Verdades y mentiras sobre el sistema de castas



Enrique Gallud Jardiel

         El tema en el que hoy voy a aventurarme es probablemente uno de los más polémicos –si no el que más– de los que pueden plantearse al hablar de esta gran cultura en cuyo estudio nos ocupamos. Es difícil tratar de cualquiera de los aspectos de dicha cultura sin que inexorablemente salgan a colación los temas de las castas, del fenómeno social de la intocabilidad, de las divisiones más o menos adecuadas de la sociedad india. Es éste, sin embargo, un tema del que se suele hablar mucho sabiendo de él muy poco, aunque esta ignorancia parcial que sufrimos –y reconozco que yo el primero– tiene alguna justificación, si se considera lo extremadamente complejo del asunto y las considerables diferencias en cuanto a su base ideológica, rigidez, flexibilidad o adaptabilidad en el pasado o en el presente. Los mismos indios desconocen en gran medida el origen, causas y ramificaciones de este factor que tanto les determina y se dejan arrastrar por toda suerte de falsas nociones a la hora de hablar sobre las castas e incluso meramente de vivir en una sociedad así establecida. Mucho más difícil aún es para el que estudia esta cultura desde fuera el acertar con juicios y precisiones a la hora de entender un fenómeno tan complejo. Pero hay algo que sí es evidente bajo análisis, y es el dominio del tópico y de la falsa creencia, la generalización inexacta y el prejuicio, lo que nos lleva a creernos con facilidad cosas que no son en absoluto como las imaginamos. Quizá el título de mi conferencia – “Verdades y mentiras sobre el sistema de castas”– pueda parecer muy ambicioso, pero voy a intentar cubrir los aspectos más esenciales e intentar presentar ese aspecto social de la vida india bajo un prisma –espero– algo más innovador de lo que habitualmente se hace. Hablemos, pues, de verdades y mentiras.
         Es obvio que la primera inexactitud con la que nos tropezamos es la de la connotación india del concepto de casta. Incluso personas de excelente juicio y alto nivel cultural tienden a olvidar la existencia en muchos otros países de jerarquías sociales basadas en el nacimiento, Sin embargo, no ha habido ninguna sociedad en la que no hubiera jerarquías socio-políticas y de clases: estos sistemas de castas siempre han existido y en países, por ejemplo, como el Japón el fenómeno de la intocabilidad ha alcanzado niveles extremos. Nuestra sociedad occidental se fundamentó en la noción de la aristocracia, en un extremo, y con una población esclava en el otro. ¿Qué nos hace sorprendernos en el caso de la India? Si es la perduración en nuestros días de un sistema antiguo, recuérdese que la abolición de la esclavitud en Occidente tuvo lugar en un pasado bien reciente y que los principios que fundamentan la aristocracia siguen vigentes aún hoy. No se debe concebir al sistema de castas como algo del pasado y que no debería existir, y mucho menos en una sociedad como la nuestra en donde la posición más alta que se puede tener viene dada no por méritos personales probados, sino exclusivamente por el nacimiento en una familia concreta, como sucede en las monarquías hereditarias.
         El siguiente error en que se suele incurrir es creer que en la India el sistema de castas es un esquema social únicamente hindú. Bien es verdad que éste es su origen, pero el concepto de juzgar el nivel social de una persona por su apellido –su distintivo de casta– ha pasado a indios de otras religiones. Y esto es algo paradójico, puesto que la inmensa mayoría de los hindúes que han abandonado su fe para convertirse a otras religiones, lo han hecho seducidos por la promesa de que en el seno de la nueva religión no iba a haber distinción alguna entre los fieles y todos iban a ser iguales a los ojos de Dios y de sus correligionarios. Estas palabras son bellas pero, desgraciadamente, no ha sucedido así. Los hindúes convertidos al Islam vieron pronto que en la nueva religión se tenían muy en cuenta los linajes, la procedencia de éstos y el mayor o menor grado de cercanía de un apellido a la rama familiar del Profeta. Además, y dicho sea esto sin ánimo de ofender, el Islam ejerce una discriminación llamémosla geográfica entre sus adeptos, en virtud a la mayor o menor cercanía a La Meca, quedando los musulmanes indios relegados a un nivel de inferioridad no declarada dentro de esa comunidad religiosa.
