Tirso y sus adversarios



Enrique Gallud Jardiel

            Pese a varios estudios existentes sobre el siglo de Tirso y las rencillas y pugnas, tanto de tipo personal como literario que tuvieron lugar entre los grandes autores de la época, éste es un campo que ofrece aún posibilidades a los investigadores y que no deja nunca de ser ameno. Celos y envidias literarias, disparidad de estilos y antipatías personales llevaron a muchos autores barrocos a un continuo maldecir unos de otros, a un continuo atacar las obras y prendas personales del contrario. En estas guerras de letras Gabriel Téllez interviene muchas veces como paladín de Lope de Vega o en defensa de su persona, atacada repetidamente. Sus respuestas a las acusaciones de las que se le hace objeto aparecen en el texto de sus obras como alusiones no siempre sutiles, dirigidas en primer lugar a su oponente y, en segundo, a un público que, por conocer al detalle estas pugnas y seguir día a día sus vicisitudes (tomando partido por el autor que le era preferido), apreciaba y degustaba por así decirlo el contenido crítico y mordaz de dichas respuestas.
            Los personajes de las comedias se convierten en el vehículo ideal para la transmisión de las ideas y sentimientos de su creador, especialmente la “figura de donaire”, que satiriza y divierte al mismo tiempo, ya que el público de aquel tiempo sabía por lo general lo que se estaba diciendo en el escenario y contra quién iban dirigidas las invectivas del gracioso con mucha más precisión de lo que lo podamos saber ahora los que nos ocupamos del tema.
            Menciónese primero a un adversario de Tirso que sólo lo fue en el terreno literario y cuya enemistad con el mercedario nunca llegó al terreno personal: Luis de Góngora. El motivo de tal antagonismo fue meramente el estilo. La forma clara y directa de Lope de Vega y de sus seguidores —Tirso entre ellos— no podía dejar de disgustar al creador del preciosismo español. Los discípulos del Fénix fueron duramente censurados por Góngora y tildados con el remoquete de «patos», en franca contraposición con él mismo, que se autodenominaba «El cisne del Bétis». Tales alusiones se hallan en un famoso soneto:
Patos de la aguachirle castellana
que de su rudo origen fácil niega
y, tal vez dulce, inunda nuestra Vega,
con razón Vega, por lo siempre llana [1978: 230].

            Aquí se refiere la palabra «llana» al verso de Tirso y Lope, al que el cordobés consideraba vulgar y rudo. En el resto de la composición les acusa de falta de erudición y les insta a que veneren a los cisnes.
            A partir de este momento y para defender el estilo de su maestro Tirso comienza a intercalar en sus comedias burlas del estilo culterano. La popularidad del habla «culta» en la sociedad queda satirizada en su obra La lealtad contra la envidia:
Guaica.—                             Pudiendo
                       hablarme claro, ¿por qué
                       vocablos obscuros usas?
Castillo.—   Han dado en eso las musas
                       castellanas [Obras completas, iii, 766].

            Los criados de Tirso se mofan del estilo culto en general, construyendo diálogos con fragmentos semejantes a las formas y estructuras gongorinas (como sucede abundantemente en las piezas Habladme en entrado y en Escarmientos para el cuerdo). Veamos una burla de la anáfora, la acumulación y el hipérbaton a la vez, figuras retóricas muy del agrado de los culteranos, en No hay pero sordo...:

Cristal.—     ¿Dónde quieres que me vaya
                       si eres corma de su amor,
                       de sus pensamientos maza,
                       de sus gustos guindalete,
                       de sus libertades trampa,
                       de su voluntad maneota,
                       de sus pensamientos traba,
                       garabato de su vida
                       y aberración de su alma? [OC, iii: 1051].

            El poeta satiriza también frecuentemente las metáforas exageradas, que acababan por convertirse en tópicos. Según él, el habla culta era un vicio, una tendencia muy generalizada a la que era difícil resistirse:

Bermudo.—  Volvió entonces los dos... ¿Cómo
                       llaman críticos noveles[1]
                       los ojos en este siglo?
                       Que yo, si Dios no me tiene
                       de su mano, iba a llamarlos
                       yemas de huevos celestes [OC, iii: 1199].

