas del amor, lo que tiene para nosotros una connotación muy limitada.
            Además, el amor, junto con la religión, tienen la desgracia de que no se suele pensar en ellos sino religiosa y amorosamente. Todo esto sin contar con la dispersión que se produce por generalización. No sólo ama el hombre a la mujer y la mujer al hombre, sino que amamos el arte o la ciencia, ama la madre al hijo, el hombre religioso ama a Dios y el numismático aficionado ama a su colección de monedas y más intensamente a su más rara pieza. Con el nombre de amor denominamos los hechos psicológicos más diversos, y así acaece luego que nuestros conceptos y generalizaciones no casan nunca con la realidad. ¿Cómo colocar en el mismo casillero al amor a Dios, al arte, a la ciencia, junto con el amor por una persona del sexo contrario, o incluso del mismo?
            La tradición platónica habló del reconocimiento de lo bueno y lo bello, y ello ha marcado de manera indeleble nuestras nociones culturales. Es incalculable hasta qué estratos de la humanidad occidental han penetrado elementos de la antigua filosofía. El hombre más inculto usa vocablos y conceptos de Platón, de Aristóteles o de los estoicos. Y fue Platón quien conectó amor y belleza. Ya en el Renacimiento Lorenzo de Médicis decía: «L’amore é un apetito di belleza», reafirmando que el verdadero amor es el amor a la belleza de lo amado. Pero esta definición no convence a Ortega. Porque si tomamos el término ‘belleza’ en su sentido más simple y directo, los efectos no coinciden con lo que de las causas cabría esperar. El filósofo considera un error creer que el entusiasmo del amante se fije en la belleza plástica. Y a este respecto escribe lo siguiente:

      Siempre he visto que de las mujeres plásticamente más bellas se enamoran poco los hombres. En toda sociedad existen algunas «bellezas oficiales», a las que en teatros y fiestas la gente señala con el dedo, como monumentos públicos; pues bien, casi nunca va a ellas el fervor privado de los varones. Esta belleza es tan resueltamente estética, que convierte a la mujer en objeto artístico, y con ello la distancia y la aleja. Se la admira, pero no se la ama. [OC, v: 606].

            A esta opinión de Ortega cabría objetar que el sentido de belleza en Platón era mucho más amplio. Para el griego la belleza no significaba propiamente la perfección de un cuerpo, sino que era el nombre de toda perfección y optimidad, la forma en que a los ojos de los griegos se presentaba todo lo valioso. Pero también tiene Ortega respuesta para esto, porque, si lo que amamos es la cualidad en el otro ser, ¿cómo explicar que el amor concluya si el objeto amado permanece idéntico? Sería preciso suponer —afirma— que nuestras emociones eróticas no se regulan por el objeto al que van, sino al contrario: que el objeto es elaborado por nuestra apasionada fantasía. En definitiva: si el amor muere sólo puede deberse al hecho de que su nacimiento fue una equivocación.
            La otra noción de herencia platónica es la de que el amor es un divino arquitecto que bajó al mundo para que todo el universo viviera en conexión, un sentimiento metafísico de unión que tenemos con el universo. Platón ve en el eros un ímpetu que lleva enlazar las cosas entre sí; es —dice el griego— una fuerza unitiva y es la pasión de la síntesis. Por eso, en su opinión, la filosofía, que busca el sentido de las cosas, va inducida por el eros. La meditación es un ejercicio erótico.
            Estas palabras son poéticas, pero para Ortega, nada convincentes. Insiste en que le son igualmente enojosas las dos tendencias usuales de deformar el amor: la que pretende adornarlo con una decoración metafísica y la que quiere descomponerlo en un prurito fisiológico. Nuestro pensador intenta hallar el término medio verdadero entre las interpretaciones materialistas e idealistas del fenómeno y no se le oculta que éste participa tanto de lo sublime como de lo cotidiano. El amor es obra de arte mayor —nos dice—; magnífica operación de las almas y de los cuerpos. Pero es indudable que para producirse necesita apoyarse en procesos mecánicos, automáticos y sin espiritualidad verdadera.