         El caso de los cristianos es semejante. Los conversos al cristianismo, al rechazar el hinduismo y, por ende, la casta que en él hubieran tenido, aceptaban como apellido el nombre propio de su padre. Así, el hijo de Michel podría llamarse Anthony Michel; el hijo de éste sería por ejemplo John Anthony y su hijo, Frederick John. Estos patronímicos así elaborados hubieran garantizado una igualdad de base dentro de la India si no hubiese sido por los cristianos descendientes de europeos que, si bien en minoría, formaban como una superclase, como una casta superior a la de los otros cristianos. Un descendiente de portugueses, de apellido Gonsalves, Fidalgo o Mendes, pongo por caso, era automáticamente superior socialmente a alguien que se apellidara John, Thomas o Peter y le hacía sentir a éste socialmente dicha superioridad.
         El caso de la religión sikh es también parangonable. Al convertirse al sikhismo el nuevo adepto recibía como apellido del apelativo de singh, que significa “león”, como símbolo de lo que se esperaba de él como miembro de una religión militarista. Sin embargo, los hindúes de casta alta que se convirtieron al sikhismo se negaron a llamarse como los demás y siguieron conservando sus apellidos hindúes para demostrar que ellos pertenecían antes a un rango considerado superior y que su conversión se había debido a una creencia sólida y no había tenido lugar únicamente para librarse de la discriminación hindú y para entrar en una sociedad religiosa más igualitaria. Para acabar con este punto cabe añadir que budistas y jaínes censuran reiteradamente el concepto de casta pero lo siguen manteniendo para propósitos de matrimonio y comensalidad. De todos estos casos surge la paradoja a la que me he referido: muchos hindúes se convirtieron a lo largo de la historia a otras religiones para no sufrir a causa de su casta y siguieron sufriendo igualmente en el seno de su nueva religión.
         Pasemos ahora a analizar en qué consiste exactamente ese sistema social y más adelante trataremos lo referente a sus méritos y deméritos a lo largo de la historia y a sus implicaciones en la India actual.
         El concepto mismo de “casta” no se ha precisado propiamente en el contexto indio. El vocablo es de origen occidental. Su primer uso documentado lo hace el portugués Duarte Barbosa en su libro Colecçao de Noticias para a Historia e Geografia, del año 1516, donde describe a unas sirvientes que el rey de Calicut tiene en su palacio y dice de ellas: “...estas saom fidalgas e de boa casta”. Se emplea aquí como “linaje”. Es una voz de la Península Ibérica común a las tres lenguas romances y al occitano. Significó primero “especie animal”, “nidada” y pasó luego a denotar una clase social privada de mezcla y contacto con las demás, una noción de pureza de sangre. Pero en el contexto indio este término ha sido origen de gran confusión, pues se ha empleado para dos conceptos diferentes, para varna, lo que es la división cuádruple general, de la que hablaremos más adelante, y para jâti, que es una comunidad específica definida por la ocupación, la religión o el origen tribal o de clan. Varna y jâti muchas veces no coinciden, pues su noción cambia con las épocas y el empleo de un único término para definir en Occidente dos conceptos, uno de los cuales incluye al otro, ha provocado siempre malas interpretaciones inevitables.
         Como ejemplo de esto puede citarse el tratado en ocho volúmenes titulado The People of India, de varios autores, aparecido entre 1868 y 1875, en donde se describían las castas y a los grupos tribales con definiciones estereotipadas y confusas. También, en el censo de 1871, se describió a las castas como una jerarquía basada en documentos antiguos y que no reflejaban bien la sociedad de su momento. Vemos, pues, que junto con la terminología, el factor temporal también ha contribuido a la confusión.
         En cuando a las definiciones tradicionales de lo que hoy es el sistema de castas, tampoco han sido muy precisas muchas de ellas. Hemos leído en varios libros de supuesta solvencia que las castas no son sino una “división artificial de la sociedad”. Ante estas palabras cabe preguntarse si podría ser de otra forma y qué entiende el autor como “división natural”. Otra definición algo más precisa nos dice que el sistema de castas es un sistema de estratificación social mediante grupos formados por descendencia y perpetuados mediante matrimonios endógamos y ocupaciones tradicionalmente hereditarias. Esto se acerca mucho más a la realidad y nos sirve de punto de partida, aunque precisa de más especificaciones.