            Ha de observarse que las fechas de muchas comedias que contienen estas indirectas son posteriores a la muerte de Góngora (1627). Estas puyas se dirigían a su estilo y segui­dores (Tassis Peralta, Paravicino, Soto de Rojas, Jáuregui, Medinilla, etc.) y nunca aparece mencionado el nombre del maestro.
            Otro recurso culteranista muy extendido, la hipérbole, es también parodiado por un personaje de Quien no cae no se levanta, en alabanza de una criada fregona:

Britón.—      ¿Tú con Leonela, fregatriz divina,
                       célebre desde el Ganges hasta el Tajo,
                        que, dando censo de agua a su cocina,
                       de los rayos del sol hizo estropajo? [OC, iii: 869].

            En muchas otras obras de diversos años incluye Tirso sus burlas de los culteranos, llamándoles «poetas con cáscara», que hay que romper para entenderles. Y en todas ellas se encuentra respaldado por Lope, compañero suyo a la hora de defender el teatro que ambos hacían, ante los ataques de un rencoroso enemigo también de importancia: Miguel de Cervantes.
            La contienda entre Cervantes y Tirso no es nada más que un reflejo de sus diferentes actitudes estéticas. Aunque durante algunos años coinciden ambos en la escena literaria, pertenecen ambos a movimientos distintos. En efecto, el Barroco, con su raíz clara de reencuentro con los valores nacionales, halla en Lope y en sus discípulos sus máximos representantes, mientras que Cervantes era en parte, por su formación y gustos, todavía un hombre del Renacimiento. A este aspecto hay que añadir la frustración dramática de Cervantes, quien intentó alcanzar el éxito como autor teatral sin conseguirlo. En realidad Cervantes intentó demostrar a la posteridad que su aventura teatral no había sido un fracaso en absoluto. Dijo que é1 fue quien redujo a tres las cinco jornadas de la obra clásica típica (quitándole el mérito a Cristóbal de Virués) y el primero que supo presentar en teatro «las imaginaciones o pensamientos escondidos del alma». Todo esto queda consignado en el «Prólogo» a Ocho comedias y entremeses nuevos.
            La venganza de Cervantes por su propio fracaso consistió en censurar las comedias que Tirso y Lope popularizaban. En El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha afirma que la poesía es como una doncella tierna y de poca edad, pero que no quiere ser manoseada ni traída por las calles ni publicada en las esquinas de las plazas, aludiendo esto a los carteles que anunciaban las comedias, a las que denomina «espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia» y a las que ridiculiza por eliminar las tres unidades clásicas de acción, tiempo y lugar [1956: 241-242].
            Tirso toma partido por Lope, para defender al género dramático, y contesta ampliamente a lo anterior en Los cigarrales de Toledo, hablando de El celoso prudente, estrenada en 1615:
Afilen agora los Zoylos murmuraciones en la piedra de su envidia. Veamos si hallarán en los que parten un pelo alguno en esta digna representación. Censuren los Catones este entretenimiento, que por más que le registren no tendrán las costumbres modestas mejor ocasión de distraerse. Aquí pueden aprender los celosos a no dejarse llevar de experiencias mentirosas; los maridos, a ser prudentes; las damas, a ser firmes; los príncipes, a cumplir palabras; los padres, a mirar por la honra de sus hijos; los criados, a ser leales y todos los presentes a estimar el entreteni­miento de la comedia, que, en estos tiempos, expurgada de las imperfecciones que en años pasados se consentían en los teatros de España y limpia de toda acción torpe, deleita enseñando y enseña dando gusto [1963: 380].

            Y en su obra El vergonzoso en palacio define a la comedia de la forma siguiente:
Doña Serafina.—    Manjar de diversos precios
                                   que mata de hambre a los necios
                                   y satisface a los sabios.
                                   Mira lo que quieres ser
                                   de estos dos bandos [OC, i: 468].