            Sus reflexiones le llevan a considerar al amor como un fenómeno de elección, una ampliación de la individualidad a costa, diríamos, de la otra persona. Para él el amor es precisamente un viaje hacia lo íntimo, es el afán de abandonar la periferia del ser amado, que se ofrece por igual a todo el mundo, y apoderarse de su intimidad latente, secreta y que sólo a uno puede entregarse.
*          *          *
            Dicho esto, pasemos a considerar qué características comunes pueden identificarse entre todas las variaciones que surgen de la conducta social.
            La primera que menciona es sorprendente: el amor es raro, infrecuente; no llega a ser una aberración del comportamiento humano, pero sí decididamente una anomalía. Veamos por qué.
            Insiste el filósofo en que, si se quiere ver claro en el fenómeno del amor, es preciso desasirse de la idea vulgar de que es un sentimiento que todo el mundo es capaz de sentir y que se produce con frecuencia en derredor nuestro, en todo momento y lugar. El verdadero amor es un sentimiento que sólo ciertas almas pueden llegar a sentir; es un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, el espíritu de sacrificio o la inspiración musical. No ama cualquiera ni se ama a cualquiera con verdadero amor.
            Este «divino suceso» se produce únicamente cuando se dan unas condiciones específicas y muy rigurosas entre el sujeto y el objeto. Basta enumerar las condiciones que se precisan para que sea altamente verosímil esta afirmación suya sobre su extremada infrecuencia.
            Otra peculiaridad que nos sugiere es la que podríamos llamar anticipación. El ideal amoroso existe positivamente, aunque no se sea siempre consciente de él. El hombre lleva dentro de sí unas nociones de feminidad que valora y aprecia y por eso no puede defenderse cuando se encuentra repentinamente con una mujer que posee dichas características. La mujer, a su vez, es una eterna «bella durmiente» que necesita ser despertada por la persona idónea, pues también tiene prefijada una imagen de varón. Y la demostración es que, en los casos mayoritarios de hombres que aman a lo largo de su vida a varias mujeres, todas ellas repiten con clara insistencia el mismo tipo de feminidad. Por lo general la coincidencia llega a mantenerse dentro de un mismo formato físico. La razón es que se está amando en todas ellas a una sola mujer genérica.
            Este proceso explica dos incógnitas del tema amoroso.
            La primera es el súbito enamoramiento, lo que denominamos el «flechazo». Poco puede apostarse por un amor que nace lentamente; cuando es plenario surge de un golpe, produciendo un irresistible anonadamiento. Este fenómeno sólo tiene explicación en virtud de la coincidencia entre el modelo imaginado y la persona real que aparece de improviso. El amor a esa persona existía ya de antemano.
            El segundo enigma explicado es la sensación de que el amor es eterno, de que ya se quería desde antiguo. Al amar parece que se ha conocido al ser amado desde mucho antes de haberlo conocido en realidad. Esto proporciona una ilusoria impresión de eternidad. Schiller creía que él y su amada se habían conocido ya antes en una vida anterior y esta sensación dota al amor de un halo de maravilla y de cosa divina. Este fenómeno puede ejemplificarse con el parangón físico de la voluptuosidad, que nos hace sentir un apetito antes de conocer a la persona que lo va a provocar efectivamente y que lo va a satisfacer.
            Otra característica esencial del amor estriba en su naturaleza puramente mental, pero no como proceso inconsciente, sino como proceso plenamente dirigido, totalmente intelectual. Las opiniones irracionalistas sobre el tema consideran al amor como un efecto mágico y mecánico, exento de razón y que sucede «porque sí», excluyendo todo análisis y toda perspicacia. Y a ellas se opone rotundamente Ortega, que insiste en la importancia del elemento de percepción afirmando que no es un poder elemental y primitivo y atávico, sinoo una creación de la mente, casi un género literario, con todas sus reglas y la proporción de organización, reflexión y artificialidad que una obra artística requiere.