         Ha de recalcarse que este sistema cumple una función eminentemente práctica y utilitaria. Su propósito inicial no era dividir a los hombres, sino unir a diferentes razas en un todo social compacto que les permitiera vivir en armonía y en un estado de paz y prosperidad. Antes de la llegada de los arios todas las funciones sociales se hacían de forma conjunta, como seguirían haciendo luego las tribus, en las que todos los miembros desempeñaban a un tiempo la misma función. Los arios, por el contrario, tenían un estamento íntimamente ligado a una función social y laboral específica e intentaron romper con la estructura tribal en aras de la productividad y la prosperidad. Su esquema social se dividía en tres grandes grupos: los brâhmana o sacerdotes, los kshatriya o guerreros y los vish o pueblo llano. Tras su asentamiento en la India surgió la tendencia a emplear a los indígenas como sirvientes, pero esto es sólo una generalización. Los himnos védicos nos dan a conocer un pueblo unido, sin tabúes ni prohibiciones ni castigos, y con una gran flexibilidad social. El problema que se les plantea en la India no es social, sino racial y la división válida durante mucho tiempo fue únicamente la de ârya (ario) y mlechchha (no ario). La diferenciación social se basó en un principio en el color, pero cuando se estableció de forma razonada y metódica el sistema de castas, el criterio de diferenciación ya no era la raza, sino el trabajo, aspecto sobre el que luego volveremos.
         En cuanto al color, varna, éste es el vocablo que se emplea como equivalente a “casta” en la terminología sociológica de la antigua India. Este concepto fue importante en un principio, a medida que los arios se iban desplazando hacia el sur e iban incorporando a su estado los varios grupos de población indígena, de piel más morena. Pero la discriminación racial que tuvo lugar fue muy corta. El proceso de mestizaje se inició de inmediato y a las pocas generaciones el color había dejado de ser un parámetro válido para clasificar a una persona. Predominó entonces la noción aria de la preponderancia de la habilidad y la sociedad comenzó paulatinamente a dividirse según las ocupaciones de sus miembros. El inicio de la especialización, la división del trabajo es considerada antropológicamente como el comienzo de la cultura, luego los fundamentos del sistema de castas eran, en principio, sabios.
         La particularidad india es que las profesiones están ligadas a la condición natural del nacimiento. Autores como Gregorio Marañón, Leopold Szondy o Carlo Gustav Jung convergen hacia la cuaternidad de aptitudes fundamentales del ser humano, que encajan con la noción de una distribución genética de las habilidades y, consecuentemente, de especialización en el trabajo. El mismo Ortega y Gasset, en su libro España invertebrada, justifica este sistema:

La idea de la organización social en castas significa el conocimiento de que la sociedad tiene una estructura propia, que consiste objetivamente, queramos o no, en una jerarquía de funciones. Los individuos son, pues, repartidos en los diversos rangos sociales en virtud de un principio genealógico de herencia sanguínea. (p. 98)

         Y hace hincapié en que todo esto no es una respuesta ante una necesidad social, no es en absoluto un obstáculo casi inseparable para el progreso, como muchos observadores han dicho. Al contrario, es totalmente acorde con la idea de que el orden cuádruple de la sociedad es la fuerza concreta de una verdad espiritual independiente de toda forma. Por ello recalca que este sistema de castas ha de entenderse y considerarse desde el punto de vista indio y no desde el occidental:

El indo, dominado por una interpretación mágica de la naturaleza, cree que la capacidad para ejercer una función va adscrita, como mística gracia, a la sangre. Sólo podrá ser buen guerrero el hijo del guerrero, y buen hortelano el hijo del hortelano.

