Shivaísmo y vishnuismo


Enrique Gallud Jardiel
en Yoga, núm. 71, marzo, 2011


Los cultos sectarios son numerosos en la tradición hindú y suelen dividirse en cinco ramas (adoradores de Shiva, de Pârvatî, de Ganesha, de Vishnu y de Sûrya). Estas variedades tienen sus propias tradiciones, ritos, textos dogmáticos, maestros y lugares sagrados. Pero ha de hacerse énfasis en el hecho de que no son en absoluto excluyentes. La predilección de un devoto hindú por una de las formas de su dios es un hecho de importancia meramente estética: se adora a un dios o a un aspecto de éste por considerarse más atractivo, no por desdeñar el simbolismo de las otras deidades. El hindú no olvida nunca la noción de que todos los dioses son, en definitiva, el mismo. Aunque algunos textos (principalmente los Purâna) definen al dios al que están dedicados como más poderoso que los otros, incluyen multitud de mitos que tienden a reforzar la idea de una misma divinidad. Ejemplo sería la noción de Harahari, aspecto del dios Shiva en conjunción con el dios Vishnu, a quienes se representa como un hombre dividido en dos mitades, la izquierda de color azul (representando a Vishnu) y la derecha de color blanco (representando a Shiva). Este aspecto sirvió en un momento histórico para evitar posibles disensiones entre shivaítas y vishnuitas. En el mismo Râmâyana, Râma, encarnación de Vishnu, es reverenciado por Shiva, encarnado en el dios-mono Hanumân, y adora a Shiva en forma de linga en el santuario de Râmeshvaram. Esta noción de dos dioses que se adoran mutuamente refuerza la noción de unicidad.
Las sectas de adoradores del dios Shiva reciben el calificativo general de shaiva, voz sánscrita que significa “relativo a Shiva”. Este término incluye las tres primeras categorías antes citadas: 1) los que adoran al dios en sus diversas formas masculinas; 2) los devotos de la shakti o energía femenina del dios, representada por la diosa Pârvatî; 3) los adoradores de Ganesha, dios de la inteligencia e hijo de Shiva, cuyo simbolismo y tradiciones se incluyen lógicamente en esta rama de devoción. Las sectas shivaítas son las más numerosas y el origen de muchas no está documentado debido a su antigüedad, aunque en su mayoría dichas sectas han llegado hasta nuestros días. Los textos shivaítas más importantes son los âgama, colecciones de tratados filosóficos y de prácticas religiosas anteriores a la tradición védica, que tratan de la relación de las almas con el dios Shiva, considerado en ellos como el principio supremo. La tradición enumera doscientos y son los verdaderos manuales del shivaísmo en lo que se refiere a creencias y ritual.
Una de las principales sectas es la de los pâshupata, adoradores del dios en su aspecto de Pashupati, “Señor de los animales”. Subrayan la especial relación del hombre con la divinidad. En esta creencia se encuentran vestigios de cultos locales rendidos a divinidades del bosque. Dan gran importancia a la causa y al efecto. Adoran ocho imágenes del dios Shiva y se relacionan con el sistema de filosofía Nyâya, teniendo su propio sistema de evolución espiritual, denominado pashupatayoga. Muy semejante es la denominada shaivasiddhânta, la forma más clásica y próspera de las sectas shivaítas y cuyas enseñanzas están tomadas del Lingapurâna y del Kûrmapurâna. Una variedad de esta secta es la denominada lakulîsha, en honor de su fundador (Lakulî), y que consta de cuatro ramas. Según la leyenda el dios Shiva se encarnó como un hombre portador de un bastón o lakula, para proclamar él mismo su doctrina.