            Esta emoción es un producto de la mente y se asemeja al puro razonamiento en que no brota espontáneamente, no surge ex nihilo, sino que tiene su fuente psíquica en las calidades del objeto amado. Nadie ama sin una razón o «porque sí». Se ama algo, porque ese algo es amable.
            En resumen —y parafraseo sus palabras—: el amor es una institución, invento y disciplina humanos, y no un fenómeno natural, primo de la digestión o de la hipercloridia.
            Continuemos viendo características. Decía Pascal que había que quitarle la venda al Amor y devolverle el disfrute de sus ojos, porque el amor es un zahorí, sutil descubridor de tesoros ocultos. Ortega se muestra de acuerdo, diciendo que el amor no ve, pero no porque sea ciego, sino porque su función no es mirar. El amor no es pupila, sino, más bien, luz, claridad meridiana que recogemos para enfocarla sobre una persona o una cosa. Merced a ella queda el objeto favorecido con inusitada iluminación y ostenta sus cualidades con toda plenitud. El amor ni miente, ni ciega, ni alucina: lo que hace es situar lo amado bajo una luz tan favorable que sus gracias más recónditas se hacen patentes. El amor es por lo pronto, un grado superior de la atención. Por ello lo normal es que el hombre amador de un ser o de un objeto tenga de ellos una visión más exacta que el indiferente. Hay en todo objeto calidades y valores que sólo se revelan a una mirada entusiasta. La función esencial del amor es descubrir dichos valores.
            El amor tiene, obviamente, un alto grado de personalización. En él colaboran la fantasía, el entusiasmo, la sensualidad, la ternura y muchos otros aspectos de la química íntima. La dosis en que aparezca cada uno y el rango que ocupe en la perspectiva total deciden el cariz que va a presentar el sentimiento amoroso. Podemos hallar en el amor el síntoma más decisivo de lo que una persona es, porque el menester amoroso es, en esencia, uno de los más íntimos, probablemente sólo superado por el sentimiento metafísico, o sea, la impresión última que el hombre tiene sobre el Universo. Por tanto, aunque todos lo demás actos y apariencias nos engañen sobre la verdadera índole de cualquier ser, sus amores nos descubrirán su secreto, por muy cuidadosamente recatado que lo mantenga. En nada como en nuestra preferencia erótica se declara tan patentemente nuestro más íntimo carácter. El tipo de humanidad que en el otro ser preferimos, dibuja el perfil de nuestro corazón.
            Ahora bien, siendo el amor el acto más delicado y total de un alma, en él se reflejarán la condición e índole de ésta. Es preciso no atribuir al amor los caracteres que a él llegan de la persona que lo siente. Si ésta es poco perspicaz, ¿cómo va a ser zahorí el amor? Si es poco profunda, ¿cómo será hondo el amor? Según se es, así se ama.
            Sin embargo a veces se presenta una paradoja que quizá no es tal. Con frecuencia oímos decir que las mujeres inteligentes se enamoran de hombres tontos y viceversa. Ortega confiesa que, aun habiéndolo oído muchas veces, no se lo ha creído nunca. Y en todos los casos en que pudo acercarse, encontró que aquellas mujeres o aquellos hombres no eran, en verdad inteligentes, o, viceversa, no eran tontos los elegidos. Se habla generalmente de elecciones erróneas, cuya consecuencia es, inevitablemente, la infelicidad. Se dice que uno o dos de los amantes se ha equivocado. Si lo creyéramos, llegaríamos a la conclusión de que la equivocación es el elemento más frecuente en el amor. Pero nuestro pensador se niega a considerar como válida esta premisa. No puede aceptar ninguna teoría de la que se desprenda que la vida humana, en una de sus actividades más graves e importantes, sea un absurdo constante, una equivocación y un despropósito. La equivocación, en la mayor parte de estos presuntos casos, no existe. Y afirma que no es raro que una muchacha se enamore de un «calavera», antes de que éste ejecute sus calaveradas. Tras el matrimonio, el marido le empeña las joyas y la abandona. Las personas amigas consuelan a la damita sin ventura por su «equivocación». Pero en el último fondo de su conciencia ella sabe muy bien que no hubo tal, y que una sospecha de tales posibilidades la sintió desde el principio, y que esa sospecha era un ingrediente de su amor, quizá el más atractivo.