         Hasta aquí todo nos parece lógico y diáfano. Pero en la India se ha venido dando tradicionalmente un respaldo religioso a las normas sociales y para asegurar el respeto de esta jerarquía lógica profesional se le dio la sanción religiosa y se sacralizó. Se habló de un origen divino de las castas, de cómo la divinidad hacía superiores a unos hombres e inferiores a otros y se extrapolaron textos en donde se relacionaba a los estamentos con partes más o menos puras del cuerpo divino. Todas estas razones funcionan a un nivel religioso muy primitivo y no se pueden considerar como ortodoxia hindú. El hinduismo es totalmente panteísta y preconiza que todo es una sola y única sustancia en donde no hay ni puede haber distinciones. El sistema de castas es un método de trabajo para la vida de este mundo, pero considerare en él superioridades o inferioridaes en virtud de su origen divino es un postulado totalmente erróneo y está en contra del principio superior del universo. La expansión de esta idea sólo puede deberse a la ignorancia de la gente y sería el equivalente a creer, en un contexto cristiano, que una virgen particular es más santa o más milagrosa que otra, algo que evidentemente sucede, pero que es teológicamente inadmisible.
         La relación que sí existe entre las castas y la religión se enmarca dentro del concepto de karma, esto es: de la ley de causa y efecto, que nos hace disfrutar o sufrir el resultado bueno o mano de nuestra acciones. Como evidentemente no todas las profesiones son igualmente agradables y como muchos trabajos son innegablemente penosos, el hindú tiende a achacar a su karma, bueno o malo, su nacimiento en el seno de una familia dedicada a una profesión más o menos de su agrado. El alma encarna dentro de una casta determinada siempre debido al comportamiento observado en existencias anteriores. En esa casta habrá de permanecer hasta la muerte y cada uno ha de cumplir con la máxima perfección posible las obligaciones de esa casta específica. Sólo así podrá evolucionar. De esta manera, lo que parece una terrible institucionalización de la desigualdad se convierte en un incentivo para provocar el deseo de superar el mundo y en un medio de pacificar a la sociedad. Ésta es la razón de que en la India no se produzcan disturbios sociales ni grandes descontentos en la sociedad, sintiéndose todo el mundo resignado –si no totalmente satisfecho– con su cometido. Esta actitud de seguro no gustará a muchos, pero es una opción mucho más pacífica que la del soliviantado Occidente, en donde todo el mundo pide más, donde se exige sin cesar más remuneración y menos horas de labor y en donde, en definitiva, casi nadie está contento con su trabajo.
         Veamos ahora cómo se estructuran exactamente las castas y las razones para ello. El Mahatma Gandhi se ha referido a ellas y ha dicho:

Hay cuatro divisiones de la sociedad, cada una complementaria de la otra y ninguna superior o inferior, cada una de ellas tan necesaria como las demás para la entidad total del hinduismo.

         Básicamente son cuatro grandes grupos con múltiples subdivisiones. Están en primer lugar los brâhmana, los brahmanes, dedicados a la religión y –no lo olvidemos– a la ciencia. Es la clase social no sólo de los sacerdotes, como muchas veces se ha dicho, sino también de los científicos, los docentes y, en general, los intelectuales.
         A continuación está el estamento de gobierno, los kshatriya, guerreros, gobernantes y administradores, que son los que se encargan de velar por la seguridad y por el mantenimiento del orden y las tradiciones.
         En tercer lugar están los vaishya, dedicados principalmente a la agricultura, la ganadería, el comercio y a las ocupaciones generales equivalentes a las de la clase media.
         Por último tenemos a los shûdra, que se ocupan de la artesanía y también del trabajo del campo, así como de todas aquellas ocupaciones que en nuestra terminología de hoy quedan agrupadas bajo el nombre genérico de “sector servicios”.
         Estos cuatro grupos se subdividen en infinitud de subcastas que, a su vez, se mezclan entre sí, formando una sociedad compleja. En la India actual hay catalogadas tres mil de estas subdivisiones. La práctica general, basada en motivos culturales y físicos, aconseja el matrimonio con gente de la misma casta, pero no de la misma subcasta. Así se preserva la identidad de habilidades, costumbres y gustos, sin riesgo de imperfecciones genéticas. El matrimonio entre gentes de distinta casta está mal visto socialmente, pero no está en absoluto prohibido, como a veces de afirma, y siempre ha tenido lugar en la India, en mayor o menor grado según el momento y la región.
         Hay que añadir que el reparto de ocupaciones es totalmente flexible y alguien de una casta concreta puede ejercer oficios correspondientes a otra casta. De hecho, en la sociedad india actual esta llamémosle anomalía se ha convertido en la regla general.