Destaca en número la llamada lingâyata, extendida principalmente por el oeste y el sur de la India. Sus seguidores consideran a Shiva el único dios venerable y rechazan la autoridad de los Veda. Llevan siempre encima el símbolo fálico o linga, de madera, plata u oro, al que adoran separadamente del yoni o símbolo de la energía femenina. No aceptan el sistema de castas y tienen multitud de matha o monasterios. Sus fundadores fueron Ekorâma, Panditarâdhya, Revana, Marula y Vishvârâdhya, a quienes se considera sabios emanados de las cinco cabezas del dios Shiva. No obstante se sabe que todos ellos fueron contemporáneos de Basava, quien fue su principal promotor. Este vivió en el siglo xi, en el estado de Karnâtaka. Se le considera encarnación de Nandî, el toro que es cabalgadura del dios Shiva. A los dieciséis años tiró el cordón sagrado o upavîta, que llevaba como símbolo de su casta brâhmana. Tuvo diversas experiencias que le afirmaron en su fe y le llevaron a hacer llegar el culto a todas las gentes, independientemente de su casta o sexo. Para romper con antiguas costumbres se casó con dos mujeres achhûta o intocables. Fundó un foro de discusión espiritual, llamado Anubhava Mandapa, donde se discutían abiertamente todo tipo de asuntos teológicos y donde se modernizaron muchas de las costumbres brahmánicas. De esta secta surgió más tarde una derivación, a la que se denomina âradhya. Muy semejante a ella es la secta de los denominados vîrashaiva, que se caracteriza también porque sus miembros llevan un linga o símbolo fálico del dios Shiva, colgado del cuello. Suele ser de plata. Lo consideran más un símbolo de infinitud que fálico y es la representación más abstracta del Ser Supremo. Está más extendido por el estado de Karnâtaka. Su fundador fue Ekânta, también llamado Ramayya.
La secta de los kâpâlika se distingue porque sus miembros llevan collares de cráneos (kapâla) o mendigan con uno a guisa de cuenco para limosnas. Adoran al dios y a su consorte Pârvatî. Creen en la capacidad de obtener la liberación mediante la concentración en el yoni o símbolo de la matriz. Esta secta data del siglo vi. Como derivación de ella surge la de los kâlamukha, que floreció en los estados de Tâmil Nâdû y Karnâtaka a partir del siglo VI. Se diferencian de los primeros en que no adoran al principio femenino de la divinidad. Otra variedad es la de los siddha, quienes creen que mediante la concentración en Shiva se puede obtener todo tipo de poderes sobre la materia.
Muchas de estas sectas casi no se separan de la ortodoxia, limitándose a enfatizar algún punto específico. Tal es el caso de la llamada abhedashaiva, que no establece diferencia entre el âtman o alma individual y el Brahman o alma suprema. Lo mismo puede decirse de los kânaphâta, del norte de la India. Portan grandes pendientes en las orejas para distinguirse de otros, pero en sus doctrinas son seguidores meticulosos de las Upanishad. Su principal representante fue el guru Gorakhanâtha, del siglo x, aunque también se atribuye este mérito a Âdinâtha. Fueron los que popularizaron el hathayoga. En esta línea están los llamados dashanâmî, seguidores de Shankarâchârya, y los jñânashaiva, que hacen especial énfasis en la búsqueda del conocimiento en los textos sagrados.
Entre los que pueden considerarse realmente disidentes esta la secta denominada râseshvara, que mantiene que la liberación puede obtenerse mediante el sabio empleo del mercurio, metal que creen producido mediante la conjunción de Shiva y Pârvatî. Otro ejemplo sería la secta sittar, del estado de Tâmil Nâdû, del siglo xvi, que aceptó un monoteísmo libre de imágenes. También surgen sectas que casi no difieren de la tradición ortodoxa en postulados filosóficos, sino únicamente en prácticas externas, como es el caso de los aughara (cuyos miembros injieren todo tipo de alimentos), los sarabhagî (que consideran su condición mendicante como el máximo exponente de religiosidad), los mahâvratadhara (caracterizados por sus grandes ayunos, que suponen en extremo meritorios) o los denominados kâpâlamukha (cuyos miembros creen que puede alcanzarse la liberación bebiendo en un cráneo, untándose con cenizas tomas de una pira funeraria y portando un bastón y una vasija de licor).
       Dentro del culto a la shakti está la secta kaula, de adoradores de Kâlî, el aspecto destructor de Pârvatî. Son seguidores de los ritos denominados vâmamârga, el sendero izquierdo (forma de adoración del tantra con prácticas sexuales o utilización de drogas), donde se considera al mundo como una emanación de la energía femenina del dios. El dakshinamârga o sendero derecho (basado en la interpretación directa de los textos del tantra) incluye a la secta de los yonija, adoradores del principio femenino de la divinidad, en forma de yoni, que aseguran que éste es de poder superior al linga. La principal secta de adoradores del dios Ganesha se denomina gânapatya, término adjetival de Ganapati, epíteto del dios que significa “Señor de huestes”. Otras sectas shivaítas a considerar son las siguientes: âdishaiva, aghorapantha, aikyavâdashaiva, anâdishaiva, antarashaiva, anushaiva, bhâgavata, bhedashaiva, kâlânana, kriyâshaiva, mahâshaiva, nâlupâda, nirguNashaiva, shuddhashaiva, ûrdhvashaiva y yogashaiva.