            Tratemos ahora el carácter histórico del amor. Nuestro autor hace énfasis en el hecho de que, al igual que sucede en las ciencias y las artes, existen en el amor genialidades e ineptitudes y, ¿cómo no?, decadencias y apogeos. Habla de una «coalescencia entre lo natural y lo cultural» y nos hace ver la patente realidad de que el amor está sujeto a las modas. En un «Prólogo» a una edición de El collar de la paloma, de Aben Hazam de Córdoba, afirma que el suponer que un fenómeno tan humano como el amor haya existido siempre de igual manera es tan erróneo como suponer que el hombre posea una naturaleza preestablecida y fija, a semejanza de animales y plantas. Para él el hombre es un ente histórico, determinado —como se sabe— por su circunstancia, y no puede, por ende, haber amado siempre del mismo modo. La emoción amorosa recoge y abarca cuanto el hombre es y depende, por tanto, del grado de perfección al que se haya llegado en un momento histórico concreto. En otras palabras: el amor es una dimensión de la cultura en la que se avanza o se retrocede con los tiempos.
            Para explicarlo habla de generaciones y de estilos. El sentimiento amoroso —parangona— se parece sobremanera a la evolución y la historia de un arte. Se suceden en él los estilos y cada época posee un distinto ritual de amor. Se dan en él generaciones y cada una de ellas varía o modifica en algún punto los postulados u objetivos de la generación precedente. En cuanto al amor, el mundo antiguo se orientó primero en la teoría de Platón; luego, en la doctrina estoica. La Edad Media aprendió la de Santo Tomás y de los árabes; el siglo xvii estudió con fervor la teoría de las pasiones de Descartes y Spinoza y, en la época de Ortega privaban las teorías de los alemanes, especialmente las del filósofo psicologista Alexander Pfänder (en su libro El alma humana) y las del personalista Max Scheler (en su obra De lo eterno en el hombre). Según este concepto, surge en cada época un tipo de amor distinto, punto que Ortega nos ilustra con un recorrido histórico por las más importantes variedades: en el siglo xiii existió el amor cortés; en el xiv, el amor gentil y el platónico en el xv; el siglo xvii habló de estima; el xviii, de galantería y el xix de romanticismo. Y presenta ejemplos del todo paradójicos sobre estas diferencias históricas. Por ejemplo: Platón concebía el sentido primario del amor como el que se da entre varón y varón y no entendería plenamente el que pudiera darse de hombre a mujer; los romanos tuvieron que nombrar al concepto con un vocablo forastero, de origen etrusco, como ya hemos dicho, puesto que no tenían palabra para una actividad tan humana; el siglo xviii, con su rígida razón, redujo el sentimiento a un frío erotismo y a una sensualidad exquisita y nada más. Y esta diferenciación histórica no afecta únicamente al concepto genérico del amor, sino al objeto mismo, y por ello cada generación prefiere un tipo general de varón y otro tipo general de mujer, cierto grupo de tipos en uno y otro sexo. Y como el matrimonio es la manera estadística de analizarlo, vemos que en cada época se casan mejor más mujeres de cierto tipo que de los demás.
            Existen aún otras características diferenciadoras. Entre ellas puede mencionarse el carácter climatérico del amor, pues al igual que el amor difiere según las épocas, como hemos visto, también lo hace según el lugar, de forma altamente heterogénea. De igual manera que lo hace cada generación, cada raza va forjando también un prototipo de femineidad o de masculinidad que no se produce espontáneamente, sino que va siendo modelado a fuerza de coincidir la mayoría de las mujeres o la mayoría de los hombres en apreciarlo. Un esquema cuidadoso e implacable de lo que es, por ejemplo, la archimujer española arrojaría —nos dice— «pavorosas luces sobre las cavernas secretas del alma peninsular».