         Pero pasemos al punto candente, el que más se critica en Occidente, que es el de la superioridad de unas castas sobre otras. En el origen se trata tan sólo de una división de ocupaciones. Pero estas ocupaciones se jerarquizan, por así decirlo, ellas solas, debido a su relación con los valores que los indios consideran tales. Por ejemplo: la higiene, pues ciertas labores implican mancharse para ejecutarlas o entrar en contacto con elementos impuros. O el pacifismo, pues en determinados oficios hay que ejercer violencia sobre seres vivos. Así se llega a una noción de clases superiores. Pero estas superioridades e inferioridades son relativas y meramente funcionales para la sociedad mundana, no afectan al desarrollo espiritual. Es ilustrativo lo que dice la Bhagavad Gîtâ, sobre las cualidades de cada casta:

Los brâhmana, los kshatriya, los vaishya y los shûdra se distinguen por sus cualidades de trabajo, según las modalidades de la naturaleza, ¡oh, castigador de los enemigos! Las cualidades de los brâhmana son la tranquilidad, el control de sí mismo, la austeridad, la pureza, la honradez, la sabiduría, el conocimiento y la religiosidad. Las cualidades de los kshatriya son el heroísmo, el poder, la determinación, la destreza, el valor en la batalla, la generosidad y el liderazgo. Las cualidades de los vaishya son la agricultura, la protección de las vacas y el comercio. La labor de los shûdra consiste en el servicio a los demás. Cumpliendo cada cual con su trabajo, todo hombre puede llegar a ser perfecto.

         Como vemos, el avance espiritual no es privilegio de los brahmanes, como lo prueba también el hecho de que cualquier persona de cualquier casta pueda ser un maestro religioso venerado, que enseñe a los demás. De hecho, cuanto más baja es la casta, más fácil les es a sus miembros el cumplir adecuadamente sus deberes religiosos, puesto que estos deberes son significativamente menores. Cuanto más alta es la casta, más restricciones tiene que cumplir y, por ejemplo, el consumo de alcohol o estupefacientes, que sería un pecado grave para un brahmán, no es pecado para un shûdra, para con el que el sistema es menos riguroso. Las dos primeras castas tienen absolutamente prohibido dedicarse a la usura, mientras que se acepta sin reparos en la tercera casta. Obviamente, una casta superior goza también de más respeto. El mayor crimen que se puede cometer en este mundo es el asesinato de un brahmán, pero también el brahmán tiene la obligación estricta de mostrarse siempre amable y correcto con todas las otras castas y ayudarles en todo lo posible.
         Y puesto que hablamos de jerarquías, me gustaría detenerme a recalcar un aspecto que da una visión muy peculiar –y a mi juicio positiva– de la sociedad hindú; y es que la clase de los que se dedican a la enseñanza se halla por encima de los gobernantes, algo imposible en Occidente. Según el más puro canon ortodoxo hindú de la antigüedad, un profesor de universidad supera en rango social a un ministro y un maestro de escuela merece más respeto que, pongamos por caso, un jefe de negociado. Cuando tendemos espontáneamente a considerar el sistema de castas como algo retrógrado y nocivo, no estaría de más que nos detuviéramos a considerar y a apreciar a una sociedad que pone la educación y el conocimiento por encima de muchas otras cosas.
         Obviamente, todos los sistemas tienen sus defectos y todos los hombres cometen abusos de poder. Sin embargo, el tópico nos habla únicamente del control que los brahmanes ejercían sobre el resto de las gentes. Esto es cierto, pero de alguna manera inevitable y lógico. Al ser la clase de los brahmanes la dedicada al culto religioso y a la enseñanza, ellos ayudaron a la formación cultural de las otras clases y dejaron en ellas su influjo, como lo dejan en cualquier persona los profesores que le enseñan en su niñez o los que redactan los textos con los que estudia. El tan traído y llevado control de los brahmanes no podía dejar de producirse.