Los seguidores de Vishnu reciben el nombre de vaishnava, voz sánscrita que significa “vishnuita”, relativo al dios Vishnu. El vishnuismo se caracteriza en términos generales por unir los conceptos de jñâna (conocimiento) con bhakti (devoción). Sus sectas son más modernas y mucho menores en número que las de la rama shivaíta y contienen un elemento ascético notoriamente inferior. Los textos denominados samhitâ (colecciones) son los que más datos aportan sobre estas formas de religiosidad.
Dentro del vishnuismo existe una variedad de sectas que adoran a la divinidad bajo un aspecto individual concreto. Tal es el caso de los vârikari, que honran a la deidad bajo el nombre de Vitthal o Vithobâ y en su forma de devoción por Krishna no dan importancia a su favorita Râdhâ, sino a Rukminî, su esposa legítima. Están también los râmâvata, adoradores del príncipe Râma, séptima encarnación de Vishnu. Esta secta fue creada por Râmânanda en el siglo xv. Este filósofo, nacido en Kâshî y discípulo de Râmânuja, fue el primer maestro que sustituyó el culto de Krishna por el de Râma y de Sîtâ. Otras variedades son los sankarshana (devotos de Balarâma, hermano de Krishna y encarnación parcial del dios) o la secta denominada mahânubhâva, fundada por Chakradhara en el siglo xi y extendida principalmente por el estado de Mahârâshtra, que únicamente reconoce la divinidad de Krishna. Sus seguidores visten con ropajes oscuros, como forma de respeto al nombre de su dios, que significa “negro”.
Son más frecuentes, sin embargo, las sectas que se centran en la pareja cósmica y en la relación amorosa como símbolo de la fusión de los principios masculino y femenino, que dan lugar al universo. Así tenemos a los râdhâvallabhî, que adoran a la pareja Râdhâ-Krishna como símbolo del amor trascendental, o los shrîvaishnava, que unen el culto de Lakshmî, diosa de la prosperidad, al de su esposo, Vishnu. Esta secta fue fundada por Râmânuja y continuada por Nâthamuni y Yamunâchârya, principales representantes del movimiento bhakti o devocional.
Puede hablarse de otras corrientes, como la vaikhânasa, con numerosos elementos del brahmanismo védico, o los bâula, una de las más numerosas. Pero las sectas más importantes del vishnuismo son las relacionadas con el bhaktimârga o vía devocional para llegar a la fusión con dios. Esta forma de culto la iniciaron los âlvâr, nombre colectivo de un grupo de doce maestros místicos del estado de Tâmil Nâdû, que produjeron una literatura de inspiración religiosa, desde el siglo vi al xi, y que cristalizaría en el movimiento bhakti del XVI, con maestros como Tulasîdâsa (1532-1623) o Ekanâtha (1533-1599), que se dedicaron principalmente a explicar y verter los textos sagrados sánscritos a lenguas vernáculas y a hacer llegar la religión hasta los estratos más bajos del pueblo. La más extendida de estas sectas es la denominada gaudîya, del siglo XVI, impulsada por el maestro Krishna Chaitanya, nacido en el estado de Bangâla. Enfatizan la importancia del amor divino y sustituyen la noción de devoción por la de completo abandono en Dios, lo que es suficiente para alcanzar la liberación. Su práctica incluye kîrtana o cantos devocionales. Preconiza la hermandad de los seres humanos y se opone al sistema de castas y los rituales brahmánicos. Igualmente importante es la secta de los madhva, que reparte su devoción entre las encarnaciones de Râma y Krishna y defiende el dualismo absoluto del espíritu y de la materia. Fue fundada en el siglo xii por el filósofo del mismo nombre.
Ha de mencionarse también la secta denominada pâñcharâtra, que incluye una tradición de tantra. Se desarrolló a partir del siglo ii y se relaciona particularmente con la teoría de los vyûha o manifestaciones de Vishnu, creadoras del universo. Enumera cinco reglas devocionales que son también formas de culto: abhigama o adoración formal en el templo; upadâna o colecta de los materiales necesarios para la adoración; ijyia, la adoración concentrada; svadhyâya o repetición de la invocación principal al dios; y yoga, la meditación que debe finalizar con la unión con dios.