            El amor es, asimismo, una fuente de tristeza, y se puede medir y calcular por el dolor y sufrimiento que es capaz de producirnos, en comparación con otras muchas cosas que nos dejan indiferentes. Respecto a esto, Ortega pone el ejemplo de una monja portuguesa, Mariana Alcoforado, que fue seducida y maltratada luego por un vividor al que amó hasta su muerte. Y transcribe una carta suya a su seductor, donde leemos: «Os agradezco desde el fondo de mi corazón la desesperación que me causáis y detesto la tranquilidad en que vivía antes de conoceros. [...] Adiós; amadme siempre y hacedme sufrir aún mayores males» [OC, v: 555].
            Este sentimiento tiene también su temperatura específica, con las más sutiles gradaciones por las que se pasa en diversas etapas, por lo que el lenguaje usual habla de amores que se enfrían y el enamorado suele quejarse de la tibieza o de la frialdad de la amada, siendo ésta una metáfora muy válida y precisa para entenderlo. Esto ha afectado a pueblos y a épocas y se podría hablar del frío de Grecia, de China y de la Europa del xviii o del ardor medieval o romántico. Y también, de que cuando dos seres se encuentran, lo primero que perciben uno del otro es su grado de calorías sentimentales.
            Otra característica a tener en cuenta es que el amor está dotado de movimiento. Explica nuestro autor que a fuer de «actividad» sentimental, el amor se diferencia de los sentimientos inertes, como alegría o tristeza. Se está alegre o se está triste en pura pasividad. En cambio, amar algo no es simplemente estar, sino actuar hacia lo amado. El amor es de suyo, constitutivamente, un acto transitivo en el que el amante se afana por lo que ama. A cien leguas del objeto, y sin que se piense en él, si se le ama, se emana hacia él una fluencia indifinible, de carácter afirmativo y cálido. En este punto cita Ortega a San Agustín, quien decía: Amor meus, pondus meum; illo fervor, quocumque feror («Mi amor es mi peso; por él voy dondequiera que voy.»). Y continúa ilustrando su teoría ayudándose de las opiniones de Pfänder, con estas palabras:

     Por el poro que ha abierto la flecha incitante del objeto, brota el amor y se dirige activamente a éste; camina, pues, en sentido inverso a la incitación. Va del amante al amado en dirección centrífuga. Este carácter de hallarse psíquicamente en movimiento, en ruta hacia un objeto, el estar de continuo marchando íntimamente de nuestro ser al del prójimo, es esencial al amor y al odio. [...] El amor es una fluencia, un chorro de materia anímica, un fluido que mana con continuidad, como de una fuente [OC, v: 556].

            Este sentimiento incluye, por supuesto, el aspecto de la intensa unión. En el amor nos sentimos unidos al objeto. Pero no es una unión física, ni siquiera precisa de proximidad. Tal vez el ser amado vive lejos, pero estamos unidos con él en una convivencia simbólica. Nuestra alma parece dilatarse fabulosamente, salvar las distancias y, esté donde esté, nos sentimos en una especial unión con el ser amado. En amor se produce la necesidad de una fusión, de unidad entre los amantes, de negación de la dualidad. Y la razón que Ortega da para esto es que el amor es una cura psicológica contra la soledad. Se quiere a otro en la medida en que, además de ser uno lo que es, se quiere también ser el otro, solidarizarse con la existencia del otro, y se siente, en efecto, el ser del otro como algo inseparable, como uno con nuestro ser.
            Pero después de considerar todos estos aspectos definitorios sobre los que hemos hablado, hemos de darnos cuenta que la característica más real, más verdadera, más hermosa del amor (y también la más orteguiana) es la de su vínculo con la existencia. Y éste es el punto en el que más insiste. Amar es vivificación perenne, creación y conservación intencional de lo amado. Amar algo es estarle continuadamente dando vida en lo que de nosotros depende. Amar una cosa es estar empeñado en que esa cosa exista; no admitir la posibilidad de un universo en donde aquel objeto esté ausente. El amor no es, en definitiva, sino una reafirmación de la vida.


Bibliografía

ORTEGA Y GASSET, J. Obras completas, 11 vols., Madrid, Revista de Occidente, 1964 (6ª edición).