            Tirso alzó repetidas veces la voz por Lope, que no siempre contestó a los ataques que se le hicieron.[2] En Los cigarrales de Toledo Téllez afirma que Lope fue quien puso a la comedia en la perfección y sutileza que tenía y que ello era bastante para que sus discípulos defendieran su doctrina contra quienes la impugnaren. Pero Cervantes siguió insistiendo en sus ataques. En Viaje al Parnaso, del año 1614, llamó a las comedias «dispa­rates recitados» y antes, en El licenciado Vidriera (1613), —precisamente copiada del auto No le arriendo la ganancia de Tirso, escrito en 1612—, ya había dicho que los poetas españoles eran tan pocos que casi no hacían número. Además, Tomás Rodaja, el protagonista de la novela ejemplar citada, podía considerarse como un trasunto de Tirso pues, al sanar, su nombre ‘Rodaja’ se convertía en Rueda, y una rueda era el emblema del escudo heráldico de los Molina.
            La respuesta de Téllez fue, en este caso, indirecta. En 1614 Alonso Fernández de Avellaneda publica la Segunda Parte del Quijote, instado quizá por Lope y Tirso. Cervantes comienza desde este momento a zaherir más a Tirso de un modo personal. Sus ataques se centran en el tema del linaje, pues es sabido que era desconocida la procedencia de Tirso, aunque se murmuraba que era hijo ilegitimo de Pedro Téllez Girón, Duque de Osuna y Virrey de Sicilia.[3] En la segunda parte del Quijote, Cervantes dice repetidas veces que un personaje tenía el grado de doctor por la universidad de Osuna o era graduado por Osuna. Alude, además, a la bastardía por boca de Sancho, quien dice: «Eso pido, y barras derechas» (pues es sabido que, en heráldica, las barras perpendiculares en un escudo son señal de bastardía) y en el Viaje al Parnaso ya había afirmado que tenía escrita una comedia titulada El gran bastardo de Salerno.
            En la segunda parte del Quijote la abundancia de referencias al linaje es tal que Tirso se ve obligado a responder en La mejor espigadera (también de 1615), diciendo que no hay más que dos linajes, que son: tener y no tener, y, para defenderse de la afrenta, ataca repetidas veces a Don Quijote:
D. Rodrigo.—           ¿Hay sucesos semejantes?
Chinchilla.—           Cuando los llegue a saber
                                   Madrid, los ha de poner
                                   en sus novelas Cervantes,
                                   aunque en el tomo segundo
                                   de su manchego Quijote
                                   no estarán mal, como al trote
                                   los lleven por ese mundo
                                   las ancas de Rocinante
                                   o el burro de Sancho Panza [OC, i: 686].

            Ante la noticia de que Cervantes pensaba publicar la segunda parte del Quijote, el gracioso de Tirso en No le arriendo la ganancia (1613) había comentado:
Recelo.—      Después de muerto, Cervantes
                               la tercera parte ha hecho
                       del Quijote [OC, i: 650].

            Durante toda esta contienda obtuvo Téllez ventaja, hasta el momento en que se atacó su vida privada y su origen, que no podía defender con argumentos En cuanto a la pugna mantenida en relación con las comedias, el gusto del público en su siglo y la crítica moderna, le concedieron ampliamente la victoria.
            Más curioso es el caso de las rencillas con Juan Ruiz de Alarcón quien, como Tirso, era también seguidor de Lope. No se han hallado pruebas textuales de ataques directos a Tirso por parte del mejicano, pero sí se sabe que en 1617, justo a los tres años de estrenar éste su primera obra, ya se había granjeado la antipatía del Fénix y sus discípulos, probablemente porque su dogmatismo y moralidad extremados no podían aceptar el vital desenfreno lopesco. En su obra Las paredes oyen Ruiz de Alarcón censura duramente la innovación de Lope de mostrar en sus comedias mujeres en traje de varón, por considerarlo inmoral. Probablemente la crítica de este elemento (que Tirso apreció y empleó repetidamente en El amor medico, Don Gil de las calzas verdes y varias otras de sus obras) fue bastante para incitarle a comenzar su ataque. También pudo influir lo agrio del carácter del mejicano, debido a su defecto físico, pues era jorobado. Tirso le motejó con el nombre de «Don Cohombro de Alarcón, un poeta entre dos platos».
            Sin embargo, los ataques son bastante velados y suaves y muchas veces se reducen a una mención de las obras de Alarcón en un momento inusitado de la acción. No era difícil para el público recoger estas alusiones sutiles, debido al limitado número de obras que escribió el mejicano, quien fue el menos prolífico de su generación. Veamos una mención a La verdad sospechosa en la obra de Tirso Averígüelo Vargas:
D. Dionís.—   ¿Conocéisme, sabéis cosa
                       contra esta verdad que digo
                       y defiendo, sospechosa?18