         En cambio, he de recalcar que si ha habido injusticias y explotaciones entre castas, ha sido la tercera, la de los vaishya, la más culpable. El caso de injusticia más típico y frecuente en la India tiene lugar en las aldeas. El campesino de la cuarta casta, de los shûdra, tiene una mala cosecha o necesita comprar un buey para arar el campo y pide dinero al prestamista del pueblo, de la casta de los comerciantes. No sabe escribir y firma con su huella dactilar un documento de condiciones leoninas que le obliga al pago de desmesurados intereses. Cuando se entera de lo firmado ya es tarde para volverse atrás. Aunque parezca una exageración, en muchas ocasiones, varias generaciones han seguido pagando intereses sin conseguir devolver el capital inicial. Quien conozca la realidad india sabrá que esta situación es una de las más frecuentes. No se olvide que la jerarquía de castas no tiene nada que ver con la situación económica, y que son la segunda y la tercera castas las que poseen riquezas y se pueden permitir la explotación de las otras. En la moderna India, la tercera casta es la que posee las industrias y la tierra, mientras que la mayoría de los brahmanes, por ejemplo, pertenece a una clase económica media baja, cuando no se halla en la pobreza.
         Hablemos un poco ahora de la evolución del sistema y de sus puntos negativos y positivos. Gandhi, del que se ha dicho erróneamente que estaba en contra del sistema de castas, dice sobre él lo siguiente:
El sistema de castas no fue concebido con estrechez de miras. Por el contrario, dio al trabajador, al shûdra, el mismo status que al pensador, al brâhmana. Abría el camino para acentuar el mérito y suprimir el demérito y transfería la ambición humana de la general esfera mundana a la permanente y espiritual.

         El sistema no fue en absoluto rígido en un principio, durante la época védica. Durante mucho tiempo un hombre podía cambiar de estado social al cambiar de profesión, cosa habitual entonces. Hasta el siglo X, por ejemplo, se permitían y eran frecuentes los matrimonios entre castas y con extranjeros, pero poco a poco el sistema se fue haciendo más rígido y estos matrimonios quedaron prohibidos ya durante el siglo XII. Hubo varias razones para ello, pero principalmente la estratificación de las castas fue una autodefensa ante la amenaza de otras razas y culturas, invasiones sucesivas de persas, macedonios, griegos, escitas, kushanas del Asia Central, hunos y musulmanes de distinta procedencia.
         Esta situación empeoró con la dominación británica, y aquí nos enfrentamos con otro de los tópicos, que dice que Occidente siempre se ha mostrado contrario al sistema de castas. No fue así con los ingleses. La administración británica fomentó deliberadamente el sistema de castas, considerándolo una entidad concreta y mensurable que le permitía imponer un orden mental en medio de la confusión del mosaico etnológico de la India. Este es un punto en el que todos los historiadores y sociólogos indios coinciden.
         Más diferencias de opinión ha provocado la evaluación general del sistema y si sus puntos positivos superan a los negativos o viceversa. En general podemos mencionar algunos méritos y deméritos del sistema de castas que parecen fuera de toda duda. Sus consecuencias positivas fueron éstas:
         * Ayudaron a la preservación de la religión y la cultura.
         * Contribuyeron a un desarrollo positivo del clan.
         * Dividieron eficazmente el trabajo en la sociedad, llevando a una mayor productividad y a una mínima competencia.
         * Dieron una seguridad gremial al trabajador.
                   Y sus consecuencias negativas más importantes fueron las siguientes:
         * Produjeron una debilitación del poder militar.
         * Crearon una situación de envidias entre grupos sociales y, eventualmente, de explotación.
         * Condujeron al desarrollo de la intocabilidad.
         Este último punto es el más lamentable, Gandhi se refirió a él como “el mayor estigma del hinduismo” y en él es necesario detenerse.
         La palabra concreta que define a este grupo es avarna, literalmente “sin casta”, “descastado”. En hindi y otras lenguas sanscríticas se les denomina achchhuta, “intocables”, siendo éste el término más preciso. La palabra ‘paria’, que hemos venido empleando en Occidente, aunque de origen indio, no significa lo que creemos y es totalmente ininteligible en esa acepción. En lengua támil el vocablo pareiyam, de donde deriva la versión portuguesa pariá, significa “tocador de bombo” y hace referencia a una subcasta especial de los shûdra de la región de Tamil Nadu. Para suavizar la expresión, el Mahatma Gandhi creó el término de harijana (hijos de Hari, sobrenombre del dios Vishnu) para referirse a ellos. Pero los intocables rechazaron el término. Prefieren denominarse a sí mismos dalit, literalmente “oprimidos”, y éste es el nombre que emplean en sus asociaciones y partidos.
