Xanadu, un monumento al propio poder



ENRIQUE GALLUD JARDIEL

No sólo los reyes construyen palacios. En la película de Orson Welles Ciudadano Kane (1940), aclamada popularmente como la mejor en la historia del cine, un millonario manda construir para su solaz la mansión suprema, el edificio más impresionante, lleno de todos los tesoros artísticos que el dinero puede comprar.

Charles Foster Kane (personaje inspirado en William Randolph Hearst, dueño de un imperio mediático), llama a su casa “Xanadu”. Toma este exótico nombre de una composición del poeta romántico inglés Samuel Taylor Coleridge (1772-1834). En él se nos dice que el caudillo Kubla Khan construyó en Xanadu (Shang-du, en Mongolia) un palacio de gran belleza. El esplendor resultante del Sueño Americano no debe ser menos y Kane se propone superar ese paraíso mítico.

En el desierto de Florida se construye una montaña artificial con 100.000 árboles y 20.000 toneladas de mármol. Cientos de habitaciones. Cientos de sirvientes. Tantas obras de arte que nunca podrán ser catalogadas. Zoológicos y acuarios privados con ejemplares de todas las especies conocidas. Jardines botánicos con flora de todo el planeta. Estadios y recintos para todos los deportes. Réplicas de pueblos típicos. El monumento más costoso que ningún hombre haya concebido desde las pirámides. “¿Cuanto ha costado?”, pregunta un personaje. “Nadie podría decirlo”, es la respuesta.

Esta casa es un engendro arquitectónico, un híbrido que pretende conseguir belleza mediante la mera superposición de elementos. Una mezcla de estilos históricos sin orden, que nos habla de falta de criterio, de esnobismo, de apresuramiento, de pretensión y ostentación: una descripción tácita y crítica de un momento y de una sociedad obsesionada con la riqueza.

Lo que es posible en la ficción no lo es en la realidad. Para el rodaje no se pudieron construir decorados tan inmensos. La amplitud del diseño lo impidió. Se tuvo que trabajar con pinturas y miniaturas tridimensionales. Vemos pocos recintos del interior, pero éstos destacan por su monumentalidad. Una docena de personas cabría perfectamente de pie dentro de la boca de la más pequeña de sus chimeneas.

El edificio se halla dedicado a Susan Alexander, segunda esposa de Kane. Pero ella odia vivir allí, “en cuarenta y nueve mil acres llenos de nada, salvo paisajes y estatuas”, afirma. La vemos sentada ante una gran mesa, diminuta en medio de una amplísima estancia, hastiada de la existencia, jugueteando indolentemente con un inmenso puzzle en el que de seguro faltará la última pieza.

Xanadu acaba siendo realmente una prisión. Un palacio vacío. Una casa demasiado costosa para abandonarla. Kane muere allí, solo, rodeado únicamente de sus posesiones, malos sustitutos de la verdadera compañía. Los paraísos nunca son lo que parecen.