Una alusión a Las paredes oyen en la comedia El celoso prudente:
Sigismundo.—Aunque ahora vengo a hablarte.
                       supuesto que oyen las piedras,
                       las paredes y ventanas [OC, i: 1258].

            Y más adelante, en la misma pieza:
D. Sancho.— Paredes, ¿no habláis vosotras?
                        Sí, que por eso os han dado
                       orejas nuestros proverbios
                       y quien oye, que hable es claro [OC, i: 1275].

            En cuanto al origen americano de Alarcón, también se hallan citas en las obras del mercedario, como en La villana de Vallecas, donde leemos:
ª Serafina.—Razón el que afirma tiene
                       que cuanto de Indias nos viene
                       es bueno, si no es los hombres [OC, ii: 845].

            El matrimonio del mejicano fue asimismo motivo de burla para los graciosos de Téllez, ya que la prometida de Alarcón se llamaba Clara Bobadilla, con cuyo nombre se hicieron juegos de palabras:
Pablillos.— Entre tu buena fortuna
                                   y no hagas por desdichas
                                   reverencias con corcovas;
                                   encomiéndate a las bobas
                                   que son dueñas de las dichas [OC, i: 1964].

            No obstante, Lope de Vega no supo agradecer siempre la lealtad de Tirso y, a medida que avanzaba la fama de éste, se enfriaba la amistad del maestro, por lo que Téllez hubo de sentir los ataques de Lope, motivados por celos estéticos. En Los cigarrales de Toledo, del año 1621, Tirso se había nombrado a sí mismo discípulo de Lope y le había elogiado, hablando de «la excelencia de nuestra española Vega». Pero al año siguiente ya comenzaron para Tirso los motivos de queja. En 1622, en las fiestas para la canonización de San Isidro, se celebraron varios certámenes poéticos. Lope, que era juez, premió a su hija de cinco años, dejando sin premio a su discípulo. Además, en el romance que el Fénix leyó en aquella ocasión, mencionando a los autores más importantes de la época, no incluyó a Tirso. En las Rimas del licenciado Tomé de Burguillos hallamos una hiriente alusión a los «discípulos irreverentes» y a las «legiones de poéticos mochuelos / de aquellos que murmuran imitando» [1973: 240]. Tirso contestó mencionando los celos artísticos de Lope en Antona García, hablando de un poeta: «CASTELLANO 7º.—... que niega el habla a su amigo / cada vez que escribe bien» [OC, iii: 439].
            En la comedia Quien no cae no se levanta, del año 1628, Tirso alude al «lobo en piel de oveja», siendo ‘lobo’ (lupus en latín) una referencia a Lope. En 1630 Lope elogia suavemente a Tirso en El jardín de Apolo, mientras que alaba grandemente a otros poetas menores. Pero lo que más le dolió al mercedario fue la defensa que Lope hizo en una carta al Duque de Sessa del libro de Quevedo El chitón de las taravillas (1630), obra que defendía al Conde-Duque de Olivares y su política económica y que, por haber éste encarcelado al Duque de Osuna, supuesto padre de Tirso, tomó éste último como una afrenta personal.
            Ya declarada abiertamente la guerra, Téllez ataca a su maestro. Los muchos amores de Lope fueron el tema del que más se valió Tirso para sus sátiras. En No hay peor sordo..., del año 1632, se hacen constantes alusiones a «amores desenfrenados»:
Cristal.—     ... que porque se multiplique
                       Castilla, si lo deseas.
                       les ha dado pareceres
                       no muy a la ley de Dios
                       que tenga de dos en dos
                       los hijos y las mujeres [OC, iii: 1042].