         Las formas en las que una persona podía convertirse en intocable eran básicamente dos. La primera era debida a un concepto de polución temporal originado por ocupaciones que se consideraban impuras. Tales ocupaciones eran aquellas en las que se entraba en contacto con sangre, con excrementos o con cadáveres. Y, por supuesto, todas aquellas en las que se mataban seres vivos. Incluía, pues, esta categoría a cazadores, pescadores, carniceros, enterradores, traperos y basureros, principalmente. En un principio la discriminación que se hacía a los dedicados a estos oficios era temporal, sólo mientras los siguieran desempeñando, pero más tarde cambió al concepto de contaminación duradera.
         La segunda forma estaba basada en los deberes de casta. Si una persona de cualquier casta cometía un pecado de gran gravedad (un asesinato, por ejemplo), era repudiada por su clan y se la condenaba al ostracismo social. Sólo podía entonces relacionarse con gentes a las que no les importara su crimen y que estuvieran ya discriminadas por otros motivos, con lo que el asesino, perdida su casta, entraba a formar parte del primer grupo.
         En líneas generales puede decirse que el fenómeno de la intocabilidad se justifica parcialmente en la primera generación y cae totalmente en el plano de la injusticia al aplicarle el concepto hereditario. Los intocables sufren y han sufrido una grave discriminación: no se les permitía leer textos religiosos (si bien prácticamente casi ninguno sabía leer), eran excluidos de los templos y vivían en las afueras de los pueblos. Por supuesto, esto ha cambiado radicalmente en el último siglo y más destacadamente en las ciudades, pero todavía sigue vigente la noción en la psiquis india.
         Pero esta terrible discriminación es un fenómeno puramente social y no en modo alguno religioso. Ésa es otra de las grandes mentiras que se han dicho y en la que lamentablemente muchos indios y casi todos los occidentales creen; consideran a la institución de la intocabilidad como si hubiera sido prescrita por la religión hindú y no es así en absoluto. No hay ni una palabra en los Veda, las Upanishad o los Shâstra que la refrende. Y el panteísmo hindú considera a todos y a cada uno de los aspectos del universo y de los seres vivientes como totalmente partes de la divinidad, del Absoluto, del Ser Supremo que es todo lo que existe. Todos los seres tienen una esencia divina y cualquier división entre ellos es fruto de mâyâ, y totalmente ilusoria. No debe el hinduismo ser responsable de una lacra puramente social. Para aclararlo con un parangón más cercano a nosotros, podría decirse que la comunidad gitana ha sufrido frecuentemente y sigue sufriendo rechazo y discriminación por parte de muchos, pero, evidentemente, el cristianismo no tiene la culpa.
         Otro concepto erróneo es el de creer que la mayoría de los indios acepta gustosa la existencia de la intocabilidad. Desde tiempos antiguos, todos los reformadores y maestros hindúes han retrocedido con horror ante esa costumbre. El budismo, el jainismo, las sectas vishnuitas y shivaítas del hinduismo, el sikhismo, el sufismo, todas las renovaciones religiosas han atacado esta práctica y ha habido gran cantidad de movimiento en contra, culminando con los esfuerzos de Ambedkar y Gandhi. La sociedad india es plenamente consciente de sus defectos.
         Y el último punto que trataré, serán algunos aspectos de la intocabilidad y las castas en la India moderna.
         Lo más destacado es que, en contra de lo que pudiera parecer, la condición de intocable puede ser una gran ventaja en la India de hoy. Veamos cómo. En el censo de 1931 se catalogaron cuatrocientas subdivisiones de intocables, que ascendían a un octavo de la población total. Los intocables, conscientes de su fuerza numérica, decidieron politizar su causa y en la II Round Table Conference, celebrada en Londres ese mismo año, los intocables, con apoyo británico, pidieron elecciones separadas, intentando conseguir una situación privilegiada, ya no de igualdad, sino de superioridad en la India independiente que se iba a formar. El dirigente de este grupo, el Dr. Ambedkar, esgrimió incluso la amenaza de conducir a los intocables al islamismo o incluso al budismo, si no conseguían sus fines, y Gandhi tuvo serias dificultades para convencerle de que firmara el Pacto de Puna, por el que Ambedkar renunciaba a elecciones separadas para los intocables a cambio de la reserva de un considerable número de escaños en el Parlamento. Desde ese inicio, los intocables, en vez de luchar por conseguir una situación de igualdad con el resto de los indios, han intentado capitalizar políticamente las injusticias que habían venido sufriendo durante siglos y obtener una posición de evidente privilegio en la sociedad. Esto ha producido el gran absurdo legal que detallo a continuación.