            En los últimos años de su vida publica Lope La Dorotea (1632), novela sobre sus amores juveniles, y llama a esta obra «Póstuma de mis musas, Dorotea, y por dicha de mí la más querida, última de mi vida». Tirso, en la obra antes citada, hace constantes referencias al nombre de Dorotea:
ª Lucía.— Dorotea, ¿no es la dama
                       que le escribe y es su esposa?
Cristal.—     Una, y ésa toledana,
                       sé que aquí se dorotee [OC, iii: 1052].

            Pero esta pugna de celos y estas rencillas acabaron en 1635 con la muerte del poeta «de los cielos y la tierra». Tras ella, Tirso se arrepiente de su postura y elogia incondicionalmente al Fénix en su obra En Madrid y en una casa, del año 1637:
Ortiz.—        Fue prodigioso y poco celebrado
                       si con su ingenio se miden
                       sus alabanzas [OC, iii: 1266].

            Pero la enemistad que más dolor le causó a nuestro autor fue la mantenida con Francisco de Quevedo, del que en su día fuera amigo íntimo y entrañable y al que tuvo que atacar repe­tidamente, aunque con causa un tanto justificada. Quevedo había sido secretario del Duque de Osuna, que fue encarcelado por orden de Lerma. Olivares continuó el proceso, muriendo Osuna en 1624 en prisión. Tirso se rebeló contra la postura de Quevedo cuando éste aceptó una secretaría en palacio. Quevedo, por su parte, acusó los ataques de Tirso y en La Perinola y La vida del buscón, donde mencionaba a los autores contemporáneos, no citó a Tirso. Más adelante se le atribuyó una redondilla anónima, escrita en la pared de una pastelería, y que decía lo siguiente:
¡Vítor don Juan de Alarcón
y el fraile de la Merced!;
por ensuciar la pared
y no por otra razón.

            A esta redondilla contestó Téllez en su comedia Amazonas en las Indias:
Hinojosa.—  Imprenta es la pared de la locura
                                   y el carbón, pluma y tinta del delito.
                                   Juzgad si es imprudente el que se afrenta
                                   de motes en paredes de una venta [OC, iii: 725].

            Y en otra pieza, comenta:
Tirso.—         Y que me lo han de pagar
                       más de cuatro motilones
                       que, ensuciando paredones,
                       piensan que no han de tornar
                       a dar a prumas mestizas
                       qué envidiar y qué roer.
Balón.—       Y eso, ¿cuándo tien que ser?
Tirso.—         Más días hay que longanizas [OC, iii: 961].
           
            También hallamos mención de este episodio en otras comedias, como Los balcones de Madrid [OC, iii: 1139-1140]. Tirso tomó la iniciativa en burlarse del defecto físico del poeta (Quevedo utilizaba lentes):
Chacón.—    Mal adquirirá valor
                       quien, por no mirar su honor,
                       tiene sólo media vista [OC, iii: 775].

            La lucha continuó. En 1626 Quevedo presentó un arbitrio a las Cortes de Monzón de «Redención preservativa» en la que solicitaba la supresión de las Ordenes Redentoras de la Merced y las Trinitarias, esgrimiendo el argumento de que el presupuesto para las órdenes bastaría para fletar barcos que eliminaran a los corsarios, por lo que así no serían necesarios los rescates que dichas órdenes llevaban a cabo. Téllez, por su parte, atacó a la condición de valido de Quevedo. En la obra El privar contra su gusto se lee:
D. Juan.—     Calvo, no bufonicéis,
                       que ese oficio ya está dado[OC, iii: 1097].