         La Constitución de la India, promulgada el 26 de enero de 1950, en sus artículos 15 y 17 establece que no se reconoce la división de la sociedad en castas. Las castas no existen legalmente en la India, pero el texto añade:

Nada impedirá al Estado el hacer algunas provisiones especiales para el progreso de algunas clases de ciudadanos social o educacionalmente atrasados o de las Castas Catalogadas o Tribus Catalogadas.

         Estas “Castas Catalogadas” a las que se refiere –en inglés, originalmente “Scheduled Castes”– son en concreto los intocables que, junto con las Tribus Catalogadas, reciben un tratamiento legal de favor en comparación con el resto de la población. O sea: la Constitución India considera la práctica de la intocabilidad un crimen y prohibe la discriminación debido a la casta, pero, contradiciendo su propio principio, protege a las castas y tribus catalogadas, intentando darles ventajas que compensen las discriminaciones sufridas. Estas ventajas son escaños parlamentarios reservados, empleos públicos reservados y la presión sobre el sector privado para favorecer la contratación preferente de intocables, en detrimento de las categorías generales. Esto es un caso muy concreto de discriminación positiva, hecho a raíz de la promulgación en 1955 del Untouchability Offences Act, una ley contra los ataques a los intocables, que ha generado una tendencia de favorecimiento a esta minoría que culminó con las recomendaciones de la Comisión Mandal, entre las décadas de los setenta y los ochenta.
         Esta comisión se formó a instancias del Partido del Congreso, dirigido entonces por Indira Gandhi, pero no implementó sus decisiones sino con la llegada al poder del National Front, siendo Primer Ministro Vishvanath Pratap Singh. Se elaboraron listas de castas y tribus clasificadas, así como de las denominadas OCB (“Other Backward Castes”) o sea, “Otras castas retrasadas”, en cada estado y se hicieron reservas de empleos para ellos, creando una fuerte controversia y el paradójico resultado de que en la India de la castas fuera más rentable socialmente ser un intocable. Las cuotas de ingreso en el reclutamiento de los servicios públicos e instituciones docentes y el menor nivel educativo exigido a estos grupos para lograr un título académico invitaron al fraude. En 1974 se expulsó a veintitrés estudiantes de casta alta que habían entrado en la Facultad de Medicina con certificados falsos que acreditaban que eran intocables y se podrían citar innumerables ejemplos de este tipo. La implementación de las recomendaciones de la Comisión Mandal llevó a la situación extrema de que un crecido número de estudiantes de las cuatro castas principales, considerando nulas sus perspectivas de futuro en una sociedad en la que se daba total primacía a los intocables, protestaron enérgicamente con sentadas, manifestaciones, huelgas de hambre y hasta un elevado número de inmolaciones en las que muchos jóvenes se prendieron fuego y murieron para protestar contra las reservas.
         Esta situación que he descrito nos hace ver que no valen simplificaciones a la hora de entender el problema de las castas. Es un asunto mucho más complicado de lo que a primera vista podría suponerse y los intentos de cambiar en poco tiempo de forma radical o mediante leyes una estructura social de milenios sólo conducen a una situación de caos. En la actualidad el sistema de castas está desmoronándose debido a la educación occidental, a los avances científicos y al desarrollo. En la India rural el sistema afecta aún al matrimonio y a las relaciones sociales, pero ya no a la economía ni al trabajo, quedando la casta substituida por la clase económica. En la India urbana está desapareciendo a pasos agigantados y, por lo que a discriminaciones se refiere, más que el sistema de castas es importante el fenómeno del regionalismo. Previsiblemente, en un futuro desaparecerá ese anquilosamiento social que se ha venido produciendo. Finalizaré ya con unas palabras del Mahatma Gandhi, que sobre este tema afirmó lo siguiente:

Yo tengo una fe inmutable en la capacidad del hinduismo para purgarse de sus impurezas de cuando en cuando. No creo que esa capacidad se haya agotado ahora.