            Cuando Quevedo, en su Cuento de cuentos, intentando expurgar la lengua española de imperfecciones, censura la costumbre de hacer nombres de verbos, Tirso contesta, en el “Prólogo” a la Quinta Parte de sus comedias, diciendo que el deducir nombres de verbos es cosa común entre los dramáticos, pero que algunos no lo entenderán, porque cojean del entendimiento, lo que era alusión descarada a Quevedo.
            La tensión llegó a su punto culminante en 1630, cuando Quevedo publicó en Zaragoza El chitón de las taravillas, escri­biendo en el comienzo «Obra del licenciado todo-se-save. A vuesa merced, que tira la piedra y esconde la mano». La expresión ‘tirar piedras’ se convierte en el punto de choque de los dos escritores y Quevedo advierte que es temeridad echar piedras en el tejado del vecino, teniendo el propio de vidrio.
            En No hay peor sordo... Tirso contesta:
Cristal.—     Que suele tirar piedras quien no alcanza,
                       con que llegando arriba
                       ya que el fruto no goza, le derriba [OC, iii: 1036].

            El chitón de las taravillas se hallaba lleno de alusiones mordaces. Quevedo se burla del origen de Tirso —su punto débil— en la primera frase del libro:
Sentiría mucho que tan grave personaje se corriese de que se le llame merced; ya sé que a ratos es casi excelen­cia, casi señoría y a ratos, vos. Todo esto, batido a rata por cantidad, le viene de molde a una merced reverenda [1998: 62].

            A esto Tirso prefiere hacerse el desentendido. En la comedia Habladme en entrando, cuando un personaje suyo se encuentra en una situación peligrosa dice: «No es tiempo de tarabillas, huid.» (Lo que viene a significar: «No es tiempo de tonterías o cosas sin importancia»). El tema de El Chitón de las taravillas era justificar la baja y devaluación de la moneda. Tirso recurre a la frase ‘cercenar moneda’ (que equivalía a falsificarla, adulterando su valor) en la obra antes citada, afirmando que cercenar moneda es delito manifiesto. No hay equívoco posible en esta alusión, pues el personaje acusado de tal cargo es un tal Don Fadrique, con una cruz roja al pecho, es decir: con la cruz del hábito de Santiago, como la que Quevedo había recibido por sus servicios. De este personaje se dice lo siguiente:
Cristal.—     Que se ponga le avisad
                       en cobro, que la justicia
                       le acaban de dar noticia
                       que, cuando en Madrid estaba,
                       los doblones cercenaba.
                       ¡Mirad qué extraña malicia! [OC, iii: 1061].

            Mucho podría alargarse esta relación, seguida muy de cerca por muchos, a la manera de escándalo popular. Y muchos más detalles se podrían dar sobre la interacción literaria y humana de estos autores, pero valga lo escrito como ejemplo ilustrativo de estas singulares rencillas de los que fueron testigos los corrales de comedias y el Mentidero de Madrid.

BIBLIOGRAFÍA
Cervantes, Miguel de. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. vol. iv. Madrid, Espasa-Calpe, 1956.
Entrambasaguas, Joaquín de. Una guerra literaria del Siglo de Oro. Madrid. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1967.
Góngora, Luis de. Poesías. México, Porrúa, 1978 [2ª edición].
Quevedo, Francisco de. El chitón de las tarabillas. Madrid, Castalia, 1998.
«Tirso de Molina», Téllez Girón, Gabriel. Los cigarrales de Toledo, Madrid, Aguilar, 1963.
«Tirso de Molina», Téllez Girón, Gabriel. Obras Dramáticas Completas. 3 vols.  Madrid,  Aguilar, 1969 [3ª edicion].
Vega Carpio, Félix Lope de. Obras escogidas. vol. II, Madrid, Aguilar, 1973.


[1] Aquí ‘crítico’ equivale a «culto», «el que habla culto o con afectación» (Diccionario de Autoridades).
[2] Sobre los problemas específicos de Lope de Vega es de gran utilidad el estudio de J. Entrambasaguas Una guerra literaria del Siglo de Oro.
[3] En torno a este tema se ha escrito mucho. Blanca de los Ríos, en su entusiasmo por el mercedario, insistió siempre en la veracidad de esta teoría. Otros críticos no comparten su opinión y han intentado desacreditarla. Independientemente de esta polémica, se empleó el nombre de Osuna para zaherir a Tirso, tuviera o no relación con el político mencionado.